PARTE 1
El rellano olía a lo de siempre.
Una mezcla imbatible de abrillantador de suelos, guiso de domingo y el perfume de la vecina del tercero que siempre echaba de más.
Lara suspiró frente a la puerta de madera oscura.
Esa puerta que parecía custodiar no solo un piso de ochenta metros cuadrados, sino un museo de las tradiciones familiares.
Llevaba en la mano una bolsa pequeña, de papel grueso y elegante.
Una bolsa que pesaba poco, pero que le había costado un riñón y parte del otro.
Su marido, Javi, ya estaba dentro.
Se oían las risas de fondo y el tintineo de los cubiertos contra los platos de duralex.
Lara empujó la puerta, que soltó su quejido característico en sol menor.
—¡Ya estoy aquí! —anunció, intentando sonar más animada de lo que realmente estaba.
Maru, su suegra, apareció en el pasillo como una exhalación de color delantal de cuadros.
—¡Hombre, la marquesa! —exclamó Maru con ese tono que oscilaba entre el cariño y el dardo envenenado.
—Traigo el postre, Maru —dijo Lara, dejando una caja de la pastelería sobre el mueble de la entrada.
Pero no fue la caja lo que atrajo la mirada de halcón de la suegra.
Fue la otra bolsa.
La bolsa negra con letras blancas minimalistas.
Esa bolsa que gritaba “aquí dentro hay algo que cuesta más que tu factura de la luz”.
Maru se acercó, entornando los ojos como quien analiza una prueba delictiva en un laboratorio forense.
—¿Y esto? —preguntó, señalando con el dedo índice, cuya uña estaba perfectamente pintada de un rojo coral clásico.
—Nada, una cosa que necesitaba —respondió Lara, intentando apartarla discretamente.
—¿Una cosa? —insistió Maru—. Eso tiene pinta de ser de esas tiendas donde te dan las muestras con cuentagotas.
Lara sonrió con esfuerzo, tratando de mantener la compostura.
—Es una crema, Maru. Una crema de noche.
—¿De noche? —Maru soltó una carcajada seca—. ¿Es que tu cara no duerme?
—Es para que la piel se regenere mientras descanso —explicó Lara, entrando ya en el salón.
Javi, sentado en el sofá viendo el previo de la Fórmula 1, ni se inmutó.
Sabía que cuando su madre y su mujer empezaban con los “temas de estética”, lo mejor era hacerse el muerto.
Maru no se dio por vencida y siguió a su nuera hasta la mesa comedor, que ya estaba puesta con el mantel de los días grandes.
—Déjame verla —pidió Maru, más que pedir, ordenó.
Lara, sabiendo que la resistencia era inútil, sacó el tarro de cristal pesado y esmerilado.
El envase era una joya de la ingeniería cosmética.
Parecía contener el secreto de la eterna juventud o, al menos, un combustible para cohetes espaciales.
Maru cogió el tarro y lo pesó en la palma de su mano.
—Pesa —sentenció la suegra—. Eso es por el cristal, que te lo cobran a precio de Murano.
Buscó la etiqueta del precio, pero Lara ya la había arrancado en un acto de pura supervivencia.
Sin embargo, Maru no necesitaba etiquetas.
Tenía un radar para el gasto innecesario que ríete tú de los inspectores de Hacienda.
—¿Cuánto? —preguntó Maru, clavando sus ojos en los de Lara.
—Estaba de oferta —mintió Lara descaradamente, evitando el contacto visual.
—Lara, te conozco como si te hubiera parido yo —dijo Maru, dejando el tarro sobre el mantel con un golpe seco—. ¿Cuánto te han soplado?
Lara tragó saliva.
Miró a Javi buscando auxilio, pero Javi estaba muy ocupado analizando el desgaste de los neumáticos de un Ferrari en la televisión.
—Cincuenta euros —soltó Lara de golpe, como quien se quita una tirita de un tirón.
El silencio que siguió a esa cifra fue absoluto.
Incluso el comentarista de la tele pareció bajar el volumen por respeto al drama que se avecinaba.
Maru retrocedió un paso, llevándose la mano al pecho, justo encima del collar de perlas que solo usaba los domingos y los entierros.
—¿Cincuenta euros? —repitió, como si estuviera pronunciando una blasfemia en la catedral de Burgos.
