Si hablamos de rivalidades, la de Inglaterra y Argentina merecería un capítulo aparte. Y si lo ocurrido en Valley Parade fue terrible, no lo fue menos una de las mayores catástrofes futbolísticas en nuestro país. Era un domingo de invierno porteño, el 23 de junio de 1968. En el estadio monumental de Riverplate, en el barrio de Núñez, Buenos Aires, terminaba uno de los partidos más esperados del calendario futbolístico argentino, el superclásico, entre Riverplate y Boca Juniors.
El marcador había terminado el empate y en las tribunas visitantes miles de hinchas enes comenzaron a salir, muchos eran adolescentes. Lo que ocurrió en los minutos siguientes se convertiría en la mayor catástrofe de la historia del deporte argentino y durante décadas en uno de sus secretos más oscuros. Puerta 12 era uno de los accesos asignados a los hinchas visitantes.
Un túnel poco iluminado, con apenas un foco de luz para todo el recorrido y una escalera por la que miles de personas empezaron a descender al mismo tiempo cuando finalizó el partido. El sol de la tarde caía abajo, haciendo todavía más difícil ver con claridad los escalones. Entonces, algo salió increíblemente mal. La salida hacia la calle no estaba abierta.
El público seguía bajando sin tomar conciencia de que la presión de la masa humana se acumulaba contra una puerta cerrada. Las personas comenzaron a caer unas sobre otras. Los gritos en la penumbra y la confusión hicieron que el pánico se extendiera en cuestión de segundos. Los que intentaban retroceder chocaban con los que estaban bajando.
Se generó lo que los expertos denominan un fenómeno acordeón. La multitud colapsó sobre sí misma, en un espacio cerrado, sin oxígeno, sin salida y sin luz. La cifra oficial de muertos fue de 71 personas. Con un promedio de edad de 19 años. Más de 200 hinchas resultaron heridos y puede que una de las partes más oscuras de la tragedia proviniera de algunos testimonios que aseguraban que el número de fallecidos estuvo muy por encima de esa cifra oficial.
Se hablaba de cerca de 200 víctimas fatales. Miguel Durrieu tenía 14 años ese día y sobrevivió de milagro. Décadas después describió la tragedia diciendo que apenas tocó el piso llevado por la multitud. Recuerda la presión asfixiante de los cuerpos en la oscuridad, los gritos y el pánico. Se desmayó y cayó al suelo, pero no fue aplastado de milagro.
Otro caso es el de Juan Carlos Alomo que fue dado por muerto. Alguien le escribió el número 19 en el pecho, como si ya fuera un cadáver más, pero en el hospital se dieron cuenta de que todavía respiraba, aunque la falta de oxígeno había hecho estragos. Tenía la piel negra, le estalló un oído y casi pierde la vista.
Durante décadas, la versión oficial habló de una puerta cerrada, de molinetes sin retirar y, en definitiva, de una tragedia accidental. Pero los testimonios de sobrevivientes, exfuncionarios y la posterior investigación periodística de Pablo Lioto apuntan algo mucho más perturbador. Argentina vivía en 1968 bajo la dictadura militar del general Juan Carlos Onganía, el régimen de la autodenominada revolución argentina.
La policía tenía carta blanca para reprimir y esa tarde, según múltiples testigos, la usó. La hipótesis que elo construyó tras años de investigación es contundente. Un operativo policial bloqueó intencionalmente la salida de los hinchas. Detrás de una barrera de efectivos a pie, al menos seis policías montados repartían golpes con bastones.
Los hinchas que intentaban salir se encontraron con esa barricada de violencia y los que querían retroceder chocaban con la marea que presionaba para salir. El resultado fue la muerte por aplastamiento y por asfixia. Un exinspector general de la municipalidad presente esa tarde lo confirmó años después.
