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El Soldado Que Se NEGÓ a Matar al Che Guevara — 56 Años Después Su Nieto ROMPE El Silencio

 

Tres palabras destruyeron la vida de Carlos Pérez. No puedo hacerlo. Las dijo el 9 de octubre de 1967, cuando le ordenaron ejecutar al Cheegevara. Otro soldado tomó su lugar y se convirtió en leyenda. Carlos fue marcado como cobarde y borrado de la historia, pero lo que el Chele susurró antes de que bajara el rifle, eso lo guardó durante 56 años.

 Su nieto finalmente habla. Marzo de 2024, Santa Cruz, Bolivia. En una pequeña casa de adobe en las afueras de la ciudad, un hombre de 70 años llamado Roberto Pérez Mamani se sienta frente a una cámara por primera vez en su vida. Sus manos arrugadas sostienen una fotografía en blanco y negro de un joven soldado boliviano.

 Es su abuelo Carlos Pérez, el hombre que la historia olvidó deliberadamente. Roberto ha esperado toda su vida para contar esta historia. Esperó a que su abuelo muriera en paz. esperó a que los militares que destruyeron su familia ya no pudieran hacerle daño. Ahora, con 70 años y sintiendo que su propio tiempo se agota, decidió que el mundo merece conocer la verdad sobre el hombre que se negó a asesinar al Cheguevara.

 Mi abuelo no era un cobarde. Comienza Roberto con voz firme, pero cargada de emoción contenida. era el hombre más valiente que conocí. Pero la valentía que él demostró ese día no era la valentía que el ejército quería. Ellos querían un asesino. Mi abuelo se negó a hacerlo y por eso le quitaron todo. Roberto coloca la fotografía sobre la mesa.

 En ella se ve a un joven Carlos Pérez, apenas 23 años, vistiendo el uniforme del ejército boliviano. Sus ojos miran directamente a la cámara con una intensidad que parece atravesar el tiempo. Era octubre de 1967 y ese joven soldado no tenía idea de que en pocos días enfrentaría la decisión más importante de su vida.Muere el hombre que mató al Che Guevara | Internacional

 Carlos Pérez había nacido en 1944 en una familia campesina humilde en el altiplano boliviano. Se unió al ejército porque era la única forma de escapar de la pobreza extrema. No tenía educación formal, no entendía de política ni de revoluciones. Para él, el ejército significaba tres comidas al día y la posibilidad de enviar dinero a su madre viuda.

 Nunca imaginó que terminaría cara a cara con el revolucionario más famoso del mundo. En septiembre de 1967, la unidad de Carlos Pérez fue enviada a la región de Vallegrande como parte de la operación para capturar a los guerrilleros que operaban en la selva boliviana. Los soldados recibían información de inteligencia proporcionada por asesores estadounidenses.

Les decían que los guerrilleros eran terroristas peligrosos, asesinos comunistas que querían destruir Bolivia. Mi abuelo me contó que les mostraban fotografías de Ernesto Guevara y les decían que era un monstruo argentino. Recuerda, Roberto. Les decían que había matado a cientos de personas en Cuba, que comía niños, que era el demonio encarnado.

 Los soldados jóvenes como mi abuelo, no tenían forma de saber qué era verdad y qué era propaganda. simplemente obedecían órdenes. Pero Carlos Pérez era diferente a los demás soldados de su unidad. Aunque no había recibido educación formal, tenía algo que muchos de sus compañeros carecían. Una brújula moral heredada de su madre, una mujer indígena que le había enseñado desde pequeño que toda vida humana era sagrada.

 Matar en batalla era una cosa, ejecutar a un hombre indefenso era algo completamente diferente. La mañana del 8 de octubre de 1967, la noticia corrió como fuego entre las tropas. Habían capturado al Cheeguevara. Estaba herido. Su rifle había sido destruido por una bala durante el combate y lo habían llevado a una pequeña escuela en el pueblo de la higuera.

 Carlos Pérez estaba entre los soldados que custodiaban el perímetro del pueblo esa noche. “Mi abuelo me describió esa noche muchas veces”, dice Roberto cerrando los ojos como si pudiera ver la escena. Me dijo que hacía un frío terrible en las montañas. Los soldados hacían guardia en turnos, temblando, sin poder hacer fogatas para no revelar su posición.

 Adentro de esa escuelita había un hombre herido, amarrado, esperando su destino. Mi abuelo podía ver la luz de las velas a través de las ventanas. Durante toda la noche, Carlos escuchó movimiento dentro de la escuela. Oficiales que entraban y salían, voces en español y algunas en inglés, probablemente de los asesores estadounidenses.

Nadie les decía a los soldados rasos qué estaba pasando. Solo les ordenaban mantener posición y estar alertas. Pero Carlos sentía en el aire que algo terrible estaba por suceder, algo que cambiaría su vida para siempre. El amanecer del 9 de octubre llegó gris y frío. A las 10 de la mañana, el sargento Bernardino Huanca se acercó a Carlos Pérez y le ordenó que lo siguiera.

 No le explicó nada, simplemente le dijo que el capitán quería verlo. Carlos obedeció como siempre había obedecido cada orden. Desde que se unió al ejército. Caminaron hacia la escuela. Cuando mi abuelo entró en ese edificio, su vida cambió para siempre, dice Roberto. Adentro estaba el suboficial Mario Terán, otros dos soldados, y en un rincón sentado en el suelo contra la pared estaba el chegue vara.

 Roberto hace una pausa larga, sus ojos se humedecen. Mi abuelo me describió ese momento tantas veces que yo puedo verlo como si hubiera estado allí. El che estaba herido en la pierna, su ropa estaba desgarrada y sucia, su pelo largo y enmarañado. Pero lo que más impactó a mi abuelo fueron sus ojos. No eran los ojos de un monstruo, no eran los ojos de un asesino, eran los ojos de un hombre agotado, pero sereno, un hombre que sabía exactamente lo que iba a pasar y que había hecho paz con su destino.

 Esos ojos miraron directamente a mi abuelo cuando entró. El capitán Gary Prado Salmón estaba afuera coordinando con los superiores por radio, pero la orden ya había llegado desde La Paz directamente del presidente René Barrientos y presuntamente con la aprobación de los estadounidenses. El Cheegevara debía ser ejecutado. No habría juicio, no habría traslado a la capital, no habría prisionero famoso que pudiera convertirse en símbolo.

 Debía morir en la higuera y la historia oficial diría que murió en combate. El sargento Hanca miró a Carlos Pérez y le entregó su rifle. “Tú lo harás”, le dijo. “Dispárale y termina con esto.” Mi abuelo se quedó paralizado, me contó Roberto. Miró el rifle en sus manos, miró al sargento y luego miró al hombre sentado en el rincón.

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