PARTE 1
Eran las cinco de la tarde de un domingo cualquiera en Madrid.
El sol de mayo pegaba contra las persianas bajadas del salón de Marta.
Marta estaba estirada en el sofá, intentando disfrutar de los últimos minutos de paz antes del desastre.
Porque el desastre tenía nombre, apellidos y un bolso de piel de imitación que siempre olía a laca y a caramelos de violeta.
El desastre se llamaba Doña Virtudes.
Su suegra.
Marta miró a su alrededor con una mezcla de orgullo y pánico.
Había pasado toda la mañana limpiando la casa como si fuera a recibir una inspección de sanidad.
Había pasado la mopa tres veces por el pasillo.
Había quitado el polvo de encima de los marcos de las fotos, incluso de esas que están tan altas que nadie mira.
Había escondido la ropa sucia en el tambor de la lavadora, aunque no pensara ponerla.
Y, sobre todo, había hecho el cambio.
El gran cambio decorativo que, según ella, iba a salvar su salud mental esa tarde.
Marta fijó la vista en la esquina del salón.
Allí, en una maceta de cerámica blanca impecable, se alzaba un ficus de un verde insultante.
Un verde que no se marchitaba.
Un verde que no pedía agua.
Un verde que, básicamente, era polipropileno de alta densidad comprado en una tienda de decoración de bajo coste.
Era una planta de plástico.
Pero una de las buenas.
De esas que, si no las tocas, parecen que respiran.
Marta le había puesto incluso un poco de agua en el plato de debajo para simular un riego reciente.
—Hoy no me pillas, Virtudes —susurró Marta para sí misma, ajustándose el cojín.
—Hoy la casa parece un jardín botánico y yo parezco una mujer responsable que sabe mantener algo vivo más de una semana.
En ese momento, el timbre sonó.
No fue un timbre normal.
Fue ese toque seco, rítmico y autoritario que solo Virtudes sabía ejecutar.
Era un timbre que decía: “Sé que estás ahí, sé que no has abierto todavía y sé que el café no está recién hecho”.
Marta se levantó de un salto, sintiendo un leve mareo.
Se alisó la camiseta, se puso su mejor sonrisa de “nuera perfecta que no guarda rencor” y caminó hacia la puerta.
—¡Ya voy, ya voy! —exclamó con una alegría fingida que habría avergonzado a una actriz de culebrón.
Abrió la puerta y allí estaba ella.
Virtudes lucía un conjunto de punto color melocotón que desafiaba las leyes de la estética moderna.
Llevaba el pelo tan cardado que parecía que un pequeño mamífero hubiera anidado en su coronilla durante la siesta.
—Hola, hija —dijo Virtudes, entrando sin esperar invitación.
Le dio dos besos a Marta, uno en cada mejilla, dejando un rastro de polvos de talco en el aire.
—Qué calor hace en este rellano, por Dios, parece que vivís en un horno.
Virtudes ya estaba en el pasillo, escaneando las paredes con la precisión de un satélite militar.
—Es el sur, Virtudes, ya sabes que a esta hora pega el sol —respondió Marta, cerrando la puerta.
—En mis tiempos las casas se construían con paredes de verdad, no con este papel de fumar que tenéis aquí.
Virtudes llegó al salón y se detuvo en seco.
Marta contuvo el aliento.
La suegra no se sentó.
Primero, hizo un giro de 360 grados, analizando cada milímetro de la estancia.
—Has limpiado —sentenció Virtudes, con un tono que no era un cumplido, sino una observación sospechosa.
—He dado un repasito, sí —mintió Marta.
—Huele a amoníaco. No es bueno abusar del amoníaco, que luego se te quedan los pulmones como pasas.
Virtudes caminó hacia el sofá, pero sus ojos se desviaron hacia la esquina.
Hacia el ficus.
Marta sintió que el corazón le daba un vuelco.
—¿Y esto? —preguntó Virtudes, señalando la planta con el dedo índice, que llevaba una uña pintada de un rojo coral agresivo.
—Ah, eso… es un ficus nuevo que compré el otro día —dijo Marta, tratando de que su voz no temblara.
—¿Un ficus? —Virtudes se acercó a la planta con paso lento.
Marta sintió que el tiempo se dilataba.
—Está muy verde, ¿no? —comentó la suegra, entornando los ojos.
—Es que lo cuido mucho, Virtudes. He aprendido que la clave es la constancia.
Marta se acercó y, en un acto de valentía suicida, acarició una de las hojas de plástico.
—Le hablo por las mañanas. Dicen que el dióxido de carbono de la voz les ayuda a crecer.
Virtudes soltó una risita seca, una de esas que nacen en la garganta y mueren antes de llegar a los labios.
—Pues parece que te hace mucho caso, porque no tiene ni una mancha.
La suegra se inclinó un poco más, acercando su nariz a la planta.
Marta pensó que, si Virtudes detectaba el olor a fábrica de Shenzhen, estaba perdida.
—¿No huele a nada, verdad? —preguntó la suegra.
—Es una variedad… inodora. Muy moderna. De las que no dan alergia —improvisó Marta.
