Y condenó el arrianismo como herejía. Arrio fue exiliado. La crisis parecía resuelta. No lo estaba. Lo que vino después del concilio de Nicea es uno de los capítulos más turbulentos y más fascinantes de la historia de la iglesia. Porque la victoria de Nicea no fue definitiva. Fue el comienzo de una guerra que duraría décadas y que en algún momento pareció que iba a revertir completamente el resultado del concilio.
La razón fue política tanto como teológica. Muchos de los obispos que habían firmado el credo seno no estaban completamente convencidos de él. Habían firmado por presión imperial, por deseo de paz, por no querer enfrentarse a Constantino. Pero en sus corazones seguían con dudas. Y cuando Constantino murió y sus sucesores tuvieron posiciones distintas sobre la controversia, esas dudas emergieron con fuerza.
El hijo de Constantino, Constancio II, era simpatizante del arrianismo. Con el poder imperial detrás, los obispos arrianos comenzaron a remontar. Los obispos nicenos fueron perseguidos, exiliados, depuestos. Y la doctrina que el concilio de Nicea había definido parecía a punto de ser deshecha. Atanasio fue exiliado cinco veces.
Cinco veces los emperadores arrianos lo expulsaron de su sede en Alejandría. Cinco veces volvió. La frase que describe su situación en esos años se convirtió en uno de los lemas más famosos de la historia de la Iglesia. Atanasio contra el mundo, Atanasius contra Mundum, un obispo solo contra los emperadores, contra la mayoría de los otros obispos, contra el consenso político de su época, sosteniendo una doctrina que en algún momento de esa crisis parecía haber perdido completamente.
Hay un momento específico de esa historia que me impacta cada vez que lo pienso. Cuando los aliados de Atanasio le dijeron que el mundo entero estaba contra él, Atanasio respondió con una serenidad que sus contemporáos no sabían exactamente cómo interpretar. Entonces, Satanasio está contra el mundo, no con arrogancia, con la certeza de alguien que había entendido que hay momentos en que la verdad no está del lado de la mayoría, que el consenso de los poderosos no es garantía de nada, que hay cosas que vale la pena defender, aunque el costo sea el

exilio repetido y el desprecio de quienes deberían ser aliados. Atanasio vivió para ver la victoria. El Concilio de Constantinopla de 381, convocado por el emperador Teodosio, confirmó la doctrina nicena y la formuló de forma definitiva. El arianismo fue condenado. La Santísima Trinidad quedó definida como doctrina oficial del cristianismo, pero la victoria llegó cuatro décadas después del concilio de Nicea.
cuatro décadas de crisis, de exilios, de obispos que cambiaban de posición según los vientos políticos, de comunidades divididas, de una iglesia que en algún momento pareció a punto de fracturarse irreparablemente. Y esa historia, esa crisis de cuatro décadas que casi destruyó a la Iglesia antes de producir la doctrina que hoy enseñamos como si fuera obvia, es la verdadera razón por la que la Santísima Trinidad importa de la forma en que importa.
No es una doctrina que cayó del cielo lista y formulada. Es una doctrina que fue forjada en el conflicto más brutal que la Iglesia había vivido después de las persecuciones, que costó décadas de sufrimiento a las personas que la defendieron, que requirió la obstinación heroica de alguien como Atanasio para sobrevivir. Y eso dice algo sobre su valor que ninguna explicación abstracta puede decir de la misma manera.
Pero ahora quiero explorar algo que creo que es el corazón de todo este drama histórico y que las versiones simplificadas de la controversia arriana casi siempre pierden. ¿Por qué importaba tanto? Porque la diferencia entre decir que el hijo es de la misma sustancia que el padre o de una sustancia similar generó cuatro décadas de guerra eclesiástica.
La respuesta está en las implicaciones de cada posición para la comprensión de Dios mismo. No solo para la comprensión de Jesús. Si el arrianismo tenía razón, si el Hijo era una criatura perfectísima, pero criatura al fin, entonces Dios el Padre era esencialmente solitario. Era un Dios que antes de crear al Hijo había estado solo.
Un dios cuyo amor, si es que tenía amor, era un amor sin objeto antes de la creación. Un Dios que era poder y voluntad y eternidad, pero no necesariamente amor, en el sentido que la tradición cristiana le daba a esa palabra. Si la doctrina trinitaria tenía razón, si el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo eran coeternas personas de un solo Dios, entonces Dios nunca había estado solo.
