Es sábado 28 de septiembre de 2019 en un hospital del sur de Miami, en una ciudad pequeña que casi nadie sabría ubicar en un mapa, un lugar que se llama Homstead, acaba de morir el hombre que le puso voz al amor de toda una generación. El mismo hombre que tú escuchaste mil veces, el que sonaba en la radio del coche, en la cocina mientras hacías la comida, en la fiesta de 15 años de tu hija, hasta en el velorio de tu propia madre.
José, José, el príncipe de la canción. Y antes de que su cuerpo se enfríe, antes de que alguien encienda una sola vela, ya empezó la pelea por él. Esa misma noche, a más de 3000 km de distancia en la Ciudad de México, suena un teléfono. Del otro lado de la línea, la hija menor del cantante les dice a sus hermanos mayores tres palabras que lo cambian todo. Su papá murió.
y cuelga. No les dice en qué hospital, no les dice dónde está el cuerpo, no les dice nada más. José Joel y Marisol, los dos hijos que el público mexicano conocía, los que habían crecido frente a las cámaras, suben al primer avión que encuentran rumbo a Miami para despedirse de su padre y cuando aterrizan descubren algo que parece imposible.

Nadie sabe dónde está el cuerpo de José José. o nadie se los quiere decir. El ídolo más grande de la balada romántica en español, el hombre que vendió más de 95 millones de discos en el mundo, el que llenó plazas de toros y auditorios desde Los Ángeles hasta Buenos Aires, el que cantó en el Madison Square Garden de Nueva York, terminó convertido en un cuerpo que su propia familia se disputaba como si fuera un objeto.
Casi dos días, mientras tú en tu casa pegada a la televisión no entendías cómo era posible que esto le estuviera pasando a él. Tú lo viste, tú lo escuchaste y tú mereces saber qué pasó de verdad, no lo que te contaron las revistas. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que casi nadie te contó completas. Primero, ¿por qué sus dos hijos mayores se enteraron de la muerte de su padre por una simple llamada de teléfono y tuvieron que volar a Miami sin saber siquiera dónde estaba su cuerpo? Segundo, ¿qué pasó de verdad en esos
días en que se detuvo una cremación? Se pidió una autopsia y empezó a hablarse de regalías, de entrevistas millonarias y de acuerdos con la televisión por el funeral de un muerto. Tercero, ¿quién terminó controlando los últimos años del ídolo? ¿Y cómo quedó fuera la familia que lo vio nacer como artista? Y cuarto, porque hoy, años después de su muerte, todavía nadie ha aclarado del todo cómo vivió sus últimos días, qué pasó con su testamento, ni dónde están exactamente la mitad de sus cenizas.
Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero para entender cómo fue posible que esto le pasara a un hombre que lo tuvo todo, necesitas conocer al niño que empezó sin nada. Porque esta historia no empieza en ese hospital de Miami, empieza mucho antes. Empieza con una voz que tú probablemente escuchaste por primera vez en tu propia sala, en la televisión o el radio de tu casa cuando eras joven.
Lo llamaron el triste por una canción. terminó siéndolo por su vida. Vamos al principio. 17 de febrero de 1948. Nace en la ciudad de México, en el rumbo de Clavería, en la zona de Azcapotzalco, un niño al que registran como José Rómulo Sosa Ortiz. Su papá se llamaba José Sosa Esquivel y no era un cantante cualquiera.
Era tenor de ópera, un hombre con una voz tan educada, tan fina, que llegó a alternar en el Palacio de Bellas Artes con figuras del nivel de María Callas y Giuseppe Di Stefano. Fíjate qué detalle. El padre de José José cantó en el mismo escenario donde muchos años después el país entero iba a despedir a su hijo.
Pero eso todavía no lo sabe nadie. La mamá Margarita Ortiz era pianista. Imagínate esa casa. Una casa con problemas de dinero, modesta, pero llena de música, de escalas, de un piano sonando a todas horas y de una voz de ópera ensayando Arias. El niño creció oyendo cantar a su padre. lo adoraba y al mismo tiempo lo vio caer.
Porque José Sosa Esquibel, ese tenor de voz prodigiosa, era alcohólico y el alcohol se lo comió de a poco, hasta que lo mató siendo todavía joven a los 45 años. El padre murió por la bebida y el hijo, años después, cuando ya era famoso y tuvo que elegir su nombre artístico, decidió llamarse José José. El primer José por él, el segundo por su padre para llevarlo siempre con él a todas partes, en cada cartel y en cada disco.
Recuerda ese detalle. El padre alcohólico que murió por la bebida a los 45. Lo vas a necesitar para entender el final, porque hay algo que después le hicieron ver, según se ha contado, sus propios médicos y sus compañeros de recuperación. A esa misma edad, a los 45 años, José José tuvo una de las peores crisis de su vida por el alcohol, la misma edad a la que murió su padre, como si sin darse cuenta, estuviera repitiendo su historia, como si la sombra del Padre lo persiguiera.
Pero no nos adelantemos, todavía estamos en el principio. Todavía estamos con el muchacho pobre. El joven José Rómulo empezó desde abajo, de abajo de verdad. Tocaba la guitarra y el contrabajo en tríos, en cafés, en serenatas, en lo que saliera. Cargaba el instrumento en el camión, cantaba por unos cuantos pesos.
Nada de lujos, nada de fama. Un muchacho flaco con una voz que todavía nadie había descubierto del todo, soñando con cantar como cantaban sus ídolos en la radio. Frank Sinatra, Johnny Matthis, los grandes kronuners de aquella época. Esos eran sus maestros. Esa elegancia para cantar, esa forma de acariciar una nota la fue copiando de ellos, escuchándolos una y otra vez.
Acuérdate de Frank Sinatra. Ese nombre va a volver en esta historia de una forma que te va a doler. Y entonces llegó la noche que lo cambió todo. 15 de marzo de 1970, Teatro Ferrocarrilero en la Ciudad de México. Se celebra el segundo festival de la canción latina. José José tiene 22 años. Casi nadie sabe quién es.
Lo había recomendado nada menos que Marco Antonio Muñiz para que participara. Y el maestro Roberto Cantoral le confió una canción que había escrito con el corazón roto pensando en la muerte de su propia madre. Una balada lenta, dolorosa, sobre una despedida que no se supera. Se llama El triste. Sube al escenario, empieza a cantar y pasa algo que muy pocas veces ocurre en la vida real.
A la mitad de la canción, el público se pone de pie. No al final, a la mitad. La gente le lanza flores, grita, aplaude, llora. Esa voz, esa potencia, esa manera de subir hasta lo más alto sin que pareciera costarle ningún esfuerzo, dejó mudo al teatro entero. Fue uno de esos momentos que la gente que estuvo ahí no olvidó jamás.
¿Y sabes qué pasó después? Que perdió. Le dieron el tercer lugar detrás de una cantante brasileña y de otra venezolana. El público no lo podía creer. El descontento por esa decisión fue tan grande, tan evidente, que ese festival con el tiempo terminó desapareciendo. Pero esa noche, aunque el jurado le dio el tercer lugar, el pueblo le dio algo mucho más grande.
Le dio un nombre. A partir de esa noche, a José José empezaron a llamarlo el príncipe de la canción. Y aquí quiero que te detengas un segundo conmigo, porque la canción con la que se volvió leyenda se llamaba El triste, una canción sobre una despedida que duele hasta los huesos. Nadie pensó esa noche en lo que ese título significaría con el tiempo.
Nadie imaginó que la palabra triste iba a perseguir a José José toda la vida como una sombra que no lo soltaba. Lo llamaron el triste por una canción y sin saberlo le pusieron nombre a su destino. Después de esa noche, la vida de José José se volvió un huracán. De un día para otro pasó de ser un muchacho que cantaba en cafés a ser el nombre que todos repetían en cada esquina.
