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El Asiento Número 17 en la Plaza de Toros de Las Ventas

El olor a sangre, sudor y arena mojada siempre había sido el perfume de la muerte en Madrid. Pero aquella tarde de octubre, bajo un cielo plomizo que amenazaba con ahogar a la capital española, el hedor era diferente. Era antiguo. Era putrefacto. Olía a almas calcinadas y a secretos enterrados.

La Plaza de Toros de Las Ventas rugía. Veintitrés mil almas gritaban al unísono, una bestia de mil cabezas sedienta de arte y tragedia. Era la última corrida de la Feria de Otoño. En el centro del albero, el matador estrella, Diego “El Arcángel” Montoya, vestido con un traje de luces grana y oro, desafiaba a un morlaco negro azabache de seiscientos kilos.

Pero en el Tendido 9, Fila 4, Asiento 17, Javier Silva no estaba aplaudiendo. Estaba paralizado, con los nudillos blancos aferrados a la barandilla de hierro frío, incapaz de respirar.

Él era el único. Veintitrés mil pares de ojos veían a un torero valiente, ejecutando una verónica perfecta. Sin embargo, los ojos de Javier, dilatados por un terror primario y absoluto, veían la grotesca y blasfema verdad.

Diego Montoya no estaba toreando. Estaba siendo controlado.

Una entidad informe, una masa de sombras hirvientes que parecían absorber la escasa luz de la tarde, estaba adherida a la espalda del matador. Tenía tentáculos, o algo parecido a zarcillos de humo denso y negro como la brea, que se hundían directamente en la nuca de Montoya, envolviendo su columna vertebral, bajando por sus brazos hasta las muñecas, manipulando cada uno de sus movimientos con una precisión de marionetista macabro.

La entidad era colosal, alzándose casi tres metros por encima del torero, una presencia puramente demoníaca que ondulaba con el viento pero no se disipaba. Y lo más aterrador no era su existencia; era que nadie más, absolutamente nadie en aquella plaza monumental, parecía darse cuenta. El público jaleaba un pase de pecho, ciego a las garras de oscuridad que forzaban la mano del torero a moverse.

Javier parpadeó frenéticamente, frotándose los ojos hasta que le dolieron. «Es un espejismo, es el cansancio, es la medicación», se dijo a sí mismo, con el corazón golpeando sus costillas como un pájaro enjaulado. Pero cuando volvió a mirar, la sombra seguía allí. Y entonces, la criatura giró. No tenía rostro, no tenía ojos, pero Javier sintió una conexión instantánea, una mirada de puro abismo clavándose directamente en su alma desde el centro del ruedo.

La sombra lo sabía. Sabía que él podía verla.

En ese instante de distracción forzada, el toro cargó. Montoya, bajo el control férreo de la entidad, no retrocedió. La bestia embistió con una furia ciega. La sombra tiró brutalmente de los hilos invisibles, obligando al matador a clavar la primera banderilla con una fuerza sobrehumana, antinatural, rasgando la carne del animal.

En el milisegundo en que el acero penetró el músculo del toro, Javier gritó.

No fue un grito de simpatía por el animal. Fue un alarido de puro dolor físico. Como si un interruptor se hubiera encendido en su corteza cerebral, la mente de Javier se partió en dos. El impacto en el ruedo detonó una explosión en su memoria.

El chirrido de los neumáticos. El olor a goma quemada. El cristal del parabrisas estallando en un millón de diamantes mortales. La sangre de Lucía cubriendo el volante. Sus ojos vacíos, mirando hacia la nada en la carretera de Toledo, hace diez años. La noche en que Javier, borracho, condujo su coche hacia el abismo.

Javier cayó de rodillas en el estrecho espacio de su asiento, jadeando, agarrándose la cabeza mientras el recuerdo, que había enterrado bajo años de terapia y negación, lo apuñalaba con la nitidez del presente. Sabía a sangre en la boca. Podía oler el perfume de Lucía mezclado con gasolina.

—¡Oiga! ¡Siéntese! ¡No deja ver! —bramó un anciano con un puro en la mano desde la fila de atrás, dándole un golpe en el hombro.

Javier se alzó, ignorando al anciano, con los ojos fijos en la arena. El toro sangraba, bufaba, escarbaba la arena amarilla. El torero se posicionaba para el siguiente pase. La sombra parecía haber crecido, alimentándose no de la sangre del animal, sino del aura del dolor, de la tensión de la multitud, y de forma aterradora, del recuerdo agonizante que acababa de arrancar de la mente de Javier.

Comprendió de golpe la naturaleza de la aberración. Esa cosa no era un simple parásito. Era una bomba de relojería emocional. Estaba orquestando una sinfonía de dolor. Cada herida infligida en el ruedo era una llave que abría la caja de Pandora de la mente de Javier, y quizás, si se fortalecía lo suficiente, de todos los presentes.

El capote ondeó de nuevo. La sombra obligó a Montoya a un movimiento temerario, rozando los cuernos mortales a milímetros de su femoral. La multitud contuvo el aliento. «¡Olé!», rugió Las Ventas.

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