Según el interlocutor, no es una característica rara, mucha gente lo hace. Lo que sí era constante era su manera de presentarse. Tranquilo, bien educado, ni con la clase de seguridad que no se apoya en el volumen de la voz, sino en una atención muy precisa a quien tiene enfrente. Rodrigo escuchaba. Eso era lo que más le llamó la atención a Valentina la primera noche que hablaron en esa reunión, que la miraba a los ojos cuando ella hablaba y no miraba el reloj, ni el vaso, ni a nadie más en la sala.
En una reunión de adultos de mediana edad, donde la mitad de las conversaciones son en realidad monólogos paralelos, eso resultaba notable, casi perturbadoramente notable, aunque en ese momento nadie lo hubiera descripto así. trabajaba como agente comercial para una compañía de seguros de la Plata, lo cual lo llevaba a viajar con frecuencia por la provincia y explicaba su presencia en distintas ciudades sin generar demasiadas preguntas.
Tenía un departamento alquilado en el centro de monte, más sin grandes comodidades, pero prolijo y bien mantenido. No tenía amigos íntimos en el pueblo, lo cual él atribuía a ser de afuera, y que nadie cuestionó, porque era una explicación perfectamente razonable para cualquier persona que se hubiera mudado de una ciudad grande a un pueblo donde todos ya se conocen.
Empezaron a salir en agosto de 2001. Primero con la informalidad de dos personas que se encuentran en los mismos espacios sociales, después con la deliberación de dos personas que han decidido que se gustan. Para la primavera de ese año ya eran una pareja reconocida en el círculo de conocidos de ambos.
Rodrigo asistía a los asados del domingo en la casa de los ríos. Ayudaba a Horacio con las compras cuando Néida se lo pedía y había aprendido a ganarse a Gastón con la paciencia que se necesita para ganarse a un hermano mayor protector, sin apresurarse, sin forzar la complicidad, simplemente estando presente en los momentos en que uno tiene que estar.
Preguntaba por el trabajo de Gastón. Recordaba los nombres de las personas que Gastón mencionaba. Era el tipo de atención que se percibe como genuina porque cuesta trabajo, aunque también puede ser el tipo de atención que se practica. Horacio Ríos no terminaba de sentirse cómodo con Rodrigo, aunque nunca articuló exactamente por qué.
En una entrevista que dio muchos años después, eligió estas palabras. Era demasiado correcto, demasiado todo. Cuando alguien te da exactamente lo que querés escuchar en cada momento, me en algún punto empezas a preguntarte si lo ensayó. Pero la incomodidad de un padre hacia el novio de su hija menor no es evidencia de nada. Y Horacio lo sabía.
Guardó esa sensación en el mismo lugar donde la gente guarda las cosas que siente, pero no puede demostrar. Néida, en cambio, tenía más fe en la gente que su marido y recibía a Rodrigo con gusto los domingos al mediodía. Le gustaba que Rodrigo le preguntara por el jardín, que le pidiera la receta de sus empanadas, que se ofreciera a fregar los platos sin que nadie se lo pidiera.
Un hombre que friega sin que le pidan es un hombre bien criado. Le decía a Horacio después de que se iban. Y Horacio asentía, sin decir en voz alta, que fregar los platos y ser confiable no son exactamente la misma cosa. La propuesta de matrimonio llegó en diciembre de 2002, May durante una cena en el único restaurante de mantel blanco de San Miguel del Monte.
Rodrigo había reservado la mesa con una semana de anticipación. había pedido una botella de vino, que en ese contexto era cara, y le había puesto a Valentina un anillo de plata con una pequeña piedra azul que ella, según le contó a Luciana por teléfono esa misma noche, describió como exactamente lo que habría elegido yo si me lo hubiera comprado a mí misma.
Eso también era Rodrigo Castel, la capacidad de hacer que lo que él quería pareciera exactamente lo que el otro habría querido. Una habilidad que en una persona buena es un don, en una persona que no lo es es algo completamente distinto. Fijaron la boda para el 7 de septiembre de 2003. Habría 200 invitados.
Iglesia, banquete en un salón de eventos sobre la ruta MO y luna de miel en el sur de Chile, en la zona de los lagos. Porque Valentina había dicho una vez en una conversación de sobremesa que Rodrigo había recordado con detalle dos años después, que algún día quería ver el lago todos los santos, que le habían contado que era uno de los lugares más silenciosos del mundo y que el silencio que da el agua quieta rodeada de montaña era completamente diferente a cualquier otro silencio.
Rodrigo también recordó eso, lo recordó con mucha precisión. La boda se celebró el domingo 7 de septiembre de 2003 en la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en el centro de San Miguel del Monte. Hizo frío esa mañana el tipo de frío seco de la provincia de Buenos Aires que anuncia el fin del invierno sin terminar de soltar el verano, nee con el cielo despejado y un viento que hacía que los vestidos de las invitadas ondularan en las fotografías con una gracia accidental.
