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México DOMINÓ la Fabricación de Metros — Hasta que Canadá se los Compró por Nada

Francia dominaba esta tecnología con puño de hierro. Estados Unidos tenía sus propios sistemas en Nueva York, Chicago, Boston. Alemania desarrollaba trenes de alta velocidad. Japón ya planeaba el shinansen que cambiaría el transporte mundial. Las grandes potencias industriales controlaban cada aspecto de la manufactura ferroviaria.

Y si esta historia de orgullo mexicano merece ser conocida, un like ayuda a que YouTube la recomiende a más personas. Comenta de dónde nos escuchas. Suscríbete si aún no lo has hecho. Ahora regresemos a 1969. El mercado global de vagones de metro valía miles de millones de dólares. Alstancia, Siemens en Alemania, Kawasaki en Japón, gigantes industriales con décadas de experiencia, miles de ingenieros, presupuestos de investigación que superaban el producto interno bruto de naciones enteras.

La tecnología de ruedas neumáticas era particularmente compleja. No bastaba componer llantas en un tren. Los sistemas de tracción requerían precisión milimétrica, los convertidores estáticos, los sistemas de frenado chopper, los pilotos automáticos. Cada componente demandaba conocimientos que solo existían en laboratorios europeos y estadounidenses.

Un vagón de metro no es solo metal sobre rieles, es un sistema integrado de más de 15,000 componentes. Sistemas eléctricos que manejan 750 V de corriente directa. Sistemas neumáticos que controlan puertas, frenos, suspensión. Electrónica de control que coordina múltiples unidades en perfecta sincronía. Francia había invertido décadas y cientos de millones de francos desarrollando esta expertiz.

Sus ingenieros eran los mejores del mundo, sus fábricas las más avanzadas, su dominio del mercado absoluto. En 1969, la idea de que un país latinoamericano pudiera fabricar sus propios vagones de metro era considerada fantasía. Los expertos internacionales lo decían claramente. La tecnología era demasiado compleja, la inversión requerida.

demasiado alta, el conocimiento necesario, demasiado especializado. México podía comprar, México podía operar, pero México no podía fabricar. Esa era la sabiduría convencional, ese era el consenso de los expertos. Esa era la realidad que todos aceptaban, todos, excepto los trabajadores de una pequeña ciudad industrial a 95 km al norte de la capital.

La realidad mexicana en 1969 era demoledora. 0%. Esa era la participación mexicana en la manufactura de vagones de metro. Absolutamente nada. Cada componente, desde los bogies hasta los parabrisas, llegaba empacado en contenedores con etiquetas en francés. Alstaba el 100% del mercado, un monopolio absoluto. No había alternativa nacional, no había competencia, no había esperanza de que las cosas cambiaran.

El sistema de metro de la Ciudad de México operaba con 60 unidades del modelo MP68, vagones idénticos a los que circulaban en París, diseñados para el clima francés, para las necesidades francesas, para los pasajeros franceses. El costo de esta dependencia iba más allá del precio de compra inicial.

Cada refacción tenía que importarse. Cada reparación mayor requería técnicos franceses. Cada actualización dependía de la buena voluntad de una empresa extranjera. Los números contaban una historia de sometimiento industrial. 1630 millones de pesos prestados por bancos franceses, intereses que se pagaban en francos, contratos que beneficiaban a proveedores europeos, una infraestructura crítica en manos ajenas. Y no era solo el metro.

México importaba locomotoras de Estados Unidos, vagones de carga de Canadá, rieles de Alemania. El país que tenía una de las redes ferroviarias más extensas de América Latina no producía prácticamente nada de su propio equipo rodante. La dependencia tecnológica era total. No existían ingenieros mexicanos especializados en sistemas de tracción eléctrica para metros.

No había fábricas capaces de producir convertidores estáticos. No se fabricaban localmente los sistemas de control automático que permitían operar múltiples vagones en sincronía. Las universidades mexicanas no enseñaban esta tecnología. Las empresas mexicanas no tenían experiencia. El conocimiento simplemente no existía dentro de las fronteras nacionales.

Cada vez que el metro necesitaba expandirse, México tenía que regresar a París con el sombrero en la mano, pedir cotizaciones, aceptar condiciones, pagar en dólares que el país no tenía. El consenso era unánime. Los expertos lo repetían en cada conferencia, en cada artículo, en cada análisis. México era un país en desarrollo.

La manufactura de equipo ferroviario sofisticado estaba reservada para las grandes potencias industriales. Nadie creía que esto pudiera cambiar. Nadie, excepto los que ya estaban trabajando para cambiarlo. Abril de 1952, a 95 km al norte de la Ciudad de México, en medio del altiplano hidalguense, comenzaba a surgir algo extraordinario.

No era la historia de un solo inventor, era la historia de una nación que decidió construir su propio futuro industrial. El presidente Miguel Alemán Valdés tenía una visión. México no podía seguir siendo un país que solo compraba. tenía que convertirse en un país que fabricaba. El modelo se llamaba industrialización por sustitución de importaciones. La teoría era simple.

Cada peso gastado en productos extranjeros era un peso que no circulaba en la economía mexicana. Y para implementar esa visión, el gobierno mexicano hizo algo sin precedentes. Construyó una ciudad entera desde cero, ciudad Sahagun, un nombre que hoy pocos recuerdan, pero que en su momento representó la ambición industrial más grande de la historia mexicana.

No era solo una fábrica, era un polo de desarrollo industrial completo, tres empresas estatales trabajando lado a lado, Dina para camiones, Sidena para acero y constructora nacional de carros de ferrocarril, conocida como concarril. El plan original contemplaba 60,000 habitantes, trabajadores reclutados de los estados circundantes, Hidalgo, Txcala, Estado de México, Puebla, familias enteras que dejaban sus tierras de cultivo para convertirse en obreros industriales.

No tenían títulos universitarios. La mayoría apenas había terminado la primaria. Lo que tenían era determinación y manos dispuestas a aprender. Nacional Financiera, la banca de desarrollo del gobierno federal, canalizó los recursos millones de pesos invertidos en maquinaria, en naves industriales, en capacitación. Una apuesta que muchos consideraban demasiado arriesgada.

Los primeros años fueron de aprendizaje brutal. En 1955, Concarril produjo sus primeras unidades, 850 vagones de carga. Nada sofisticado, cajas de metal sobre ruedas, pero era un comienzo. El contenido nacional era de apenas 52%. Casi la mitad de cada vagón seguía siendo importado. Los trabajadores aprendían sobre la marcha.

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