Los generales republicanos se rendían o morían en combates cada vez más desesperados. Y ahora días, el último obstáculo serio en el sur estaba preso. En París, el emperador Napoleón Tercero celebró la noticia con un brindis durante una cena de estado. La aventura mexicana que tantas críticas había recibido en la Asamblea Nacional finalmente mostraba resultados concretos.
Maximiliano de Absburgo reinaba en el castillo de Chapultepec. El comercio florecía bajo protección francesa. Los bonos mexicanos recuperaban valor en las bolsas europeas. Díaz era el único que todavía causaba problemas”, comentó el ministro de guerra a los invitados. Con él neutralizado, la pacificación del sur será cuestión de semanas.

Los generales franceses en México compartían ese optimismo. Habían estudiado la carrera militar de Díaz con la curiosidad con descendiente de profesionales europeos examinando a un aficionado colonial. Reconocían su valentía, incluso su astucia táctica, pero lo consideraban un producto de circunstancias excepcionales más que un verdadero genio militar.
sin acceso a academias formales, sin conocimiento de los tratados clásicos de estrategia, sin experiencia en los campos de batalla de Europa. Díaz era simplemente un guerrillero con suerte que había sobrevivido más tiempo que sus compañeros. El coronel austríaco Erst von Kevin Hler, comandante de las fuerzas de voluntarios del Imperio Absburgo en México, expresó la opinión general durante una reunión de Estado Mayor.
Díaz es valiente, no lo niego, pero la valentía sin recursos es inútil. Le hemos quitado Oaxaca, su base de operaciones. Le hemos quitado su ejército. Le hemos quitado su libertad. ¿Qué puede hacer un hombre solo encerrado entre muros de piedra, vigilado día y noche por soldados europeos? La pregunta era retórica. Todos sabían la respuesta.
Nada, absolutamente nada. El primero de marzo de 1865, Porfirio Díaz llegó a Puebla escoltado por un destacamento de caballería francesa. Lo habían trasladado desde Oaxaca en un convoy fuertemente armado, como si temieran que sus partidarios intentaran rescatarlo en el camino. Pero los caminos estaban vacíos. Los republicanos del sur habían sido dispersados, sus líderes muertos o capturados, sus armas confiscadas.
No hubo ningún intento de liberación. Lo encerraron primero en el fuerte de Loreto, la misma fortificación que Díaz había ayudado a defender durante la gloriosa batalla del 5 de mayo, 3 años antes. La ironía no escapaba a nadie. Los franceses disfrutaban especialmente de ese detalle. El héroe de Puebla convertido en prisionero de Puebla.
Durante esos primeros meses, varios emisarios imperialistas visitaron a Díaz en su celda. Le ofrecieron lo mismo que habían ofrecido a otros generales republicanos. Amnistía completa, restauración de su rango militar, tierras, dinero, una posición de honor en el nuevo orden imperial. Solo tenía que jurar lealtad a Maximiliano y renunciar a la causa republicana.
Díaz rechazó cada oferta sin vacilar. Prefiero morir en esta celda antes que traicionara mi país, respondió a uno de los emisarios, un antiguo conocido que había cambiado de bando. Ustedes pueden tener mi cuerpo prisionero, pero mi lealtad no está en venta. Los franceses interpretaron esta terquedad como orgullo herido, la última resistencia de un hombre derrotado que se aferraba a principios obsoletos.
No comprendían que para días la rendición no era simplemente una opción que rechazaba, sino una posibilidad que no existía en su vocabulario mental. Llevaba peleando desde los 17 años. Había sobrevivido a la guerra de Reforma, a la primera intervención francesa, a decenas de batallas donde hombres mejores que él habían caído.
La derrota no significaba el final, solo significaba que todavía no había encontrado la manera de ganar. En mayo lo trasladaron al exconvento de Santa Catalina, donde las condiciones eran ligeramente mejores, pero la vigilancia igual de estricta. Un mes después, nuevo traslado, esta vez al colegio Carolino, un edificio colonial masivo que las autoridades militares habían convertido en prisión para oficiales republicanos de alto rango.
Fue allí donde conoció al teniente Cismadia. El húngaro había llegado a México como parte del contingente de voluntarios austriacos que el emperador Francisco José envió para apoyar a su hermano Maximiliano. A diferencia de muchos de sus compatriotas que veían la expedición mexicana como una aventura exótica o una oportunidad de ascenso rápido, Sismadia era un soldado profesional que cumplía órdenes sin entusiasmo particular.
No odiaba a los mexicanos, no los despreciaba, simplemente hacía su trabajo y esperaba el día en que pudiera regresar a casa. Le asignaron la custodia del prisionero más importante del colegio Carolino, el general Porfirio Díaz. Sus superiores le dieron instrucciones precisas. Díaz debía ser tratado con la cortesía debida a un oficial de su rango, pero vigilado constantemente.
No podía recibir visitas sin autorización. No podía enviar correspondencia sin censura, no podía salir de su celda, excepto para las actividades permitidas por el reglamento. Y sobre todo, bajo ninguna circunstancia debía escapar. El mariscal Bazin había sido muy claro al respecto. Si Díaz lograba fugarse, los responsables de su custodia pagarían con sus carreras y posiblemente con sus vidas.
Xismadia aceptó la misión con la misma profesionalidad que había mostrado en todas sus asignaciones anteriores. Un prisionero era un prisionero, un general enemigo era un enemigo. Las reglas eran claras y él las seguiría al pie de la letra. O eso creía. Lo que el teniente húngaro no sabía, lo que nadie en el alto mando imperial sospechaba, era que acababan de asignarle la tarea que cambiaría el curso de la guerra, no porque fracasara en su deber, sino porque en los meses siguientes descubriría algo que sus superiores europeos nunca comprendieron, que el
hombre encerrado en esa celda no era un bandido derrotado ni un rebelde terco, sino un líder cuya determinación superaba cualquier muro, cualquier guardia, cualquier imperio. Y cuando llegara el momento de elegir entre su juramento militar y su conciencia, Cismadia tomaría una decisión que ningún manual austríaco contemplaba.
Pero eso vendría después. Por ahora, en la primavera de 1865, el imperio celebraba su victoria y Porfirio Díaz contaba los ladrillos de su celda, esperando el momento adecuado para demostrar que los franceses habían cometido el peor error de toda la intervención, no ejecutarlo cuando tuvieron la oportunidad. Colegio Carolino, Puebla, mayo de 1865.
El colegio Carolino había sido fundado en 1578 como seminario jesuita y sus muros de cantera rosa guardaban casi tres siglos de historia eclesiástica antes de que los franceses lo convirtieran en prisión militar. Los corredores donde generaciones de seminaristas habían caminado en silencio meditando sobre las escrituras, ahora resonaban con el paso de botas militares y el tintineo de sables contra los muros.
Las celdas que alguna vez albergaron a novicios en busca de la gracia divina, ahora contenían a generales republicanos esperando un destino muy diferente. Porfirio Díaz ocupaba una celda en el segundo piso del ala norte. Era una habitación austera, pero no incómoda. Una cama de hierro con colchón de paja, una mesa pequeña con dos sillas, una guamanil de cerámica, una ventana con barrotes que dejaba entrar la luz del sol durante las mañanas.
Comparada con las mazmorras donde otros prisioneros republicanos languidecían en la oscuridad, era casi lujosa. Los franceses trataban a los oficiales de alto rango con cierta deferencia, no por humanidad, sino por cálculo político. Un general bien tratado era más probable que aceptara eventualmente las ofertas de amnistía.
Díaz no tenía intención de aceptar nada, pero aprovechaba las condiciones para mantenerse en forma física y mental. Cada mañana antes del amanecer realizaba ejercicios en el espacio reducido de su celda, flexiones, sentadillas, movimientos que había aprendido durante años de campaña militar. Después dedicaba horas a la lectura de los pocos libros que le permitían tener tratados de historia, manuales de derecho, obras literarias que solicitaba a través de los canales oficiales.
Sus carceleros interpretaban esta rutina como la resignación de un hombre que aceptaba su cautiverio. En realidad, Díaz se preparaba para el momento en que tendría que correr, trepar y pelear por su libertad. El teniente Shismadia observaba estas rutinas con curiosidad profesional. Había custodiado prisioneros antes en las cárceles militares de Viena y Budapest, pero ninguno como este mexicano de 34 años que parecía incapaz de permanecer quieto.
Los otros oficiales republicanos en el Carolino pasaban sus días jugando cartas, bebiendo el vino aguado que les permitían, quejándose de la comida y las condiciones. días hacía ejercicio, leía, escribía notas que luego destruía y estudiaba cada rincón del edificio con una atención que Chismadia encontraba inquietante.
Una mañana de mayo, mientras realizaba su ronda de inspección, el húngaro encontró a Días de pie junto a la ventana, observando el patio interior donde un destacamento de soldados austriíacos realizaba maniobras de entrenamiento. General, dijo Chismadia en español, un idioma que había aprendido durante sus meses en México.
Es hora de su paseo matutino. El reglamento permitía a los prisioneros de rango superior una hora diaria de ejercicio en el patio, siempre bajo escolta armada. Díaz se volvió hacia el teniente y asintió sin decir palabra. Pero cuando el guardia de menor rango que acompañaba a Sismadias se adelantó para escoltarlo, Díaz no se movió.
Prefiero que me acompañe usted, teniente”, dijo con voz tranquila pero firme. “No un soldado raso.” El guardia se detuvo confundido. Cismadia frunció el seño. “El reglamento no especifica quién debe escoltarlo, general. Cualquier miembro de la guardia está autorizado.” “El reglamento tampoco lo prohíbe”, respondió Díaz.
“Y yo prefiero caminar con un oficial que con un soldado.” Cuestión de dignidad. Era una petición inusual, pero no irrazonable. Sismadia consideró las opciones. Podía insistir en el procedimiento estándar y enfrentar la negativa silenciosa de un prisionero que claramente no iba a ceder o podía conceder una cortesía menor que no violaba ninguna regla específica.
Eligió lo segundo. Muy bien, general. Lo acompañaré personalmente. Ese fue el primer paso, un gesto pequeño, casi insignificante, que estableció un precedente. En los días siguientes, Díaz comenzó a solicitar que fuera Sismadia quien lo escoltara en todas sus actividades. Los paseos por el patio, las visitas al comedor, incluso los trayectos al baño común del corredor.
El húngaro podría haberse negado, podría haber delegado estas tareas en sus subordinados. Pero algo en la conducta del mexicano le intrigaba. No era arrogancia ni condescendencia, era algo más difícil de definir, una dignidad tranquila que no pedía respeto, sino que lo asumía como natural. Sismadia comenzó a buscar excusas para conversar con su prisionero durante las escoltas.
Al principio eran intercambios breves sobre el clima, la comida, las noticias del exterior que los guardias compartían entre ellos, pero gradualmente las conversaciones se volvieron más sustanciales. Díaz preguntaba sobre Hungría, sobre la vida de Sismadia antes de México, sobre las razones que lo habían llevado a alistarse en la expedición imperial.