Hubo agentes que actuaron sobre la gente que se desconcentraba por la escalera de la puerta 12, mientras era obstruida por la policía montada. Allí se produjo el desbande y la tragedia. Se mencionó también, como posible detonante, de la represión que la hinchada de Boca había cantado la marcha peronista, un acto de desafío político en plena dictadura.
Lisoto comparó lo sucedido con la infame Noche de los bastones largos de 1966, donde el objetivo de la represión fue el movimiento estudiantil. La investigación penal finalizó sin culpables. Dos directivos de River fueron procesados inicialmente por negligencia, pero la Cámara de Apelaciones los declaró inocentes.
La policía federal nunca respondió por sus acciones y el gobierno de Onganía, según Lisoto, garantizó el silencio. No hubo fotografías de los cuerpos ni autopsias de los fallecidos y la prensa fue controlada. La AFA y los clubes afrontaron la responsabilidad civil de forma colectiva, reuniendo un fondo de apenas $100,000, poco más de ,000 por cada vida perdida.
A cambio del dinero, exigieron a las familias que renunciaran a cualquier reclamo judicial. Solo dos personas se negaron. Néida Oneto de Xanoli y Diógenes Súgaro, quienes llevaron a River ante la justicia y obtuvieron una indemnización de alrededor de $50,000 cada uno. Pero la historia no solo fue silenciada en ese momento, ni Boca ni River conmemoraron oficialmente la tragedia durante décadas.
La puerta 12 fue rebautizada primero como acceso L, luego como K y hoy es la puerta M. El número 12, como todos saben, en Argentina identifica la hinchada de Boca, considerada como el jugador número 12. Recién en 2008, River colocó una placa en el lugar de los hechos. Ese mismo año se estrenó el documental Puerta 12 de Pablo Tesoriere, que comenzó a romper décadas de silencio.
En 2018, a cumplirse 50 años de la tragedia, Boca pidió públicamente perdón por la omisión institucional. En 2021, el presidente Jorge Amor Ameal inauguró una placa en el hall central de la Bombonera con el listado de los fallecidos conocidos hasta entonces. Desde ese año, el 23 de junio, es el día de luto para el club.
Las instalaciones permanecen cerradas. En 2023, Lisoto publicó una tarde de junio, la primera investigación periodística exhaustiva sobre la tragedia. Ese mismo año, su trabajo confirmó un dato que contradecía la narrativa oficial durante más de medio siglo. No todos los muertos eran hinchas de Boca, al menos tres eran de River y uno de Racing.
La tragedia de puerta 12 sigue siendo, a más de medio siglo de distancia la mayor catástrofe de la historia del deporte argentino. una tarde de junio que el fútbol quiso olvidar y que sus víctimas adolescentes con toda una vida por delante no merecían que se ocultara. Imaginar lo que fue quedar atrapado bajo toneladas de desesperación parece imposible, pero pueden agregarse eventos y factores todavía más trágicos.
Y eso fue lo que ocurrió en Guatemala en 1996. Era el miércoles 16 de octubre de 1996. La ciudad de Guatemala hervía de entusiasmo. La selección nacional jugaba esa tarde contra Costa Rica en el Estadio Nacional Mateo Flores. Un partido eliminatorio rumbo al Mundial de Francia 98. Para miles de guatemaltecos no era una fiesta, sino una de esas noches que se cuentan después a los hijos.
Marco Tulio Chamale, de 31 años, llegó al estadio con sus cinco hermanos. Samuel, María del Carmer, Edgar Genaro, Blanca Lidia y Mónica Elizabeth, la menor de apenas 17 años. Llevaba 15 años cargando una vida difícil y esa noche había decidido olvidarlo todo por unas horas, pero solo Marco Tulio logró volver a casa.
El Estadio Nacional Mateo Flores fue construido en 1950 en la zona 4 de la capital, a unos 10 minutos del centro. Su arquitectura tiene una particularidad que aquella noche resultaría fatal. está edificado en un pozo gigantesco, lo que obliga al público a ingresar por la parte más alta de las tribunas y descender luego hacia el campo.