Lara asintió, sintiéndose de repente como una adolescente que ha llegado a casa después del toque de queda.
—En una crema —continuó Maru, procesando la información—. En un bote de chapapote de este tamaño.
—No es chapapote, Maru, es ciencia —intentó defenderse Lara.
Maru soltó una risoplada que hizo vibrar las copas de vino.
—Ciencia, dice. ¡Cincuenta euros!
Empezó a caminar en círculos por el salón, gesticulando con las manos.
—Con cincuenta euros te compro yo tres kilos de filetes de los buenos, de los de ternera de Ávila, de los que se cortan con el tenedor.
Lara cerró los ojos un momento, sabiendo que la comparación cárnica acababa de empezar.
—Tres kilos, Lara —insistió Maru—. ¡Tres kilos de chicha de la buena!
—No puedo restregarme un filete por la cara por las noches, Maru —replicó Lara, empezando a perder la paciencia.
—Pues igual te hacía más provecho que ese mejunje —contestó la suegra rápidamente.
—Es una inversión en mi salud cutánea —dijo Lara, usando términos que sabía que irritarían a Maru.
—Salud cutánea… —Maru se burló del término—. ¡Si parece que hablas de una enfermedad del ganado!
Se acercó de nuevo a la mesa y volvió a mirar el tarro con desprecio infinito.
—Cincuenta euros… eso es casi lo que cuesta el seguro del coche de Javi por un trimestre.
Javi, al oír su nombre, levantó la cabeza un segundo.
—Mamá, deja a Lara, que se compre lo que quiera —dijo sin mucha convicción.
—Tú calla, que no tienes ni idea de lo que cuesta ganar el dinero —le espetó Maru sin siquiera mirarlo.
Volvió a centrar su atención en Lara, que estaba empezando a desear haberse quedado en casa comiendo un yogur.
—Cincuenta euros en una crema que se va a quedar en la almohada —sentenció Maru—. Porque eso se absorbe, ¿no? ¿O es que te quedas tiesa como una momia toda la noche?
—Se absorbe perfectamente, Maru, deja la piel como la seda —explicó Lara, intentando ser pedagógica.
—Como la seda la deja el suavizante de la ropa y cuesta dos euros el garrafón —contraatacó la suegra.
Lara se sentó en la silla, agotada antes de empezar a comer.
—Prefiero gastar en mi cara ahora que tener que operarme a los sesenta —soltó por fin, lanzando el primer dardo serio de la tarde.
Maru se detuvo en seco.
Sus ojos se entrecerraron.
Aquello ya no era solo una discusión sobre el ahorro.
Era un desafío a la genética y a la gestión del tiempo.
—¿Operarte? —Maru se acercó a Lara, quedando a escasos centímetros de su rostro.
Lara pudo oler el aroma a laca y a jabón de manos de toda la vida.
—Mírame bien la cara, Lara —dijo Maru, señalándose las mejillas con ambos índices.
Lara la miró.
Maru tenía setenta años, pero su piel tenía una firmeza envidiable, a pesar de las arrugas lógicas de la expresión.
—A tu edad yo solo usaba Nivea de bote azul —sentenció Maru con una solemnidad casi religiosa—. El de toda la vida. El que sirve para la cara, para los codos y para las rozaduras de los zapatos.
Lara suspiró, sabiendo que el mito del bote azul acababa de entrar en escena.
—Y mira qué cutis tengo —concluyó Maru, dándose unos golpecitos en el pómulo que sonaron a victoria.
PARTE 2
Maru se quedó plantada allí, como un monumento a la sabiduría popular.
Lara, por su parte, sentía que estaba a punto de entrar en un debate de Estado sobre la cosmética y la economía doméstica.
—Maru, la Nivea azul es básicamente grasa —dijo Lara, intentando usar un tono razonable.
—¡Grasa de la buena! —exclamó Maru, levantando un dedo—. Grasa que alimenta la piel, no como esas aguas de borrajas que te venden ahora con nombres que parecen sacados de una película de naves espaciales.
—No son aguas de borrajas, son principios activos —replicó Lara—. Ácido hialurónico, retinol, péptidos…
—Péptidos… —Maru repitió la palabra como si fuera un insulto en un idioma extinguido—. Eso suena a nombre de grupo de música moderna de esos que escucha tu hermano.