El amor no era algo que Dios decidió tener cuando creó. Era algo que Dios era desde siempre. En la relación eterna entre las tres personas de la trinidad. Dios era amor antes de la creación, no como proyecto, sino como realidad interior. Esa diferencia no es un tecnicismo, es la diferencia entre un Dios que tiene amor y un Dios que es amor.
Y esa diferencia cambia completamente lo que significa relacionarse con ese Dios. Si Dios es amor en su naturaleza más íntima, entonces el universo que ese Dios creó no fue creado por necesidad ni por capricho, fue creado por amor. Y el ser humano que ese Dios creó no fue creado como objeto de poder, sino como destinatario de amor.
Amor real, no condicionado, no dependiente de la respuesta del amado. Eso es lo que estaba en juego en la controversia arriana, ¿no? un detalle técnico sobre la naturaleza de Cristo, la naturaleza misma de Dios y a través de ella la naturaleza de la relación entre Dios y el ser humano. Atanasio lo entendió. Por eso fue cinco veces al exilio sin cambiar de posición.
No porque fuera terco en el sentido ordinario del término, sino porque entendía que ceder en ese punto no era ceder en un debate académico, era ceder en lo que hace que el evangelio sea buena noticia. Quiero hablar ahora de algo que los teólogos posteriores Anicea desarrollaron y que creo que es la forma más intuitiva de entender la trinidad sin reducirla a analogías que la traicionan.
Las analogías de la trinidad son famosas y todas tienen el mismo problema. Ilustran algún aspecto de la doctrina, pero malinterpretan otro. San Patricio usó el trébol, tres hojas de una sola planta. Es una buena imagen para la unidad, pero implica que las tres personas son partes de Dios, lo que no es lo que la doctrina enseña. San Agustín usó la mente humana, memoria, inteligencia y voluntad.
mejor desde el punto de vista filosófico, pero más difícil de comprender intuitivamente. La imagen que a mí me parece más honesta no es una analogía, sino una negación. La trinidad no puede ser comprendida porque excede las categorías con que el pensamiento humano procesa la realidad. El pensamiento humano trabaja con unidad y multiplicidad como categorías mutuamente excluyentes.
O algo es uno o es múltiple. No puede ser las dos cosas al mismo tiempo. Eso es un axioma básico de la lógica humana. La Trinidad dice que Dios es la excepción a ese axioma, que en Dios la unidad y la multiplicidad no se excluyen, sino que se incluyen mutuamente. Que hay una sola naturaleza divina. en tres personas irreductiblemente distintas, que el Padre no es el Hijo y el Hijo no es el espíritu y el espíritu no es el Padre y sin embargo, los tres son un solo Dios.
Eso no es comprensible en los términos ordinarios, no porque sea absurdo, sino porque excede los instrumentos conceptuales que el pensamiento humano tiene disponibles. Como un ser bidimensional que intenta comprender el volumen. No es que el volumen no exista, es que los instrumentos de un ser que solo puede pensar en dos dimensiones no son suficientes para captarlo.
La Trinity es la afirmación de que Dios trasciende las categorías más fundamentales con que procesamos la realidad. Y eso, lejos de ser un problema, es exactamente lo que se esperaría si Dios es lo que el cristianismo dice que es el origen de toda realidad, que por lo tanto no puede estar contenido en ninguna categoría derivada de esa realidad.
Eso no resuelve el misterio, lo honra. Y la doctrina de la trinidad formulada con tanto costo en el siglo IIV es precisamente eso, el reconocimiento honesto de que hay algo en Dios que excede lo que podemos comprender, pero que podemos al menos aproximarnos a describir con más precisión que con menos.
mejor un misterio honrado que una simplificación que traicione. Quiero también explorar la dimensión práctica de la trinidad, la que conecta este misterio teológico con la experiencia cotidiana de las personas que creen en él. Si Dios es amor en su naturaleza más íntima, si la relación entre las personas de la trinidad es el modelo de lo que el amor puede ser en su forma más perfecta, entonces el amor humano no es simplemente un sentimiento biológico ni una convención social.
Es una participación real, aunque imperfecta, en algo que está en el corazón de la realidad. Eso cambia la forma en que se entiende la vocación humana al amor, no como una exigencia moral externa que hay que cumplir, como la realización de lo que el ser humano es en su profundidad más íntima, hecho a imagen de un Dios que es en sí mismo comunión de amor.