—Ya. Modernidades. Como los muebles estos que tenéis que parecen cajas de fruta apiladas.
Virtudes finalmente se sentó en el sofá, pero lo hizo con una rigidez que sugería que esperaba que el mueble se rompiera en cualquier momento.
—¿Me vas a poner ese café de cápsula que sabe a metal o hoy tienes café de verdad? —preguntó, volviendo a su tono habitual de exigencia pasivo-agresiva.
—Tengo cápsulas de las caras, Virtudes. De las que tienen nombre de ciudad italiana.
—Ponme una de esas, pero con la taza caliente. Que el café frío es para los que no tienen sangre en las venas.
Marta se refugió en la cocina, sintiendo que había ganado el primer asalto.
Mientras esperaba a que la cafetera se calentara, escuchó a Virtudes en el salón.
Se oía el roce de la tela del sofá.
Se oía el tintineo del bolso al dejarlo en la mesa.
Y luego, un silencio sospechoso.
Marta asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
Virtudes se había levantado otra vez.
Estaba de pie frente al ficus, con la mano extendida, a milímetros de tocar una hoja.
—¿Pasa algo, Virtudes? —gritó Marta desde la cocina.
La suegra retiró la mano como si la hubieran pillado robando en el cepillo de la iglesia.
—Nada, nada. Estaba mirando que el plato tiene agua.
—Sí, la regué hace un rato.
—Demasiada agua, Marta. Vas a pudrirle las raíces.
—No te preocupes, que esta planta… aguanta lo que le echen —dijo Marta, con una doble intención que solo ella entendía.
Marta preparó la bandeja.
Puso las tazas de porcelana que solo sacaba cuando venía visita.
Puso unas galletas de mantequilla que había comprado en la pastelería de la esquina para disimular su falta de habilidades reposteras.
Cuando volvió al salón, Virtudes ya estaba sentada de nuevo, pero tenía una expresión triunfal en el rostro.
Era la expresión que ponía cuando encontraba una falta de ortografía en un cartel o cuando se enteraba de que una vecina se había divorciado.
—Hija, he estado pensando —empezó Virtudes mientras Marta servía el café.
—Dime, Virtudes.
—Ese ficus… está demasiado perfecto.
Marta sintió un escalofrío.
—Es el esfuerzo, ya te lo he dicho.
—No, no es solo eso. Es que me ha recordado a una cosa que leí el otro día en una revista de la peluquería.
—¿Ah, sí? ¿En la “Hola”?
—No, en una de esas de psicología y bienestar. Decía algo sobre la energía de las casas.
Virtudes tomó un sorbo de café y arrugó el gesto.
—Le falta azúcar. Ponme un sobrecito. O dos.
Marta le pasó el azucarero, esperando el golpe.
—Decía la revista —continuó Virtudes tras remover el café con una energía innecesaria— que las plantas de plástico son lo peor que puedes tener en un hogar.
Marta se quedó helada, con la cucharilla en la mano.
—¿Lo peor? Pero si son muy prácticas…
—Prácticas para las descuidadas, querrás decir —la cortó la suegra con una sonrisa afilada.
—No, Virtudes, es que…
—Déjame terminar, hija, que no me dejas hablar.
Virtudes se recostó, disfrutando del momento.
—Decía el artículo que el plástico es materia muerta. Y la materia muerta atrae a la mala suerte.
Marta puso los ojos en blanco, pero solo mentalmente.
—Eso son supersticiones, Virtudes. Estamos en el siglo veintiuno.
—Llámanos como quieras. Pero tener plantas de plástico en casa atrae la ruina económica y la falta de salud.
Marta soltó una carcajada nerviosa.
—Pues entonces medio mundo debería estar en la indigencia, porque todo el mundo tiene alguna.
—Por eso el país va como va —sentenció Virtudes con una lógica aplastante—. Por el plástico.
La suegra señaló el ficus de nuevo.
—Esa cosa ahí plantada es un imán para las desgracias. Es como tener un gato negro disecado en el recibidor.
—Virtudes, por favor, es solo una decoración.
—No es decoración, es una declaración de intenciones. Dice que no tienes paciencia. Que no tienes mano. Que prefieres la mentira a la realidad.
Marta sintió que la temperatura del salón subía diez grados.
—No es mentira, es… eficiencia. No tengo tiempo de estar pendiente de si la tierra está húmeda o de si le falta hierro.
—Normal que se te mueran las de verdad —soltó Virtudes, dejando la taza en la mesa con un “clac” definitivo—. Si no cuidas ni los detalles más básicos de la vida, ¿cómo vas a cuidar un ser vivo?
Marta apretó los dientes.
—He cuidado a tu hijo durante cinco años y sigue vivo, Virtudes.
—Mi hijo sobrevive por la genética que le di yo, que es de hierro. Pero las plantas… las plantas son delicadas.
Virtudes se levantó de nuevo y caminó hacia el ficus.
Marta temió que fuera a pegarle un bocado para comprobar la textura.
—Mira estas hojas —dijo Virtudes, tocándolas por fin—. Tienen un tacto… sospechoso.