Ya antes, en 1969, había grabado una canción que lo empezó a poner en el mapa, la nave del olvido. Pero fue el triste lo que lo mandó directo al cielo. Las disqueras se lo peleaban. Las estaciones de radio no paraban de ponerlo. Las mujeres gritaban su nombre como si fuera uno de esos ídolos que solo se veían en las películas de Hollywood.
Para que me entiendas bien, lo que pasó con José José en los 70 fue una fiebre parecida a la que provocaban los grandes de la música mundial, pero en español y con un muchacho pobre de clavería. Y lo más impresionante es que aguantó arriba durante años, durante décadas. Un disco tras otro, un éxito tras otro.
Es que te quiero. Vive. Buenos días, amor. Volcán y aquella que tantas parejas pusieron en sus bodas y en sus aniversarios, amar y querer. Cada disco que sacaba era de entrada garantía de éxito. Las plazas lo reclamaban. Donde se parara llenaba. Y todo, fíjate bien en esto, todo lo hizo con una herramienta tan frágil como una simple garganta humana, la misma garganta que años más tarde lo iba a traicionar de la peor manera.
Lo que vino después fueron los años de oro. Y aquí necesito que cierres los ojos un momento y te acuerdes de cómo era todo entonces. No te voy a dar una lección de historia, te voy a recordar tu propia vida. Tú llegabas de trabajar o de la escuela o de la casa de tu mamá, prendías el radio y ahí estaba esa voz en la cocina, en el coche, en la consola del cuarto, en esos discos de acetato que se rayaban de tanto escucharlos.
La nave del olvido, el amar y el querer. Gabilán o paloma, almohada, lo dudo, lo pasado, pasado. Esas canciones no eran solo canciones, eran la banda sonora de tu vida. Te casaste con una de ellas sonando, lloraste un desamor y a lo mejor hasta el día de hoy hay una que no puedes oír sin que se te haga un nudo en la garganta y te lleve de golpe a una época que ya no existe.
Y déjame decirte por qué pegaba tanto, por qué se metía tan adentro. Porque José José no cantaba canciones alegres para bailar en la fiesta. Cantaba lo que duele. Cantaba el desamor, la traición, la copa de más, el orgullo herido, la mujer que se va y no vuelve. Le cantaba a los hombres que no sabían llorar y los hacía llorar a escondidas.
Le cantaba a las mujeres que aguantaban en silencio y las hacía sentir comprendidas por primera vez. En una época en la que un hombre tenía prohibido mostrarse débil, José José se subía a un escenario y enseñaba toda su fragilidad delante de miles de personas sin pena con la frente en alto. Por eso lo amaron como lo amaron, porque decía en voz alta lo que casi nadie se atrevía a decir dentro de su propia casa.
Eso era José José para México y para toda América Latina. una compañía, una voz que entraba a tu casa todas las noches y se quedaba a vivir ahí. En 1983 grabó un álbum llamado Secretos con composiciones del maestro español Manuel Alejandro y de ahí salieron canciones como Lo dudo y El amor acaba. Ese disco vendió alrededor de 4 millones de copias.
4 millones fue el álbum más vendido de toda su carrera. Lo escuchaban en México, en Estados Unidos, en Centroamérica, en Sudamérica, en España y hasta en lugares tan lejanos como Japón y Rusia, donde no entendían una sola palabra de español, pero igual se quedaban callados al oír esa voz. Más de 95 millones de discos a lo largo de su carrera.
Para que te des una idea de lo que eso significa, muy pocos artistas latinos en toda la historia han llegado a esa cifra. casi ninguno. Y no era solo en los discos. José José estaba en todas partes, en la televisión de los domingos, en esos programas enormes de variedades que reunían a toda la familia frente al televisor, en los palenques, cantándole de cerca a la gente del pueblo en las ferias, en los teatros más elegantes y en las plazas más humildes.

Lo mismo lo escuchaba la señora encopetada que la muchacha que limpiaba su casa. Esa fue siempre su magia. Le cantaba igual a todos y todos sentían que les cantaba solo a ellos. Se vestía impecable. Smoking, traje bien cortado, el pelo perfecto, la sonrisa de Galán de cine. Un caballero a la antigua de los que ya casi no se ven.
Heredó de su padre el tenor, esa elegancia para pararse en un escenario y la juntó con algo que el padre nunca tuvo. Millones de personas comunes y corrientes que lo sentían parte de la familia. Llegaron los premios, por supuesto. En 2004, la Academia Latina de la Grabación le entregó el premio a la excelencia musical.
Ese mismo año le pusieron una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. Su nombre grabado en el suelo de los Ángeles, entre las grandes leyendas del mundo. Y aún así, fíjate en este detalle porque dice mucho de su vida. El Grami, el grande, el de Estados Unidos, lo nominaron varias veces y nunca se lo dieron, nunca lo ganó.
El hombre que vendió 95 millones de discos, el que hizo llorar a tres generaciones, se quedó sin el premio que muchos consideran el más importante de todos, como si hasta en los reconocimientos la vida le guardara siempre el tercer lugar. igual que aquella noche en el teatro ferrocarrilero. Pero detrás de esa voz prodigiosa había una maquinaria y aquí está la parte que casi nunca te cuentan, la parte que de verdad importa.
El mundo del espectáculo de aquella época funcionaba como una fábrica. Las disqueras, los empresarios, los managers, la prensa, todos vivían del artista, todos cobraban del artista y el artista muchas veces era el último en enterarse de cuánto dinero estaba generando su propia garganta. Te lo voy a explicar cómo es para que se entienda bien.
Imagínate una mina de oro y a todos alrededor sacando oro a manos llenas, con palas, con carretillas y al dueño de la mina firmando papeles que no entendía, confiando en gente que le juraba que lo estaba cuidando mientras le daban un sueldito. Esa era la posición de José José, una voz que valía una fortuna en manos de un hombre que él mismo describió con sus propias palabras como alguien frágil, débil, ignorante en los negocios, incapaz de decir que no.
Guarda esa frase, incapaz de decir que no, porque esa misma debilidad que lo hizo tan humano, tan querido, tan cercano, fue la grieta por donde se le metió todo lo que después lo destruyó. Y quiero darte un solo ejemplo de cómo esa maquinaria lo aprisionó. Un ejemplo que casi nadie de tu generación conoce y que te va a dejar con la boca abierta.
Año 1973. José José ya es famoso en el mundo de habla hispana y un día su música llega a oídos de uno de los hombres más grandes de la historia de la música mundial, Frank Sinatra. El mismísimo Frank Sinatra, el ídolo de la juventud de José José, lo escucha y queda impresionado y manda decir que quiere grabar con él un dueto.
Y no solo un dueto, un disco entero bajo su propio sello en Estados Unidos. Para un cantante mexicano de aquella época, eso era el cielo, era la puerta al mundo entero, era pasar de ídolo latino a leyenda global. ¿Y sabes qué pasó? que no se pudo. ¿Por qué? Por un papel, por un contrato. José José tenía un contrato de exclusividad con su disquera que le prohibía grabar con nadie más y ese contrato pudo más que el sueño de su vida.
Frank Sinatra le abrió la puerta del mundo y la maquinaria de la que él dependía, la que vivía de su voz, se la cerró en la cara. Eso es lo que era un contrato de exclusividad, querida amiga. Por fuera se veía como un privilegio. Por dentro era una cadena. Una cadena de oro, eso sí, pero cadena al fin. Y la llave la tenía otro.
Años después, José José grabó en español la canción New York, New York como un homenaje a su amigo Frank Sinatra, un homenaje a la oportunidad que la industria no lo dejó tomar. Y hay un detalle de esa historia que parte el corazón. Frank Sinatra le regaló a José José un anillo y José José lo guardó como un tesoro el resto de su vida.