Y cambia también la forma en que se entiende la soledad. La soledad humana, el aislamiento, la ruptura de las relaciones no son simplemente experiencias dolorosas, son la contradicción de lo que el ser humano está llamado a ser. Son la distancia entre lo que somos y lo que fuimos hechos para ser.
La Trinidad dice que fuimos hechos para la comunión porque venimos de un Dios que es comunión y que por lo tanto la soledad, aunque sea una experiencia real y a veces inevitable, no es la última palabra sobre lo que somos. Eso también es lo que estaba en juego en la controversia arriana. Y eso también es lo que Atanasio defendió durante cinco exilios, la Santísima Trinidad, el misterio que casi destruyó a la Iglesia en el siglo IIV y que sin embargo fue formulado precisamente en esa crisis y no a pesar de ella.
El dogma que no cayó del cielo, sino que fue forjado en el conflicto más brutal de la historia eclesiástica primitiva. Un solo Dios en tres personas, no tres dioses, no un Dios con tres máscaras, tres personas en un solo Dios, distintas e inseparables, coeternas y coiguales, unidas en un amor que no tuvo comienzo y que no tendrá fin.
Eso es lo que la Iglesia decidió en Nicea en el año 325, después de décadas de debate y de guerra y de exilios. Eso es lo que Atanasio defendió solo contra el mundo durante 40 años. Eso es lo que el Concilio de Constantinopla confirmó en el año 381. Y eso es lo que la iglesia sigue enseñando hoy, como si fuera evidente, en el catecismo que los niños aprenden de memoria, sin saber cuánto costó llegar a esa formulación.
Hay algo que me parece importante señalar antes de terminar. La controversia arriana no desapareció del todo con el concilio de Constantinopla. El arrianismo sobrevivió durante siglos entre los pueblos germánicos que habían sido convertidos al cristianismo por misioneros arrianos antes de que la doctrina nisena se impusiera.
Los visigodos, los ostrogodos, los vándalos, los burgundios, todos ellos cristianos arrianos, dominaron partes del imperio romano de Occidente durante generaciones. Y en el siglo XXI hay movimientos religiosos que sostienen posiciones muy similares al arrianismo, sin saberlo necesariamente. La pregunta sobre si Jesús es plenamente Dios o algo menos que plenamente Dios no es una pregunta que pertenece solo al siglo IIV.
Es una pregunta que cada generación tiene que responder por sí misma. Y la respuesta que la Iglesia dio en Nicea, forjada en el conflicto y sostenida por personas que pagaron un precio personal enorme por sostenerla, sigue siendo la que define lo que el cristianismo tiene para decir sobre la naturaleza de Dios y sobre la salvación humana, un solo Dios en tres personas.
El misterio que casi destruyó a la Iglesia en el siglo II y que precisamente por haber sobrevivido a esa crisis tiene el peso y la credibilidad. que solo tienen las cosas que han sido probadas. La Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. El gran misterio del Dios uno y trino. Ya conoces la historia que está detrás, la que nadie te contó cuando te enseñaron el credo.
Y ahora que la conoces, cuando pronuncies esas palabras, creo en Dios Padre y en Jesucristo, su único Hijo, y en el Espíritu Santo. Ya sabes cuánto costó que esas palabras existieran. Cuatro décadas de guerra. cinco exilios, un obispo solo contra el mundo y la verdad que sobrevivió a todo eso. Quiero profundizar en algo que creo que es el aspecto más desconocido de toda la controversia arriana y que, sin embargo, es quizás el más revelador para entender por qué ese debate fue tan feroz.
No fue solo una disputa entre teólogos, fue una disputa entre ciudades. En el siglo IIV, la identidad teológica de una ciudad era parte de su identidad cultural, de la misma forma en que hoy la identidad política o deportiva puede serlo. Alejandría era Nicena, Antioquía o Silva. Constantinopla cambió de posición múltiples veces según quién fuera el obispo y qué posición tuviera el emperador.
Y en cada ciudad, la disputa entre nicenos y arrianos se manifestaba en la vida cotidiana de formas que hoy nos parecerían extraordinarias. Gregorio de Nisa, uno de los grandes teólogos del siglo IIV y uno de los defensores más brillantes de la doctrina Nicena, describió Constantinopla en una época de dominio arriano con unas palabras que se han citado durante siglos.
dijo que si preguntabas el precio del pan en el mercado, el panadero te respondía que el hijo era menor que el padre, que si ibas a los baños públicos, el encargado te decía que el hijo había sido creado de la nada, que la ciudad entera un debate teológico permanente donde nadie podía escapar de la pregunta sobre la naturaleza de Cristo.