El húngaro, sorprendido de encontrar un interlocutor genuinamente interesado, respondía con franqueza creciente. “Mi familia tiene tradición militar desde hace cuatro generaciones”, explicó una tarde mientras caminaban por el patio bajo la sombra de los naranjos. “Mi abuelo peleó contra Napoleón. Mi padre sirvió en las guerras contra los revolucionarios del 48.
Yo crecí sabiendo que mi destino era el uniforme. ¿Y México? Preguntó Díaz. ¿Por qué venir tan lejos de casa? Cismadia guardó silencio un momento antes de responder. El emperador Francisco José pidió voluntarios para apoyar a su hermano Maximiliano. Era una oportunidad de servir, de ver mundo, de ganar experiencia en combate real. En Europa hay paz desde hace años.
Aquí hay guerra. Hay guerra porque ustedes la trajeron, observó Díaz sin hostilidad, como quien constata un hecho evidente. Hay guerra porque su país no puede ponerse de acuerdo sobre cómo gobernarse, replicó Chismadia. Liberales contra conservadores, republicanos contra monárquicos, llevaban décadas matándose entre ustedes antes de que llegara un solo soldado francés.
Díaz no discutió el punto. Era cierto. Después de todo, México había vivido en conflicto casi permanente desde la independencia, pero eso no justificaba la intervención extranjera. Las guerras civiles son asuntos internos, dijo. Finalmente, “Lo que ustedes hacen aquí es invasión. Hay una diferencia para el soldado que muere.
No hay ninguna diferencia”, respondió Chismadia. Una bala mexicana mata igual que una bala francesa. Era un intercambio honesto entre hombres que se encontraban en lados opuestos de un conflicto, pero que compartían algo fundamental, el oficio de las armas y sus costos. Díaz descubrió que le agradaba el húngaro.
No era un fanático imperial ni un aventurero sin escrúpulos. Era un profesional cumpliendo órdenes, atrapado en una guerra que no había elegido, sirviendo a una causa en la que probablemente no creía con demasiada convicción. A mediados de junio, Sismadia hizo algo que sorprendió incluso a días. Lo invitó a almorzar en su casa.
El teniente ocupaba una pequeña vivienda alquilada en las cercanías del Carolino, privilegio reservado a los oficiales de cierto rango. Técnicamente, sacar a un prisionero del edificio para una actividad social era irregular, pero no estaba explícitamente prohibido, siempre que se mantuviera vigilancia adecuada. Cismadia justificó la invitación ante sus superiores como un esfuerzo por cultivar la buena voluntad del prisionero más importante bajo su custodia.
Si lograba que Díaz confiara en él, quizás podría obtener información valiosa sobre las fuerzas republicanas todavía activas en el sur. La justificación era falsa y ambos lo sabían. Sismadia no estaba tratando de obtener inteligencia militar, simplemente quería conocer mejor al hombre que había llegado a respetar durante semanas de conversaciones fragmentarias. El almuerzo fue sencillo.
Carne asada, frijoles, tortillas. una botella de vino español que el húngaro había guardado para ocasiones especiales. Comieron en un comedor pequeño. Mientras la esposa de Chismadia, una joven austríaca que lo había acompañado a México contra los consejos de su familia, servía los platos con nerviosismo apenas disimulado.
No todos los días tenía en su mesa a un general enemigo considerado el hombre más peligroso del sur de México. Pero Díaz se comportó con una cortesía impecable. elogió la comida, agradeció la hospitalidad, conversó sobre temas neutros que no incomodaran a nadie. Preguntó a la señora Chismadia sobre su vida en Viena, sobre cómo había encontrado el viaje a México, sobre si extrañaba a su familia.
Era el comportamiento de un caballero educado, no de un prisionero de guerra. Cuando regresaron al Carolino esa tarde, algo había cambiado entre los dos hombres. Ya no eran simplemente carcelero y cautivo, eran algo más complicado. Dos soldados que se habían reconocido mutuamente como iguales, a pesar de los uniformes que vestían y las banderas que servían.
En julio, Sismadia consiguió autorización para llevar a Días a una corrida de toros. Las corridas eran eventos sociales importantes en Puebla, donde la élite imperial y los oficiales extranjeros se reunían para demostrar su adhesión a las tradiciones mexicanas que decían respetar. Sismadia argumentó que permitir a Díaz asistir bajo escolta era un gesto de buena voluntad que podría suavizar su resistencia a las ofertas de amnistía.
Sus superiores, escépticos, pero dispuestos a intentar cualquier cosa que pudiera convencer al terco general republicano, aprobaron la solicitud. La plaza de toros estaba llena esa tarde de agosto. Díaz y Sismadia ocuparon asientos en una sección reservada para oficiales rodeados de uniformes franceses, austriíacos y mexicanos imperialistas.
El contraste era extraordinario. Un general republicano sentado entre sus enemigos observando el espectáculo como si fuera un invitado más y no un prisionero bajo vigilancia armada. Díaz observó la corrida con atención silenciosa. No era aficionado a los toros. Los consideraba un espectáculo cruel y sin propósito, pero entendía su valor como ritual social.
estudió a los hombres que lo rodeaban, los oficiales franceses con sus uniformes impecables y su arrogancia apenas velada, los austriíacos más reservados y profesionales, los mexicanos imperialistas que evitaban mirarlo a los ojos como si su presencia les recordara algo que preferían olvidar. ¿En qué piensa, general?, preguntó Chismadia durante un intermedio.
Díaz tardó un momento en responder. Pienso en que todos estos hombres creen que han ganado dijo finalmente. Miran a México como si fuera suyo, como si la guerra hubiera terminado. Y no ha terminado. Las guerras no terminan cuando un bando ocupa las ciudades, respondió Díaz. Terminan cuando un bando deja de pelear y mi bando no ha dejado de pelear.
Juárez sigue en el norte. Hay guerrilleros en las montañas de Michoacán, de Guerrero, de Chihuahua. El país entero es un polvorín esperando la chispa adecuada. “Usted está encerrado en el Carolino”, observó Chismadia. “No puede encender ninguna chispa desde una celda.” Díaz se volvió hacia el húngaro con una expresión que Chismadia nunca olvidaría.
No era amenaza ni brabuconería, era certeza absoluta. Teniente, las celdas tienen puertas, las puertas pueden abrirse y cuando la mía se abra, todo lo que estos hombres creen haber ganado se derrumbará como castillo de arena. Sismadia no supo que responder. En ese momento comprendió algo que sus superiores franceses y austriíacos nunca entenderían.
Díaz no estaba esperando la amnistía ni resignándose a su cautiverio. Estaba esperando el momento adecuado y cuando ese momento llegara, ningún muro sería suficiente para contenerlo. Regresaron al Carolino en silencio. Esa noche, mientras redactaba su informe rutinario sobre el comportamiento del prisionero, Sismadia se encontró omitiendo la conversación en la plaza de toros.
No mencionó las palabras de Díaz sobre chispas y castillos de arena. No informó sobre la certeza inquebrantable que había visto en los ojos del mexicano. Era la primera vez en su carrera militar que ocultaba información a sus superiores. No sería la última. En las semanas siguientes, Díaz comenzó a hablar más abiertamente con Chismadia.
Le contó sobre su infancia en Oaxaca, sobre su madre viuda que lo crió entre penurias, sobre sus años de estudiante de derecho que abandonó para unirse a la revolución liberal. Le habló de Benito Juárez, el presidente indígena que había transformado México y de los ideales republicanos por los que había peleado desde los 17 años.
le explicó por qué rechazaba todas las ofertas imperiales, no por orgullo personal, sino por convicción profunda de que México debía gobernarse a sí mismo, sin emperadores extranjeros ni ejércitos de ocupación. Sismadia escuchaba sin interrumpir, sin juzgar, sin intentar contradecir, y mientras escuchaba, algo comenzaba a cambiar dentro de él.
las certezas que había traído desde Europa sobre la superioridad de la civilización occidental, sobre el derecho de los imperios a ordenar el mundo, sobre la nobleza de la causa que servía, comenzaban a agrietarse bajo el peso de las palabras de un hombre que debería haber sido su enemigo, pero que se había convertido en algo parecido a un amigo.
Una noche de agosto, después de que los otros guardias se retiraran y el silencio cayera sobre el Carolino, Sismadia entró en la celda de Díaz con una botella de brandy. “No debería estar aquí”, dijo el húngaro sirviendo dos copas. “Probablemente no, respondió Díaz aceptando la suya. Bebieron en silencio durante un rato.
Finalmente, Sismadia habló. “General, ¿qué haría si pudiera salir de aquí?” Díaz lo miró fijamente. ¿Por qué lo pregunta? Curiosidad. La curiosidad es peligrosa, teniente. Lo sé, dijo Shismadia. Pero respóndame de todos modos. Díaz bebió un largo trago antes de contestar. Si pudiera salir de aquí, iría al sur, reconstruiría mi ejército, pelearía hasta expulsar al último soldado extranjero de México o hasta morir en el intento. No hay otra opción para mí.
¿Y si alguien lo ayudara a salir?, preguntó Chismadia bajando la voz. ¿Qué pasaría con esa persona? El silencio que siguió fue largo y denso. Díaz comprendió que la pregunta no era hipotética. Si alguien me ayudara”, dijo finalmente, “nunca lo olvidaría. Y si algún día tuviera el poder de devolverle el favor, lo haría sin dudarlo.
” Sismadia asintió lentamente. No dijeron nada más esa noche. No hacía falta. Ambos sabían que algo había cambiado irrevocablemente entre ellos. La semilla estaba plantada. Solo faltaba esperar que germinara. Colegio Carolino, Puebla. Septiembre de 1865. El verano se consumió lentamente entre los muros del Carolino y con cada semana que pasaba, Porfirio Díaz afinaba los detalles del plan que llevaba meses gestando en silencio.
No era un plan improvisado ni desesperado, era el resultado de observación meticulosa, paciencia infinita y la certeza absoluta de que su momento llegaría. Desde su llegada al Carolino en mayo, Díaz había memorizado cada rincón del edificio al que tenía acceso. Durante los paseos matutinos por el patio contaba los pasos entre las columnas, medía con la vista la altura de los muros, identificaba los puntos ciegos donde los centinelas no podían ver.
Durante las escoltas al comedor y al baño estudiaba las rutinas de los guardias, cuando cambiaban de turno, cuando se distraían, cuando el cansancio o el aburrimiento hacían que su vigilancia se relajara. Durante las noches de insomnio escuchaba los sonidos del edificio, el crujir de las vigas de madera, el paso de las rondas nocturnas, el silencio denso de las horas previas al amanecer.
Había identificado la ruta de escape semanas atrás. El ala norte del Carolino, donde se encontraba su celda, colindaba con la iglesia de la compañía de Jesús. Entre ambos edificios existía un espacio de azoteas interconectadas, un laberinto de bóvedas semiesféricas y techos irregulares que los arquitectos coloniales habían construido sin pensar en la seguridad militar.
