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Don Ernesto leía cartas gratis cada día—Cantinflas preguntó por qué y se QUEBRÓ

 Don Ernesto sacó carta, pero en lugar de simplemente entregarla, preguntó, “¿Don Ramón quiere que se la lea?” El anciano asintió con vergüenza. Si no es molestia, nunca es molestia. Don Ernesto leyó la carta. Era de la hija del anciano, contándole sobre sus nietos, sobre su vida en Guadalajara. Después de tres casas más donde don Ernesto leyó cartas, Mario se acercó.

 Disculpe, señor, no pude evitar notar que está leyendo cartas a las personas. ¿Hace esto a menudo? Don Ernesto se volvió y sonríó. Cada día en mi ruta ah, tengo aproximadamente 20 personas que no saben leer. Entonces, cuando tienen cartas, se las leo y ellos le pagan por este servicio. Nunca. Es parte de mi trabajo, o al menos así lo veo yo, no solo entregar cartas, sino asegurar que el mensaje llegue completo.

Pero leer cartas toma tiempo, no se retrasa en su ruta. Sí, mi ruta que normalmente tomaría 5 horas toma siete, pero vale la pena. Su jefe está de acuerdo. Don Ernesto hizo mueca. Mi jefe no sabe. Si supiera, ah, probablemente me disciplinaría por tomar tanto tiempo. Entonces, no le digo, solo hago mi trabajo. Mi trabajo completo.

 ¿Cuál es su nombre completo? Ernesto Paz. Don Ernesto, ¿puedo preguntarle algo? ¿Por qué hace esto? ¿Qué lo motivó? Don Ernesto se detuvo caminando y miró a Mario. Tiene tiempo. Es historia que requiere explicación. Tengo todo el tiempo del mundo. Mi madre era analfabeta. Don Ernesto comenzó. Nunca aprendió a leer.

 Trabajó toda su vida como empleada doméstica. Y cuando yo era niño, tenía unos 12 años, mi hermano mayor se fue a trabajar al norte, a Estados Unidos. Mi hermano escribía cartas. Cada mes enviaba carta contándonos cómo estaba, cuánto ganaba, cuándo volvería. Y cada mes mi madre esperaba esas cartas con desesperación, pero no podía leerlas.

 Entonces tenía que esperar a veces días hasta que yo llegara de la escuela para leérselas. Y durante esos días de espera, ella sufría, se preocupaba. Estaba bien, mi hermano, estaba enfermo. Ah, necesitaba ayuda. Un día llegó carta y yo estaba enfermo, fiebre alta, no podía ir a escuela y mi madre, mi pobre madre, me suplicó que le leyera la carta.

 Le dije que no podía, que estaba muy enfermo, que más tarde ella esperó todo el día y esa noche yo me sentía un poco mejor. Finalmente le leí la carta. Era carta normal. Mi hermano estaba bien, trabajando duro, mandaba saludos, pero al día siguiente recibimos telegrama. Mi hermano había muerto. Accidente en trabajo.

 Ah, había muerto el mismo día que llegó la carta. Las lágrimas comenzaban a correr por las mejillas de don Ernesto y mi madre, mi madre se derrumbó. Lloró durante días y un día me dijo algo que nunca olvidaré. me dijo Ernesto, “La última carta de tu hermano llegó cuando todavía estaba vivo, pero yo no pude leerla. Tuve que esperar.

 Y ahora que está muerto, me doy cuenta de que perdí un día, un día completo, cuando podría haber leído sus palabras mientras todavía respiraba. Eso me destrozó porque me di cuenta para personas analfabetas, cartas son crueles, son mensajes que no pueden leer, son voces de seres queridos que no pueden escuchar hasta que alguien más las lea.

 Entonces, cuando me convertí en cartero, cuando empecé a entregar cartas, hice promesa. Prometí que nunca haría esperar a persona analfabeta para leer sus cartas, que siempre, siempre les leería inmediatamente. Pero no es agotador leer cartas todo el día, además de entregar correo. Sí, llego a casa exhausto cada noche. Mi esposa a veces se queja de que trabajo demasiado, pero no puedo parar porque cada vez que leo carta a anciano analfabeto pienso en mi madre y pienso, “Tal vez esta es última carta que recibirán de su hijo. Tal vez mañana ese

hijo muere. ¿Cómo puedo hacerlos esperar?” Durante las siguientes semanas, Mario acompañó a don Ernesto en su ruta varias veces. Cada vez presenció mismas escenas, personas analfabetas esperando cartas. Don Ernesto leyéndolas con paciencia y respeto. Había anciana de 80 años, cuyo único hijo vivía en Ciudad Juárez.

Escribía cada semana. Don Ernesto leía cada carta, a veces dos veces y la anciana no entendía algo la primera vez. Había hombre de 60 años, ciego y analfabeto, que recibía cartas de sus nietos. Don Ernesto no solo leía las cartas, sino describía las fotos que venían con ellas. Había madre joven, apenas 30 años, que nunca había aprendido a leer.

 Su esposo trabajaba en Veracruz, escribía tres veces al mes. Don Ernesto leía cada carta y después algo extraordinario. Ayudaba a la mujer a escribir respuestas. ¿También escribe cartas para ellos? Mario preguntó, “¿Cuando me lo piden, algunos tienen familiares que pueden escribir por ellos, otros no? Entonces yo escribo, me dictan lo que quieren decir y yo lo escribo.

 ¿Cuántas personas en su ruta no saben leer? 20 regulares, tal vez 30 ocasionales. Ah, Tepito tiene muchas personas mayores que nunca fueron a escuela. Muchos analfabetos y les lee a todos, a todos, sin excepción. Si tienen carta y no pueden leerla, yo la leo. ¿Cuál ha sido su momento más significativo? Don Ernesto Novacilo.

 Fue hace 3 años, en 1972. Anciano don Sebastián. Recibía cartas de su hijo cada mes. Yo se las leía fielmente. El hijo trabajaba en Texas. Un día llegó carta, pero no era del hijo, era de hospital en Texas. Y cuando empecé a leerla, ah, me di cuenta de lo que decía. El hijo de don Sebastián había muerto, cáncer, lo sentían mucho.

Tuve que detenerme. No podía seguir leyendo porque sabía que las palabras que estaba a punto de decir iban a destruir a este anciano. Pero don Sebastián me miró y dijo, “Continúe, don Ernesto. Sea lo que sea, necesito saberlo.” Entonces continué. Leí toda la carta y don Sebastián, don Sebastián lloró como nunca he visto llorar a nadie.

 Me quedé con él durante dos horas. No dije mucho. Ah, solo estuve presente. Porque, ¿qué puedes decir cuando acabas de leerle a alguien que su hijo murió? Después de ese día, don Sebastián vivió solo otros se meses. Murió de tristeza, creo. Pero antes de morir me llamó a su casa y me dijo algo que nunca olvidaré.

 me dijo, “Ton Ernesto, gracias por leerme esa carta. Sé que fue difícil para usted, pero me dio regalo, me dio certeza. Durante semanas había sentido que algo estaba mal. No había recibido carta de mi hijo. Y no saber, no saber era peor que cualquier verdad. Usted me dio verdad y aunque duele, prefiero verdad dolorosa e incertidumbre angustiosa.

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