Valentina llegó a la iglesia con 25 minutos de retraso, acompañada de su padre, porque el automóvil que había contratado la familia para el traslado había tenido un problema con el arranque y Gastón tuvo que empujarlo media cuadra hasta que encendió con los zapatos de ceremonia puestos mientras el conductor pedía perdón desde adentro.
Ese pequeño caos doméstico que hubiera podido arruinar la mañana terminó siendo uno de los recuerdos que la familia guardaría con más claridad. Valentina riéndose desde el asiento trasero del auto, con el vestido todavía sin abotonar del todo en la espalda, el ramo apoyado sobre las rodillas riéndose de verdad, sin contener nada.
La ceremonia duró 45 minutos. El sacerdote habló sobre la responsabilidad del vínculo, sobre el compromiso como acto cotidiano más que como promesa única. Rodrigo lloró durante los votos. Valentina también. Sus testigos lo recordarían. El fotógrafo lo registró. Hay dos o tres imágenes de ese momento en las que el llanto de Rodrigo parece completamente auténtico, con la mandíbula apretada y los ojos brillantes, de la manera en que se brillan cuando uno intenta no llorar y fracasa.
Nadie en esa iglesia tuvo ninguna razón para interpretar esas lágrimas de otra manera. El banquete comenzó a las 2 de la tarde y se extendió hasta pasada la medianoche. Hubo un grupo de cumbia que tocó hasta las 11, cuando los invitados de más edad empezaron a retirarse con el cansancio prolijo de quien sabe que mañana tiene turno temprano.
Ma Valentina bailó con su padre una canción de Sandro que Néida había pedido específicamente porque era la que habían bailado ellos dos en su propia boda. 25 años atrás. Horacio no era buen bailarín, lo sabía, y Valentina tampoco. Y bailaron mal juntos con una alegría que no necesitaba coordinación. Hubo el discurso de Gastón que empezó con torpeza y terminó con un chiste sobre la gata Mara que hizo reír a todos.
Hubo el momento en que Valentina le lanzó el ramo a las solteras y cayó sobre la cabeza de una prima de 16 años que se puso roja hasta las orejas. A las 12:30 de la noche, Valentina y Rodrigo se retiraron entre aplausos y arroz. Dormirían esa noche en un hotel en el centro de la Plata, porque el vuelo a Santiago de Chile salía de Eceiza a las 10 de la mañana del lunes 8 de septiembre.
Nannél los acompañó hasta el taxi que esperaba en la puerta del salón. le dio un abrazo largo a su hija, el tipo de abrazo que las madres dan cuando saben que van a extrañar, pero no quieren que se note demasiado. Valentina le dijo, “Mamá, en 10 días estoy de vuelta con fotos del lago.” Néida le ajustó el cuello del abrigo, como hacía desde que Valentina tenía 5 años.
Y Valentina se dejó hacer ese gesto con la paciencia afectuosa de quien sabe que algunas cosas de las madres no cambian. y no tienen por qué cambiar. Esa fue la última vez que Néida la vio. El vuelo del 8 de septiembre salió puntual desde Ceiza. Hay registro de los dos pasaportes en el control migratorio argentino.
Rodrigo Castel y Valentina Ríos ingresaron al área de embarque a las 8:42 de la mañana. La aerolínea confirmó que ambos abordaron el vuelo. El registro migratorio chileno en el aeropuerto Arturo Merino Benítez de Santiago registró el ingreso de los dos pasaportes a las 12:19 del mediodía, hora local. Es en ese aeropuerto, en ese momento donde el fotógrafo de prensa que cubría otro evento por accidente apuntó su cámara hacia el lado equivocado y capturó, sin saberlo, la última imagen verificada de Valentina Ríos con vida.
La maleta bordó, el moño descuidado, la sonrisa, la mano de él sobre su hombro. Desde ese punto, la historia tiene dos versiones, la de Rodrigo Castel y La Verdad. La versión de Rodrigo. Llegaron al aeropuerto de Santiago, tomaron un bus hacia Puerto Mont, donde habían reservado una habitación en una hostería familiar ubicada a pocas cuadras del centro de la ciudad.
El primer día lo pasaron descansando del viaje, explorando el puerto, comiendo en un local frente al mar, donde Valentina pidió una sopa de mariscos y después cambió el pedido, porque recordó que era vegetariana desde hacía 4 años. lo cual los hizo reír. El segundo día alquilaron bicicletas y recorrieron parte de la costanera del lago Yanquijué, que Valentina encontró todavía más bonito de lo que había imaginado.
El tercero, Valentina amaneció con un malestar que él describió como algo del estómago, quizás la comida, quizás el cambio de agua. Pasó ese día en la habitación tomando té y durmiendo. El cuarto día, 12 de septiembre de 2003, Rodrigo se despertó a las 7 de la mañana y la cama del lado de Valentina estaba vacía.