Es decir, que para entrar hay que bajar. La capacidad oficial era de 47,55 personas. Para esa noche, la Federación Nacional de Fútbol había puesto a la venta 45,796 localidades. El operativo de seguridad incluía 365 agentes de la policía nacional, 77 de una policía privada y 38 de la Guardia Presidencial. Sobre el papel todo parecía bajo control, pero unas 65,000 personas intentaron entrar esa noche.
La brecha entre los 45,796 tickets vendido y los que querían ingresar tiene una explicación que las autoridades prefirieron no investigar a fondo. Previo al encuentro hubo una falsificación masiva de entradas sumada a la reventa. Se habla de al menos 7,000 entradas falsas circulando esa noche. Cuatro revendedores fueron detenidos, pero su arresto se parecía más a la búsqueda de un chivo expiatorio que a una investigación real.
A eso se sumó un fenómeno conocido en el fútbol guatemalteco que no es otra cosa que la entrada sin ticket. Los molinetes no existían en el Mateo Flores y los colados eran parte habitual del paisaje. Anteriormente se habían vivido tardes con 30,000 personas en el estadio y solo 15,000 entradas vendidas. El fotógrafo Héctor René Monroe llegó al estadio a las 5:30 de la tarde, una hora y media después.
Dando una vuelta por el exterior, pasó frente a la puerta 14 de la tribuna sur, que era la más barata y la más concurrida, y que daba acceso a través de un túnel estrecho y oscuro. Monroe le dijo a un colega que estaba seguro de que iba a haber problemas cuando la gente se diera cuenta de que no tenía lugar, porque esa tribuna ya estaba al límite de su capacidad.
A las 19:30, media hora antes del pitido inicial, afuera de la tribuna sur, muchos aún esperaban impacientes, la mayoría con entradas legítimas en la mano. La multitud empujó, arrasó con los dos controles de la puerta 14 y comenzó a descender en masa por el túnel. Los de arriba empujaban mientras los de abajo no tenían a dónde ir.
La gente comenzó a caer contra la valla reforzada que esa misma tarde había sido acondicionada con alambres adicionales en la parte superior. Una de las pocas cosas que funcionaron según lo planeado esa noche y que se convirtió en una trampa mortal. Los cuerpos se aplastaban unos con otros. Las muertes llegaron por asfixia, fracturas en el cuello y en la base del cráneo.
10 escalones más arriba, muchos espectadores no se enteraron de nada. La música seguía sonando por los altoparlantes hasta que alguien gritó, “¡Hay un muerto!” Lo que sucedió a continuación refleja mejor que cualquier estadística el nivel de negligencia de esa noche. Los policías guatemaltecos ubicados en el campo de juego observaron la escena durante los primeros minutos sin reaccionar.
La gente gritaba que abrieran la puerta que comunicaba la tribuna con el terreno, pero los policías negaban con la cabeza y no se movían. Fue un oficial español quien salvó lo poco que quedaba por salvar. El teniente coronel José Tobías Cadena de la Guardia Civil Española, participaba en Guatemala en cursos de asesoramiento policial y al ver la situación corrió en busca de las llaves de la puerta, pero el responsable de tenerlas se negó a entregárselas.
Cadena lo tomó del cuello, lo empujó y se las arrancó. Corrió hacia la tribuna sur y abrió la puerta. Apenas logró hacerse un lado y la avalancha de personas fue incontenible. Entre ellos salían cadáveres y heridos de gravedad que eran pisoteados por los que venían detrás. Ya era tarde. Los cuerpos fueron alineados en la pista atlética y cubiertos con las chaquetas de los bomberos.
El murmullo del estadio fue apagándose a medida que la fila crecía. Cuando superó la decena, el silencio fue total. El balance final fue devastador. 84 muertos y 229 heridos. La mayoría de los fallecidos eran jóvenes de los barrios más humildes de la ciudad de Mixco y la Florida. gente que había ahorrado para comprarse una entrada y ver a su equipo.
