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(Veracruz) La niña que DESAPARECIÓ entre cafetales: 5 años después HALLARON un MISTERIO bajo tierra

Caminó entre las hileras de café con una linterna en cada mano, revisando cada centímetro de tierra, cada arbusto, cada piedra. Sus manos sangraban por las espinas de las plantas. Sus pies descalzos pisaban la tierra húmeda sin sentir dolor. Solo sentía el vacío de no encontrar a su hija. Reina permanecía en el patio con su suegra, abrazadas, rezando en voz baja.

Cada vez que escuchaban pasos acercándose, levantaban la cabeza con esperanza. Pero cada vez los rostros de los buscadores traían la misma respuesta. Nada. Era posible que una niña pequeña hubiera caminado tan lejos sin dejar rastro o había algo más oscuro detrás de su desaparecimiento. Al amanecer del segundo día llegó el helicóptero.

El ruido de las aspas sacudió el aire tranquilo del campo y asustó a los pájaros que comenzaban a cantar. Desde arriba, los pilotos revisaron cada metro del terreno usando cámaras térmicas. Buscaban cualquier señal de calor corporal entre la vegetación densa. Los perros rastreadores llegaron poco después. Tres pastores alemanes entrenados para encontrar personas desaparecidas.

Les dieron a oler la ropa de Camila, una pijama que la niña había usado la noche anterior. Los animales olfatearon el patio moviendo la cola con emoción al encontrar el rastro. Los perros caminaron directo hacia el cafetal, siguiendo exactamente el mismo camino que había tomado Camila. Pero después de avanzar unos 20 metas, los tres animales se detuvieron al mismo tiempo.

Dieron vueltas en círculo, olfateando el suelo con confusión. Ladraron, gimieron, pero no continuaron. El rastro simplemente terminaba ahí, como si Camila hubiera subido al cielo. El entrenador de los perros, un hombre con 30 años de experiencia, nunca había visto algo así. Los perros nunca perdían el rastro de esa manera tan abrupta, tan completa.

Siempre había algo, un cambio de dirección, un cruce con otro olor, algo. Pero esto era diferente. Era como si Camila hubiera dejado de existir en ese punto exacto. “¿Qué significa eso?”, preguntó Lorenzo con voz desesperada. “¿Qué les pasa a los perros?” El entrenador negó con la cabeza, sin saber qué responder.

En todos mis años haciendo esto, señor Portillo, nunca he visto que los perros pierdan un rastro de esta manera. Es como si como si la niña hubiera sido levantada del suelo. Lorenzo sintió que sus piernas cedían. Reina, que estaba a su lado, lo sostuvo antes de que cayera. Levantada, ¿qué quiere decir con eso? El entrenador eligió sus palabras cuidadosamente.

Podría significar muchas cosas que alguien la cargó, que subió a un vehículo que no terminó la frase, pero todos entendieron lo que no dijo, que tal vez alguien se había llevado a Camila. La investigación cambió de rumbo en ese momento. Ya no era solo una búsqueda de una niña perdida, era una posible investigación de secuestro.

¿Quién podría haberla tomado? ¿Por qué y cómo lo hizo sin dejar rastro alguno? Los interrogatorios comenzaron esa misma tarde. El comandante Cisneros instaló una mesa bajo un árbol grande en el patio de la finca y comenzó a hablar con cada persona que había estado en la propiedad o cerca de ella el día del desaparecimiento. Teodoro Almanza fue el primero.

El encargado de la finca tenía 52 años. Llevaba trabajando para la familia Portillo desde hacía 15 años. Vivía en una casita pequeña al otro extremo de la propiedad con su esposa y sus dos hijos ya adultos. Don Teodoro, ¿dónde estaba usted exactamente cuando la niña desapareció? Estaba reparando la cerca del lado oeste, donde las vacas de don Emilio suelen pasarse.

Escuché los gritos de doña Águeda y vine corriendo. Vio algo extraño esa mañana. Algún vehículo desconocido, personas que no debían estar aquí. Teodoro negó con la cabeza. Nada, comandante. Todo estaba normal, como cualquier otro día. El comandante tomó notas y dejó ir a Teodoro. Luego llamó a los otros trabajadores, tres hombres que ayudaban con la cosecha y el mantenimiento.

Todos contaron historias similares. Estaban trabajando en sus áreas cuando escucharon los gritos. Ninguno vio nada fuera de lo común. El siguiente fue Martín Ureña, el conductor del autobús que hacía el recorrido entre el pueblo y la carretera principal. Su ruta pasaba frente a la entrada de la finca. Pasó frente a la propiedad de los Portillo el día que desapareció la niña.

Sí, comandante. Pasó dos veces al día, una en la mañana y otra en la tarde. ¿Vio algo extraño? ¿Algún vehículo detenido? Personas caminando? Martín pensó durante un momento. Pues ahora que lo menciona, vi una camioneta blanca estacionada cerca de la entrada. No le di importancia en ese momento, porque a veces los turistas se detienen para tomar fotos del paisaje, pero estaba ahí las dos veces que pasé.

El corazón de Lorenzo dio un salto, una camioneta blanca. Eso era algo, era una pista. ¿Recuerda las placas? ¿Algún detalle? Martín negó con la cabeza. Lo siento, comandante, no me fijé en esos detalles. La esperanza que había surgido en Lorenzo se desvaneció tan rápido como había aparecido. Una camioneta blanca sin placas, sin marca, sin nada que la identificara.

En México había miles, tal vez millones de camionetas blancas. Era como buscar una aguja en un pajar del tamaño de todo el país. Pero, ¿qué hacía esa camioneta estacionada frente a la finca durante horas? ¿Era solo coincidencia o era la respuesta que todos buscaban? Los días se convirtieron en semanas. El caso de Camila Portillo explotó en los medios de comunicación.

Su foto apareció en noticieros, periódicos, redes sociales. Una niña de 7 años, cabello oscuro hasta los hombros, ojos grandes y brillantes, sonrisa tímida, desaparecida sin dejar rastro en un cafetal de Veracruz. Las teorías comenzaron a multiplicarse. Algunos decían que Camila había sido secuestrada por una red de trata de personas.

Otros hablaban de un accidente que tal vez había caído en algún pozo o zanja escondida entre la vegetación. Los más supersticiosos del pueblo susurraban sobre fuerzas antiguas, sobre tierras malditas, sobre espíritus que robaban niños. Pero Lorenzo no creía en teorías. Lorenzo solo creía en hechos. Y el único hecho que importaba era que su hija había desaparecido y nadie, absolutamente nadie, tenía respuestas.

La investigación se amplió. Revisaron los antecedentes de todos los que vivían en un radio de 20 km alrededor de la finca. Buscaron a personas con historial de violencia, de abuso, de cualquier cosa que pudiera indicar que eran peligrosas. Entrevistaron al dueño de la tienda del pueblo, don Genaro, un señor de 70 años que conocía a todos en la comunidad.

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