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“La mecánica sin clientes compró un Ford Mustang por $100… y se dio cuenta de que alguien la seguía

Lupita se acercó despacio, como si el carro fuera a desvanecerse si se movía muy rápido. Pasó la mano por el cofre limpiando una línea en el polvo. La pintura original seguía ahí, opaca pero intacta. Rodeó el vehículo notando los detalles. Emblema de GT en el costado, spoiler trasero, rines Magnum 500 originales bajo la capa de óxido.

Es un Fastback GT, susurró. Dios mío, es un GT. ¿Traes el dinero? Lupita pegó un brinco, se giró de golpe con el corazón desbocado. Un hombre había aparecido en la entrada de la bodega delgado, de unos 60 años, con una camisa de cuadros y pantalones de mezclilla desgastados. Su rostro era una máscara de cansancio y algo más. Miedo. Yo sí.

Lupita sacó el billete de 100 pesos de su cartera. ¿Es en serio? 100 pesos. El hombre asintió sin mirarla a los ojos. Mi hermano era el dueño. Murió hace dos meses. Yo vivo en Querétaro. Solo vine a cerrar sus cosas. Se acercó, pero manteniendo distancia, como si el carro le diera miedo. Nadie quiere el carro. Mi hermano no tenía familia, no tenía amigos, solo tenía este carro y un montón de deudas.

Papeles. El hombre sacó una carpeta de plástico de debajo del brazo. Dentro estaba la tarjeta de circulación, una factura endosada, comprobantes de pago de tenencias atrasadas. Todo está al corriente”, dijo. “Bueno, casi todo. Debe dos tenencias, pero ahí están los papeles. Fírmalo y llévatelo hoy. Ahora Lupita revisó los documentos.

El nombre del anterior propietario, Héctor Samudio Reyes. Fecha de nacimiento, 1965. Fecha de defunción. El hombre no mentía dos meses atrás. ¿De qué murió? Infarto. La respuesta fue demasiado rápida. En fin, ¿lo quieres o no? Porque tengo otras personas interesadas. Eso era mentira. Lupita lo supo de inmediato.

Nadie más había respondido al anuncio. Este hombre quería deshacerse del Mustang como si fuera basura tóxica. “¿Por qué tan barato?”, preguntó. Este carro vale al menos 150,000 pesos, aunque esté para restaurar, vale mucho más que porque quiero que se vaya de mi vida. El hombre le arrebató el billete de 100 pesos de la mano y le puso la carpeta en las manos.

Firma aquí y aquí y llévate las llaves. Las llaves cayeron en la palma de Lupita con un tintineo metálico. Eran llaves viejas con un llavero de cuero desgastado que tenía grabadas las iniciales. Hz. Lupita firmó los papeles con manos temblorosas, todavía esperando que alguien le dijera que esto era una broma. “El seguro venció”, dijo el hombre ya retrocediendo hacia la salida.

Y la batería está muerta. Vas a necesitar una grúa. Espere. Lupita levantó la vista. ¿Por qué? Pero el hombre ya había salido. Lupita corrió hacia el portón, pero cuando llegó solo vio su silueta alejándose por la calle, casi corriendo sin mirar atrás. Se quedó sola en la bodega con el Mustang.

Por un momento largo, Lupita solo pudo quedarse ahí parada mirando el carro. sintiendo el peso de las llaves en su mano. Acababa de comprar un Mustang del 67 por 100 pesos. Su último billete, su última esperanza. Rodeó el vehículo nuevamente, esta vez con más calma, con ojo de mecánica. La carrocería tenía golpes menores, nada que no pudiera arreglarse. Los interiores.

Abrió la puerta del conductor que protestó con un chirrido. El olor a encierro la golpeó. Asientos de vinilo agrietados, volante original, tablero con las calcomanías despegándose. En el piso del pasajero había una mancha oscura. Lupita se agachó. No era aceite, era sangre vieja, seca, pero sangre al fin. Infarto, ¿no?, murmuró.

Revisó la cajuela, vacía, excepto por la llanta de refacción y un gato oxidado. La guantera solo contenía papeles viejos, recibos de gasolina, notas arrugadas, un mapa de carreteras de 1995 y una fotografía. Lupita sacó la foto. Estaba descolorida, pero mostraba a un hombre joven, quizás de 30 años, de pie junto al mismo Mustang, pero reluciente, nuevo.

El hombre sonreía con orgullo, una mano sobre el cofre. Detrás de él, borroso, se veía lo que parecía ser un edificio de gobierno. Le dio vuelta a la foto. Había algo escrito con pluma azul. México, 1984. El día que todo cambió. HZ. Lupita sintió un escalofrío. 1984, hace 40 años. ¿Qué había cambiado? ¿Por qué guardar esta foto en la guantera? Guardó la fotografía en su chamarra y sacó su celular.

Buscó en Google Héctor Samudio Reyes, México. No apareció nada relevante, solo un par de menciones en listas de nombres, nada más. marcó a su amiga Rocío, la única que tenía una grúa pequeña. Ro, necesito un favor gigante. ¿Tienes con qué pagarme? No, pero te voy a deber una enorme. Rocío suspiró. ¿Dónde estás? Tres horas después, el Mustang estaba estacionado en el taller de Lupita, ocupando todo el espacio central.

Rocío se había ido después de darle un sermón sobre responsabilidad financiera y decisiones impulsivas, pero con una palmada en el hombro que significaba vas a estar bien. Lupita cerró el portón del taller y se quedó a solas con su nueva adquisición. La luz de la tarde se filtraba por las ventanas altas, creando sombras largas que cortaban el taller en mitades de luz y oscuridad.

El Mustang parecía casi vivo bajo esa luz, como si respirara. “Vamos a ver qué escondes”, le dijo Lupita al carro. Conectó una batería auxiliar y probó el motor. Para su sorpresa, después de unos intentos, el motor tosió, escupió y cobró vida con un rugido ronco y desigual. Nubes de humo azul salieron del escape. “Sí, Lupita” levantó el puño en el aire.

Todavía tienes vida, cabrón. Apagó el motor y abrió el cofre. El motor 289 B8 estaba sucio, pero completo. Necesitaba cambio de aceite, filtros, probablemente mangueras y bandas, trabajo de rutina, nada que ella no pudiera hacer. Pasó las siguientes horas revisando cada centímetro del carro, tomando notas, lista de refacciones necesarias, costo estimado de restauración, valor de reventa.

Los números empezaron a sumar en su cabeza. Si invertía unos 30,000 pesos en refacciones y trabajo, podría vender el carro en 200,000, quizás más. Pero no tenía 30,000 pesos, no tenía ni 300. Eran casi las 10 de la noche cuando Lupita se dio cuenta de que no había comido nada en todo el día. Guardó sus herramientas, echó un último vistazo al Mustang y salió del taller.

No vio la figura que la observaba desde el otro lado de la calle. No vio el carro gris estacionado tres puertas más abajo con las luces apagadas. no vio al hombre que sacaba su celular y tomaba una foto de ella cerrando el candado del taller. Lupita caminó hacia la estación del metro, agotada, pero con una chispa de esperanza que no sentía desde hacía meses.

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