Javi, desde el sofá, dejó escapar una carcajada.
—¡Es verdad, Lara! —gritó Javi—. “Los Péptidos”, seguro que tocan en el FIB.
Lara le lanzó una mirada fulminante que lo devolvió al silencio de inmediato.
—Mira, Maru —continuó Lara, tratando de recuperar el hilo—. La ciencia ha avanzado. Ya no estamos en los años sesenta.
—Ni falta que hace —dijo Maru, dirigiéndose a la cocina—. En los sesenta la gente tenía la cara mejor que ahora, que vais todas que parecéis figuras de cera de tanto potingue.
Lara la siguió hasta la cocina, donde el olor al estofado de ternera era casi hipnótico.
Maru destapó la olla y un vapor denso y glorioso inundó la estancia.
—Mira este guiso, Lara —dijo Maru, señalando el interior de la olla con un cucharón de madera—. Aquí hay colágeno del de verdad. Del que sale de los huesos y del cariño.
Lara se apoyó en la encimera, rindiéndose un poco ante el aroma.
—Nadie duda de tu cocina, Maru, pero no me voy a poner salsa de estofado en las patas de gallo.
—Pues peor te va a ir con esos cincuenta euros tirados a la basura —respondió Maru mientras removía el guiso con parsimonia—. ¿Tú sabes cuántos huevos puedes comprar con cincuenta euros?
Lara puso los ojos en blanco.
—No quiero comprar huevos, Maru. Quiero que mi piel no se caiga a trozos cuando cumpla cincuenta.
—No se te va a caer a trozos si tienes buena genética —sentenció Maru—. Y si te hidratas como es debido. Con lo de siempre. Con lo que funciona.
Se giró hacia Lara, con el cucharón en la mano como si fuera un cetro.
—Cuando yo tenía tu edad, trabajaba ocho horas en la tienda, luego llegaba a casa, hacía la cena, os bañaba a vosotros… ¿Tú te crees que yo tenía tiempo para péptidos de esos?
—Eran otros tiempos, Maru —dijo Lara suavemente.
—Eran tiempos donde no nos engañaban con botes de cristal bonitos —zanjó Maru—. Yo me lavaba la cara con jabón de Lagarto y luego me echaba mi capa de Nivea azul. Una capa bien gorda, que parecía que me había caído en un bote de nata.
Lara se imaginó la escena y no pudo evitar una sonrisa.
—Pero Maru, eso te deja los poros obstruidos, no deja respirar a la piel.
—¡Que no respire! —exclamó Maru—. ¿Para qué quiere respirar la piel de noche? Lo que tiene que hacer es estar tranquila y que no le entre el aire frío.
Lara se rió, contagiada por la seguridad absoluta de su suegra.
—De verdad, Maru, tienes una respuesta para todo.
—Tengo la respuesta de la experiencia, hija —dijo Maru, bajando un poco el fuego—. Y la experiencia me dice que te han timado. Cincuenta euros… Es que no se me va de la cabeza.
Se acercó a un armario de la cocina, el que estaba encima de la nevera, y lo abrió.
Tras un paquete de servilletas y un bote de bicarbonato, sacó una lata azul metálica, redonda y desgastada por el uso.
La puso sobre la encimera con un clac metálico.
—Aquí la tienes —dijo con orgullo—. La superviviente.
Lara miró la lata.
Era como ver un objeto arqueológico.
—¿Cuánto tiempo tiene eso ahí, Maru? —preguntó con sospecha.
—Lo que haga falta —respondió Maru, abriéndola—. Esto no caduca. Esto es como el buen vino o como el odio de una vecina, dura para siempre.
El olor característico de la crema Nivea inundó la cocina.
Era un olor a infancia, a playa, a abuelas y a limpieza.
Lara, a pesar de sí misma, sintió una punzada de nostalgia.
—Huele bien, eso te lo concedo —admitió Lara.
—Huele a lo que tiene que oler —dijo Maru, cogiendo un poco de crema con el dedo—. Mira esta textura. Esto es consistencia. No como el gel ese que me enseñaste el otro día, que parecía saliva de ángel.
Maru se extendió la crema por el dorso de la mano con movimientos circulares y enérgicos.
—¿Ves este brillo? —preguntó, mostrando su mano a la luz—. Esto es protección. Esto es una barrera contra el mundo.