En sus entrevistas, ya de grande, ya enfermo, lo giraba entre los dedos mientras hablaba. Para él, ese anillo era el espejo en el que se miraba como artista, el recuerdo del día en que el más grande del mundo le dijo, casi sin palabras, que era de los suyos. Imagínalo un momento. Un hombre que perdió su voz, su fortuna, su salud y al final hasta el control de su propia muerte, aferrado a un anillo que le recordaba que alguna vez tocó el cielo con las manos.
¿Te imaginas cargar con eso toda la vida? Saber que tuviste el cielo al alcance de la mano y que alguien más decidió por ti que no. Acuérdate de esto, porque José José pasó la vida entera rodeado de gente que decidía por él en los negocios, en el dinero y al final hasta en su propia muerte. Y entre toda esa maquinaria había mujeres.
Hubo sobre todo una familia que el público amó. Y antes de esa familia hubo otra mujer, una mujer que el tiempo casi borró y cuya historia terminó de la forma más trágica. Porque en esta historia, como en casi todas, los que más perdieron no fueron los poderosos de la industria, fueron las personas que se cruzaron en el camino del ídolo.
La primera de ellas se llamaba Natalia Herrera Calles. Le decían Kiki. Una mujer de la más alta sociedad mexicana, nieta de un expresidente de la República, el general Plutarco Elías Calles. Socialit, actriz de gran belleza, refinada. y 20 años mayor que José José. Se casaron en 1971, cuando él apenas despuntaba.
Un muchacho pobre de clavería, casado con una aristócrata 20 años mayor, dos mundos que no encajaban. El matrimonio fue tormentoso desde el principio, según contaron quienes los conocieron, y terminó en divorcio pocos años después. Pero la historia de Kiki no termina ahí y aquí es donde se pone oscura, porque después del divorcio, Kiki quedó en una situación dolorosa, rechazada por una parte de la sociedad, sola, intentando una carrera artística que nunca despegó.
Llegó a cantar en escenarios pequeños las mismas canciones que habían hecho ídolo a su exmarido, incluida el triste. Y en 1983, una noche, después de cantar en un lugar de la ciudad de México, Kiki murió. Su coche quedó atorado en un cruce de vías de tren. La versión que circuló dice que al ver venir el tren, ella intentó salir del auto y que el tacón de su zapatos se atoró.
El final fue brutal. Y la escena dejó dudas que nunca se aclararon del todo porque el auto quedó casi intacto y sin embargo ella no. Te lo cuento con cuidado porque esto es una versión que rodeó su muerte, no una sentencia. Pero el hecho es que la primera esposa del príncipe de la canción terminó sola, olvidada y muerta de forma trágica a los pocos años.
Recuerda a Kiki. Recuerda que la primera mujer de esta historia terminó así porque hay un patrón aquí y lo vas a ir viendo. Después de Kiki llegó la mujer que tú sí recuerdas. Se llama Ana Elena Noreña, pero tú la conociste como Anel. hermosa. Había sido señorita México, actriz, modelo.
Se casó con José José en 1976 y con ella tuvo a sus dos primeros hijos, José Joel y Marisol. Esos mismos dos hijos que décadas después iban a aterrizar en Miami sin encontrar el cuerpo de su padre. Pero todavía no llegamos ahí. Por ahora, quédate con la foto. El ídolo, su esposa hermosa, sus dos hijos pequeños, la familia perfecta que vendían las revistas y detrás de esa foto una casa donde el alcohol ya estaba haciendo lo suyo en silencio todas las noches.
Porque mientras tú escuchabas a José José cantarle al amor eterno, el hombre que cantaba esas canciones se estaba ahogando. Recuerda a Anel, recuerda a esos dos niños. Van a volver y cuando vuelvan vas a entender toda la historia. Y ahora déjame contarte cómo se cayó el príncipe, porque su caída no fue de un día para otro, fue lenta, tan lenta que durante años nadie quiso verla.
A finales de los 70 y durante los 80, en plena cima, José José ya bebía mucho. Él mismo lo contó después, sin esconderlo. Durante casi 30 años fue alcohólico. Y para poder cantar los días de concierto, cuando ya el cuerpo no le respondía, recurría a otras cosas todavía peores. Él decía que de los años 90, 91 y 92 apenas tenía recuerdos.
Recuerdos borrosos como de alguien que vivió esos años dentro de una niebla espesa. ¿Y por qué bebía tanto un hombre que lo tenía todo? ¿Por qué un hombre amado por millones se hacía pedazos en privado cada noche cuando se apagaban las luces? Aquí hay algo que él guardó casi toda su vida y que solo confió a su hija Marisol, según contó después su exesposa Anel en una entrevista de televisión.
José José cargaba una herida de la infancia, un abuso que sufrió siendo niño en una época en la que esas cosas no se hablaban, no se denunciaban, no se atendían. Un niño con un padre ausente por el alcohol, una madre sola tratando de sostener todo y un dolor que se le quedó adentro sin nombre durante décadas.
No te lo cuento como morvo, te lo cuento porque sin eso no se entiende por qué un hombre tan dotado se buscó tanto la destrucción. El alcohol no le llegó por capricho, le llegó como le llega a tanta gente, como una manera de tapar algo que duele demasiado para mirarlo de frente. Y aquí quiero hacer una pausa contigo, de mujer a mujer, de persona a persona.
Quizá tú conoces a alguien así, alguien que por fuera lo tenía todo y por dentro se estaba cayendo a pedazos. Quizá en tu propia familia hubo un hombre que bebía para no sentir, un padre, un hermano, un esposo. Y quizá tú también aprendiste, como aprendió México entero, que a veces el que más sonríe en el escenario es el que más llora cuando llega a su casa.

El dinero, mientras tanto, se evaporaba. Y aquí vuelve la maquinaria. José José generó millones de dólares en sus mejores años. ¿Dónde quedaron? Según se ha contado y según él mismo denunció, buena parte se fue en gastos descontrolados y en una administración que, en sus palabras fue alevosa. Se ha señalado en particular a Manuel Noreña, hermano de Anel, que fungió como administrador del cantante.
Y aquí hay un dato que duele tanto como el de Sinatra. Según se ha relatado, ese mismo entorno frenó otra oportunidad enorme, un posible dueto con los BGs, uno de los grupos más grandes del planeta en aquellos años. Lo frenaron porque dicen, “No les pareció importante.” Otra vez otra puerta al mundo cerrada por alguien que decidía por él.
Para entender de dónde salieron esas acusaciones, hay que hablar de un libro. En 2008, José José publicó su autobiografía. La tituló Esta es mi vida y en esas páginas, el príncipe abrió la caja de todos sus dolores. Contó sus adicciones sin maquillaje, sin esconder nada. Contó que para entonces llevaba 15 años sobrio y que apenas estaba aprendiendo a vivir un día a la vez.
Se perdonó a sí mismo en voz alta por las cosas terribles que hizo cuando bebía. incluso por haber empujado a beber a uno de sus mejores amigos. Y también en ese libro ajustó cuentas. José José acusó a su exesposa Anel y al hermano de ella de haberlo defraudado durante años y dijo algo todavía más fuerte, algo que estremeció a quien lo leyó.
aseguró que durante mucho tiempo le dieron a beber preparados de herbolaria, que según él le fueron dañando la voz poco a poco. Llegó a usar la palabra brujería. llegó a hablar de magia negra, de que lo habían embrujado para destruirlo. Hasta contó que pasó por un proceso para liberarse de todo aquello. Y aquí me tengo que parar contigo, querida amiga, porque esto es delicado y este canal te respeta demasiado como para venderte una sola versión como si fuera la verdad absoluta.