Si lograba alcanzar la azotea de su sección, podría atravesar ese laberinto hasta llegar a la esquina de las calles San Roque y a la Triste, donde una estatua de piedra de San Vicente Ferrer ofrecía un punto de anclaje para descender con una cuerda hasta el nivel de la calle. El problema era triple. Primero, necesitaba salir de su celda sin alertar a los guardias que vigilaban el corredor.
Segundo, necesitaba atravesar la azotea sin ser detectado por los centinelas. apostados en la torre del templo, que tenían órdenes específicas de vigilar los tejados. Tercero, necesitaba caballos esperándolo en la calle para huir antes de que se dieran cuenta de su ausencia. Para resolver el primer problema, Díaz había cultivado una relación especial con dos de sus compañeros de prisión, el teniente coronel Guillermo Palomino y el mayor Juan de la Luz Enrquez.
Ambos eran oficiales republicanos de confianza, hombres que habían demostrado su lealtad en docenas de batallas y que compartían la determinación de días de continuar la lucha contra el imperio. Les había revelado su plan en fragmentos, nunca la imagen completa, distribuyendo la información de manera que ninguno de ellos pudiera comprometer toda la operación si era descubierto o interrogado.
La noche de la fuga, Palomino y Enrquez organizarían una partida de naipes en el salón común del ala norte. Invitarían a todos los demás prisioneros a participar, creando una distracción que mantendría a los oficiales republicanos reunidos y visibles mientras Díaz desaparecía. Si algún guardia preguntaba por el general, los jugadores responderían que se había retirado temprano a su celda por una indisposición estomacal.
Para cuando alguien decidiera verificar esa excusa, Díaz estaría a kilómetros de distancia. Para resolver el segundo problema, Díaz había estudiado el patrón de los centinelas durante meses. Cada 15 minutos los guardias de la torre cantaban el tradicional alerta que confirmaba su vigilancia. Pero entre esos cantos había momentos de distracción, cuando encendían cigarrillos, cuando conversaban entre ellos, cuando el frío de la noche los hacía buscar refugio en el interior de la torre.
Díaz había cronometrado estos intervalos con precisión obsesiva. Sabía exactamente cuántos segundos tenía para atravesar cada sección expuesta de la azotea antes de que los centinelas volvieran a mirar en su dirección. Para resolver el tercer problema, necesitaba ayuda externa. Y aquí era donde el plan se volvía más delicado.
A través de contactos que mantenía en la ciudad, sirvientes que simpatizaban con la causa republicana, comerciantes que habían conocido a su familia en Oaxaca, antiguos soldados que se habían infiltrado en Puebla bajo identidades falsas. Díaz había arreglado la compra de dos caballos y monturas. Los animales estaban guardados en una casa alquilada.
bajo nombre falso en las cercanías de la calle San Roque. Su criado personal, un hombre de absoluta confianza que había permanecido en Puebla después de la captura de su patrón, cuidaba los caballos y esperaba la señal para tenerlos listos. El alquiler de la casa había sido complicado. En Puebla, como en la mayoría de las ciudades mexicanas, los propietarios exigían fiadores que garantizaran el pago de la renta.
Pero un fiador significaba otra persona involucrada, otro eslabón débil en la cadena del secreto. Díaz resolvió el problema pagando 6 meses de renta por adelantado, en efectivo, una suma que agotó casi todos los recursos que sus aliados habían logrado reunir. El propietario, un comerciante más interesado en el dinero que en las formalidades, aceptó el trato sin hacer preguntas.
Quedaba el problema de los instrumentos de la fuga. Días necesitaba cuerdas, varias, lo suficientemente largas y resistentes para soportar su peso, y un arma para defenderse si era descubierto. Las cuerdas las consiguió gradualmente, comprándolas en pequeñas cantidades a través de intermediarios que no conocían su propósito. Las fue acumulando en su celda, escondidas entre su equipaje y sus ropas, enrolladas de manera que parecieran objetos inofensivos durante las inspecciones rutinarias. El arma fue más difícil.
Los prisioneros del Carolino eran revisados regularmente y cualquier objeto punzante o cortante era confiscado inmediatamente. Pero Díaz encontró una solución, una daga pequeña del tipo que los oficiales llevaban como parte de su uniforme de gala, que uno de sus contactos externos logró introducir en el edificio, oculta en un cargamento de provisiones destinado a la cocina.
La daga llegó a manos de días a través de una cadena de tres personas, ninguna de las cuales conocía a las otras ni sabía el propósito final del objeto. A principios de septiembre, todos los elementos estaban en su lugar. Días tenía las cuerdas, tenía la daga, tenía los caballos esperando, tenía a sus compañeros preparados para la distracción.
Solo faltaba elegir la fecha. Su primera elección fue el 15 de septiembre, el día de su cumpleaños número 35. Había algo poético en la idea de renacer a la libertad el mismo día que había nacido a la vida. Además, la fecha coincidía con el aniversario de la independencia de México, lo que añadía un simbolismo que Díaz, siempre consciente del poder de los gestos históricos, encontraba irresistible.
Pero cuando llegó la noche del 14 de septiembre, Díaz comprendió que había cometido un error de cálculo. Las celebraciones de la independencia habían transformado Puebla. Las calles cercanas al Carolino estaban iluminadas con faroles y antorchas. Bandas de música tocaban en las plazas. Patrullas adicionales recorrían la ciudad para mantener el orden durante las festividades.
Los centinelas del Carolino habían sido reforzados y los oficiales de guardia estaban especialmente alertas ante la posibilidad de que algún prisionero intentara aprovechar el caos para escapar. Desde la ventana de su celda, Díaz observó las luces que brillaban en las calles y maldijo en silencio su propia impaciencia. Escapar esa noche era imposible.
La iluminación eliminaría las sombras que necesitaba para atravesar la azotea. Las patrullas adicionales aumentaban el riesgo de ser detectado en las calles y el estado de alerta de los guardias hacía que cualquier movimiento inusual fuera inmediatamente sospechoso. No tuvo más remedio que esperar.
Los cinco días siguientes fueron una tortura de ansiedad contenida. Días mantuvo su rutina habitual. los ejercicios matutinos, las lecturas, las conversaciones con chismadia, mientras por dentro contaba cada hora que lo separaba de la libertad. Cada noche revisaba mentalmente el plan, buscando fallos que pudiera haber pasado por alto, imaginando obstáculos que no había anticipado.
Cada mañana despertaba con la certeza de que ese día podía ser el último de su cautiverio o el primero de su muerte. El 19 de septiembre, durante su paseo vespertino por el patio, Díaz tomó una decisión. La noche siguiente sería la noche. Las celebraciones de la independencia habían terminado. Las patrullas adicionales se habían retirado.
Los centinelas habían vuelto a su rutina normal de aburrimiento y distracción. Las condiciones no serían perfectas, nunca lo eran, pero serían las mejores que podía esperar. Esa tarde, después de regresar a su celda, Díaz envió un mensaje codificado a su criado a través de uno de los sirvientes del Carolino que colaboraba con la causa republicana.
El mensaje era simple: “Mañana a medianoche que los caballos estén listos.” Después buscó a Palomino y Enriquez y les comunicó la fecha. Los dos oficiales asintieron sin hacer preguntas. Llevaban semanas preparándose para este momento. Sabían exactamente qué hacer. Finalmente, Díaz fue a ver a Xismadia. El húngaro estaba en su pequeña oficina del primer piso, revisando los informes del día con la meticulosidad que lo caracterizaba.
Cuando Díaz apareció en la puerta, escoltado por un guardia de menor rango, Cismadia despidió al soldado con un gesto. Déjenos solos. El general y yo tenemos asuntos que discutir. El guardia obedeció sin cuestionar. Para entonces, las conversaciones privadas entre el teniente húngaro y su prisionero más importante se habían vuelto tan frecuentes que nadie las consideraba inusuales.
Cuando la puerta se cerró, Díaz habló sin preámbulos. Mañana por la noche. Cismadia no preguntó qué significaba eso. Ambos sabían que este momento llegaría desde aquella conversación nocturna semanas atrás, cuando el húngaro había preguntado qué haría Díaz si alguien lo ayudara a escapar. ¿A qué hora?, preguntó Sismadia con voz neutra.
Después del toque de silencio, entre la medianoche y la una, el húngaro asintió lentamente procesando la información. La ronda de esa hora la hace el sargento Müller. Es un hombre diligente, revisa todas las celdas. Lo sé, dijo Díaz. Por eso necesito que mañana la ronda la haga usted. Era una petición enorme.
Sismadia tendría que inventar una excusa para sustituir a Müller. Tendría que falsificar los registros de vigilancia. Tendría que arriesgar su carrera y posiblemente su vida si la fuga era descubierta y se investigaban las circunstancias. Si hago eso,” dijo Cismadia después de un largo silencio, “y logra escapar, me convertirá en cómplice.
” “Si lo atrapan y hablan, no hablaré”, interrumpió Díaz. “Aunque me torturen, aunque me fusilen, nunca diré una palabra que lo comprometa. tiene mi palabra de honor. La palabra de honor de un prisionero a su carcelero, la palabra de honor de un soldado a otro soldado. Sismadia miró a Díaz durante un momento que pareció eterno.
En los ojos del mexicano no había súplica ni desesperación, solo había certeza. La misma certeza inquebrantable que el húngaro había visto en la plaza de toros. La certeza de un hombre que sabía exactamente quién era y qué estaba dispuesto a hacer. “Hay un aso teu en el ala norte”, dijo finalmente Chismadia. Un patio pequeño destechado que se usa como letrina para los prisioneros.
La entrada y salida de ese lugar no llama la atención de los centinelas, porque los hombres van y vienen constantemente. Si usted entrara ahí después del toque de silencio, nadie pensaría que es extraño. Díaz asintió. Conocía esa azotehuela. La había estudiado durante semanas. Desde ahí puede subir a la azotea principal, continuó Sismadia.
Hay una canal de piedra que serviría como punto de apoyo para una cuerda, pero tendría que lanzar el lazo sin ver porque no hay luz suficiente. Puedo hacerlo. Los centinelas de la torre del templo vigilan la azotea. Cantan el alerta cada 15 minutos. Entre los cantos hay momentos en que miran hacia otro lado.
Si cronometra bien sus movimientos. Los he cronometrado dijo Díaz. Sé exactamente cuántos segundos tengo entre cada alerta. Sismadia exhaló lentamente. En la esquina de San Roque hay una estatua de San Vicente Ferrer. Es de piedra sólida anclada al edificio. Soportaría el peso de un hombre descendiendo con una cuerda. Ya lo había notado.
El húngaro sonró a pesar de sí mismo. Por supuesto que sí. Usted ha planeado esto desde el primer día, ¿verdad? Desde antes, admitió Díaz, desde que me trajeron a Puebla, lo único que no podía planear era encontrar a alguien como usted. Sismadia se levantó de su escritorio y caminó hacia la ventana. Afuera, el sol comenzaba a ponerse sobre los tejados de Puebla, tiñiendo el cielo de naranja y púrpura.