Lara se acercó y le tocó la mano.
Estaba suave, sí, pero también pegajosa como la miel.
—Maru, tienes la mano que parece que vas a nadar el estrecho de Gibraltar —comentó Lara.
—¡Y bien hidratada que voy a ir! —respondió Maru, riendo—. No como tú, que te gastas el sueldo en cremas que se evaporan antes de que cierres el bote.
Maru volvió a meter la lata en el armario, pero esta vez la dejó en primera línea.
—Cincuenta euros… —susurró de nuevo, como un mantra de incredulidad.
—Que ya está, Maru, que ya los he pagado —dijo Lara, intentando zanjar el tema.
—Pues mañana vas y la devuelves —sugirió Maru con total naturalidad—. Dices que te ha dado alergia. Te inventas unos granos o algo.
—No voy a hacer eso, Maru.
—¿Por qué no? —insistió la suegra—. Con ese dinero nos vamos tú y yo a comer a ese sitio de marisco que te gusta tanto. Eso sí que rejuvenece, el omega-3 de las gambas.
Lara soltó una carcajada.
—Eres increíble, de verdad.
—Soy ahorradora, que es distinto —corrigió Maru—. Y me duele ver cómo os engañan a los jóvenes con tanto marketing y tanta tontería.
Maru salió de la cocina con paso firme.
—¡Javi! —gritó—. ¡Pon la mesa, que los filetes no se van a comer solos! ¡Aunque hayan costado menos que la crema de tu mujer!
Javi obedeció al instante, sabiendo que el sermón acababa de pasar a su segunda fase.
Lara se quedó un momento a solas en la cocina.
Miró por la ventana el patio interior del edificio.
Vio la ropa tendida de los vecinos, las macetas con geranios y escuchó el televisor de alguien puesto a todo volumen.
Era la vida real.
La vida que, según Maru, se solucionaba con un poco de guiso y mucha Nivea azul.
Lara tocó su propio rostro, pensando en los péptidos y en el ácido hialurónico.
¿Realmente valían cincuenta euros?
¿O estaba pagando por la ilusión de no parecerse a su suegra a los setenta?
Pero entonces recordó la piel de Maru.
Esa firmeza que desafiaba a la gravedad y al sentido común.
Tal vez la Nivea azul tenía alguna propiedad mística que la ciencia aún no había descubierto.
O tal vez, simplemente, Maru estaba hecha de otra pasta.
De una pasta que no se agrietaba con el tiempo ni con las crisis económicas.
—¡Lara! —llamó Maru desde el salón—. ¡Que se enfría el colágeno!
Lara sonrió y salió de la cocina, dispuesta a enfrentarse al resto del domingo.
Pero sabía que la batalla de las cremas no había terminado.
Solo acababa de empezar la sobremesa.
Y en las sobremesas españolas, se sabe cómo se empieza, pero nunca cómo se acaba.
Sobre todo si hay una suegra convencida de que el progreso es un timo y la tradición es la única cosmética verdadera.
PARTE 3
La comida transcurrió entre el ruido de los platos y las anécdotas de Javi sobre su trabajo.
Maru servía las raciones de estofado como si estuviera repartiendo raciones de supervivencia en un refugio.
—Come, Lara, que estás muy flaca —dijo Maru, echando un trozo de carne extra en su plato—. La piel necesita chicha por dentro para lucir por fuera.
—Maru, estoy bien, de verdad —protestó Lara, aunque el olor de la carne era irresistible.
—Estás transparente —sentenció la suegra—. Por eso te gastas tanto en cremas, porque no tienes grasa natural que te sujete los pómulos.
Javi intentó intervenir, masticando un trozo de patata.
—Mamá, que Lara se cuida mucho, va al gimnasio y todo.
—¡El gimnasio! —Maru agitó la servilleta—. Otra saca-dinero. Con lo que cuesta la cuota esa, te vienes conmigo al mercado cargada con las bolsas y haces más ejercicio que levantando hierros.
Lara decidió que lo mejor era centrarse en el estofado.
Estaba espectacular, como siempre.
Pero la mente de Maru seguía anclada en el tarro de cincuenta euros que reposaba en el salón.
Era como si el objeto tuviera una carga radiactiva que la suegra detectaba desde la otra habitación.