Eso no es una exageración retórica. Es la descripción de una cultura donde las ideas teológicas eran tan cotidianas y tan urgentes como lo que hoy podría ser la inflación o el resultado de las elecciones, donde las personas ordinarias, sin formación teológica especializada, tenían posiciones firmes sobre si el Hijo era consustancial al Padre y estaban dispuestas a defenderlas acaloradamente.
Eso dice algo sobre el siglo IIV que es difícil de reproducir en el mundo contemporáneo, que había una cultura donde las preguntas últimas sobre la naturaleza de la realidad eran preguntas urgentes que afectaban a todos, no solo a los especialistas, donde la teología era conversación pública, no disciplina académica especializada.
Y dice algo sobre lo que estaba en juego. Las personas que debatían en los mercados de Constantinopla sobre la naturaleza de Cristo no estaban debatiendo sobre un tecnicismo, estaban debatiendo sobre quién era el Dios en quien creían. Y eso era una pregunta que afectaba a todo lo demás. Quiero también explorar la figura de Harryo con más profundidad de lo que generalmente se hace, porque creo que reducirlo a heresiarca es perder algo importante.
Harryo era un hombre sincero. No estaba intentando destruir el cristianismo, estaba intentando resolverlo de una forma que pareciera intelectualmente honesta. Su problema era genuino. ¿Cómo puede haber un solo Dios si el Padre y el Hijo son igualmente Dios? No implica eso dos dioses. Esa pregunta no era retórica, era una pregunta filosófica real que cualquier mente seria de la época tenía que enfrentar.
Y la respuesta de Harryo, que el hijo era la primera y más perfecta criatura, pero criatura al fin, tenía una elegancia lógica que explica por qué tantos obispos la encontraron atractiva. El problema no era la intención de Harrio, era que su solución, aunque resolvía el problema filosófico de la multiplicidad divina, lo hacía a un costo que la tradición cristiana no podía aceptar, reducir a Jesús a algo menos que plenamente Dios.
Y Atanasio vio ese costo con una claridad que Arrio no tenía, porque Atanasio entendía que si Jesús no era plenamente Dios, entonces la salvación que Jesús ofrecía no podía ser la salvación que el evangelio prometía. Solo Dios puede salvar. Y si Jesús no era Dios, entonces el evangelio era una promesa que nadie podía cumplir.
Esa es la lógica que sostuvo a Atanasio durante cuatro décadas de exilio. No la terquedad abstracta de un teólogo que prefería tener razón a hacer la paz. La convicción de que lo que estaba defendiendo no era su posición personal, sino la validez del mensaje que la Iglesia había recibido y transmitido desde el principio.
Hay un aspecto de la controversia ariana que tiene implicaciones directas para el mundo de hoy y que creo que vale la pena explorar explícitamente. La tentación ariana no desapareció con los concilios del siglo II. Reaparece con frecuencia en formas distintas. Cada vez que alguien dice que Jesús era un gran maestro moral, pero no necesariamente divino en el sentido pleno de la palabra, está haciendo una versión moderna del arrianismo.
Cada vez que alguien dice que Jesús fue el ser humano más cercano a Dios que jamás existió, pero que llamarlo Dios es una exageración, está repitiendo en términos contemporáneos lo que Harryo predicaba en el siglo IIVto. No lo digo como una acusación, lo digo como una observación sobre la persistencia de ciertas preguntas.
La pregunta de si Jesús era plenamente divino o algo entre humano y divino es una de las preguntas más fundamentales que cualquier persona puede hacerse sobre el cristianismo. Y la respuesta que el concilio de Nicea dio no fue arbitraria ni impuesta por la fuerza imperial, aunque la política imperial jugó un papel en la convocatoria del concilio.
fue el resultado de décadas de reflexión y de debate y de exilio y de sufrimiento de personas que creían que la respuesta importaba de verdad. Esa respuesta sigue importando de verdad, no solo para los creyentes que recitan el credo ni seno cada domingo, para cualquier persona que se pregunte qué tipo de Dios existe, si es que existe alguno.