Todo eso lo dijo él desde su dolor, desde su enfermedad, desde su necesidad de explicarse a sí mismo por qué había perdido lo que más amaba en el mundo, que era su voz. Anel lo negó. Rechazó cada una de esas acusaciones una por una, y nunca hubo un juez que le diera la razón a uno o al otro. Quédate con las dos cosas al mismo tiempo.
Un hombre convencido de que lo traicionaron los suyos y una mujer que jura hasta hoy que todo eso es mentira. Versión contraversión. Y en medio de las dos, dos hijos que crecieron oyendo a su papá acusar a su mamá y a su mamá defenderse de su papá en la televisión frente a todo el país. ¿Te imaginas crecer así con tu familia rota convertida en tema de revista? en chisme de cada semana.
Esos dos niños, José Joel y Marisol, crecieron sin una infancia normal. La suya fue una infancia pública expuesta, donde cada pleito de sus papás salía en los periódicos al día siguiente. Acuérdate de eso cuando lleguemos al final, porque cuando esos dos hijos pelearon por el cuerpo de su padre, había mucho más en juego que un cadáver.
Estaban peleando por el derecho a despedir en paz al hombre que el mundo entero les había ido quitando un pedacito a la vez durante toda su vida. Te repito que en estos puntos hay versiones encontradas y que José José los contó desde su dolor, pero hay algo que no admite versión, algo que es un hecho duro y comprobable.
El matrimonio con Anel se derrumbó. Se divorciaron en 1991 después de 15 años juntos. Y tras ese divorcio, José José tocó fondo, fondo de verdad. El hombre que había llenado plazas de toros, el que se vestía de smoking y conquistaba con una sola mirada, terminó viviendo prácticamente en la calle. Hay relatos de esa época que parten el alma.
El ídolo desaparecía por semanas y algún amigo o familiar lo encontraba en las peores condiciones, durmiendo donde caía. Se documentó que llegó a vivir durante un tiempo dentro de un taxi. Piénsalo un segundo. El mismo hombre cuya voz sonaba en cada radio del país, el galán elegante de las portadas de las revistas durmiendo en un taxi desecho.
Las fotos de esa etapa, comparadas con las de su esplendor, parecen dos personas distintas. El mismo nombre, dos hombres, el príncipe y su ruina. Y lo más doloroso de esa etapa es que el país entero lo vio. Aquellas fotos del ídolo desecho recorrieron las revistas y los noticieros. La gente que lo amaba abría el periódico y se encontraba a su príncipe irreconocible, hinchado, perdido.
Y dolía porque era como ver caer a alguien de tu propia sangre. Muchos lo dieron por perdido. Muchos pensaron que de esa ya no salía. Y sin embargo salió despacio, a tropezones, agarrándose de las pocas manos que de verdad lo querían. José José fue saliendo del pozo. Pero la voz, esa joya con la que había conquistado al mundo, ya no volvió completa.
El alcohol se la había llevado para siempre. Le devolvieron la vida, la voz ya no. Esa fue la primera gran caída y el precio que pagó por su adicción no fue solo su dinero ni solo su familia, fue su instrumento, fue su voz. Porque las décadas de alcohol, de cigarro, de cuerpo maltratado le cobraron la factura donde más le dolía. José José empezó a perder la voz.
No de golpe, de a poco. Primero le costaba llegar a las notas altas que antes alcanzaba como si nada. Después le costaba sostener una frase entera. A esto se sumaron problemas de salud serios. En los años 70, una neumonía le dañó los pulmones de manera irreversible y en 2007 le diagnosticaron una parálisis facial, la parálisis de Bell, que le afectó músculos de la cara y de la garganta.
La herramienta que lo había llevado a la cima se fue apagando y un cantante sin voz, querida amiga, es un hombre al que la maquinaria deja de necesitar. ¿Te imaginas lo que es eso? Que aquello que te hizo ser quien eres, aquello por lo que el mundo te amó, se te vaya entre los dedos sin que puedas hacer nada para detenerlo? Hubo un concierto en 2008 junto al pianista griego Yan.
Yanni contó después que a José José le tomó 7 días de preparación nada más para intentar cantar. Si días para una sola presentación y aún así subió al escenario. Peleó por cada palabra, por cada sonido. Jan dijo que aquello fue un acto de valentía. El príncipe ya no tenía su corona, pero seguía subiéndose al trono, aunque le costara la vida entera hacerlo, y todavía tuvo fuerzas para un último gran regreso.
En 1992, ya sobrio por un tiempo, grabó un disco llamado 420 y con él volvió al Madison Square Garden de Nueva York a llenarlo otra vez. Fíjate qué hombre. Lo tiraban y se levantaba. Lo daban por muerto y resucitaba. Esa fue siempre su historia, caer y levantarse hasta que llegó la caída de la que ya no pudo levantarse porque los aplausos del Madison Square Garden no alcanzaban para siempre.
La voz seguía apagándose y con ella también el dinero. El hombre que había generado una fortuna inmensa empezó a hablar sin pena de sus problemas económicos. le confesó a una revista que él y su familia vivían al día. Al día. El ídolo de todo un continente viviendo al día. En 2014 vendió una casa que tenía en Coral Gables, en Florida, valuada en 5 millones de dólares, y se mudó a un departamento mucho más modesto.
Poco a poco fue soltando todo. La casa, los escenarios. Alrededor del año 2013 dejó de hecho de presentarse en público. El telón bajó despacio casi sin que nos diéramos cuenta y el país que lo había acompañado en cada disco durante 40 años de pronto entendió que al príncipe se le estaba acabando el reino. Y aquí, querida amiga, es donde empieza la cuenta regresiva hacia ese hospital de Miami.
Aquí viene lo primero que te prometí. Te prometí contarte por qué sus dos hijos mayores se enteraron de la muerte de su padre por una llamada de teléfono y tuvieron que volar a Miami sin saber dónde estaba su cuerpo. Para entender eso, tienes que saber quién estaba con él al final y quién no. A principios de los años 90, en el fondo del pozo, cuando casi nadie daba un peso por él, apareció en la vida de José José una mujer de origen cubano.
Se llamaba Sara Salazar. Lo conoció cuando él estaba en pleno proceso de rehabilitación tratando de salir del alcohol hecho pedazos. Sara lo cuidó, lo acompañó, lo ayudó a levantarse. Se hicieron novios y se casaron en 1995. Y ese mismo año, durante una gira, nació la hija de los dos. Una niña a la que llamaron Sara, igual que su madre, pero a la que el mundo conocería años después como Sarita.
Recuerda ese nombre, Sarita, porque esa niña con el tiempo se iba a convertir en el centro de la tormenta más grande de toda esta historia. Y aquí quiero ser justa con todos, porque la verdad casi nunca es de un solo color. Sara Salazar, a la que el público mexicano después miró con tanta sospecha, fue la mujer que estuvo cuando ya casi nadie estaba.
Cuando José José dormía en un taxi y muchos de sus amigos de la fama habían desaparecido, ella se quedó a su lado, lo levantó, lo acompañó a recuperarse, le dio una hija y un motivo para querer seguir vivo. Por eso, cuando él hablaba de Miami, hablaba de la ciudad que lo había visto renacer y por eso, para esa parte de la familia, llevárselo a Miami al final fue devolverlo al lugar donde, según ellos, había vuelto a nacer.
Para ellos no había nada turbio en eso. Te cuento esto porque es importante que tú tengas las dos versiones y decidas por ti misma. De un lado, unos hijos que sienten que les arrebataron a su padre en sus últimos días. Del otro, una esposa y una hija que juran que solo cuidaron al hombre que amaban y que cumplieron su última voluntad.
Las dos partes lloran de verdad. Las dos partes sienten que tienen la razón. Y en medio de las dos, un hombre que ya no podía hablar por sí mismo, que ya no podía decir con esa voz que se le había ido para siempre lo que de verdad quería. Durante un tiempo, todo pareció mejorar. José José estaba sobrio, tenía una nueva esposa, una nueva hija, un nuevo comienzo, pero algo se rompió por dentro de la familia.