—¿Y dice que es de noche, no? —preguntó Maru de repente, sin venir a cuento.
Lara levantó la vista del plato.
—¿La crema? Sí, Maru, de noche.
—O sea, que te la pones, te metes en la cama y ya está —continuó Maru—. ¿No hay que hacer ningún ritual? ¿No hay que rezarle a San Judas Tadeo para que haga efecto?
—No, Maru. Te lavas la cara, te la pones y a dormir.
—Qué aburrimiento —dijo Maru—. Mi Nivea azul tiene su ceremonia. Primero me caliento las manos, luego la extiendo con cuidado… Es como un masaje.
—Yo también me doy un masaje, Maru —dijo Lara.
—No será igual —afirmó la suegra—. Esa crema tuya debe ser tan ligera que ni la sientes. Para que algo funcione, tienes que notarlo. Tienes que sentir que llevas algo puesto.
Lara recordó la sensación de pesadez de la Nivea en su propia infancia.
Recordó a su madre embadurnándola antes de ir a la playa hasta que parecía un fantasma.
—Es que la tecnología ha mejorado la absorción, Maru —explicó Lara pacientemente—. No hace falta quedar como una croqueta para que la piel se hidrate.
—Pues yo prefiero ser una croqueta hidratada que una moderna seca —soltó Maru, provocando que Javi casi se atragantara con el vino.
—¡Mamá, por Dios! —exclamó Javi, riendo—. ¡Lara no está seca!
—No he dicho que esté seca ahora —aclaró Maru—. He dicho que va camino de ello si se fía de esos botes tan pequeños.
Maru se levantó para recoger los platos con una agilidad que ya quisieran muchas treintañeras.
—¿Sabes qué pasa, Lara? —dijo desde la cocina—. Que os habéis creído que la juventud se compra en un centro comercial.
Lara suspiró y ayudó a retirar el mantel.
—No es eso, Maru. Es que queremos envejecer lo mejor posible.
—Envejecer bien es aceptar que el tiempo pasa, pero no dejar que se te note en la mala leche —dijo Maru volviendo con el café—. La cara es el espejo del alma, no de la cartera.
Se sentaron de nuevo para el café y el postre que Lara había traído.
Pero Maru seguía con el tema.
—¿Y si te digo que mi madre, tu abuela política, usaba aceite de oliva? —preguntó Maru, clavando la mirada en Lara.
—¿Aceite de oliva en la cara? —preguntó Lara horrorizada.
—¡Como lo oyes! —afirmó Maru—. Unas gotitas antes de dormir. Y tenía una piel que parecía de porcelana.
—Maru, eso es una bomba de grasa, te salen granos seguro —dijo Lara.
—Ni un grano tuvo en su vida —aseguró Maru—. Lo que pasa es que ahora sois muy delicadas. Que si el pH, que si los parabenos… En mi época solo había dos cosas: lo que funcionaba y lo que no.
Lara sintió que estaba perdiendo la batalla por goleada.
La lógica de Maru era un muro infranqueable construido a base de años de refranes y sentido común de barrio.
—Mira, Maru —dijo Lara, intentando un último ataque—. La crema que he comprado tiene un estudio clínico detrás. Se ha probado en cientos de mujeres.
—¿Y qué van a decir los del estudio? —preguntó Maru con escepticismo—. “Nuestra crema es una porquería, compren Nivea”. Pues no, hija, dirán que es milagrosa para que gastes los cincuenta euros.
Maru se tomó un sorbo de café y suspiró con satisfacción.
—A ver, tráeme el bote otra vez. Quiero leer lo que pone —pidió.
Lara fue al salón y trajo el preciado tarro.
Se lo entregó a Maru, que se puso sus gafas de ver de cerca, esas que colgaban de una cadena de plata.
Maru empezó a leer los ingredientes en voz alta, tropezando con las palabras más complicadas.
—Aqua… bueno, eso es agua, ¿no? —preguntó.
—Sí, Maru.
—Glycerin… eso lo tiene todo —continuó—. Cetearyl alcohol… ¡Alcohol! ¡Lara, te estás echando alcohol en la cara! ¡Te vas a achicharrar!
—No es ese tipo de alcohol, Maru, es un emoliente —intentó explicar Lara.
—Alcohol es alcohol —sentenció Maru—. Para eso te echas un chorro de ginebra y al menos te alegras la noche.