Marta sintió que el sudor le bajaba por la espalda.
—Es por el abono especial que le echo, que crea una capa protectora.
—¿Abono especial? —Virtudes la miró con una ceja levantada.
—Sí, una marca alemana. Muy cara.
Virtudes se inclinó y, con una agilidad sorprendente para su edad, metió el dedo en la tierra de la maceta.
—Está seca —dijo, con voz de detective que ha encontrado la prueba definitiva.
—¡Claro! Te acabo de decir que el plato tiene agua. Bebe por capilaridad —improvisó Marta, sintiéndose como un ingeniero de la NASA en apuros.
Virtudes sacó el dedo y se lo limpió en un pañuelo de tela que sacó de la manga.
—Capilaridad. Qué palabras usáis ahora para no decir “vaguancia”.
La suegra regresó al sofá, pero su mirada no abandonaba el ficus.
—Tener plantas de plástico en casa es de ser muy descuidada, Marta. Y además, atrae a las moscas del polvo.
—¿Las moscas del polvo? Eso no existe, Virtudes.
—Existen en las casas donde no entra el aire fresco de la verdad.
Marta se sentó frente a ella, tratando de recuperar el control de la conversación.
—Mira, acepto que no te gusten. Pero decir que traen mala suerte…
—Pregúntale a la Mari Pili, la de la mercería. Puso un jardín vertical de plástico en el patio y a la semana se le estropeó la caldera y se le escapó el canario.
—Eso habrá sido una coincidencia, Virtudes.
—En esta vida no hay coincidencias, solo señales que no queremos ver.
Virtudes se terminó el café de un trago largo.
—Y esa planta que tienes ahí… me está dando unas señales que no me gustan nada.
Marta miró su ficus.
De repente, el verde ya no le parecía tan bonito.
Le parecía… inquietante.
—¿Qué señales? —preguntó Marta, casi sin querer.
—Señales de que algo en esta casa se está marchitando por dentro, aunque por fuera parezca muy lustroso.
La tensión en el salón se podía cortar con un cuchillo de sierra.
Marta sabía que esto no era solo por el ficus.
Era el eterno conflicto entre la tradición de la maceta de barro y la modernidad del polímero.
Entre la suegra que riega con agua de lluvia y la nuera que compra en Amazon.
—Mañana mismo la tiro si eso te hace sentir mejor —dijo Marta, cediendo por puro agotamiento.
—No la tires —dijo Virtudes con un tono misterioso—. Eso sería peor. El plástico tirado al contenedor atrae siete años de sequía.
—¿Entonces qué hago? ¿Le hago un exorcismo?
—Lo que tienes que hacer es aprender. Pero como no tienes mano…
Virtudes abrió su bolso de piel de imitación.
Hurgó en el interior, apartando pañuelos, llaves y caramelos.
Finalmente, sacó un objeto envuelto en papel de periódico.
—Toma —dijo, tendiéndoselo a Marta.
Marta cogió el paquete con desconfianza.
Pesaba.
Y estaba húmedo.
—¿Qué es esto? —preguntó Marta.
—La solución a tu mala suerte. Y el fin de tus mentiras de plástico.
Marta empezó a desenvolver el periódico “El Mundo” del domingo anterior.
Bajo las capas de papel mojado, apareció una pequeña maceta de barro, vieja y desconchada.
Y de ella brotaba un tallo raquítico con tres hojas lánguidas que parecían pedir la eutanasia.
—Es un esqueje de mi geranio —anunció Virtudes con orgullo—. Del que ganó el concurso del barrio en el 94.
Marta miró el esqueje.
Parecía un superviviente de una catástrofe nuclear.
—¿Esto… está vivo? —preguntó Marta, incrédula.
—Más vivo que tú y que yo juntas. Pero necesita amor. Cosa que el plástico no sabe lo que es.
Virtudes se puso en pie, dando por terminada la visita.
—Cuídalo bien, Marta. Porque si ese geranio se muere, significará que mi teoría sobre tu casa es cierta.
Marta miró alternativamente el ficus de plástico perfecto y el geranio moribundo de su suegra.
La guerra no había hecho más que empezar.
PARTE 2
Marta se quedó sola en el salón, sosteniendo el esqueje de Virtudes como si fuera una granada sin anilla.
El silencio que dejó la suegra tras de sí era denso, cargado de esa energía de “te lo advertí” que solo las madres y las suegras manejan con maestría.
Miró el ficus de plástico.
Seguía allí, impertérrito, brillando bajo la luz de la lámpara con una perfección artificial que ahora le resultaba ofensiva.
—¿Tú qué miras? —le soltó Marta a la planta inanimada.
El ficus, lógicamente, no respondió.
Marta dejó el esqueje de geranio sobre la mesa del comedor, justo encima de un mantel individual de lino.
El agua sucia que goteaba del papel de periódico manchó el tejido inmediatamente.
—Genial —rezongó Marta—. Primera bendición de la planta de la suerte: una mancha que no sale ni con lejía.
Se sentó frente al pequeño geranio, que parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por no doblarse del todo.
