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La Sinfonía Prohibida del Kursaal

La primera gota de sangre cayó sobre el terciopelo rojo de la butaca de primera fila con un sonido sordo, casi imperceptible, devorado de inmediato por el rugido ensordecedor de los violonchelos. En el interior de los cubos de cristal del Palacio Kursaal, donde la vanguardia arquitectónica se abraza con la furia del mar Cantábrico, el aire se había vuelto denso, irrespirable, cargado con el olor metálico del óxido y la muerte.

No era una noche de estreno. Era el ensayo general, a puerta cerrada. Apenas una docena de personas —críticos de arte, mecenas de la Orquesta Sinfónica, y el propio director del auditorio— ocupaban la inmensa platea oscura. En el podio, Alejandro Vargas, el niño prodigio de la dirección orquestal española, no dirigía; oficiaba un exorcismo. Su batuta cortaba el aire como el filo de una bayoneta. Tenía los ojos desorbitados, la camisa empapada, y una sonrisa macabra, ajena a sí mismo, dibujada en el rostro.

Don Rafael, el crítico musical más temido del país, fue el primero en sentirlo. Una punzada caliente, como la picadura de una avispa gigante, le atravesó el hombro derecho. Llevó su mano temblorosa hacia la lana de su chaqueta hecha a medida. Cuando retiró los dedos, estaban empapados en un líquido espeso, caliente y carmesí. No había escuchado ningún disparo. No había cristales rotos. Pero allí, en su carne, un agujero perfecto y humeante latía al ritmo del crescendo de los metales.

—¡Dios mío! —jadeó Don Rafael, intentando ponerse en pie, pero sus rodillas cedieron.

A dos butacas de distancia, la señora de Lecuona, principal benefactora de la orquesta, comenzó a asfixiarse. Sus manos engarfiadas arañaban su propio cuello, donde una línea rojiza, profunda y abrasiva, empezaba a manifestarse de la nada. Era la marca inconfundible de una soga apretándose, quemando la piel, asfixiando la tráquea. Sus ojos se inyectaron en sangre mientras miraba implorante hacia el escenario.

Pero en el escenario, el horror era aún mayor.

Los músicos lloraban. Lágrimas silenciosas surcaban los rostros de los violinistas, pero no dejaban de tocar. No podían dejar de tocar. Era como si sus extremidades hubieran sido secuestradas por los acordes malditos que brotaban de las partituras. El primer atril, un joven ruso de técnica impecable, sangraba profusamente por las yemas de los dedos. No eran simples ampollas de fricción; le faltaban las uñas, arrancadas de cuajo por una fuerza invisible, como en las salas de interrogatorio de las peores dictaduras. Y sin embargo, sus falanges destrozadas seguían presionando las cuerdas, arrancando a la madera un lamento que helaba la sangre.

—¡Alejandro! ¡Para! ¡Por el amor de Dios, detén la orquesta! —gritó el director del Kursaal, corriendo por el pasillo central, pero antes de llegar a las escaleras, cayó de rodillas.

Un corte invisible y profundo le rasgó la pantorrilla izquierda, desde el tobillo hasta la corva, derramando un charco oscuro sobre la moqueta. Grito tras grito comenzó a llenar la sala, armonizando de manera grotesca con la sinfonía. Las notas musicales, escritas en un papel amarillento y quebradizo que Alejandro había desenterrado de las sombras, se materializaban en el aire como proyectiles, como cuchillos, como garrotes viles.

El maestro Vargas no los escuchaba. Estaba atrapado en el ojo del huracán. En su mente, las paredes de cristal del Kursaal habían desaparecido. Ya no veía las luces modernas ni el lujo de San Sebastián. Veía un muro de piedra gris, agujereado por la metralla. Sentía el frío de la madrugada de 1937, el olor a pólvora y a tabaco barato de los pelotones de fusilamiento falangistas. Sentía la furia, la desesperación, la injusticia de una vida arrebatada antes de tiempo.

La batuta de Alejandro subió en un arco dramático, exigiendo el fortissimo final del primer movimiento. Al unísono, los timbales golpearon con la fuerza de un cañonazo.

En la platea, un silencio súbito y sepulcral siguió al golpe. Tres de los invitados yacían inconscientes en el suelo, desangrándose de heridas de guerra que no tenían explicación médica ni lógica. Los músicos dejaron caer sus instrumentos con un estrépito caótico de maderas abolladas y cuerdas rotas. El primer violinista se acurrucó en posición fetal, sollozando, mirando sus manos despellejadas.

Alejandro bajó los brazos, jadeando. El trance se rompió. Miró a su alrededor, parpadeando para alejar el sudor y la visión del paredón de fusilamiento. Vio la sangre en el escenario, escuchó los gemidos agónicos en la platea. Y entonces, miró la partitura que descansaba sobre su atril. Las notas, escritas con una tinta que ahora juraría que era sangre reseca, parecían palpitar.

El título en la primera página rezaba, con una caligrafía puntiaguda y agresiva: Sinfonía del Silencio Roto. Opus 1. Fermín Arrieta, 1937.

Alejandro Vargas se llevó las manos a la cabeza. ¿Qué había desatado?

I. El Hallazgo

Todo había comenzado tres meses atrás, en el laberinto de callejuelas empedradas de la Parte Vieja donostiarra. San Sebastián era una ciudad que vivía del turismo, de la gastronomía y del cine, pero bajo sus adoquines y tras sus fachadas burguesas del siglo XIX, dormían fantasmas que muchos preferían ignorar.

Alejandro era un hombre obsesionado con la perfección. A sus treinta y cinco años, había dirigido en Viena, en Berlín y en Nueva York, pero su regreso a Euskadi como director titular de la orquesta local era un reto personal. Buscaba algo único, una pieza que no solo inaugurara la temporada de otoño en el Kursaal, sino que sacudiera los cimientos del panorama musical europeo. Estaba harto de los clásicos trillados. Quería fuego. Quería alma.

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