Lara no pudo evitar reírse a carcajadas.
La imagen de ponerse ginebra en la cara como rutina de belleza era demasiado.
—Sigue leyendo, Maru, por favor —dijo Lara entre risas.
—Dimethicone… esto suena a veneno para las hormigas —continuó la suegra, arrugando la nariz—. Phenoxyethanol… ¡Virgen santa! ¿Tú estás segura de que esto no es para limpiar los azulejos?
—Son conservantes, Maru, para que no salgan bacterias en el bote.
—En mi bote de Nivea no salen bacterias porque no se atreven —afirmó Maru con total seriedad.
Dejó el bote sobre la mesa y miró a Lara por encima de sus gafas.
—Dime una cosa, de verdad. ¿Tú te notas algo cuando te la pones?
Lara se quedó pensativa un segundo.
—Me noto la piel más suave por la mañana. Menos tirante.
—Eso también te lo hace la Nivea —insistió Maru—. Y te sobran cuarenta y ocho euros para irte a la peluquería.
—Es que no es solo la suavidad, Maru. Es la prevención de arrugas a largo plazo.
Maru se echó hacia atrás en la silla y cruzó los brazos.
—La mejor prevención contra las arrugas es no enfadarse por tonterías y reírse de vez en cuando —dijo con un tono de sabiduría casi mística—. Y para lo demás, el bote azul.
Lara miró a Maru.
Realmente, a sus setenta años, no tenía ni una mancha en la piel.
Sus arrugas eran las lógicas alrededor de los ojos, las de alguien que ha sonreído mucho.
—A veces pienso que tienes razón, Maru —admitió Lara en un susurro.
—¡Claro que tengo razón! —exclamó Maru, triunfante—. Lo que pasa es que os habéis vuelto muy sofisticadas.
Maru se levantó y fue de nuevo a la cocina.
Regresó con su lata azul.
—Hagamos una prueba —propuso Maru, sentándose al lado de Lara.
—¿Qué prueba? —preguntó Lara con recelo.
—Te voy a poner un poco de la mía en una mano —dijo Maru—. Y tú te pones de la tuya de cincuenta euros en la otra.
Lara aceptó el reto.
Maru extendió una capa generosa de la crema blanca y densa sobre la mano izquierda de Lara.
Lara, por su parte, depositó una perla minúscula de su carísima crema sobre su mano derecha.
—Ahora extiende —ordenó Maru.
Ambas empezaron a masajear las manos de Lara.
La mano derecha absorbió la crema casi instantáneamente, dejando un rastro sedoso y un aroma sutil a flores blancas.
La mano izquierda seguía blanca, cubierta por una película brillante que se resistía a desaparecer.
—Ves —dijo Lara—, la mía ya no está. Ya está trabajando dentro de la piel.
—La mía está protegiendo —replicó Maru—. Mira qué brillo. Esto es salud.
Javi se acercó a mirar las manos de su mujer.
—La verdad es que la mano de la Nivea parece que ha estado bañada en barniz —comentó Javi.
—¡Tú te callas! —le cortaron las dos mujeres al unísono.
Lara miró sus dos manos.
La derecha se sentía ligera, técnica, moderna.
La izquierda se sentía protegida, cálida, tradicional.
—Huelen diferente —dijo Lara.
—La mía huele a madre —sentenció Maru—. La tuya huele a mostrador de aeropuerto.
Lara tuvo que darle la razón en eso.
El olor de la Nivea evocaba una seguridad que ningún laboratorio suizo podía replicar.
—Sabes qué, Maru —dijo Lara, cerrando su bote de cincuenta euros—. Me voy a quedar con las dos.
—¿Con las dos? —preguntó Maru sorprendida.
—Sí. La cara para la ciencia —explicó Lara— y las manos y los codos para la tradición.
Maru sonrió, dándose por satisfecha con el empate técnico.
—Bueno, es un comienzo —admitió la suegra—. Al menos no tirarás todo el dinero.
Pero el brillo en los ojos de Maru indicaba que la conversación no había terminado.
Todavía quedaba el tema de las cremas de día, los protectores solares y esa cosa rara que Lara llamaba “serum”.
Pero eso quedaría para el próximo domingo.
Porque en casa de Maru, la belleza era un asunto de resistencia.