Las tres hojas que tenía eran de un verde pálido, casi amarillento, con los bordes ligeramente quemados.
—Bien, Geranio. Tú y yo vamos a llevarnos bien.
—No te vas a morir.
—No le voy a dar ese gusto a tu dueña.
Marta se levantó y fue a la cocina a buscar un vaso con agua.
—Un poco de hidratación y estarás como nuevo —se dijo a sí misma.
Pero al acercar el vaso a la maceta de barro, recordó las palabras de Virtudes sobre la “capilaridad” y el exceso de riego.
—Si lo riego mucho, se pudre. Si no lo riego, se seca.
—¿Por qué las plantas de verdad son tan dramáticas?
Marta dejó el vaso y decidió que necesitaba una segunda opinión.
Cogió el móvil y llamó a su mejor amiga, Elena, que era la única persona que conocía capaz de mantener un cactus vivo más de un mes.
—Elena, socorro —dijo Marta en cuanto escucharon el “sí” al otro lado.
—¿Qué ha pasado ahora? ¿Virtudes ha criticado tus cortinas otra vez?
—Peor. Me ha traído un rehén.
—¿Un qué?
—Un esqueje de geranio. Dice que es la solución a mi supuesta mala suerte y que, si se muere, mi matrimonio y mi vida financiera colapsarán.
Elena soltó una carcajada que resonó en el altavoz.
—Típico de Virtudes. El terrorismo botánico es su especialidad.
—No te rías, que lo digo en serio. Lo ha puesto como una prueba de fuego. Y tengo un ficus de plástico que ahora me mira con desprecio desde la esquina.
—Tira el ficus, Marta. Virtudes tiene razón en una cosa: el plástico en el salón es muy de los años noventa.
—¡Es práctico, Elena! No se muere, no mancha, no atrae bichos.
—Ya, pero no tiene alma. Es como salir con un maniquí porque no te da problemas de pareja.
Marta suspiró, mirando su dedo manchado de tierra.
—¿Qué hago con el esqueje? Está fatal. Tiene tres hojas y una parece que se va a suicidar en cualquier momento.
—Ponlo donde le dé el sol, pero no mucho. Y ni se te ocurra encharcarlo. A los geranios les gusta pasar un poco de sed para sentirse importantes.
—¿Pasar sed? Pero si Virtudes dijo que estaba seco…
—Virtudes lo que quiere es volverte loca. Hazme caso. Ponlo en el balcón.
Marta colgó y miró hacia el balcón.
Hacía un calor de justicia.
Si ponía al pobre “Geranio” allí fuera, se convertiría en popurrí antes de que empezara el telediario.
Decidió dejarlo en la repisa de la ventana de la cocina, donde entraba luz pero no fuego directo.
Mientras lo colocaba, no pudo evitar comparar la fragilidad del esqueje con la robustez de su ficus.
—El plástico es la verdadera evolución —murmuró Marta—. Resistencia total ante las adversidades.
Sin embargo, algo en su interior había cambiado.
Esa misma noche, Marta tuvo un sueño extraño.
Soñaba que el ficus de plástico empezaba a crecer de forma descontrolada.
Las ramas de polietileno se enredaban en sus piernas, impidiéndole caminar.
Las hojas, con ese brillo sintético, empezaban a cubrir las ventanas, dejando la casa en una penumbra verdosa y química.
Y en medio del salón, Virtudes reía mientras regaba el suelo con petróleo.
Marta se despertó sudando.
Fue a la cocina a beber agua y se detuvo frente al esqueje de geranio.
En la oscuridad, el tallo parecía un poco más erguido.
O quizás era solo que ella estaba medio dormida.
Al día siguiente, el lunes empezó con la intensidad habitual.
Marta trabajaba desde casa tres días a la semana, y ese lunes tenía tres reuniones por videollamada.
Se sentó en el escritorio, con el ordenador encendido, intentando concentrarse en los informes de ventas.
Pero su mirada se desviaba constantemente hacia el salón.
Hacia el ficus.
Y hacia la cocina.
Hacia el geranio.
A las once de la mañana, sonó el teléfono.
Era Virtudes.
—¿Cómo va mi niño? —preguntó la suegra, sin decir ni hola.
—¿Tu hijo? Pues trabajando, supongo —respondió Marta, fingiendo demencia.
—No me hables de mi hijo, que ese ya sé que come bien. Te hablo de mi esqueje.
Marta apretó los dientes.
—Está bien, Virtudes. Está en la ventana de la cocina.
—¿En la cocina? —la voz de Virtudes subió un octava—. ¡En la cocina hay humos y grasas! El geranio necesita aire puro y la energía del salón.
—Virtudes, en el salón tengo el aire acondicionado y le va a sentar fatal.
—¡El aire acondicionado es otro invento del demonio! —exclamó la suegra—. Seca la piel y mata el espíritu de las plantas.
—Escucha, Virtudes, estoy trabajando…
—Si el geranio está en la cocina, se va a sentir como un pinche de cocina de segunda. Ponlo en el salón, cerca del de plástico, para que vea lo que no debe llegar a ser.
