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EL CASO QUE CONGELÓ A MÉXICO: un vecino escuchó algo esa noche y nunca lo contó todo

Patricia sabía que el matrimonio de su hermana era un desastre. Lo sabía desde hacía años. Lo había dicho en voz alta más de una vez. Le había rogado a Lucía que se fuera, que se llevara a Sofía y se fuera. Pero Lucía siempre encontraba una razón para quedarse. La niña necesita a su papá. Ya va a cambiar. Las cosas están mejorando.

Frases que los agresores enseñan a decir sin que las víctimas sepan que las están aprendiendo. El miércoles 17 de octubre, Patricia intentó hablar con Lucía por décima vez en tres días y no obtuvo respuesta. Llamó a la madre. La madre tampoco sabía nada. Llamó a la farmacia. La jefa le dijo que Lucía no había ido a trabajar desde el lunes.

Patricia colgó el teléfono, agarró sus llaves y fue directamente a la fiscalía. La gente que recibió la denuncia se llamaba Cuautemoc Ríos, policía de investigación con 12 años en el servicio, asignado a la Fiscalía Desconcentrada de Itapalapa. Un hombre de complexión delgada, bigote recortado, ojos que habían visto demasiado como para mostrar sorpresa ante cualquier cosa.

Escuchó a Patricia durante 40 minutos sin interrumpirla. Tomó notas a mano en una libreta cuadriculada que sacó de su cajón. Preguntó fechas, nombres, detalles. Preguntó por Rodrigo. Preguntó por el carácter de la relación. preguntó si había antecedentes de violencia. Patricia dijo que sí. Dijo que había antecedentes desde hacía años, pero que Lucía nunca había levantado una denuncia formal, que tenía miedo, que siempre tenía miedo. Ríos escribió todo.

Después cerró la libreta, la puso sobre el escritorio y dijo algo que Patricia todavía recuerda con rabia. Vamos a ver. A veces las señoras se van unos días a descansar y regresan solas. Patricia le sostuvo la mirada. “Mi hermana no dejó a su hija sola tres días para irse a descansar”, dijo, “Mi hermana no existe si no está cerca de Sofía.

Eso es todo lo que necesitas saber.” Ríos tardó un momento, luego asintió y empezó el proceso. La primera visita al departamento fue ese mismo miércoles por la tarde. Ríos fue acompañado de un elemento de la policía de investigación y de una trabajadora social de la fiscalía. Tocaron el timbre, esperaron, tocaron de nuevo.

Rodrigo abrió la puerta al tercer toque. Llevaba ropa de trabajo, polvo de construcción en los brazos, una expresión de sorpresa que Ríos describió en su informe como excesivamente controlada, como quien practica una reacción antes de mostrarla. Entró al departamento, era un espacio pequeño, sala comedor integrada. cocina de paso, un baño y dos cuartos al fondo de un pasillo angosto.

Los muebles eran modestos, pero ordenados, demasiado ordenados, quizás. Ríos lo notó. La cocina brillaba. La sala no tenía ni una revista fuera de lugar. Rodrigo explicó que Lucía y él habían tenido una discusión fuerte el domingo, que ella se había ido de madrugada, que no sabía a dónde, que pensó que se había ido con su hermana o con su madre y que ya iba a regresar.

Ríos le preguntó si le había marcado. Rodrigo dijo que sí varias veces. Ríos le pidió el teléfono. Rodrigo se lo pasó sin dudar. Había tres llamadas al número de Lucía. Las 3 del lunes por la mañana. Después nada. Llamadas en tres días no son las llamadas de alguien preocupado por su esposa, son las llamadas de alguien que ya sabe que no va a contestar.

Ríos guardó eso en la mente y no lo dijo en voz alta todavía. Esa noche, antes de irse del edificio, el agente Ríos tocó otras puertas. preguntó a los vecinos si habían escuchado o visto algo el domingo en la noche o el lunes temprano. La mayoría dijo que no. Cuando llegó al departamento 5co, don Aurelio abrió la puerta con cara de quien ya esperaba esa visita.

¿Algo raro con los vecinos del cuatro? preguntó Ríos directamente. Don Aurelio pensó un momento. Dijo que había escuchado una discusión el domingo en la noche, pero que eso no era tan inusual. Dijo que no pudo escuchar bien qué decían. Dijo que después todo se calmó y que se fue a dormir. No mencionó la bolsa negra.

No mencionó que había visto a Rodrigo salir con ella a las 7 de la mañana. Ríos le agradeció y se fue. Don Aurelio cerró la puerta y el secreto se quedó adentro. Los primeros 10 días de la investigación fueron frustrantes de una manera que no tiene palabras claras. El teléfono de Lucía no daba señal. Lo último que registraron las torres de telecomunicaciones fue una conexión en la zona de Itapalapa la noche del domingo, poco antes de las 11 de la noche.

Después nada, el aparato se apagó o se destruyó o desapareció en un punto que la señal no podía rastrear. Las cámaras de vigilancia del edificio no servían. El propietario del inmueble tenía instalado un sistema de circuito cerrado que, según descubrieron, llevaba más de 2 años sin grabar nada. Las cámaras eran de corazón, una farsa de seguridad que probablemente nadie le había exigido que reparara.

Eso es algo que no se dice suficiente sobre la Ciudad de México. Hay colonias enteras donde la vigilancia existe solo en papel. Las cámaras del CCTV de la calzada ermita Itapalapa a cuatro cuadras del edificio sí funcionaban. Los técnicos de la fiscalía revisaron las grabaciones del domingo 14 y del lunes 15.

Encontraron a Rodrigo. Apareció en cámara a las 6:52 de la madrugada del lunes, conduciéndola Silverado Blanca hacia el poniente en dirección a la avenida Texcoco. Solo en la cabina. No se podía ver bien la cama trasera de la camioneta porque el ángulo de la cámara era bajo, pero llevaba algo cargado.

La suspensión trasera estaba visiblemente comprimida. Eso lo notó un técnico forense que revisó la imagen frame a frame. La camioneta estaba cargando peso. Demasiado peso para un hombre que supuestamente acababa de quedarse solo en casa. Rodrigo fue citado a declarar formalmente el 22 de octubre. Llegó puntual.

Traje de trabajo limpio, sin polvo, esta vez afeitado. Una expresión de colaboración fabricada con cuidado. Llevaba a un abogado, cosa que Ríos anotó en su libreta sin comentarios. La declaración duró 3 horas. Rodrigo mantuvo su versión. Discusión el domingo. Lucía se fue en la madrugada. No sabe a dónde. Admitió que la relación era difícil, que habían tenido problemas, pero negó cualquier tipo de violencia física.

Dijo que Lucía era una mujer impulsiva que se iba de la casa cuando peleaban y que siempre regresaba. El abogado intervino en tres ocasiones para redirigir preguntas que se ponían incómodas. Cuando Ríos le preguntó a dónde había ido el lunes por la mañana antes de ir al trabajo, Rodrigo dijo que a tirar basura y a comprar cigarros en una tienda de la avenida.

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