PARTE 4
La tarde empezó a caer sobre el barrio, tiñendo de naranja las fachadas de los edificios antiguos.
Javi se había quedado medio dormido en el sillón, con el murmullo de un documental de animales de fondo.
Lara y Maru seguían en la mesa, ahora con una bandeja de mantecados que Maru había sacado “por si alguien se había quedado con hambre”.
—Dime la verdad, Lara —dijo Maru en voz baja, para no despertar a su hijo—. ¿Tú crees que yo estoy anticuada?
La pregunta pilló a Lara por sorpresa.
Miró a su suegra a los ojos y vio una pizca de vulnerabilidad que no solía mostrar.
—No es que estés anticuada, Maru —respondió Lara con sinceridad—. Es que tienes un sistema que te funciona. Pero el mundo cambia.
—Ya lo veo que cambia —suspiró Maru—. Ahora todo es tan complicado. Hasta para lavarse la cara hay que hacer un máster.
Lara le puso una mano en el brazo.
—A veces las cosas nuevas son buenas, Maru. Nos ayudan a sentirnos mejor con nosotras mismas.
—Yo me siento bien conmigo misma —afirmó Maru, recuperando su orgullo—. Pero me da miedo que os gastéis la vida en cosas que no duran.
Se quedaron un momento en silencio, escuchando la respiración pausada de Javi.
—Cincuenta euros… —repitió Maru, pero esta vez sin la agresividad de antes—. Es que con eso compraba yo los zapatos de colegio de Javi cuando era pequeño.
—Lo sé, Maru. Los tiempos son otros —dijo Lara suavemente—. Ahora nosotras trabajamos fuera, tenemos nuestros propios caprichos…
—Caprichos, sí —asintió Maru—. Pero no te olvides de lo que de verdad importa.
Maru se levantó y fue hacia el aparador del salón.
De un cajón sacó un álbum de fotos antiguo, con las tapas de cuero algo desgastadas.
Lo abrió sobre la mesa.
—Mira —dijo señalando una foto en blanco y negro, con los bordes festoneados.
En la imagen se veía a una Maru joven, de unos veintitantos años, en la playa de Benidorm.
Tenía una sonrisa radiante y la piel brillaba bajo el sol del Mediterráneo.
—Ahí no usaba nada —dijo Maru—. Solo sol y alegría. Y Nivea después, claro.
Lara observó la foto con detenimiento.
—Estabas guapísima, Maru.
—Estaba joven, que es distinto —corrigió la suegra—. La juventud es una crema que se acaba muy pronto y no hay bote en el mundo que la reponga.
Maru pasó la página.
—Mira esta otra. Ya tenía a Javi.
En la foto, Maru se veía algo más cansada, con ojeras marcadas, pero con una expresión de plenitud absoluta.
—Ahí tampoco tenía tiempo para cremas de noche —dijo—. Dormía cuando podía y me despertaba cuando él quería.
Lara sintió una punzada de emoción.
A veces se olvidaba de que Maru no siempre había sido “la suegra”.
Había sido una mujer joven, con sus miedos, sus sueños y sus propias luchas.
—Por eso me da rabia, Lara —continuó Maru—. Porque os venden que si tenéis una arruga menos seréis más felices. Y no es verdad.
Lara asintió lentamente.
—Tienes razón en parte, Maru. Pero a mí me gusta cuidarme. Me hace sentir que dedico un tiempo para mí al final del día.
Maru la miró con ternura, algo poco habitual en ella.
—Bueno, si es por eso, te lo perdono —dijo, dándole una palmadita en la mano—. Pero no te obsesiones, hija. Que la cara más bonita es la que tiene historias que contar.
Lara sonrió y cerró el álbum.
—¿Me dejas que te ponga un poco de la mía? —preguntó Lara, señalando su bote carísimo.
Maru hizo una mueca de duda.
—Venga, Maru —insistió Lara—. Solo para que veas qué bien huele.
Maru suspiró y extendió la mejilla, como quien se resigna a un castigo.
Lara cogió una cantidad minúscula de crema y la aplicó con suavidad sobre la piel de su suegra.
Hizo movimientos circulares, subiendo por el pómulo, con la delicadeza que se usa con algo valioso.
Maru cerró los ojos.