Marta, por no oírla más, cogió el geranio y lo llevó al salón.
Lo puso en una mesita auxiliar, justo enfrente del ficus.
—Ya están juntos. ¿Contenta?
—Vigila las hojas, Marta. Si se ponen rojas, es que tiene envidia.
Virtudes colgó sin más.
Marta miró las dos plantas.
Parecían dos boxeadores en pesajes diferentes.
El ficus, imponente, impecable, casi arrogante.
El geranio, pequeño, tembloroso, luchando por cada gota de clorofila.
Pasaron las horas.
Marta terminó su jornada laboral y decidió que necesitaba relajarse.
Se preparó una copa de vino y se sentó en el sofá.
Fue entonces cuando notó algo raro.
Había una mota de polvo sobre una hoja del ficus.
Solo una.
Marta se levantó para limpiarla con el dedo.
Pero, al hacerlo, se dio cuenta de que no era polvo.
Era una pequeña mancha blanca, como de algodón.
—¿Cochinilla? —se preguntó Marta—. ¿En una planta de plástico?
Se acercó más.
Efectivamente, había unos bichitos minúsculos moviéndose por las ramas sintéticas.
—Esto es imposible. El plástico no tiene savia. ¿De qué se alimentan estos bichos? ¿De derivados del petróleo?
Marta sintió un escalofrío de asco.
Cogió un trapo y empezó a frotar con furia.
—¡Fuera! ¡Atrás!
Pero cuanto más limpiaba, más manchas aparecían.
Era como si el ficus, en un acto de solidaridad botánica o de ironía cósmica, hubiera decidido contraer una plaga.
Marta miró el geranio de Virtudes.
El geranio estaba impecable.
Sus tres hojas seguían ahí, lánguidas, pero limpias de cualquier parásito.
—No puede ser —susurró Marta—. Se me está llenando de bichos la planta que no puede tener bichos.
En ese momento, el timbre volvió a sonar.
Marta se quedó petrificada.
No era domingo.
Eran las siete de la tarde de un lunes.
Abrió la puerta con el trapo en la mano y una expresión de pánico absoluto.
Era Virtudes.
Traía una bolsa de la compra y una sonrisa de “he venido a confirmar mis sospechas”.
—He pasado por la carnicería y me he dicho: “Voy a ver cómo va el enfermo” —dijo Virtudes, entrando sin más.
Se dirigió directamente al salón.
Marta intentó interponerse, pero la suegra tenía la agilidad de un ala de rugby.
Virtudes se detuvo frente al ficus.
Se puso las gafas de ver de cerca, esas que llevaban una cadena de perlas.
—Marta… —dijo con un tono de voz que hizo que a Marta se le helara la sangre.
—¿Sí, Virtudes?
—¿Qué son estos puntos blancos en tu planta “perfecta”?
Marta tragó saliva.
—Es… nieve artificial. Para darle un toque invernal.
—Estamos a veinticinco grados en Madrid, Marta. No me tomes por tonta.
Virtudes alargó la mano y tocó una de las manchas.
—Esto es cochinilla algodonosa. Y de la gorda.
—Pero… pero si es de plástico, Virtudes. Los bichos no comen plástico.
Virtudes se dio la vuelta, con una mirada de triunfo que podría haber iluminado todo el barrio de Salamanca.
—¿Lo ves? Te lo dije.
—¿Qué me dijiste?
—La mala suerte. El plástico atrae la corrupción.
—Los bichos no son corrupción, Virtudes, son biología.
—No en una planta de plástico, hija. En una planta de plástico, estos bichos son el castigo por tu soberbia.
Virtudes se acercó al pequeño geranio.
—Mira a mi niño. Qué limpio está. Qué honesto.
Marta miró el geranio.
Efectivamente, parecía brillar con una luz propia de los que no tienen nada que ocultar.
—Tira esto ahora mismo —ordenó Virtudes, señalando el ficus como si fuera un cargamento de residuos radiactivos.
—¡No lo voy a tirar! Me costó cuarenta euros en las rebajas.
—Pues vas a tener la casa llena de bichos que comen mentiras. Y luego se te pasarán a la ropa. Y luego a las sábanas.
Marta se imaginó durmiendo rodeada de cochinilla sintética y sintió que le daban arcadas.
—¿Y qué hago? —preguntó Marta, desesperada.
—Tienes que limpiar la casa con vinagre y sal. Y deshacerte del ídolo de plástico.
Virtudes sacó de su bolsa de la compra un bote de jabón potásico.
—Traía esto para el geranio, por si acaso. Pero veo que quien necesita medicina es tu conciencia.
Marta agarró el bote de jabón potásico.
—¿Y si limpio el ficus con esto?
—No servirá de nada. El plástico no tiene poros por donde absorber la virtud del jabón.
Virtudes se sentó en el sofá y sacó un paquete de pipas de su bolso.
—Me voy a quedar un rato a ver cómo te peleas con la naturaleza. Esto es mejor que la novela de la tarde.
Marta empezó a rociar el ficus con el jabón, sintiéndose ridícula.
Rociando veneno sobre plástico para matar bichos que no deberían estar ahí.