Sus dos hijos mayores, José Joel y Marisol, contaron después que la relación con su padre se fue enfriando. José Joel lo dijo abiertamente. Según él, la distancia con su papá empezó a crecer cuando se metieron en sus palabras ciertas ideas y él señaló a la nueva esposa, “Que conste que esto es lo que declaró el hijo en entrevistas, la otra parte lo cuenta distinto, pero el hecho que nadie discute es este.
Durante más de 20 años, la relación entre José José y sus hijos mayores fue una montaña rusa de rupturas, reconciliaciones y alejamientos. Una familia partida que se juntaba y se separaba según el momento, según la salud, según quién estuviera cerca. Y mientras tanto, ¿qué hacía el público? El público no veía nada de esto.
El público seguía amando al príncipe. Para ti, para mí, para todos los que crecimos con sus canciones, José José era el ídolo, el sobreviviente, el hombre que se había caído y se había levantado mil veces. No veíamos las grietas, no queríamos verlas. Porque cuando amas a alguien a través de una pantalla, lo quieres perfecto.
No quieres saber que en su casa había heridas que nunca cerraron. Pasaron los años. En 2010, Sara Salazar sufrió un derrame cerebral que le dejó secuelas. Entre otras cosas, le costaba viajar, soportaba mal las alturas. Eso hizo que ella se quedara cada vez más en Miami. Y José, José, ya enfermo, ya sin voz, ya mayor, quedó atrapado entre dos mundos, una esposa con problemas de salud en Estados Unidos y dos hijos en México, un solo hombre, cada vez más frágil, en medio de los dos.
Y entonces llegó el golpe que ninguna voz prodigiosa podía cantar para espantarlo. En marzo de 2017, José José grabó un video. Se veía flaco, demacrado, muy distinto al galán que tú recordabas de las portadas. Y con esa voz cavernosa que le había quedado, le dijo a sus fans la verdad. Tenía cáncer.
Cáncer de páncreas, uno de los más agresivos que existen. Dijo que por eso estaba tan flaco, que los médicos le habían dicho que estaban a tiempo, que ya empezaba con las quimioterapias, que entraba y salía del hospital. El país entero se estremeció porque una cosa era saber que el príncipe había perdido la voz y otra muy distinta era enterarse de que se nos estaba yendo de verdad.
El tratamiento empezó en México y según contó después su hijo José Joel, en esos primeros momentos hubo unión. Los hijos mayores lo apoyaron. Estuvieron con él antes de una operación. Parecía que la enfermedad al menos los había vuelto a juntar a todos alrededor de la misma cama. Pero esa unión duró muy poco.
Durante esos dos años y medio, México entero rezó por él. Las noticias daban parte de su salud como si fuera de la familia de uno, que estaba mejor, que había recaído, que lo habían vuelto a internar. Lo operaron. Pasó por quimioterapias que lo dejaban cada vez más delgado, más frágil, más lejano. Y tú como tantos seguro lo viste en alguna foto de esos años y se te encogió el corazón.
Porque ese señor flaquito encorbado con la mirada cansada ya no se parecía en nada al galán de Smoking que te enamoró cuando eras joven. Y sin embargo, era él, él mismo, el príncipe peleando la última batalla, la única que no se gana con talento ni con valentía. Y ahora sí, llegamos al teléfono. Llegamos a lo primero que te prometí.
El 28 de septiembre de 2019, en ese hospital de Homstead murió José José y la noticia a sus dos hijos mayores llegó por teléfono desde Miami en una llamada breve. No estuvieron ahí, no pudieron tomarle la mano, no pudieron decirle adiós en persona. Se enteraron como se entera un extraño por una llamada. Y cuando volaron a Miami, desesperados buscando dos cosas, el cuerpo de su padre y la verdad sobre cómo había muerto, se toparon con el silencio.
Pasaron casi 48 horas y el cuerpo todavía no había sido puesto a disposición de toda la familia. Léelo otra vez en tu cabeza. Casi dos días, el ídolo más grande de la balada en español, muerto, y sus propios hijos sin poder llegar a él. ¿Cómo es posible que esto pase en una familia? ¿Cómo terminamos aquí? Para responderte eso, tengo que contarte lo segundo que te prometí.
Y aquí es donde aparece el dinero, donde aparece lo más feo de todo. Aquí viene lo segundo que te prometí. Te prometí contarte qué pasó de verdad en esos días. la cremación que se detuvo, la autopsia que se pidió y el dinero que empezó a aparecer alrededor de un muerto. Agárrate. Cuando José Joel y Marisol por fin lograron a través de abogados acercarse al cuerpo de su padre, pidieron algo que parece increíble que haya que pedir.
Pidieron una autopsia. Querían saber de qué había muerto exactamente su padre y en qué circunstancias había pasado sus últimos meses. El programa Ventaneando reportó en aquellos días que los abogados de Marisol y José Joel lograron detener la cremación por 48 horas para intentar que esa autopsia se hiciera. Detener una cremación con abogados de por medio por el cuerpo de su propio padre.
Eso no pasa en una familia que está en paz. Eso pasa cuando alguien sospecha algo. Y aquí tengo que contarte cómo terminó esa pelea, porque el detalle pone los pelos de punta. En aquellos días se fue conociendo el acta de defunción de José José y lo que decía no cuadraba del todo con lo que se había prometido en público.
El documento establecía que el príncipe había muerto el 28 de septiembre a las 12:15 del día en el hospital de Homstead. La causa que quedó asentada fue un paro cardíaco provocado por la falla de varios órganos, por el deterioro general de un cuerpo que ya no daba más. Su cuerpo fue trasladado a una funeraria, la Caballero Rivero, y ahí permaneció en refrigeración mientras la familia se peleaba afuera.
Llegó a viajar a Miami hasta un diputado mexicano, Sergio Mayer, para intentar negociar que los restos volvieran a México. Pero había un dato en ese papel que lo cambiaba todo. El acta firmada desde los primeros días de octubre ya establecía que José José sería cremado en un crematorio de Fort Lauderdale. ¿Y por qué importa tanto eso? Porque sus hijos mayores habían dicho ante las cámaras que el acuerdo era otro.
que el cuerpo entero de su padre viajaría a México, que de cremación no se había hablado. José Joel lo suplicó en vivo con la voz quebrada, pidiendo que hicieran lo correcto, recordándole a quien lo escuchara que una nación entera estaba esperando a su José José. ¿Y qué pasó al final de todo? Que perdieron. La autopsia que pidieron nunca se hizo.
El cuerpo entero que querían traer de vuelta jamás viajó. Pelearon con abogados, detuvieron la cremación dos días, suplicaron por televisión. Y aún así, el 8 de octubre, José José fue cremado en Florida sin la autopsia que sus hijos mayores tanto reclamaron, sin volver entero a la tierra que lo vio nacer. Lo único que les tocó al final fue la mitad.
la mitad de unas cenizas. Eso fue todo lo que les quedó del hombre que les dio la vida. Y aquí entra de nuevo esa palabra que te pedí que recordaras, regalías, porque en medio del dolor empezó a hablarse de dinero y de algo todavía peor, de negocios montados sobre la muerte del ídolo. En aquellos días, medios como TV Notas citando a personas cercanas a la familia y los conductores de Ventaneando soltaron una versión que indignó a medio país.
Según esa versión, que te repito que es eso, una versión y no un hecho probado ante un juez, la hija menor habría negociado el funeral, el homenaje y las entrevistas en torno a la muerte de su padre. Se llegó a hablar de una cifra cercana al millón y medio de dólares por entrevistas y por la transmisión de los eventos y hasta de una posible participación en una entrega de premios y un lanzamiento como cantante.