—Es suave, eso sí —admitió Maru en un susurro—. Y huele… huele como a sábanas limpias en un hotel de lujo.
—¿Ves? —dijo Lara sonriendo—. No es solo chapapote.
Maru abrió los ojos y se tocó la cara.
—Se ha absorbido volando —comentó extrañada—. ¿Dónde ha ido?
—Hacia dentro, Maru. Hacia donde tiene que ir.
Maru se miró en el espejo del aparador.
—Sigo siendo la misma —sentenció, aunque con una media sonrisa—. Pero con el pómulo de lujo.
Se rieron las dos, rompiendo por fin la tensión que se había ido acumulando desde que Lara cruzó la puerta.
Javi se despertó con el sonido de las risas.
—¿Qué pasa? —preguntó desorientado—. ¿Ya habéis acabado con la guerra química?
—Ya hemos firmado la paz —dijo Maru, volviendo a su tono mandón habitual—. Pero dile a tu mujer que la próxima vez se gaste el dinero en algo que se pueda comer, que así lo disfrutamos todos.
Lara empezó a recoger sus cosas para marcharse.
—Gracias por la comida, Maru. Estaba todo increíble.
—Llevaos el tupper con lo que ha sobrado —ordenó la suegra, metiendo una cantidad ingente de estofado en un recipiente de plástico—. Que con lo que te gastas en cremas no os va a llegar para la carnicería esta semana.
Lara aceptó el tupper sin rechistar.
Era el tributo de guerra que aceptaba con gusto.
Cuando estaban en la puerta, Maru detuvo a Lara un momento.
—Espera —dijo.
Fue corriendo a la habitación y volvió con algo en la mano.
Era una lata de Nivea azul, pero esta era nueva, todavía con el precinto de aluminio.
—Toma —dijo, dándosela—. Por si se te acaba el oro ese que has comprado.
Lara cogió la lata y sintió el peso frío del metal en su mano.
—Gracias, Maru. La usaré.
—Úsala para los codos, al menos —dijo Maru guiñándole un ojo—. Que los tienes un poco ásperos y ahí los péptidos esos no hacen nada.
Lara se rió y le dio un beso en cada mejilla.
—Hasta el domingo, Maru.
—Hasta el domingo, marquesa.
Lara y Javi bajaron las escaleras en silencio.
Al llegar al coche, Lara dejó la bolsa de la cosmética en el asiento de atrás, junto al tupper de estofado y la lata de Nivea.
—¿Al final qué? —preguntó Javi mientras arrancaba—. ¿Cremas caras o la Nivea de toda la vida?
Lara miró por la ventana, viendo a Maru asomada al balcón para despedirlos con la mano, como hacía siempre.
—Pues mira, Javi —respondió Lara—. Creo que me quedo con la cara de tu madre.
—¿Con su cara? —preguntó Javi extrañado—. Pero si está llena de arrugas.
—No, Javi —dijo Lara con una sonrisa—. Me quedo con su seguridad. Con esa forma de caminar por el mundo pensando que un bote azul de dos euros la hace invencible.
Lara abrió la lata de Nivea y se puso un poco en el dorso de la mano.
El olor a infancia inundó el coche.
Era un olor que no costaba cincuenta euros.
Era un olor que era gratis y que, sin embargo, valía un imperio.
—Pero la crema de noche no la devuelvo —añadió Lara—. Que el ácido hialurónico tampoco hace daño.
Javi se rió y puso la radio.
—Sois imposibles —dijo.
—Somos mujeres, Javi —corrigió Lara—. Y en este país, eso significa que tenemos que estar preparadas para todo. Tanto para una cena de gala como para un bombardeo.
Lara miró sus manos.
Una brillaba por la Nivea.
La otra estaba suave por la ciencia.
Y en su interior, se sentía un poco más cerca de esa mujer que, con un delantal de cuadros y un bote azul, gobernaba su pequeño reino de ochenta metros cuadrados con una sabiduría que ningún estudio clínico podría igualar jamás.
Porque al final del día, lo que importa no es lo que te pones en la cara, sino quién te espera al otro lado de la mesa para decirte que estás tirando el dinero.
Y eso, pensó Lara, no tenía precio.
Aunque Maru insistiera en que, con cincuenta euros, se compraban tres kilos de filetes.
De los de Ávila.
De los que se cortan con el tenedor.