Y mientras, Virtudes comía pipas, dejando las cáscaras cuidadosamente apiladas sobre la mesa.
—¿Sabes qué es lo peor, Marta? —dijo Virtudes con la boca medio llena.
—¿Qué es lo peor, Virtudes?
—Que el geranio lo ve todo. Y está aprendiendo de tus errores.
Marta miró el geranio.
Le pareció que una de las hojas se movía.
Pero no era el viento. No había corriente.
Era como un saludo. O una burla.
Marta se dio cuenta de que su vida se estaba convirtiendo en una competición de supervivencia botánica.
Y ella, claramente, no llevaba el equipo adecuado.
PARTE 3
La noche del lunes fue una batalla campal contra lo invisible.
Marta terminó de frotar cada hoja del ficus con el jabón potásico hasta que sus manos olían a granja y desesperación.
Virtudes se había ido a las nueve, pero no sin antes dejar una advertencia final.
—Si mañana la cochinilla sigue ahí, es que tu casa tiene un problema espiritual, Marta. Háztelo mirar.
Marta se desplomó en la cama, pero no pudo pegar ojo.
Cada vez que cerraba los párpados, sentía que algo le caminaba por el brazo.
Se encendía la luz, se miraba el pijama, y no había nada.
Pero la paranoia ya se había instalado en su cerebro como un okupa con derechos.
A las tres de la mañana, se levantó a la cocina para hacerse una tila.
Al pasar por el salón, no pudo evitar encender la linterna del móvil.
Apuntó al ficus.
El plástico brillaba bajo el haz de luz.
Parecía limpio.
Pero entonces, movió la linterna hacia el geranio de Virtudes.
El esqueje estaba… diferente.
Marta se acercó, entrecerrando los ojos por el sueño.
El geranio ya no tenía tres hojas. Tenía cinco.
—No puede ser —susurró—. Las plantas no crecen dos hojas en seis horas. Ni siquiera las del Amazonas.
Se agachó para observar la tierra de la maceta de barro.
La tierra estaba húmeda, pero desprendía un olor extraño.
No era olor a tierra mojada normal. Era un olor dulce, casi como a perfume de señora antigua.
—Este geranio tiene hormonas o algo raro —murmuró Marta.
Se fue a dormir convencida de que el estrés le estaba haciendo alucinar.
El martes por la mañana, la realidad le dio una bofetada en toda la cara.
Marta se levantó y fue directa al salón.
El ficus de plástico estaba cubierto.
Pero no de cochinilla.
Estaba cubierto de una especie de telaraña fina y pegajosa que envolvía las ramas de arriba abajo.
—¡No me fastidies! —gritó Marta—. ¡Ahora arañas!
Era una pesadilla estética.
Su precioso ficus de cuarenta euros parecía ahora un decorado de película de terror de serie B.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que el geranio de Virtudes ahora medía el doble.
Había pasado de ser un esqueje raquítico a ser una planta frondosa, con un tallo grueso y unas hojas verdes, vibrantes y perfectas.
Parecía que el geranio se estuviera alimentando de la energía vital (o plástica) del ficus.
Marta cogió el móvil y llamó a Elena otra vez.
—Elena, esto es una película de David Cronenberg.
—¿Qué pasa ahora? ¿El geranio te ha hecho el desayuno?
—Casi. Ha crecido veinte centímetros en una noche y el ficus de plástico está lleno de telarañas. ¡De plástico, Elena! ¡Se supone que es inerte!
—Marta, tía, relájate. Las plantas de plástico acumulan mucha estática. A lo mejor las telarañas son solo polvo que se ha pegado por la electricidad.
—¿Y el geranio? ¿Cómo explicas lo del geranio?
—Pues que le habrás dado mejores cuidados de lo que crees. O que Virtudes le echó algún tipo de fertilizante radioactivo antes de traértelo.
Marta colgó, no muy convencida.
Decidió que el ficus tenía que salir de allí.
No podía permitir que Virtudes lo viera así.
Intentó levantarlo para llevarlo al trastero, pero la maceta pesaba el triple que el día anterior.
—¿Pero qué lleva esto dentro? ¿Plomo?
Con un esfuerzo titánico, arrastró la planta hasta el pasillo.
Fue entonces cuando oyó una llave girando en la cerradura.
Marta se quedó helada.
Solo había otra persona con llave de su casa: su marido, Javi, que se suponía que estaba de viaje de negocios en Albacete hasta la noche.
Pero no era Javi.
Era Virtudes.
—Traigo un poco de caldo, que ayer te vi muy pálida —dijo la suegra, entrando con su propia llave como si fuera la dueña del castillo.
Virtudes se detuvo en el pasillo, mirando a Marta, que estaba abrazada al ficus lleno de telarañas.
Hubo un silencio sepulcral.
—¿Qué estás haciendo con ese cadáver sintético? —preguntó Virtudes, dejando la fiambrera en el suelo.
—Lo… lo iba a llevar a lavar —balbuceó Marta.
Virtudes se acercó y miró las telarañas.
—Ave María Purísima.
Se santiguó.