Insisto, porque este canal no inventa, esto nunca se confirmó oficialmente. Sarita lo negó una y otra vez y siempre dijo lo mismo, que ella solo cumplió la voluntad de su padre y de su madre. Pero el solo hecho de que se hablara de eso, de que la muerte de José José se convirtiera en un tema de cifras y de derechos de transmisión, ya te dice en qué clase de mundo había vivido siempre este hombre.
Un mundo donde hasta tu cadáver se puede negociar, donde hasta tu funeral se cotiza. El mismo sistema que sacó oro de su voz durante 40 años siguió sacando oro de él incluso después de muerto. Lo llamaron el triste por una canción y hasta su despedida fue triste, peleada y vendida al mejor postor. El domingo se hizo un homenaje público en Miami en el auditorio del condado de Miami Did y ahí ocurrió una imagen que lo dice absolutamente todo.
El cuerpo de José José llegó en un ataúd lujoso, bañado en una chapa de oro de 24 kilates. Un ataú que, según se reportó costó alrededor de $25,000. Y ese ataú dorado, hermoso, carísimo, nunca se abrió. Por petición expresa de sus hijos mayores, permaneció cerrado durante todo el homenaje. Piénsalo.
Un féretro de oro cerrado con el príncipe adentro y afuera una familia que no se ponía de acuerdo ni para decirle adiós. Y hubo algo más alrededor de ese ataú cerrado, algo que hasta hoy alimenta las dudas. Porque al permanecer sellado, al no abrirse jamás frente a nadie, empezó a correr una pregunta incómoda entre la prensa y la gente. ¿De verdad estaba el cuerpo de José José ahí dentro? Hubo periodistas como Gustavo Adolfo Infante que llegaron a poner en duda, en voz alta que el cuerpo del cantante hubiera estado presente en aquel homenaje de Miami.
Qué conste, querida amiga, que eso se quedó en el terreno de la sospecha. Nunca se comprobó ni una cosa ni la otra, pero detente a pensar en lo que significa que una duda así, tan brutal, tan irrespetuosa con un muerto, pudiera siquiera plantearse. Significa que la confianza estaba rota del todo, que ni en el momento más sagrado, el de la despedida, la familia y el público podían estar seguros de nada.
Ese era el nivel de desconfianza que rodeaba la muerte del príncipe de la canción. Ese día, cuando salieron los tres hermanos a agradecer a la prensa, le pasaron el micrófono a Sarita y ella rompió en llanto. Buscó consuelo en los brazos de su hermano José Joel antes de volver a entrar. Para algunos ese llanto fue dolor verdadero, para otros fue puro teatro para las cámaras.
Y esa división, querida amiga, esa imposibilidad de saber qué era de verdad y qué era actuado, es exactamente lo que convirtió esta historia en una herida que sigue abierta hasta el día de hoy. Y déjame decirte algo de corazón. Si tú viendo todo esto desde tu casa en aquellos días sentiste rabia o sentiste tristeza o las dos cosas al mismo tiempo, no estabas sola.
Un país entero sintió lo mismo y muchos nos hicimos la misma pregunta que a lo mejor te hiciste tú. ¿Dónde estaban todos los que ganaron dinero con él durante 40 años? ¿Dónde estaban los empresarios, las disqueras, los amigos del medio que vivieron de su voz? ¿Por qué la despedida del ídolo más grande de la canción romántica terminó siendo un pleito entre tres hijos alrededor de un ataúd cerrado? Quiero detenerme aquí un momento porque esto importa.
Si esta historia te está removiendo algo por dentro, si tú también creciste con esta voz, si tú también la cantaste, entonces ya somos parte de lo mismo. Hay historias que no podemos dejar que se pierdan, historias de gente que nos dio todo y que merece que alguien al menos cuente la verdad de lo que le pasó.
Tú al escuchar esto hasta el final, al dejar aquí tu comentario, estás haciendo algo importante, estás honrando su memoria y no hay mejor forma de querer a alguien que negarse a olvidarlo. Ahora bien, te conté la pelea por el cuerpo, te conté el dinero, pero falta lo más difícil. Falta entender cómo llegó José José a morir lejos de sus hijos mayores, quién decidía por él al final y cómo quedó fuera la familia que lo vio nacer como artista.
Aquí viene lo tercero que te prometí. Y te aviso desde ahora, esta es la parte más dura de toda la historia porque es la parte donde se ve con claridad quién perdió de verdad. Tenemos que volver a febrero de 2018. un año y medio antes de la muerte. En esa fecha, José José fue trasladado de la Ciudad de México a Miami en un vuelo privado para reunirse con su esposa Sara Salazar, a quien no veía desde hacía tiempo por el tratamiento del cáncer.
La decisión de ese traslado, según se reportó, la coordinó su hija menor Sarita. Y aquí se abrió el abismo. Porque José Joel y Marisol, los hijos mayores, no estuvieron de acuerdo con ese traslado. Dijeron que se habían llevado a su padre gravemente enfermo, fuera del país, sin el pleno consentimiento del resto de la familia.
Y las palabras subieron de tono. Empezaron a acusar a Sarita de tener en sus propias palabras secuestrado a su padre. Esa fue la palabra que usaron en televisión frente a las cámaras, frente al país entero. Secuestrado. Marisol llegó a referirse a su media hermana con una dureza tremenda y José Joel deslizó algo todavía más grave.
Insinuó que detrás de todo aquello había un interés por la herencia de su padre. ¿Y quién era esta hija menor que de pronto tenía en sus manos al ídolo de todo un continente? Sarita, Sara Sosa Salazar era una joven de poco más de 20 años. Había nacido en 1996. Era la hija del tercer matrimonio, criada en Estados Unidos. Se había casado muy joven con un muchacho llamado Jimmy Ortiz, de origen humilde, que se había dedicado a lavar autos en Miami.
Soñaba con ser cantante. Tenía un canal en internet donde subía sus covers y videos sobre su papá. Y la verdad, querida amiga, es que casi nadie en México sabía quién era ella hasta que estalló todo esto. De repente, esa joven desconocida se convirtió en el nombre más comentado del país, la señalada, la acusada, la que según sus hermanos se había llevado a su padre.
Y vale la pena recordar cómo había sido ese traslado año y medio antes, porque desde el principio se vio raro. En febrero de 2018, José José subió a un avión privado en México con rumbo a Miami. En el aeropuerto lo esperaba su esposa Sara Salazar, contenta, diciéndole a la prensa que él iba a estar mejor, bien cuidado, que solo había que orar y confiar en Dios.
Pero del otro lado quedaba un hueco enorme. Sus hijos mayores apenas supieron de ese viaje cuando ya estaba hecho. Todo fue confuso, apresurado, como si alguien tuviera prisa por mover al príncipe de un lado del mapa al otro, lejos de unos, cerca de otros. Y mientras la familia se desgarraba en público, ¿dónde estaba José José? Estaba en Homestead, al sur de Miami, en una casa, al cuidado de su hija menor y de la familia de ella.
Su yerno, el esposo de Sarita, era un joven que se había dedicado a lavar autos. Gente humilde, sencilla. Ahí pasó José José su último año y medio de vida, lejos de los escenarios, lejos de México, lejos sobre todo de los dos hijos que el público conocía. Porque José Joel y Marisol en esos últimos meses prácticamente no pudieron verlo.