En algún lugar de la ciudad, las campanas de una iglesia tocaban el ángelus. ¿Sabe lo que me pasará si esto sale mal?, preguntó sin volverse. Lo sé. ¿Y qué le pasará a mi esposa si me fusilan por traición? Díaz no respondió inmediatamente. Cuando lo hizo, su voz había perdido el tono militar y se había vuelto simplemente humana.
Teniente, no le pido que haga esto por mí. Se lo pido por México, por millones de personas que viven bajo la bota de un emperador que nadie eligió, gobernados por extranjeros que no conocen nuestra tierra ni respetan nuestra gente. Si logro escapar, si logro reconstruir mi ejército, si logro expulsar a los franceses y austriíacos, entonces todo lo que usted arriesga esta noche habrá valido la pena.
No para mí, para ellos. Sismadia permaneció en silencio durante un largo momento. Cuando finalmente se volvió, sus ojos estaban húmedos, aunque su voz se mantuvo firme. “Mañana a medianoche, yo haré la ronda del ala norte. El sargento Müller recibirá órdenes de cubrir otra sección del edificio. Cuando pase por su celda, la encontraré vacía.
Buscaré durante 10 minutos antes de darla a alarma. Eso debería darle tiempo suficiente para llegar a la calle y montar los caballos que tiene esperando. ¿Cómo sabe lo de los caballos? General, soy su carcelero. Es mi trabajo saber todo lo que hace, incluyendo las cosas que cree que me oculta. Por primera vez desde que había entrado en la oficina, Díaz sonrió.
Entonces sabe que no tengo intención de fallar. Lo sé, dijo Chismadia. Por eso estoy arriesgando todo lo que tengo para ayudarlo. Se estrecharon las manos en silencio. No hacían falta más palabras. Al día siguiente, uno de ellos sería libre y el otro cargaría con un secreto que tendría que guardar por el resto de su vida. Esa noche, Díaz no durmió.
Permaneció sentado en su celda, revisando mentalmente cada paso del plan, cada movimiento que tendría que ejecutar con precisión milimétrica. En algún momento después de la medianoche, sacó las cuerdas de su escondite y las desenrolló sobre la cama, verificando que no tuvieran nudos ni puntos débiles. Afiló la daga contra una piedra que había guardado para ese propósito, probando el filo contra la yema de su pulgar hasta que brotó una gota de sangre.
Todo estaba listo. Mañana, a esta misma hora, estaría cabalgando hacia el sur, hacia la libertad, hacia la guerra que todavía tenía que ganar o estaría muerto. De cualquier manera, dejaría de ser prisionero. Colegio Carolino, Puebla. 20 de septiembre de 1865. 11:40 de la noche. Las campanas de la catedral acababan de marcar las tres cuartas cuando Porfirio Díaz escuchó el sonido que había estado esperando durante 6 meses.
El murmullo de voces y risas que provenía del salón común del ala norte. La partida de naipes había comenzado. Desde su celda Díaz podía imaginar la escena. Palomino estaría sentado en la cabecera de la mesa barajando las cartas con la destreza de un taú profesional, invitando a los demás prisioneros a unirse con promesas de una noche entretenida.
Enrique circularía entre los jugadores, sirviendo a guardiente de una botella que había conseguido sobornar a uno de los cocineros, asegurándose de que todos tuvieran los vasos llenos y el ánimo alto. Los guardias del corredor observarían la escena con aburrimiento benevolente, acostumbrados ya a estas reuniones nocturnas que mantenían a los prisioneros tranquilos y manejables.
Nadie sospecharía nada. Era una noche como cualquier otra en el Carolino. Díaz se movió en silencio por su celda, ejecutando los preparativos finales con la precisión de un ritual largamente ensayado. Se vistió con ropas oscuras, pantalones negros, camisa gris, botas de cuero suave que no harían ruido contra las tejas.
Se ató las tres cuerdas alrededor del torso, cruzándolas sobre el pecho y la espalda, de manera que quedaran firmes, pero no restringieran sus movimientos. envolvió cada cuerda en tela gris para evitar que el rose contra la piedra produjera sonidos de la torre. Finalmente deslizó la daga en su cinturón, asegurándose de que la empuñadura quedara accesible, pero oculta bajo los pliegues de la camisa.
Se miró las manos. Estaban firmes, ni un temblor. A las 11:50, Díaz abrió la puerta de su celda y salió al corredor. El pasillo estaba débilmente iluminado por dos faroles de aceite que colgaban de ganchos en la pared. Las sombras se extendían entre los charcos de luz amarillenta, creando zonas de oscuridad que Díaz atravesó con pasos medidos y silenciosos.
Al fondo del corredor, junto a la escalera que bajaba al piso inferior, dos guardias conversaban en voz baja, sus siluetas recortadas contra el resplandor que subía desde el salón común. Díaz caminó en dirección contraria hacia la azotehuela. Conocía cada tabla del suelo, cada punto donde la madera crujía bajo el peso de un hombre.
Durante meses había memorizado esos sonidos durante sus caminatas nocturnas al baño, identificando las zonas seguras donde podía pisar sin alertar a nadie. Ahora esa información le servía para avanzar como un fantasma, deslizándose entre las sombras sin producir más ruido que el susurro de su propia respiración. Llegó a la puerta de la azotehuela sin que nadie lo detuviera.
La abrió con cuidado, conteniendo el aliento mientras las bisagras giraban, y salió al pequeño patio descubierto que los prisioneros usaban como letrina nocturna. El aire fresco de septiembre lo golpeó como una bofetada. Después de meses encerrado entre muros de piedra, el simple hecho de sentir el viento en la cara le pareció un anticipo de la libertad.
Sobre su cabeza, el cielo de Puebla brillaba con miles de estrellas y una luna menguante proyectaba una luz pálida que bañaba los tejados circundantes en tonos de plata y carbón. Díaz evaluó su entorno con rapidez profesional. La azotehuela era un espacio rectangular de unos 4 m por 6 rodeado por muros de 3 m de altura.
En la esquina noroeste, una canal de piedra diseñada para drenar el agua de lluvia sobresalía del muro a una altura de aproximadamente 2,5 m. Era el punto de anclaje que necesitaba. Desenrolló la primera cuerda y preparó el lazo. Había practicado este lanzamiento cientos de veces en su imaginación, visualizando cada movimiento, calculando el arco que la cuerda tendría que describir para engancharse en la canal.
Pero practicarlo en la mente y ejecutarlo en la realidad eran cosas distintas. Solo tendría una oportunidad. Si fallaba, si la cuerda golpeaba el muro con demasiada fuerza, el sonido alertaría a los guardias. Respiró profundamente, una vez, dos veces, tres veces. Lanzó. La cuerda ascendió en un arco silencioso, la tela gris que la envolvía absorbiendo cualquier sonido mientras rozaba el aire.
El lazo se abrió en el punto más alto de su trayectoria, descendió sobre la canal de piedra y se cerró con un tirón seco cuando Díaz jaló el extremo que sostenía en la mano. Quedó enganchado al primer intento. Díaz tiró de la cuerda para probar su resistencia. La canal aguantó. trepó con movimientos rápidos y eficientes, usando los pies contra el muro para impulsarse, mientras sus brazos jalaban su peso hacia arriba.
En menos de 30 segundos estaba sentado a orcajadas sobre el borde del muro, recuperando el aliento mientras estudiaba el paisaje que se extendía ante él. La azotea del Carolino era un laberinto de bóvedas semiesféricas, cúpulas menores y techos inclinados que se extendían en todas direcciones, como las jorobas de un animal mitológico.
Las tejas de barro brillaban bajo la luz de la luna, algunas rotas, otras desplazadas, formando un terreno traicionero donde un paso en falso podía significar una caída fatal o peor aún, un ruido que alertara a los centinelas. Y los centinelas estaban cerca, muy cerca. A menos de 50 m, la torre del templo de la compañía se alzaba contra el cielo nocturno.
Días podía ver las siluetas de dos guardias apostados en la plataforma superior, sus figuras oscuras moviéndose ocasionalmente mientras vigilaban la ciudad. Desde esa posición elevada tenían una vista clara de toda la azotea. Si miraban en su dirección en el momento equivocado, lo verían inmediatamente. Alerta.
La voz del centinela cortó el silencio de la noche. Centinela número uno, sin novedad. Alerta, respondió el segundo guardia. Centinela número dos, sin novedad. Díaz consultó el reloj mental que había calibrado durante meses de observación. Los cantos de la alerta se producían cada 15 minutos. Eso significaba que tenía exactamente 14 minutos y algunos segundos antes del próximo canto.
14 minutos para atravesar toda la azotea y llegar a la esquina de San Roque. No era suficiente tiempo si avanzaba con precaución. tendría que arriesgarse. Se deslizó desde el muro hasta la primera bóveda, aterrizando en cuclilla sobre las tejas con un ruido sordo que le pareció ensordecedor, pero que en realidad apenas se distinguió del crujir natural del edificio.
Permaneció inmóvil durante 10 segundos, conteniendo la respiración, esperando escuchar gritos de alarma o el sonido de botas corriendo hacia su posición. Nada. Los centinelas no habían notado nada. Comenzó a avanzar. El método que había diseñado era simple, pero agotador. Gateaba sobre manos y rodillas entre las bóvedas, manteniéndose siempre en las zonas de sombra proyectadas por las cúpulas mayores, deteniéndose cada vez que tenía que cruzar un espacio expuesto a la luz de la luna.
En esos momentos esperaba hasta que los centinelas miraban hacia otro lado y entonces se lanzaba en un sprint corto y silencioso hasta la siguiente zona de cobertura. El sudor comenzó a empapar su camisa a pesar del frío de la noche. Las cejas le arañaban las palmas de las manos y las rodillas, y algunas se movían peligrosamente bajo su peso, amenazando con deslizarse y caer al vacío con un estrépito de la Tor.
Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, cada sentido amplificado hasta el límite de lo soportable. El más mínimo sonido, el lulular de una lechusa, el ladrido lejano de un perro, el crujir de una viga, le hacía congelarse en su sitio con el corazón martillando en el pecho. Había avanzado aproximadamente la mitad del camino cuando ocurrió lo que más temía.
Estaba cruzando el espacio entre dos bóvedas grandes, completamente expuesto a la vista de la torre, cuando uno de los centinelas giró en su dirección. Díaz se dejó caer al suelo instantáneamente, aplastándose contra las tejas frías, conteniendo la respiración mientras su mente calculaba las probabilidades de haber sido visto. El centinela permaneció mirando en su dirección durante lo que pareció una eternidad.
Días podía ver su silueta recortada contra el cielo estrellado, la forma de su rifle descansando contra el hombro, la inclinación de su cabeza mientras escudriñaba la oscuridad. Díaz cerró los ojos. Si lo habían visto, gritarían la alarma en cualquier momento. Escucharía el disparo del rifle. Vería el fogonazo iluminando la noche.
Sentiría el impacto de la bala atravesando su cuerpo. Todo habría terminado. 5 segundos, 10 segundos, 15 segundos. El centinela se volvió hacia su compañero y dijo algo que Díaz no pudo distinguir. El otro guardia se rió. Ambos miraron hacia la ciudad señalando algo en la distancia. Díaz exhaló lentamente y reanudó su avance. Alerta, centinela número uno, sin novedad.