—Marta, esto no es una plaga. Esto es una manifestación.
—¿Una manifestación de qué, Virtudes? ¿Del sindicato de arañas?
—Una manifestación de que tu casa rechaza lo artificial. Mira cómo sufre el plástico al intentar imitar a la vida.
Virtudes pasó de largo y entró en el salón.
Marta la siguió, arrastrando el ficus como quien arrastra un pecado.
Cuando Virtudes vio su geranio, se llevó las manos a la boca.
—¡Mi niño! ¡Qué grande está!
—Sí, ha crecido un poco —dijo Marta con ironía.
—¿Un poco? ¡Esto es un milagro de la naturaleza! —exclamó la suegra, arrodillándose ante la maceta de barro—. Mirad qué vigor, qué porte.
Virtudes acarició las hojas del geranio con una ternura que nunca le había mostrado a Marta.
—Es porque ha sentido la presencia del enemigo —dijo Virtudes, señalando el ficus—. Se ha hecho fuerte para protegerte del plástico.
Marta dejó el ficus en el suelo del salón, rendida.
—Virtudes, no puedo más. Dime qué tiene este geranio. No es normal.
La suegra se levantó, limpiándose las rodillas.
—Tiene herencia, Marta. Tiene raíces de una época en la que las cosas importaban. No como tus muebles que se montan con una llave de hierro de esa.
—Allen. Se llama llave Allen.
—Como se llame. El caso es que este geranio está ganando la batalla.
Virtudes sacó de su bolso unas tijeras de podar.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Marta, asustada.
—Voy a ayudar a la naturaleza a terminar el trabajo.
Virtudes se acercó al ficus de plástico.
—¡No! ¡Que me costó dinero!
—El dinero es lo que te ha perdido, hija. Quieres comprar la belleza sin pagar el precio del cuidado.
Con un movimiento rápido, Virtudes cortó una de las ramas de plástico del ficus.
Marta soltó un grito.
Pero lo que ocurrió a continuación la dejó muda.
De la rama de plástico cortada no salió aire, ni virutas de polímero.
Salió un líquido verde y espeso que olía exactamente igual que el geranio.
—¿Pero qué…? —Marta se acercó, incrédula.
—Se está convirtiendo —susurró Virtudes con una sonrisa enigmática—. Tu deseo de que estuviera vivo ha sido tan fuerte, o mi geranio es tan poderoso, que el plástico se está rindiendo.
Marta tocó el líquido. Era frío y pegajoso.
—Esto es imposible. Las leyes de la física… la termodinámica…
—La termodinámica no sabe nada de suegras gallegas, Marta —sentenció Virtudes—. Y mi abuela era de Lugo.
Marta se sentó en el suelo, al lado de sus dos plantas.
El ficus, mutilado y goteando savia sintética.
El geranio, radiante y dominante.
—¿Y ahora qué hago? —preguntó Marta, totalmente quebrada.
—Ahora, vas a aprender la lección más importante de la jardinería y de la vida.
Virtudes se sentó a su lado, en el suelo, ignorando la dignidad de su conjunto de punto.
—Las cosas de verdad dan trabajo. Se ensucian, se mueren, huelen, pinchan.
—Pero son de verdad.
—El plástico es muy cómodo, sí. No te da disgustos. Pero tampoco te da alegrías.
Virtudes señaló el geranio.
—Esa planta te va a dar flores. Te va a dar olor. Y te va a obligar a levantarte cada mañana para ver si necesita algo.
—Eso es lo que te hace humana, Marta. No el robot ese que tienes aspirando el suelo.
Marta miró a su suegra. Por primera vez en años, no vio a una enemiga.
Vio a una mujer que, a su manera retorcida, estaba intentando enseñarle a conectar con algo que no tuviera pantalla ni conexión Wi-Fi.
—Vale, Virtudes. Tú ganas. Tiro el ficus.
—No lo tires —dijo Virtudes, ablandando el tono—. Ahora que está empezando a sentir, sería un pecado.
—¿Entonces?
—Pódalo. Límpialo. Y deja que el geranio le enseñe a ser una planta de verdad.
Marta cogió las tijeras de podar que le tendía Virtudes.
—Pero yo no sé podar.
—Yo te enseño, hija. Pero primero, saca ese café italiano, que esto va para largo.
Marta fue a la cocina, sintiendo un peso menos en el pecho.
Cuando volvió con los cafés, Virtudes estaba hablándole al geranio.
—Tranquilo, niño. Ya está aprendiendo. No seas muy duro con el de plástico, que el pobre no eligió nacer en una fábrica.
Marta sonrió para sus adentros.
Tal vez la mala suerte no venía del plástico.
Tal vez la mala suerte era no saber apreciar la locura de los que te quieren.
Se sentó con Virtudes y, durante las siguientes dos horas, no hablaron de decoración, ni de limpiezas, ni de Javi.
Hablaron de nudos, de abonos, de sol y de sombra.
Marta aprendió que un geranio puede ser un arma de guerra, pero también una bandera de tregua.
Y que, a veces, para que algo crezca, primero tienes que dejar que se rompa un poco de plástico.