Para cualquier persona que se pregunte si el amor que experimenta tiene algún fundamento en la realidad última o si es solo un accidente evolutivo. Para cualquier persona que se pregunte si hay algo en el centro de la realidad que sea digno de confianza. La respuesta de la trinidad dice que sí, que en el centro de la realidad hay una comunión de amor que no tuvo comienzo y que no tendrá fin.
que el universo no surgió de la indiferencia, sino del amor, que la soledad no es la última palabra sobre la condición humana, porque fuimos hechos a imagen de un Dios que no está solo. Eso no prueba nada en el sentido científico, pero es una afirmación sobre la naturaleza de la realidad que tiene consecuencias para cómo se vive y cómo se muere y cómo se ama y cómo se afronta el sufrimiento.
Y fue una afirmación que casi no sobrevivió al siglo IIV, que requirió a Atanasio y a su obstinación legendaria para sobrevivir, que costó décadas de división y de exilios y de crisis institucional antes de quedar formulada definitivamente. Eso no la hace más verdadera ni menos verdadera desde el punto de vista estrictamente filosófico, pero le da un peso que las doctrinas que no han sido probadas no tienen.
La Santísima Trinidad sobrevivió a la peor crisis que la Iglesia enfrentó antes del cisma de Oriente y Occidente. Sobrevivió a emperadores arrianos y a obispos que cambiaban de posición según los vientos políticos. Sobrevivió al exilio de su defensor más brillante cinco veces seguidas y salió del otro lado como el corazón de la fe cristiana, no a pesar de la crisis, sino a través de ella.
Eso también es parte del misterio. La Santísima Trinidad. Padre, Hijo y Espíritu Santo. El gran misterio del Dios uno y trino que casi no sobrevivió el siglo y que sin esa crisis quizás nunca hubiera sido formulado con la precisión que tiene. Gracias a Atanasio, gracias al conflicto, gracias a las cuatro décadas que costó.
Ya conoces la historia que está detrás de las palabras que quizás repites cada domingo sin saber lo que costaron. Y ahora que la conoces, esas palabras pesan diferente. Quiero contarte algo sobre los protagonistas de esta historia que las versiones simplificadas siempre omiten, porque hace la historia más humana y más compleja al mismo tiempo.
Atanasio no fue exiliado cinco veces porque tuviera razón. Fue exiliado cinco veces porque los que tenían el poder creían que tenían razón ellos. Y en algunos de esos exilios, la mayoría de los obispos del mundo cristiano estaba del lado de los emperadores y contra Atanasio. Eso significa que si hubiéramos vivido en el año 355, cuando el segundo exilio de Atanasio parecía definitivo y cuando la mayoría de los obispos había firmado fórmulas de compromiso que se alejaban de Nicea, la posición de Atanasio hubiera parecido la
de un hombre terco que se negaba a aceptar el consenso de la iglesia. ¿Cómo sabía Atanasio que tenía razón y que el consenso mayoritario estaba equivocado? Esa pregunta no tiene una respuesta fácil y creo que Atanasio tampoco la tenía de forma cómoda y segura. Lo que tenía era una convicción que se negaba a ceder a pesar de la presión, una convicción formada en el estudio, en la oración, en la comprensión profunda de lo que estaba en juego si cedía.
No era certeza matemática, era fe. Fe que se negaba a colapsar, aunque todo a su alrededor le dijera que colapsara. Y eso también es parte del mensaje de esta historia, que hay momentos en que la mayoría está equivocada, que el consenso institucional puede ser corrompido por presiones políticas, que hay verdades que deben ser defendidas, aunque el costo personal sea enorme y aunque los aliados sean pocos.
Eso no es una licencia para la rebeldía arbitraria. Es el reconocimiento de que la historia tiene momentos críticos donde la fidelidad a algo verdadero requiere una resistencia que desde afuera puede parecer obstinación. Atanasio fue reivindicado. No todos los que resisten lo son. Pero el hecho de que en este caso la historia le diera la razón dice algo sobre la solidez de lo que defendía.
Hay también algo sobre los concilios del siglo II que me parece importante mencionar para completar la historia. Los obispos que se reunieron en Nicea en el año 325 no fueron enviados por Dios con una revelación nueva sobre la naturaleza de la trinidad. Fueron convocados por un emperador político para resolver una crisis institucional.
Llegaron con sus formaciones distintas, sus alianzas distintas, sus comprensiones distintas de los textos que todos decían venerar. Y sin embargo produjeron una formulación que la tradición cristiana ha considerado normativa durante 16 siglos. ¿Cómo es posible que un proceso tan humano y tan políticamente contaminado produjera algo que la Iglesia considera expresión de la verdad revelada? Esa es quizás la pregunta más profunda de toda la historia del Concilio de Nicea.