Dos días después, Edgar Rolando Pinedalam, presidente de la Federación Nacional de Fútbol, dio una conclusión tajante. Fue un accidente. Esto es claro y definitivo. Ante la pregunta de por qué habían muerto 84 personas y el operativo había sido tan bueno, no hubo respuesta que se sostuviera. La investigación nunca encontró culpables.
Los cuatro revendedores detenidos fueron el único gesto de la justicia guatemalteca ante la mayor tragedia de su historia deportiva. Pero la suma de factores que mató 84 personas esa noche no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de la acumulación de negligencias. Una federación que no controló la falsificación de entradas, infraestructura sin molinetes ni control real de aforo, la policía sin formación ni voluntad de actuar, un túnel estrecho diseñado como embudo y la valla reforzada que se convirtió en el último
obstáculo entre la vida y la muerte. Héctor Monroe terminó arrodillado en la pista atlética intentando reanimar a un niño de 10 años que murió en sus brazos. Nunca supo su nombre. Monroe había tenido razón al predecir que habría problemas, pero nadie más se molestó en ver lo obvio. Todo pudo evitarse, sí, pero eso es algo que se ve en retrospectiva.
Lo que sigue, en cambio, pasa por una conducta humana que debería poder controlarse. Si el pánico es contagioso, también lo es la furia. Y eso fue lo que pasó en Java Oriental en pleno siglo XXI. El primero de octubre de 2022 era una noche de sábado en Malang, Java Oriental. 42,000 personas habían ingresado al estadio Kanuruhan, un recinto construido para albergar a no más de 38,000.
Las entradas se habían agotado y no era para menos. La expectativa era enorme, ya que se disputaba uno de los clásicos más apasionantes del fútbol indonesio, Arema FC, contra Persebla Surabaya. Una rivalidad que durante décadas había inflamado los corazones de millones de aficionados en la isla de Java. Era una rivalidad encendida, pero que terminaría por pasar a segundo plano de la peor manera posible.
Antes del partido ya existían señales de alarma que nadie quiso escuchar. La policía había solicitado que el encuentro se celebrara por la tarde con la luz del día y una concurrencia estricta de 38,000 espectadores. Esas advertencias, que difícilmente pudieran ser más lógicas, fueron ignoradas. El partido comenzó a las 8:30 de la noche.
El estadio estaba desbordado y la tensión se acumulaba en las gradas como solo en el fútbol parece normal. Durante los 90 minutos el encuentro transcurrió sin mayores incidentes. Fue el silvato del referí indicando el final, lo que desató el infierno. Persevalla ganó por tres goles a dos. Para los hinchas del Arema FC, aquello era algo más que una derrota deportiva.
Se trataba de un insulto histórico, ya que su equipo no perdía en casa ante ese rival desde hacía 23 años. El golpe emocional fue tremendo. Cerca de 3,000 seguidores del equipo local bajaron desde las tribunas e irrumpieron en el campo de juego. No venían a celebrar, sino a exigir explicaciones, a descargar su frustración y a tomar represalias con todo lo que tenían enfrente.
Los jugadores de Persevaya tuvieron que refugiarse durante una hora dentro de vehículos blindados de la policía para poder salir con vida del estadio. El personal de seguridad intentó contener la invasión, pero era imposible frenar a una horda humana de esa magnitud. Fue entonces cuando la policía antidisturbios tomó una decisión que convertiría una noche caótica en una catástrofe sin precedentes.
Empezaron a disparar gas lacrimógeno primero hacia el campo donde los alborotadores avanzaban, luego sin aviso hacia las tribunas donde miles de aficionados, muchos de ellos totalmente ajenos a los disturbios, seguían sentados o intentaban abandonar el estadio. Las condiciones del viento esa noche resultaron letales.