Alerta, centinela número dos, sin novedad. Habían pasado 15 minutos. Díaz estaba a menos de 20 m de la esquina de San Roque. Pero el siguiente tramo era el más peligroso de todos. Un espacio abierto de techos bajos donde no había bóvedas que proporcionaran cobertura, solo una extensión plana de Texas expuesta directamente a la vista de la torre. Esperó.
observó los movimientos de los centinelas, cronometrando sus patrones, buscando el momento perfecto. Uno de los guardias sacó algo del bolsillo, una petaca probablemente, y bebió un trago antes de pasárselo a su compañero. Mientras el segundo guardia bebía, el primero se volvió hacia el interior de la torre, buscando refugio del frío.
Ahora Díaz corrió, no gateó, no se arrastró, simplemente corrió con toda la velocidad que sus piernas le permitían, cruzando el espacio abierto en una carrera desesperada que duró tal vez 5 segundos, pero que se sintió como 5 horas. Las tejas crujían bajo sus pies, algunas se deslizaban y caían al vacío interior del edificio con ruidos sordos que retumbaban en el silencio de la noche.
Alcanzó el otro lado y se lanzó detrás de una chimenea, justo cuando el segundo centinela terminaba de beber y volvía a su posición de vigilancia. Díaz permaneció inmóvil durante un minuto completo, recuperando el aliento, esperando que su corazón dejara de latir tan violentamente que temía que los guardias pudieran escucharlo desde la torre.
Pero no hubo gritos de alarma, no hubo disparos, no hubo nada, excepto el sonido del viento entre las tejas y el murmullo distante de la ciudad dormida. Desde su posición detrás de la chimenea, Díaz podía ver su objetivo. La esquina donde las calles San Roque y Alatriste se encontraban, marcada por la estatua de piedra de San Vicente Ferrer que sobresalía de la fachada del edificio a unos 3 met del suelo.
La estatua representaba al Santo Dominico con un brazo levantado en gesto de predicación y ese brazo extendido ofrecía un punto de anclaje perfecto para la cuerda. Díaz desenrolló la segunda cuerda y se arrastró hasta el borde de la azotea. Desde ahí podía ver la calle abajo, un cañón oscuro de empedrado y sombras donde no se movía nada.
En algún lugar cercano, su criado debería estar esperando con los caballos oculto en un portal o un callejón, listo para aparecer en cuanto días tocara el suelo. Ató un extremo de la cuerda a una viga de madera que sobresalía del techo y lanzó el otro extremo hacia la estatua.
El lazo se enganchó en el brazo extendido del santo al segundo intento. Probó la tensión. Aguantó. Díaz se sentó en el borde de la azotea con las piernas colgando sobre el vacío y contempló la calle tres pisos más abajo. Si la cuerda fallaba, si el nudo se deshacía, si la estatua se desprendía bajo su peso, caería sobre el empedrado y se rompería el cuello.
Pero ya era demasiado tarde para dudar. Ya era demasiado tarde para volver atrás. se aferró a la cuerda con ambas manos y se dejó caer al vacío. El descenso fue más rápido de lo que había anticipado. La cuerda se deslizaba entre sus manos a pesar de los guantes de cuero que llevaba, quemando sus palmas con la fricción.
Los pies rebotaban contra la pared del edificio mientras descendía, buscando puntos de apoyo que le permitieran controlar la velocidad, pero las piedras eran lisas y resbaladizas con el rocío de la noche. Pasó junto a la estatua de San Vicente Ferrer y por un instante sus ojos se encontraron con los del Santo de Piedra. Esa mirada ciega y serena que había contemplado siglos de historia desde su nicho en la esquina.
Díaz habría jurado que la estatua le sonreía. 3 m del suelo, 2 m, uno. Sus pies golpearon el empedrado con un ruido sordo. Sus rodillas absorbieron el impacto, doblándose en una posición de cuclillas y sus manos soltaron la cuerda que quedó colgando de la fachada como una serpiente muerta. Estaba en la calle, estaba fuera del Carolino, estaba libre. No había tiempo para celebrar.
Díaz se incorporó rápidamente y examinó sus alrededores. La calle estaba desierta, las fachadas de las casas cerradas y oscuras, las ventanas tapadas con postigos de madera. En algún lugar cercano, un perro ladró una vez y luego cayó. “Señor, La voz surgió de las sombras de un portal a menos de 10 metros de distancia.
era su criado, un hombre de mediana edad, cuyo nombre Díaz nunca revelería en sus memorias para protegerlo de represalias. El sirviente emergió de la oscuridad, llevando de las riendas dos caballos encillados, animales nerviosos que piafaban y resoplaban ante los olores desconocidos de la noche. ¿Algún problema?, preguntó Díaz mientras caminaba hacia los caballos. Ninguno, mi general.
Los animales están descansados y las alforjas tienen provisiones para tr días. Díaz tomó las riendas del caballo más grande, un alzán de pecho ancho y patas fuertes que parecía capaz de galopar durante horas sin fatigarse. Acarició el cuello del animal para calmarlo mientras montaba de un salto, ajustando los estribos con movimientos automáticos que no había olvidado.
A pesar de los meses de cautiverio. Desde su posición elevada en la silla, Díaz echó un último vistazo al colegio Carolino. El edificio se alzaba en la oscuridad como una fortaleza sombría, sus muros de piedra indiferentes al drama que acababa de desarrollarse en sus azoteas. En alguna ventana del primer piso, una luz parpadeaba débilmente.
Tal vez la oficina de Chismadia, donde el teniente húngaro estaría fingiendo revisar documentos mientras esperaba el momento de dar la alarma. Días sintió una punzada de algo parecido a la gratitud. Ese hombre había arriesgado todo por él y probablemente nunca sabría si su sacrificio había valido la pena. Probablemente nunca sabría si el prisionero al que había ayudado a escapar lograría reconstruir su ejército, expulsar a los invasores, liberar a México del yugo imperial.
Para Chismadia, esta noche era un acto de fe en un futuro que no podía ver ni garantizar. Mi general, murmuró el criado montando su propio caballo. Debemos irnos. Pronto darán la alarma. Díaz asintió. Había trabajo que hacer. Había una guerra que ganar. Espoleó al lazán y el animal respondió con un salto hacia delante, sus cascos resonando contra el empedrado mientras aceleraba hacia el sur, hacia las montañas, hacia la libertad.
El criado lo seguía de cerca, su caballo igualando el ritmo del LASAN con la sincronía de animales acostumbrados a correr juntos. Atrás quedaba Puebla, la ciudad que lo había visto derrotar a los franceses en mayo de 1862, la ciudad que lo había visto caer prisionero en marzo de 1865, la ciudad que ahora lo veía escapar en septiembre del mismo año, Puebla, donde algún día regresaría al frente de un ejército victorioso para ajustar las cuentas pendientes.
Pero eso vendría después. Por ahora lo único que importaba era poner distancia entre él y sus perseguidores. Galoparon durante horas atravesando caminos secundarios que Díaz conocía de memoria, evitando las rutas principales donde las patrullas imperiales podrían interceptarlos. La luna menguante iluminaba el paisaje con una luz fantasmal que transformaba los campos de maíz en océanos plateados y las montañas distantes en gigantes dormidos.
El aire de la noche olía a tierra mojada. a flores silvestres, a libertad. Cuando los primeros rayos del amanecer comenzaron a teñir el horizonte de rosa y naranja, Díaz detuvo su caballo en la cima de una colina y miró hacia atrás. Puebla había desaparecido en la distancia, oculta tras las ondulaciones del terreno y la neblina matutina que se alzaba de los valles.
“Hemos escapado, mi general”, dijo el criado con evidente alivio. Díaz negó con la cabeza. No hemos escapado, apenas hemos comenzado. Volvió a espolear al lazán y continuó cabalgando hacia el sur, hacia Oaxaca, hacia el ejército que tendría que reconstruir desde las cenizas. Detrás de él, en alguna celda del colegio Carolino, los guardias franceses acababan de descubrir que su prisionero más valioso había desaparecido.
La casa había comenzado, pero el cazador se había convertido en presa. Sierra de Oaxaca. Octubre de 1865. La noticia de la fuga de Porfirio Díaz llegó a la Ciudad de México antes de que el sol terminara de salir sobre Puebla. Mensajeros a caballo galoparon por los caminos imperiales, llevando despachos urgentes al mariscal Basain, informándole que el prisionero más peligroso del imperio había escapado del colegio Carolino durante la noche y desaparecido sin dejar rastro.
La reacción fue inmediata y furiosa. Basin ordenó que se desplegaran patrullas por todos los caminos que conducían al sur, que se revisaran las haciendas y rancherías, que se interrogara a cualquier persona sospechosa de simpatizar con la causa republicana. ofreció una recompensa de 5,000 pesos por la captura de días, vivo o muerto, y envió telegramas a todas las guarniciones imperiales de Puebla, Oaxaca, Veracruz y Guerrero, advirtiendo que el fugitivo probablemente intentaría llegar a las montañas donde los
republicanos mantenían focos de resistencia. Todo fue inútil. Díaz conocía aquellas tierras como conocía las líneas de su propia mano. Había nacido en Oaxaca. Había crecido recorriendo sus sierras y valles. Había peleado en cada rincón de su geografía durante la guerra de Reforma. Sabía qué caminos vigilaban los imperiales y cuáles habían olvidado.
Sabía qué pueblos lo recibirían como héroe y cuáles lo entregarían por la recompensa. Sabía dónde encontrar agua, refugio y caballos frescos sin necesidad de preguntar a nadie. Mientras las patrullas francesas buscaban en los caminos principales, Díaz atravesaba las montañas por senderos de cabras que no aparecían en ningún mapa.
Mientras los soldados imperiales interrogaban a campesinos aterrorizados en las plazas de los pueblos. Días dormía en cuevas y barrancos donde ningún se atrevería a entrar. Mientras Bazin esperaba noticias de la captura, Díaz cruzaba la frontera de Oaxaca y se internaba en territorio controlado por las guerrillas republicanas.
Tres semanas después de su escape, Porfirio Díaz llegó al campamento del general Juan Pablo Franco en la Sierra Mixe. Llegó exhausto, hambriento, con la ropa hecha girones y las botas destrozadas por cientos de kilómetros de marcha forzada, pero llegó libre y llegó listo para pelear. Los hombres de Franco no podían creer lo que veían.
Habían escuchado rumores de que Díaz estaba prisionero en Puebla, que los franceses lo habían capturado y probablemente fusilado en secreto. Verlo aparecer en el campamento, vivo y desafiante fue como presenciar una resurrección. Los soldados se agolpaban a su alrededor queriendo tocarlo para confirmar que era real, gritando, “¡Vivas a la República y mueras al imperio.