Detente a imaginar el contraste. El mismo hombre que se había hospedado en los mejores hoteles del mundo, que había vestido smoking frente a las grandes figuras del espectáculo, pasó sus últimos meses en una casa sencilla de Homstead, un suburbio modesto al sur de Miami. Lejos de los escenarios, lejos de las multitudes y sin la voz que lo había definido, en el silencio de un lugar que nada tenía que ver con la vida que había llevado, y sobre todo con la mitad de sus hijos del otro lado de una puerta que no se
abría. Así pasó al final el príncipe de la canción, lejos del trono, lejos de la mitad de los suyos. Imagínate eso. Tu padre se está muriendo. Lo sabes, el país entero lo sabe. Y tú no puedes llegar a su lado. No por distancia, no por dinero, por una pelea entre adulto sobre quién decide por él. Y aquí, querida amiga, tengo que detenerme contigo más tiempo, porque esto le pega a muchísima gente y a lo mejor te pega a ti.
Quizá tú también viviste algo parecido, una herencia que dividió a tu familia, un padre o una madre enfermos y de pronto los hermanos peleándose en lugar de cuidarlos. Quizá tú sabes lo que se siente querer estar al lado de alguien que amas en sus últimos días y que alguien más con un papel en la mano o con una decisión te lo impida.
Quizá tú sabes lo que es querer despedirte y que no te dejen. Si es así, entonces entiendes exactamente lo que sintieron esos dos hijos, pero multiplicado por un país entero, mirándolos desde la televisión sin poder hacer nada. ¿Y quién tenía razón? Esa, te soy honesto, es la pregunta que nunca se respondió del todo.
Una parte de la familia dice que José José quería estar en Miami con su esposa en sus últimos días y que eso fue lo que se respetó. La otra parte dice que se lo llevaron enfermo y vulnerable, lejos de quienes también lo amaban, y que no los dejaron acercarse. Las dos cosas pueden tener algo de verdad al mismo tiempo.
Así son las familias rotas. No hay buenos y malos perfectos, hay dolor por todos lados. Pero hay una mujer en esta historia que cargó con un dolor particular y que el público casi olvidó en medio del escándalo. Anel, la madre de José Joel y de Marisol, la mujer con la que José José vivió 15 años. Décadas después del divorcio y a pesar de todo lo que él escribió contra ella en su libro, ahí estaba Anel.
parada en el Palacio de Bellasartes, montando guardia de honor junto a sus hijos, frente a las cenizas del hombre con el que un día se casó enamorada, acusada por él, señalada y aún así ahí acompañando a sus hijos en el adiós a su padre. Si tú eres madre, a lo mejor entiendes esto mejor que nadie, porque una mujer puede dejar de amar a un hombre, puede pelearse con él, puede sentirse traicionada por él, pero cuando se trata de sus hijos, ahí está parada, firme, aguantando lo que haga falta, aunque le cueste la vida.
Anel estuvo ahí por ellos, por sus hijos, para que no estuvieran solos en el peor día de su vida. Y mientras tanto, en el libro, en la bioserie, en las revistas, en los programas de espectáculos, la vida entera de José José se seguía vendiendo. Porque sí, en 2018, justo en medio de toda esta tragedia, la televisión estrenó una serie sobre su vida, su historia convertida en producto, sus amores, sus caídas, sus traiciones, sus heridas, todo en pantalla, todo generando dinero.
El hombre se estaba muriendo en una casa de homestad y al mismo tiempo su vida era un negocio en horario estelar. Ese es el sistema del que te hablo. No se detiene nunca ni cuando te estás muriendo. Aquí está lo que quedó de todo aquello. El rastro. Cuando por fin se llegó al acuerdo, frente al cónsul mexicano en Miami, el primero de octubre se decidió que José José sería cremado y que sus cenizas se dividirían en dos.
La mitad se quedaría en Miami con su viuda Sara Salazar y con Sarita. La otra mitad viajaría a México. Sarita explicó que esa había sido la voluntad de su padre, que una mitad de su corazón quedara en Miami, la ciudad donde, según ella, renació. y dejó las adicciones y conoció a su madre y que la otra mitad volviera a México, donde nació y donde el público lo vio florecer.
Suena bonito dicho así, pero piénsalo. El hombre que perteneció a todo un continente repartido en dos, como si su muerte también fuera una herencia que había que dividir. Lo llamaron el triste y ni en la muerte lo dejaron entero. Aquí viene lo cuarto que te prometí, lo que conecta toda esta historia con el día de hoy, con este momento en que tú me estás escuchando, lo que explica por qué esta herida nunca cerró.
El 9 de octubre de 2019, la mitad de las cenizas de José José llegaron a la Ciudad de México, en un avión de la Fuerza Aérea Mexicana. Las recibieron sus hijos José Joel y Marisol. Y Marisol dijo una frase que a mí, te confieso, me rompió por dentro. dijo, “Regresando tu corazón a tu tierra, papi.” Lo despidieron como a los más grandes.
Hubo un homenaje en el Palacio de Bellas Artes, el mismo recinto donde 60 años antes había cantado su padre, el tenor. “Cierra el círculo en tu cabeza un momento.” El padre cantó ópera en ese escenario y al hijo lo despidieron hecho cenizas en ese mismo lugar. Alfombra roja. Flores blancas. Miles de personas en las calles lanzando flores al paso del cortejo, cantando sus canciones a todo pulmón con lágrimas en la cara.
Hubo una misa en la Basílica de Guadalupe, una serenata en clavería, el barrio donde nació. Y al final la mitad de sus cenizas fue sepultada en el panteón francés junto a su madre Margarita Ortiz, que había muerto en 2004. Volvió por fin junto a su mamá. la mujer del piano, la que lo crió casi sola mientras el padre se perdía en el alcohol.
Y déjame contarte cómo fue ese adiós en las calles, porque fue una de las cosas más impresionantes que ha visto México. Miles y miles de personas salieron a las avenidas. Señoras de tu edad, querida amiga, con la foto del príncipe pegada al pecho. Hombres grandes, curtidos por la vida, llorando sin esconderse de nadie.
Jóvenes que lo conocían por sus abuelas. Todos cantando sus canciones a una sola voz mientras pasaba el cortejo en el barrio de Clavería, donde había nacido, donde hoy hay una estatua suya, la gente lo recibió como se recibe a alguien de la familia que por fin vuelve a casa después de mucho tiempo. Fue dolor, sí, pero también fue amor.
Un amor inmenso de un pueblo entero por un hombre que les había hecho compañía toda la vida a través de un radio. Y eso al final es lo único que ni los pleitos ni el dinero pudieron tocar. Porque mientras los abogados discutían papeles y las cenizas se repartían en dos, en la calle ocurría lo que de verdad importaba.
La gente lo lloraba como suyo, lo cantaba, lo despedía con el alma. El sistema se quedó con el negocio, pero el cariño ese siempre fue del pueblo y eso no se hereda, ni se vende, ni se reparte. Y la otra mitad, la otra mitad de las cenizas de José José se quedó en Miami con Sara Salazar y con Sarita. ¿Dónde exactamente? Esa querida amiga, es una de las preguntas que todavía hoy no tiene una respuesta pública y clara y no es la única.
Porque cuando se apagaron las cámaras, cuando terminaron los homenajes, cuando el país dejó de llorar en vivo, la guerra no terminó. Apenas empezaba la parte legal. Un año después de su muerte, en 2020, José Joel y Marisol seguían en pie de lucha. Seguían exigiendo respuestas. ¿Cómo pasó José José sus últimos días exactamente? ¿En qué condiciones vivió ese último año y medio en Homstead? dejó un testamento.
Y si lo dejó, ¿qué decía y quién aparecía en él? ¿Quién se quedó con los derechos de su música, con las regalías de esas canciones que tú sigues escuchando hoy? Esas preguntas, hasta donde se sabe públicamente, nunca terminaron de aclararse del todo. Y los años fueron pasando, 2020, 2021, 2022 y la herida seguía sin cerrar. De un lado del mar, en México, José Joel y Marisol siguieron cantando las canciones de su padre, subiéndolas a los escenarios, manteniéndolo vivo de la única forma que sabían.