En lugar de disiparse, el gas quedó atrapado dentro del estadio, envolviendo a decenas de miles de personas en una nube asfixiante. El pánico fue instantáneo y absoluto. La gente empezó a correr sin saber hacia dónde. Madres con hijos, ancianos, jóvenes, todos empujados por el mismo terror ciego, buscando una salida que en muchos casos no existía o estaba bloqueada por la misma multitud que intentaba escapar.
Se produjo entonces lo que los expertos en desastres de multitudes describen como el peor escenario posible. Una estampida en un espacio cerrado y sobresaturado. Los cuerpos se aplastaban entre sí. Las personas caían y eran pisoteadas. Quienes lograban llegar a las salidas se encontraban como en un embudo imposible de atravesar.
Los más débiles, es decir, niños, mujeres y personas mayores, no tuvieron ninguna oportunidad. Los videos grabados esa noche, difundidos horas después en redes sociales en todo el mundo, mostraron imágenes desesperadas, fanáticos trepando por las vallas del estadio, cuerpos inmóviles tendidos en el suelo y personas cargando a otras en brazos hacia puntos de socorro improvisados.
El vestíbulo de los vestuarios se convirtió en una sala de emergencias. Los jugadores del Arema, todavía con sus camisetas, ayudaron a trasladar víctimas. El médico del equipo recibió en minutos a decenas de heridos, muchos de ellos en estado crítico. Cuatro personas murieron mientras eran atendidas.
El entrenador del Arema FC, que presenció todo desde el interior del estadio, declaró días después que esa imagen, la de sus jugadores, sosteniendo a moribundos entre los brazos, lo había destrozado por dentro. La ilusión del deporte se hacía pedazos frente a la imagen descarnada de la realidad. Las ambulancias y los camiones del ejército indonesio comenzaron a evacuar víctimas hacia los hospitales de Malanca.
Muchos fallecieron en el trayecto, otros horas después, mientras recibían atención médica, sin que los equipos sanitarios pudieran hacer nada por salvarlos. Entre las víctimas había 39 menores de edad, entre los 13 y los 17 años. Un adolescente de 17 que había desobedecido a su madre cuando le pidió que no fuera al estadio esa noche, fue encontrada en la morga al día siguiente sin identificación.
luego de que su familia la buscara durante horas en hospitales. Al final, el balance fue demoledor. Al menos 132 muertos confirmados y 547 heridos. Algunos organismos barajaron cifras aún más altas, argumentando que varios cuerpos fueron entregados directamente a las familias sin pasar por los registros oficiales. La tragedia del estadio Kanuruhan se convirtió en el segundo desastre más mortífero en la historia del fútbol mundial.
superó el número de víctimas de la tragedia de Hillsburg en 1989 y quedó solo por detrás del desastre del Estadio Nacional de Lima en 1964. Las consecuencias institucionales llegaron de inmediato. El presidente de Indonesia ordenó la suspensión de todos los partidos de la Liga y la Asociación de Fútbol del país prohibió al Arema FC jugar como local por el resto de la temporada.
18 agentes de policía fueron investigados por su actuación y Amnistía Internacional denunció el uso excesivo de la fuerza contra una multitud que en su mayor parte estaba desarmada. La FIFA, que tiene prohibido expresamente el uso de gases lacrimógenos dentro de los estadios, calificó lo ocurrido como un día oscuro para el fútbol mundial.
La tragedia de Kanuruhan no fue producto de un solo error ni de una única decisión equivocada. Fue el resultado de décadas de violencia normalizada en el fútbol indonesio, de advertencias ignoradas, de un estadio lleno más allá de su límite, de una respuesta policial desproporcionada y de una infraestructura de seguridad que nunca estuvo preparada para lo que pasó esa noche.

Un accidente y un fallo humano no suelen ser difíciles de distinguir. Hemos visto cuatro casos, todos ellos evitables y con algo en común. La pasión se convirtió en algo más. se torció hasta asfixiar la alegría y dejó una huella oscura en lo que debía ser una fiesta. En este año del Mundial, el fútbol está presente con el clima de fiesta que vuelve cada 4 años.
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