” Díaz no perdió tiempo en celebraciones. Esa misma noche convocó a los oficiales disponibles y comenzó a planear la reconstrucción de su ejército. La situación era desesperada. Las fuerzas republicanas en Oaxaca habían sido diezmadas durante su ausencia, reducidas a pequeñas bandas de guerrilleros que hostigaban las guarniciones imperiales, pero carecían de la fuerza para enfrentarlas en batalla abierta.
El gobierno de Juárez, exiliado en el norte del país, apenas controlaba unas pocas ciudades fronterizas y dependía de la ayuda estadounidense para sobrevivir. El imperio de Maximiliano parecía consolidado, respaldado por 30,000 soldados franceses y un ejército mexicano de conservadores que crecía cada mes.
Cualquier otro hombre habría considerado la causa perdida. Díaz vio una oportunidad. Los franceses estaban dispersos. habían cometido el error clásico de los ejércitos de ocupación, extenderse demasiado para controlar un territorio demasiado vasto. Cada ciudad importante tenía una guarnición, cada camino principal tenía patrullas, cada región tenía un comandante responsable de mantener el orden, pero esa dispersión significaba que ninguna guarnición era lo suficientemente fuerte para resistir un ataque concentrado.
Ninguna patrulla podía responder a tiempo si los republicanos golpeaban y desaparecían antes de que llegaran refuerzos. Díaz adoptó una estrategia de guerra de guerrillas perfeccionada. No buscaría batallas campales donde la superioridad numérica y de armamento de los franceses resultaría decisiva. En cambio, atacaría cones de suministros, emboscaría patrullas aisladas, asaltaría guarniciones débiles en ataques nocturnos.
Cada victoria, por pequeña que fuera, le proporcionaría armas, municiones y, lo más importante, nuevos reclutas. Cada derrota imperial erosionaría la moral de los ocupantes y demostraría a la población que la resistencia era posible. Los siguientes meses fueron un torbellino de actividad militar. Díaz recorrió la sierra reclutando hombres, reorganizando unidades dispersas, estableciendo cadenas de suministro y redes de informantes. Su reputación lo precedía.
El general que había derrotado a los franceses en Puebla, el prisionero que había escapado de una fortaleza imperial, el líder que nunca se rendía. Los campesinos y rancheros de Oaxaca acudían a su llamado trayendo consigo machetes, viejos mosquetes de la independencia. y una determinación feroz de expulsar a los extranjeros de su tierra.
Para la primavera de 1866, Díaz comandaba nuevamente un ejército de 3,000 hombres. No era la fuerza disciplinada y bien equipada que había perdido en Puebla, pero era suficiente para comenzar la contraofensiva. El momento era propicio. En Europa, la situación política había cambiado dramáticamente. Prusia, bajo el liderazgo del canciller Bismarck, emergía como la potencia dominante del continente, amenazando el equilibrio de poder que Francia había mantenido durante décadas.
Napoleón Iero, presionado por la necesidad de concentrar sus fuerzas para enfrentar esta nueva amenaza, comenzó a considerar la retirada de México. Los 30,000 soldados franceses desplegados en el otro lado del Atlántico eran un lujo que ya no podía permitirse. Enero de 1866, Napoleón anunció que las tropas francesas comenzarían a evacuar México en etapas durante los siguientes 18 meses.
La noticia cayó como una bomba sobre el imperio de Maximiliano. Sin el respaldo del ejército francés, el emperador austríaco quedaba a merced de las fuerzas republicanas que se fortalecían cada día. Díaz supo que había llegado el momento de atacar. El 3 de octubre de 1866, en las cercanías de Miawatlán, Díaz tendió una emboscada a una columna imperial de 100 hombres comandada por el general Carlos Oronó.
La batalla fue breve y devastadora. Los republicanos, ocultos en las posiciones elevadas que dominaban el camino, descargaron un fuego mortífero sobre los imperiales antes de que estos pudieran formar línea de batalla. En menos de 2 horas, la columna de oro nos quedó destruida. 800 muertos y heridos, 400 prisioneros, toda su artillería y bagaje capturados.
15 días después, el 18 de octubre, Díaz repitió la hazaña en la carbonera. Esta vez la víctima fue una columna de refuerzo enviada desde Oaxaca para vengar la derrota de Miawuatlán. 1 hombres marchaban confiados por el camino de montaña cuando los republicanos abrieron fuego desde tres direcciones simultáneas. La carnicería fue aún peor que en Miawu el comandante imperial murió en los primeros minutos.
Sus oficiales cayeron uno tras otro intentando organizar una defensa imposible y los soldados supervivientes huyeron en desbandada abandonando armas, banderas y cajas de municiones. Las victorias de Miawuatlán y la carbonera transformaron la guerra en el sur de México. La guarnición imperial de Oaxaca, privada de refuerzos y aterrorizada por las noticias de las derrotas, evacuó la ciudad sin combatir.
Díaz entró triunfante en la capital oaxaqueña el 25 de octubre de 1866, aclamado por multitudes que lo recibían como libertador. Pero días no se detuvo a celebrar. Mientras sus hombres festejaban la victoria, él ya planeaba la siguiente fase de la campaña. La marcha hacia Puebla. Puebla, la ciudad donde lo habían capturado, la ciudad donde había pasado 6 meses como prisionero, la ciudad de donde había escapado trepando por azoteas y descendiendo por cuerdas en la oscuridad de la noche. Había una cuenta pendiente
que saldar y Díaz estaba decidido a cobrarla. Durante los siguientes meses, mientras los franceses continuaban su evacuación y el imperio se desmoronaba, Díaz avanzó inexorablemente hacia el norte. Tomó Tehuacán en enero de 1867. cortó las comunicaciones entre Puebla y la Ciudad de México en febrero. Para marzo tenía la ciudad sitiada con un ejército de más de 6,000 hombres, veteranos endurecidos por 2 años de guerra de guerrillas que ardían en deseos de ajustar cuentas con sus antiguos carceleros. El sitio de Puebla
duró apenas unas semanas. El 2 de abril de 1867, Díaz ordenó el asalto final. 17 columnas atacaron simultáneamente desde todas las direcciones, penetrando las defensas imperiales en múltiples puntos antes de que los defensores pudieran organizar una respuesta coordinada. Para las 6 de la mañana la ciudad había caído.
2000 imperiales muertos o capturados, la guarnición entera destruida, las banderas del imperio arrancadas de los edificios públicos y reemplazadas por el tricolor republicano. Díaz estableció su cuartel general en el mismo cerro de San Juan, desde donde el mariscal Fory había dirigido el sitio francés de 1863. La ironía no pasó desapercibida para nadie.
Desde ese mismo lugar, 4 años antes, los generales franceses habían contemplado Puebla con la certeza de que México caería ante el poder del ejército más moderno del mundo. Desde ese mismo lugar ahora un general mexicano contemplaba los escombros de sus defensas destruidas y sabía que el fin del imperio estaba cerca. Quedaba solo un objetivo, la Ciudad de México, donde Maximiliano se aferraba desesperadamente a un trono que ya nadie podía salvar.
Pero esa batalla correspondería a otros generales. El destino llevó a Díaz hacia el norte, hacia Querétaro, donde el emperador había reunido los restos de su ejército para una última resistencia. Y fue en el sitio de la Ciudad de México, en junio de 1867. donde Porfirio Díaz volvería a encontrarse con el hombre que había hecho posible todo esto, el hombre que había arriesgado su carrera y su vida para ayudarlo a escapar, el hombre que durante casi dos años había cargado con el secreto de aquella noche de septiembre, sin saber si su sacrificio
había valido la pena. El teniente Chismadia estaba a punto de recibir su respuesta. Ciudad de México, junio de 1867. El imperio agonizaba. En Querétaro, Maximiliano había sido capturado junto con los generales Miramón y Mejía después de un sitio de 71 días que terminó con la traición de uno de sus propios oficiales.
En la capital, las últimas tropas imperiales se atrincheraban en posiciones cada vez más reducidas, mientras el cerco republicano se estrechaba día tras día. Los diplomáticos europeos enviaban telegramas desesperados a sus gobiernos pidiendo intervención, pero nadie acudiría al rescate. Francia había abandonado a su criatura.
Austria lloraba la suerte de su archiduque y el resto de Europa observaba el desenlace con la indiferencia de quien contempla el final inevitable de una obra de teatro que ha durado demasiado. Porfirio Díaz comandaba el ejército de Oriente, la fuerza republicana encargada de tomar la capital.
Había llegado a las afueras de la ciudad a principios de junio con más de 20,000 hombres, veteranos endurecidos que habían marchado desde Oaxaca atravesando medio país, acumulando victorias en cada enfrentamiento. La moral de sus tropas era inquebrantable. Sabían que estaban a punto de escribir el capítulo final de una guerra que había durado 6 años y cada soldado quería estar presente cuando la bandera republicana ondeara sobre el Palacio Nacional.
La guarnición imperial de la Ciudad de México sumaba apenas 8,000 hombres, una mezcolanza de batallones mexicanos conservadores, voluntarios austriíacos que habían llegado con Maximiliano, legionarios belgas abandonados por su gobierno y el último regimiento húngaro que permanecía en México. Su comandante, el general Ramón Tavera, sabía que la resistencia era fútil, pero las órdenes del emperador exigían defender la capital hasta el último hombre.
Órdenes absurdas dictadas por un hombre que ya estaba preso y condenado a muerte, pero órdenes al fin. Días no tenía prisa. Cada día que pasaba, la situación de los defensores empeoraba. Las provisiones escaseaban. La deserción diezmaba las filas y la población civil, harta de años de ocupación extranjera, colaboraba abiertamente con los sitiadores proporcionando información sobre las posiciones imperiales.
El general republicano podía permitirse el lujo de esperar, de dejar que el hambre y la desesperación hicieran su trabajo antes de ordenar el asalto final. Fue durante esos días de espera cuando Díaz recibió una información que lo hizo detenerse en medio de la lectura de los informes de inteligencia. Entre las unidades que defendían el sector norte de la ciudad se encontraba el batallón de voluntarios húngaros comandado por el mayor Feren Sismadia.
Díaz leyó el nombre tres veces para asegurarse de que no había error. Mayor chismadia. El teniente que lo había custodiado en el colegio Carolino había sido ascendido. El hombre que había arriesgado todo para ayudarlo a escapar seguía vivo. Seguía en México y ahora estaba atrapado en una ciudad sitiada a punto de caer.
La guerra presenta ironías crueles. Díaz lo sabía mejor que nadie, pero esta ironía en particular le resultaba insoportable. El hombre al que le debía su libertad y por extensión todas las victorias que había logrado desde entonces, estaba a punto de convertirse en su prisionero, o peor aún, en una baja más de la batalla final por la capital.
Díaz llamó a su jefe de Estado Mayor y le dio instrucciones precisas. Cuando las fuerzas republicanas entraran en la ciudad, el batallón húngaro debía ser tratado con consideración especial. No se dispararía contra ellos si se rendían. No se les despojaría de sus pertenencias. No se les sometería a las represalias que aguardaban a los mexicanos que habían colaborado con el imperio.