Del otro lado, en Miami, Sarita intentaba su propia carrera, defendiéndose una y otra vez de un público que no la perdonaba. Cada cierto tiempo una entrevista, una declaración nueva, un reproche de un lado o del otro y los medios encantados porque la novela de la familia Sosa seguía dando para llenar programas y vender revistas.
Porque hasta el día de hoy, mientras tú me escuchas, hay cosas que siguen sin aclararse. No se sabe con claridad qué decía el testamento, si es que llegó a verlo. No se sabe del todo cómo fueron de verdad esos últimos meses en aquella casa de Homestead. Y muchos seguidores se siguen preguntando dónde quedó exactamente la otra mitad de las cenizas del príncipe.
Preguntas sencillas, sin respuesta clara, años y años después. Piénsalo bien. Un hombre que vendió más de 95 millones de discos, cuyas canciones siguen sonando en cada estación de radio, en cada plataforma, en cada fiesta, en cada despedida, en este preciso instante en algún rincón del mundo. Cada vez que alguien reproduce el triste o la nave del olvido o almohada, se generan regalías.
Dinero que sigue llegando, que va a seguir llegando por años, por décadas. ¿A quién? Esa pregunta tan sencilla, querida amiga, es la que todavía divide a esta familia. Y mientras esa pregunta sigue sin respuesta, pasa algo hermoso al mismo tiempo. Hay jóvenes que hoy descubren a José José por primera vez en sus teléfonos, en las plataformas, sin saber nada de los pleitos ni de las cenizas divididas.
Lo escuchan y se quedan callados, igual que se quedó callado aquel teatro en 1970. Nietos que les preguntan a sus abuelas, ¿quién es ese señor que canta tan bonito? Y las abuelas, gente buena como tú, sonríen y empiezan a contarles. Así, de boca en boca, de generación en generación, el príncipe se sigue salvando del olvido.
Y quien lo mantiene vivo es la gente común, esa que lo cantó toda la vida y que se niega a dejarlo ir. Y aquí está el sistema una última vez mostrándose entero, porque lo que le pasó a José José después de muerto es lo mismo que le pasó en vida. En vida su voz fue una mina de oro que muchos explotaron mientras él se hundía en el alcohol y dormía en un taxi.
Muerto, su nombre, su funeral, sus cenizas, sus regalías y su historia misma se volvieron objeto de pleito y de negocio. El espectáculo no soltó a José José ni cuando dejó de respirar. Lo siguió usando. Lo sigue usando. Lo usará mientras esas canciones sigan sonando. ¿Y qué fue de cada uno de ellos? Déjame cerrarte cada hilo porque te lo prometí y porque cada uno merece que se diga qué fue de su vida.
Sara Salazar, la viuda, la mujer que lo rescató del fondo en los años 90, quedó en Miami con la mitad de las cenizas y con el dolor de haber perdido al amor de su vida. Sarita, la hija menor, siguió en Estados Unidos, en Homestead, con su esposo y su hija pequeña, intentando una carrera como cantante, cargando para siempre con la imagen de haber sido la mujer que el público señaló como la que escondió a su padre.
Justo o injusto, ese señalamiento la persigue hasta hoy. José Joel y Marisol siguieron en México defendiendo la memoria de su padre a su manera, cantando sus canciones, peleando por las respuestas que sienten que les deben. Yanel, la madre, la que estuvo parada en bellas artes junto a sus hijos, siguió siendo lo que siempre fue para ellos, el sostén.
Y hubo justicia. Te voy a contestar con la verdad. aunque no sea la que quisiéramos oír. No hubo un culpable señalado por un juez. No hubo un villano de película al que castigar y mandar a la cárcel. Hubo algo más triste y más parecido a la vida real. Hubo una familia rota que nunca terminó de juntarse, un ídolo que se fue en medio de un pleito y un montón de preguntas que se quedaron sin responder.
La industria que ganó millones con él siguió ganando tan tranquila. Y los que de verdad lo amaron de un lado y del otro se quedaron dolidos, peleados, partidos como sus cenizas. Y si me preguntas a mí qué nos enseña toda esta historia, te lo digo con el corazón en la mano. Nos enseña que la fama no protege de nada, que puedes vender 95 millones de discos, llenar el Madison Square Garden, tener una estrella en Hollywood y aún así terminar solo, enfermo, peleado con los tuyos y viviendo al día.
nos enseña que el dinero cuando entra en una familia muchas veces no la une, a veces es justo lo que la rompe para siempre y nos enseña algo más, algo que tú y yo deberíamos llevarnos de aquí esta tarde, que mientras estamos a tiempo, mientras nuestra gente todavía respira, hay que decir lo que se tiene que decir.
Hay que perdonar lo que se tiene que perdonar, porque después, cuando ya no están, lo único que queda es el pleito por lo que dejaron. Y eso, créeme, no le devuelve la voz a nadie. Si esta historia te hizo pensar en tu propia familia, en algo que tienes pendiente con alguien, no lo dejes para después. Llama, perdona, abraza, di lo que sientes mientras todavía puedas decirlo, porque el príncipe nos enseñó con su propio dolor que el después a veces llega demasiado tarde.
Pero quiero terminar contigo donde empezamos. Porque aunque esta historia esté llena de pleitos, de dinero, de ataúdes de oro cerrados y de cenizas divididas en dos países, hay algo que ningún abogado, ninguna disquera y ningún pleito familiar le pudo quitar nunca a José José. Su voz y lo que esa voz significó para ti, para tu madre, para tu juventud, para las noches en que una de sus canciones sonaba y el mundo por tr minutos dolía un poquito menos.
Acuérdate de aquella noche de 1970. Un muchacho de 22 años, flaco, pobre, casi desconocido, sube a un escenario en el teatro ferrocarrilero. Canta una balada sobre una despedida que duele y a la mitad de la canción, sin que nadie lo planee, sin que nadie lo ensalle, una sala entera se pone de pie y llora. En ese instante nació el príncipe y en ese mismo instante, sin saberlo, el destino le puso el nombre que iba a acompañarlo hasta el último de sus días.
Lo llamaron el triste por una canción. Terminó siéndolo por su vida. Pero ni toda la tristeza del final, ni los pleitos, ni el cáncer, ni las cenizas repartidas en dos países lograron apagar lo único que de verdad importaba. Esa voz sigue aquí, en tu casa, en tu radio, en tu memoria, igual que aquella primera noche en el teatro ferrocarrilero.
Y mientras tú la sigas escuchando, querida amiga, mientras tú sigas cantando sus canciones, el príncipe no se ha ido del todo. Sigue ahí esperándote paciente cada vez que pones una de sus canciones y subes volumen. a ti que llegaste hasta aquí conmigo. Gracias de corazón. A ti en México, a ti en Estados Unidos, a ti en Colombia, en Argentina, en donde sea que estés escuchando esta voz que te acaba de contar la historia.
Cuéntame aquí abajo en los comentarios cuál fue la primera canción de José José que recuerdas en tu vida. ¿Dónde estabas? ¿Con quién la escuchaste? Porque a lo mejor esa canción te lleva a tu mamá, a tu juventud, a alguien que ya no está. Y escribirlo aquí es una forma de no dejar que se olvide. Cuídate mucho y no te vayas todavía, porque muy pronto te voy a contar la historia de otra figura que tú también amaste con el alma y de un secreto que se guardó por décadas detrás de una sonrisa que todos creíamos conocer de
memoria. hasta entonces. Y recuerda esto que te digo, hay verdades que tardan años en salir a la luz. Algunas incluso siguen escondidas hasta el día de hoy, esperando a que alguien por fin se atreva a contarlas completas. Pero tarde o temprano siempre aparece una voz que las dice de frente. Y mientras esa voz exista, querida amiga, ninguna historia se pierde del todo.