PARTE 4
Pasaron tres semanas desde la tarde del “milagro botánico”.
La casa de Marta ya no olía a amoníaco ni a laca de Virtudes.
Ahora olía a tierra húmeda, a hojas frescas y a algo que ella solo podía describir como “vida descontrolada”.
El salón se había transformado.
El ficus de plástico seguía allí, pero ya no era el mismo.
Marta lo había podado siguiendo las instrucciones casi místicas de su suegra.
Lo increíble —lo que Marta aún no se atrevía a contarle a nadie que no fuera Elena— era que el plástico parecía haber desarrollado una textura rugosa, casi como corteza real.
Incluso habían brotado unas pequeñas yemas de un verde tierno en las puntas de las ramas que antes eran de polietileno rígido.
—Es la simbiosis, tía —le decía Elena por teléfono mientras Marta regaba—. El geranio le ha pasado el código genético por el aire. O algo así.
Marta ya no buscaba explicaciones científicas. Había decidido aceptar la magia doméstica.
El geranio de Virtudes, por su parte, se había convertido en un monstruo de belleza.
Ocupaba casi media mesa del comedor y sus flores eran de un rojo tan intenso que parecían pintadas con sangre de dragón.
Marta se sorprendió a sí misma hablando con él todas las mañanas.
—Buenos días, Geranio. Hoy va a ser un día largo, así que no te pongas dramático si tardo en abrir la persiana.
Lo más curioso de todo era que, desde que las plantas de verdad (o medio de verdad) dominaban el salón, la “mala suerte” parecía haberse tomado unas vacaciones.
A Javi le habían dado un ascenso inesperado.
La caldera, que llevaba meses haciendo ruidos de cafetera vieja, se había arreglado sola.
Incluso Marta se sentía con más energía, como si el oxígeno que soltaba el geranio fuera de una calidad superior.
Ese domingo, Marta preparó la visita de Virtudes con una actitud totalmente distinta.
Ya no había mopa frenética ni escondite de ropa sucia.
Había una tarta de manzana casera en el horno —receta de la suegra, por supuesto— y un sentimiento de paz que no recordaba haber tenido nunca frente a su “segunda madre”.
El timbre sonó.
Ese mismo toque seco y autoritario.
Marta abrió la puerta con una sonrisa auténtica.
—¡Hola, Virtudes! Pasa, que la tarta está casi lista.
Virtudes entró, pero esta vez no escaneó las paredes buscando polvo.
Su mirada fue directa al altar verde del salón.
Se quedó parada frente al geranio y al ficus mutante.
—Vaya… —dijo Virtudes, y por primera vez en la historia, su voz sonó vulnerable.
—¿Qué pasa? ¿Está mal? —preguntó Marta, con un rastro del viejo pánico.
—No, hija. Está… está mejor que los míos.
Virtudes se acercó y tocó una hoja del geranio con dedos temblorosos.
—Le has cogido el punto. Tienes mano, Marta.
Marta sintió que ese era el mayor cumplido que recibiría en toda su vida. Más que cualquier ascenso o cualquier título académico.
—Es gracias a lo que me enseñaste, Virtudes.
La suegra se giró hacia ella. Tenía los ojos ligeramente empañados, aunque lo disimuló ajustándose las gafas con un gesto brusco.
—Bueno, bueno, tampoco te pongas sentimental, que la humildad también es una planta que hay que regar.
Se sentaron a comer la tarta.
El salón estaba bañado por una luz cálida y natural.
—Oye, Marta —dijo Virtudes mientras saboreaba el primer bocado—. He estado pensando.
—Dime.
—La vecina del quinto, la Sole, tiene un poto que da pena verlo. Dice que es porque tiene mala suerte en el amor.
Marta sonrió, sabiendo por dónde iba la cosa.
—¿Y qué quieres que haga yo?
—Pues que le des un esqueje de este —dijo Virtudes, señalando al gran geranio—. Pero dile que es una variedad especial.
—¿Qué variedad?
—Variedad “paciencia de nuera” —dijo Virtudes con un guiño y una risotada que llenó toda la casa.
Marta rió con ella.
Miró su salón, sus plantas, y a esa mujer difícil que ahora le pedía otra ración de tarta.
Se dio cuenta de que el plástico nunca hubiera podido darle ese momento.
Porque el plástico no cambia, no sufre y no crece.
Y las relaciones, como las plantas, necesitan un poco de tierra sucia y mucha agua para florecer.
—¿Sabes qué, Virtudes? —dijo Marta, levantándose para ir a por la cafetera.
—¿Qué, hija?
—Que mañana voy a comprar otra maceta de barro. Creo que ese ficus necesita un compañero de verdad.
Virtudes asintió con aprobación, recostándose en el sofá con una satisfacción absoluta.
—Así se habla, Marta. Así se habla.
Y en la esquina del salón, entre las hojas de plástico que ya no lo eran tanto y las flores rojas del geranio, pareció que el aire vibraba con una alegría silenciosa.
La batalla entre lo artificial y lo real había terminado.
Y, por una vez, todos habían salido ganando.
Incluso el ficus.