Eran soldados extranjeros que habían cumplido órdenes de su gobierno, nada más. Merecían ser tratados con el honor debido a combatientes profesionales. El jefe de Estado Mayor asintió sin hacer preguntas. Estaba acostumbrado a las decisiones de su general. incluso cuando no entendía las razones detrás de ellas. El 20 de junio de 1867, la Ciudad de México capituló: “No hubo asalto sangriento, no hubo combates callejeros, no hubo la carnicería que todos temían.
El general Tavera, reconociendo la futilidad de prolongar el sufrimiento, negoció la rendición de la guarnición a cambio de garantías para la vida de sus hombres. Díaz aceptó los términos con una generosidad que sorprendió a muchos de sus subordinados. Los soldados mexicanos que habían servido al imperio serían juzgados por tribunales militares, pero los extranjeros recibirían salvoconductos para abandonar el país.
Las tropas republicanas entraron en la capital en formación impecable, marchando por las calles principales entre multitudes que los aclamaban como libertadores. Díaz cabalgaba al frente de la columna. montado en un caballo negro que había capturado a un coronel francés en la carbonera, vistiendo el uniforme de gala que no había usado desde antes de su captura en Puebla.
La ciudad que los invasores habían convertido en capital de un imperio ficticio volvía a ser mexicana. Pero mientras sus hombres celebraban y la población festejaba, Díaz tenía otros asuntos en mente. Esa misma tarde, desde el Palacio Nacional, donde había establecido su cuartel general, Díaz envió un mensaje al campamento de prisioneros, donde los soldados húngaros aguardaban su destino.
El mensaje era simple. El mayor Shismadia debía presentarse ante el general Díaz a la mañana siguiente para discutir los términos de repatriación del batallón húngaro. La noche fue larga, días apenas durmió, repasando mentalmente las palabras que diría, las deudas que reconocería, los gestos que harían justicia a lo que aquel hombre había hecho por él casi dos años antes.
había pensado en este momento muchas veces durante las noches de campaña, cuando el insomnio lo obligaba a contemplar las estrellas desde su tienda de campaña. Se había preguntado si Sismadia seguiría vivo, si habría sido descubierto y castigado, si alguna vez tendría la oportunidad de agradecerle en persona.
Ahora esa oportunidad había llegado y Díaz descubrió que no sabía exactamente qué sentir. A las 9 de la mañana del 21 de junio, un oficial de Estado Mayor anunció que el mayor Sismadia había llegado y esperaba en la antesala. Díaz se levantó de su escritorio, se ajustó la guerrera del uniforme y ordenó que lo hicieran pasar. La puerta se abrió y Ferenxismia entró en el despacho. Había cambiado.
El teniente joven y meticuloso que Díaz recordaba del colegio Carolino se había convertido en un nombre de rostro curtido y ojos cansados con arrugas prematuras que hablaban de años difíciles y batallas perdidas. El uniforme húngaro que vestía estaba limpio, pero gastado, con los galones de mayor cocidos sobre las marcas dejadas por los galones anteriores.
Caminaba con la rigidez de un soldado que se presenta ante un enemigo victorioso, esperando lo peor, pero decidido a mantener su dignidad hasta el final. Sismadia se cuadró frente al escritorio y ejecutó un saludo militar impecable. Mayor Ferenx Sismadia, comandante del batallón de voluntarios húngaros. A sus órdenes, mi general Díaz lo observó en silencio durante un momento que se extendió incómodamente.
Los dos hombres se miraron a los ojos, buscando en el otro los rastros del pasado que compartían, el secreto que los unía más allá de las banderas bajo las que habían combatido. “Mayor”, dijo Díaz finalmente, “¿Sabe usted por qué lo he mandado llamar?” Supongo que para discutir la repatriación de mis hombres, según indicaba su mensaje.
Eso es parte del asunto, pero hay algo más. Díaz rodeó el escritorio y se acercó a Sismadia hasta quedar frente a él a menos de un metro de distancia. El húngaro se mantuvo en posición de firmes, pero sus ojos traicionaban una mezcla de confusión y aprensión. “Mayor, me recuerda.” Cismadia vaciló apenas un instante antes de responder.
Lo recuerdo perfectamente, mi general. Colegio Carolino, Puebla. Usted era mi prisionero. Su prisionero, repitió Díaz. Sí, lo era hasta la noche del 20 de septiembre de 1865, cuando dejé de serlo. El silencio que siguió fue tan denso que parecía sólido. Sismadia palideció visiblemente y Díaz pudo ver como sus manos temblaban ligeramente a los costados del cuerpo.
El húngaro sabía lo que venía. Después de casi dos años guardando el secreto, finalmente había llegado el momento de la revelación. Mi general, comenzó Chismadia con voz que luchaba por mantenerse firme. Yo, usted hizo la ronda esa noche, interrumpió Díaz. Usted sustituyó al sargento Müller.
Usted esperó 10 minutos antes de dar la alarma. Usted me dio el tiempo que necesitaba para escapar. Mi general, ¿puedo explicar? No hay nada que explicar, mayor. Sé exactamente lo que hizo y por qué lo hizo. Lo supe entonces y lo sé ahora. Díaz extendió la mano y la posó sobre el hombro de Chismadia. El húngaro se sobresaltó ante el contacto, claramente esperando un golpe o una señal para que los guardias lo arrestaran.
Lo que recibió fue algo completamente distinto. Mayorismia, desde que escapé de Puebla he comandado ejércitos, he ganado batallas, he liberado ciudades, he ayudado a restaurar la República Mexicana. Mis hombres me llaman héroe. Los historiadores probablemente escribirán mi nombre en los libros, pero todo eso, absolutamente todo, comenzó con lo que usted hizo aquella noche.
Díaz apretó el hombro del húngaro con una presión que transmitía una emoción que las palabras no podían expresar. Usted arriesgó su carrera, su honor, posiblemente su vida para ayudar a un enemigo que apenas conocía. Lo hizo sin pedir nada a cambio, sin saber si yo lograría escapar o si lo capturarían y fusilarían por traición.
Lo hizo porque creyó que era lo correcto. La voz de Díaz se quebró ligeramente en la última frase. Sismadia, incapaz de mantener la compostura por más tiempo, sintió que sus ojos se humedecían. “Mi general”, murmuró, “yo solo. Usted era un hombre honorable atrapado en una guerra injusta. No podía permitir que lo ejecutaran o que se pudriera en una celda mientras su país lo necesitaba.
Pues bien, mayor, gracias a usted no me ejecutaron ni me pudrí en ninguna celda. Gracias a usted pude volver a la guerra y pelear por mi patria. Y ahora, gracias a usted, estoy aquí en este palacio con el poder de decidir el destino de miles de hombres, incluyendo el suyo y el de sus soldados. Díaz soltó el hombro de Chismadia y caminó hacia la ventana que daba a la plaza principal.
Afuera, la Ciudad de México bullía con la actividad de un país que despertaba de una pesadilla de 6 años. Vendedores pregonaban sus mercancías, niños corrían entre las piernas de los adultos. Soldados republicanos patrullaban las calles con expresiones de orgullo cansado. “Mayor, esto es lo que va a suceder”, dijo Díaz sin volverse.
“Usted y todo su batallón recibirán salvoconductos para viajar a Veracruz. Allí abordarán el SMS Novara, el mismo barco que trajo a Maximiliano a México, que ahora espera para llevar su cuerpo de regreso a Austria. Sus hombres viajarán como soldados honorables que cumplieron su deber, no como prisioneros de guerra. conservarán sus armas personales, sus uniformes, sus banderas regimentales.
Cismadia abrió la boca para protestar, para decir que era demasiado, que no merecía semejante generosidad, pero Díaz levantó una mano para silenciarlo. Además, quiero que usted personalmente se encargue de negociar los términos de repatriación para todos los voluntarios austriíacos que permanecen en México.
Hay varios cientos dispersos por el país, muchos de ellos asustados y sin saber qué será de ellos. Usted tiene mi autorización para garantizarles el mismo trato que recibirá su batallón, pasaje seguro a Veracruz y Transporte a Europa. Mi general, logró decir Chismadia, esto es, no sé cómo agradecerle. Díaz finalmente se volvió y lo miró directamente a los ojos.
Mayor, usted no tiene que agradecerme nada. Soy yo quien está pagando una deuda, una deuda que nunca podré saldar completamente, pero que al menos puedo reconocer. Se acercó al húngaro y esta vez le ofreció la mano, no como general a subordinado, sino como igual a igual. Ferenismadia. Fue un honor conocerlo en aquella prisión de Puebla.
Fue un honor mayor aún descubrir qué clase de hombre era usted realmente y es el mayor honor de todos poder decirle hoy cara a cara que su fe en mí no fue en vano. Sismadia estrechó la mano de Díaz con firmeza. Las lágrimas que había contenido durante toda la conversación finalmente rodaron por sus mejillas, pero no hizo ningún esfuerzo por ocultarlas.
Eran lágrimas de alivio, de gratitud, de un peso enorme que finalmente se levantaba de sus hombros después de casi 2 años de incertidumbre. “General Díaz”, dijo con voz ronca. “Cuando lo ayudé a escapar, no sabía si estaba haciendo lo correcto o cometiendo el peor error de mi vida. Durante meses vivía aterrorizado de que lo capturaran y hablara, de que algún día vinieran a arrestarme por traición.
Pero también viví con la esperanza de que lograra lo que se había propuesto, de que algún día vería la prueba de que mi decisión había valido la pena. Señaló con un gesto la ventana, la ciudad, el palacio donde se encontraban. Esto es esa prueba. Ver a México libre, ver a usted victorioso, saber que aquella noche en Puebla tuvo algún significado.
Eso es más de lo que jamás espere recibir. Los dos hombres permanecieron en silencio durante un momento, unidos por un vínculo que trascendía nacionalidades, uniformes y los accidentes de la historia que los habían colocado en bandos opuestos de una guerra. Mayor”, dijo Díaz finalmente, “Cuando regrese a Hungría, cuando le pregunten qué hizo en México, cuénteles esta historia.
Cuénteles que hubo un momento en que la humanidad fue más importante que la política, en que el honor personal pesó más que las órdenes de los superiores. Cuénteles que dos soldados de países distintos en medio de una guerra brutal encontraron la manera de tratarse como hombres. Lo haré, mi general, se lo prometo. Díaz asintió con satisfacción.
Entonces, no tenemos más que hablar. Mi ayudante le proporcionará todos los documentos que necesita para la repatriación. Si tiene cualquier problema, cualquier obstáculo, venga directamente a mí. Mientras yo tenga autoridad en este país, usted y sus hombres estarán bajo mi protección. Sismadia ejecutó un último saludo militar, giró sobre sus talones y caminó hacia la puerta.
Antes de salir se detuvo y miró hacia atrás una última vez. General Díaz, hay algo que nunca le pregunté aquella noche en Puebla cuando discutimos lo que haría si escapaba. ¿Qué cosa? ¿Realmente creía que podía ganar? Realmente creía que un hombre solo, fugitivo, perseguido, podía derrotar al ejército más poderoso del mundo. Díaz sonrió.