Y la respuesta que la tradición cristiana da es que el Espíritu Santo puede actuar a través de procesos humanos imperfectos, que la providencia de Dios no requiere instrumentos perfectos para producir resultados verdaderos. que el credo ni seno no es verdadero porque fue producido por un proceso impecable, sino porque expresa con precisión suficiente lo que la tradición apostólica había transmitido desde el principio.
Eso requiere fe. No ciega, sino informada por el estudio de la historia y la teología. Pero fe al fin. Y esa fe, la que confía en que algo verdadero puede emerger de un proceso imperfecto, es también parte de lo que la Santísima Trinidad enseña, que el Dios que es amor en su naturaleza más íntima puede actuar en el mundo imperfecto que creó y producir en él algo que trasciende las limitaciones de los instrumentos que usa la Santísima Trinidad.
El misterio que casi destruyó a la iglesia antes de ser formulado, que requirió cuatro décadas de crisis y a un hombre que se enfrentó al mundo entero para sobrevivir, que salió del proceso más político e imperfecto imaginable, como la afirmación más profunda sobre la naturaleza de Dios que el pensamiento cristiano ha producido.
Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres personas. El misterio que no se puede comprender completamente, que se puede honrar y que ya costó demasiado para abandonarlo sin entender lo que significa. Antes de terminar, quiero que imagines algo. Imagina que estás en Alejandría en el año 335. Llevas más de una década escuchando el debate sobre si el Hijo es de la misma naturaleza que el Padre o de una naturaleza similar.
Tu obispo, Atanasio, acaba de ser exiliado por segunda vez. El emperador ha tomado partido por la posición contraria. Los obispos que podrían apoyar a Atanasio están cediendo uno por uno. ¿Qué harías? ¿Seguirías la posición que el poder imperial respalda porque tiene más probabilidades de sobrevivir? ¿O seguirías la posición de un obispo exiliado porque crees que tiene razón, aunque el costo sea considerable? No hay una respuesta fácil a esa pregunta.
Y el hecho de que muchos creyentes de esa época eligieran seguir a Atanasio, a pesar de todo, a pesar del poder imperial y del consenso mayoritario de los obispos, dice algo sobre el tipo de fe que la doctrina de la Trinidad producía y sigue produciendo. Una fe que no depende de la aprobación del poder, que puede sostenerse en la minoría cuando la mayoría está equivocada, que encuentra en el misterio de Dios como comunión de amor algo suficientemente sólido para sostenerse cuando todo lo demás cede. Eso también es parte del
legado de la controversia arriana, no solo la doctrina que produjo, sino el tipo de fe que requirió defenderla. La Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo. El misterio del Dios uno y trino que casi no sobrevivió el siglo IIV, que sobrevivió gracias a personas que entendieron que algunas verdades merecen cuatro décadas de resistencia.
Ya la conoces. No solo la doctrina, la historia que está detrás. Y esa historia cambia la forma en que se pronuncian esas palabras. Una cosa más que no quiero dejar sin decir. La doctrina de la trinidad no es solo un asunto del pasado. Es la afirmación que define lo que el cristianismo tiene para decir sobre la naturaleza de Dios hoy en el siglo XXI, en un mundo que tiene sus propias versiones del arianismo y sus propias crisis sobre quién es Jesús y qué significa creer en él.
Cada vez que alguien se pregunta si Dios puede ser amor de verdad o si es simplemente poder y voluntad, la Trinidad responde, cada vez que alguien se pregunta si la soledad es la condición última del ser humano o si hay algo más, la Trinidad responde, cada vez que alguien se pregunta si el universo tiene un corazón o si es simplemente materia y energía sin propósito, la Trinidad responde, no con pruebas que cierran el debate.
con una afirmación que abre una posibilidad, que en el centro de todo hay amor. Amor eterno, amor que no depende de ningún objeto externo para ser amor. Amor que es la realidad más fundamental que existe. Eso es lo que Atanasio defendió durante cuatro décadas de exilio. Eso es lo que la Iglesia formuló en Nicea después de 40 años de crisis.
Eso es lo que pronunciamos cuando decimos, “Creo en Dios Padre todopoderoso y en Jesucristo, su único hijo, y en el Espíritu Santo, Padre, Hijo y Espíritu Santo. El gran misterio del Dios uno y trino. Ya sabes lo que costó y eso ya no se olvida. M.