Era la misma sonrisa que Shismadia había visto en la plaza de toros de Puebla. La sonrisa de un hombre que conocía secretos que otros no podían imaginar. Mayor. Nunca dudé ni por un instante. Y ahora sabe por qué. Budapest, Hungría, 1895. Ferenxismadia murió en su cama a los 63 años, rodeado de su familia en una casa modesta del distritoavo de Budapest.
Había sobrevivido a la guerra austropruciana de 1866, a la aventura mexicana, a la transformación del imperio austriac en la monarquía dual y a 30 años de paz que habían borrado gradualmente las memorias de las guerras de su juventud. Sus hijos conocían la historia, por supuesto, la habían escuchado docenas de veces durante las cenas familiares, cuando el viejo soldado bebía un poco más de vino del acostumbrado, y sus ojos adquirían esa expresión distante de quien contempla ya no existen.
Les había contado sobre las montañas de México, sobre los volcanes nevados que vigilaban el valle central, sobre el cielo tan azul que parecía imposible, sobre el general mexicano de ojos penetrantes que había custodiado en una prisión de Puebla. Les había contado sobre la noche de la fuga, sobre la decisión que había tomado sabiendo que podía costarle la vida, sobre los meses de terror que siguieron, esperando cada mañana que vinieran a arrestarlo por traición.
Sobre el alivio indescriptible cuando llegaron las noticias de las victorias republicanas en Oaxaca, prueba de que Díaz había logrado escapar y reconstruir su ejército y les había contado sobre el reencuentro en el Palacio Nacional de México, sobre las palabras que el general victorioso le había dirigido, sobre el salvoconducto que le había permitido regresar a casa con honor en lugar de pudrirse en una prisión extranjera.
Pero fuera de esa casa del distrito casi nadie conocía la historia. En los archivos militares del imperio austro húngngaro, Fereneng Chismadia aparecía como un oficial competente, pero sin distinción particular. Su expediente mencionaba su servicio en México como parte del cuerpo de voluntarios austriacos, su participación en varias acciones menores, su ascenso a mayor durante el sitio de la Ciudad de México y su repatriación honorable tras la caída del Imperio de Maximiliano.
No había ninguna mención de prisioneros especiales custodiados en Puebla, ninguna referencia a fugas misteriosas, ninguna anotación sobre conexiones personales con líderes enemigos. Sismadia había guardado el secreto toda su vida, incluso después de que Díaz lo liberara, incluso después de regresar a Europa, nunca había hablado públicamente de lo que había hecho.
temía quizás que algún burócrata austríaco decidiera investigar retrospectivamente, que algún periodista sensacionalista convirtiera su historia en un escándalo, que la sombra de la traición manchara el nombre que había luchado por mantener limpio. Así que la historia permaneció en el ámbito de lo privado, transmitida de padre a hijos como una reliquia familiar valiosa pero oculta.
En México, mientras tanto, Porfirio Díaz se había convertido en el hombre más poderoso del país. Tras la victoria republicana de 1867, Díaz había intentado sin éxito alcanzar la presidencia por medios electorales. Derrotado dos veces por Benito Juárez y una vez por Sebastián Lerdo de Tejada, finalmente tomó el poder mediante una revolución en 1876, inaugurando un régimen que duraría más de tres décadas.
El porfiriato, como lo llamarían los historiadores, transformó a México en un país moderno, pero autoritario, con ferrocarriles que cruzaban el territorio, industrias que brotaban en las ciudades y una paz social mantenida por la mano dura de un dictador que no toleraba oposición. Durante esos 35 años de poder casi absoluto, Díaz nunca olvidó al húngaro que lo había ayudado a escapar de Puebla.
En sus memorias, dictadas a su secretario Matías Romero y publicadas parcialmente durante su vida, Díaz mencionó a Sismadia con palabras cuidadosamente elegidas. No reveló explícitamente que el oficial húngaro había facilitado su fuga, pero dejó suficientes indicios para que un lector atento pudiera inferir la verdad. describió al teniente como un hombre de honor excepcional que lo había tratado con dignidad durante su cautiverio y señaló que tras la caída del imperio había tenido el privilegio de devolverle esa cortesía, garantizando su repatriación honorable. Era un
reconocimiento velado, el tipo de agradecimiento que un hombre de la posición de días podía permitirse sin comprometer la reputación de su benefactor. Un guiño entre caballeros, un secreto compartido que solo ellos dos entendían completamente. Pero la historia completa, con todos sus detalles, permanecía oculta.
No fue hasta después de la Revolución Mexicana de 1910, cuando Díaz fue derrocado y murió en el exilio en París, que los historiadores comenzaron a escarvar en los archivos buscando la verdad detrás de las leyendas del porfiriato. encontraron correspondencia privada, testimonios de contemporáneos, documentos que el dictador había guardado celosamente durante décadas y entre esos papeles encontraron referencias fragmentarias a la noche del 20 de septiembre de 1865 y al oficial húngaro que había hecho posible la fuga. La historia emergió
lentamente como un mosaico reconstruido a partir de piezas dispersas. Los historiadores mexicanos la incorporaron a las biografías de Díaz como una anécdota curiosa, un ejemplo de las ironías de la guerra y los vínculos inesperados que pueden formarse entre enemigos. Los historiadores húngaros, cuando finalmente se enteraron de ella décadas más tarde, la recibieron con una mezcla de orgullo y sorpresa.
Uno de los suyos había jugado un papel crucial en la liberación de México y nadie en Hungría lo sabía. Hoy, más de 150 años después de aquella noche en Puebla, la historia de Díaz y Chismadia ocupa un lugar peculiar en la memoria colectiva de ambos países. En México, Porfirio Díaz sigue siendo una figura controvertida.
Para algunos es el modernizador que sacó al país del caos y lo insertó en la economía mundial. Para otros es el tirano que gobernó con puño de hierro durante tres décadas. reprimiendo a indígenas y trabajadores mientras favorecía a las élites nacionales y extranjeras. Su fuga del colegio Carolino se menciona en los libros de texto como un episodio de la guerra contra el imperio, pero rara vez se profundiza en los detalles ni se explora el papel del oficial húngaro que la hizo posible.
El nombre de Shismadia apenas aparece en las historias mexicanas. Cuando se le menciona suele ser como una nota al pie, un personaje secundario en el drama épico de la intervención francesa. Pocos mexicanos saben que este húngaro desconocido fue en cierto sentido, uno de los arquitectos involuntarios de su historia moderna, que sin su decisión de aquella noche de septiembre, Díaz habría permanecido prisionero, probablemente habría sido ejecutado o deportado y la guerra contra el imperio habría tomado un curso completamente diferente. En
Hungría la historia es aún menos conocida. El cuerpo de voluntarios austriíacos que sirvió en México no ocupa ningún lugar de honor en la memoria nacional húngara. Fue una aventura imperial fracasada, un episodio embarazoso que los húngaros preferían olvidar junto con tantas otras humillaciones sufridas bajo el dominio de los Absburgo.
Sismadia murió sin monumentos, sin calles que llevaran su nombre, sin reconocimiento oficial por lo que había hecho en tierras lejanas. Y sin embargo, hay algo en esta historia que trasciende las fronteras y las épocas, algo que merece ser recordado no como una anécdota curiosa, sino como una lección sobre la naturaleza humana.
Ferenchismadia era un soldado profesional que servía a un imperio en el que no creía especialmente. Había llegado a México como parte de una fuerza de ocupación enviada para imponer un monarca extranjero sobre un pueblo que no lo había elegido. Por toda lógica, debería haber sido un enemigo de la causa mexicana, un instrumento de la opresión imperial, un engranaje más en la maquinaria de la intervención francesa.
Pero cuando se encontró frente a un hombre como Porfirio Díaz, cuando tuvo la oportunidad de conocerlo más allá de las etiquetas de prisionero y carcelero, algo cambió. Vio en el general mexicano las mismas cualidades que él mismo valoraba: honor, determinación, amor a la patria, disposición a sacrificarlo todo por una causa justa. Y cuando llegó el momento de elegir entre el deber formal hacia un imperio decadente y el deber moral hacia un hombre que merecía su libertad, eligió lo segundo.
Fue un acto de desobediencia que podría haberle costado todo. Fue también un acto de humanidad que salvó una vida y a través de esa vida cambió el destino de una nación. Días, por su parte, nunca olvidó lo que Sismadia había hecho por él. En un mundo donde los poderosos frecuentemente olvidan a quienes les ayudaron cuando no eran nadie, el general mexicano recordó al húngaro que había arriesgado todo por un prisionero desconocido.
Lo buscó después de la victoria. Lo protegió cuando pudo haberlo castigado. Lo envió a casa con honor cuando pudo haberlo dejado pudrirse en un campo de prisioneros. Fue un acto de gratitud que honró tanto al que lo dio como al que lo recibió. Hay quienes dirán que la historia no habría cambiado mucho si días hubiera permanecido prisionero, que otros generales republicanos habrían derrotado al imperio, que Juárez habría restaurado la República de todas formas, que México habría encontrado su camino hacia la independencia, conoci la participación
del futuro dictador de Oaxaca. Quizás sea cierto, la historia no se puede reescribir y las especulaciones sobre lo que habría pasado si tal o cual evento no hubiera ocurrido son ejercicios fútiles que no conducen a ninguna conclusión verificable. Pero lo que sí es cierto, lo que ninguna especulación puede negar es que un hombre eligió arriesgar su vida por otro hombre al que apenas conocía y que ese otro hombre, cuando tuvo el poder de recompensar o castigar, eligió recompensar.
En un mundo lleno de traiciones, de crueldades gratuitas, de enemigos que se destruyen mutuamente sin piedad ni remordimiento, la historia de Díaz y Sismadia brilla como un recordatorio de que la guerra no tiene por qué deshumanizarnos completamente, que incluso en las circunstancias más extremas, incluso cuando todo conspira para convertirnos en bestias, podemos elegir seguir siendo humanos.
El teniente húngaro, que custodiaba al general mexicano, podría haber seguido las órdenes al pie de la letra, podría haber cerrado los ojos ante el hombre que tenía enfrente y verlo solo como un prisionero más. Un número en un registro, un problema que resolver. En cambio, eligió ver a un ser humano, eligió ver a un patriota luchando por su tierra, eligió ver a alguien que merecía una oportunidad de seguir luchando.

Y el general mexicano que derrotó al imperio podría haber olvidado al carcelero que lo ayudó, podría haber dejado que se pudriera junto con los demás enemigos capturados, uno más entre miles de derrotados cuyo destino no le importaba a nadie. En cambio, eligió recordar. eligió honrar la deuda. Eligió demostrar que el honor no es solo una palabra vacía que los soldados pronuncian en ceremonias.
Esta es la historia que merece ser contada. No porque cambiara el curso de la historia mundial, sino porque nos recuerda quiénes podemos ser cuando elegimos serlo. Un húngaro y un mexicano, un carcelero y su prisionero. Dos hombres separados por océanos, idiomas, culturas y banderas. Unidos al final por algo más fuerte que todo eso.