El baño vacío, no había nota, no había rastro, solo la habitación y el silencio de una mañana de septiembre en el sur de Chile. Llamó a la recepción de la hostería. esperó 40 minutos pensando que quizás había salido a buscar algo, a dar un paseo corto, a ver el amanecer sobre el agua.
Luego salió él mismo a buscarla por las inmediaciones. No la encontró. A las 10 de la mañana fue a la comisaría local a reportar la desaparición de su esposa de 32 años con 5co días de casados. La denuncia existe, tiene fecha, tiene número de expediente, tiene la firma del carabinero que la tomó. Rodrigo Castel denunció la desaparición de Valentina Ríos en Puerto Mont el 12 de septiembre de 2003.
Lo que los investigadores chilenos documentaron en los días siguientes fue esto. La hostería confirmó que la pareja había llegado el 8 por la noche y ocupado la habitación número cuatro. El personal de recepción recordaba a ambos, pero nadie en el personal recordaba con claridad haber visto a la mujer después del primer día. No era raro, explicaron.
Los huéspedes a veces pasaban varios días sin bajar a recepción. Pedían que no los molestaran, especialmente en las hosterías que se promocionaban como refugio tranquilo para parejas. La habitación, cuando fue revisada por los carabineros el mismo 12 de septiembre, contenía la ropa de ambos, los dos pasaportes, las dos maletas.
Solo faltaba, según Rodrigo, el bolso pequeño de cuero que Valentina usaba como cartera de mano, color café oscuro, cierre metálico dorado de tamaño mediano. No había cámara de seguridad en la hostería. La calle donde estaba ubicada tampoco tenía. El año 2003 era una época en que las cámaras de vigilancia en los espacios comerciales de ciudades medianas del sur de Chile eran todavía relativamente escasas, concentradas en bancos y locales de mayor valor, no en hterías familiares de barrio. La denuncia fue tomada, el
expediente fue abierto y Rodrigo Castel pasó 4 días más en Puerto Mont colaborando con los carabineros, respondiendo preguntas, recorriendo con ellos los lugares que había descrito. Volvió a Argentina el 15 de septiembre con las dos maletas, los dos pasaportes y la historia que repetiría durante 11 años frente a cada periodista, cada investigador y cada miembro de la familia que se atreviera a preguntarle.
No. Cuando Rodrigo llegó al aeropuerto de Eceiza el 15 de septiembre de 2003, con las maletas de ambos y el pasaporte de Valentina en la mano, Horacio Ríos estaba esperándolo en el área de llegadas, no porque confiara en él, sino porque en ese momento todavía no había ninguna razón documentada para no hacerlo.
Y porque Horacio era el tipo de hombre que separa lo que siente de lo que puede demostrar y actúa en función de lo segundo. Lo que siguió fue el tipo de proceso que destruye familias no con un golpe, sino con 1000 cortes pequeños distribuidos a lo largo de los meses y los años con una regularidad que no permite recuperarse porque nunca hay un momento claro en que algo termina.
Las semanas iniciales estuvieron dominadas por la esperanza. Llamadas a la embajada argentina en Chile, contacto con las autoridades de Puerto Mont o publicaciones en los diarios locales de la zona de los lagos. Nélida pegó carteles con la foto de Valentina en locales de San Miguel del Monte, en la terminal de Ómnibus de la Plata, en el hospital donde su hija había trabajado.
Una de las enfermeras del hospital, que había sido amiga de Valentina desde el inicio, organizó una colecta entre el personal para pagar un anuncio en un diario de circulación nacional. El anuncio salió un miércoles de octubre de 2003 [música] con la foto de la boda que era la más reciente que tenían. Rodrigo participó de todo eso.
Hablaba con la prensa cuando la prensa llegaba, que en esos primeros meses fue con cierta frecuencia porque el caso tenía los elementos que atraen la atención. La boda, la luna de miel, la mujer joven desaparecida en el exterior, el marido que buscaba respuestas. Lloraba en las notas, pedía información, decía que no podía dormir, que había dejado todo en suspenso, que seguía pagando el alquiler de la casa de monte porque no soportaba la idea de volver y encontrar sus cosas en el mismo lugar donde las había dejado ella, como si el
tiempo no hubiera pasado. Horacio Ríos observaba todo eso con la quietud de un hombre que no tiene pruebas, pero tampoco puede ignorar lo que siente en el estómago. En una conversación con Gastón a fines de 2003 en la mesa de la cocina de la casa de la calle La Prida, a la 1 de la mañana con los dos tomando mate sin querer dormirse, Horacio dijo algo que Gastón repetiría mucho tiempo después en una entrevista.
Ese hombre llora demasiado bien. Y Gastón le preguntó qué quería decir y Horacio respondió que cuando la gente llora de verdad no controla cómo lo hace. No, él lo controla. La investigación en Chile no avanzó con la velocidad que la familia esperaba. La Brigada de Investigación Criminal de Puerto Mont trabajó el caso durante los primeros meses con los recursos disponibles que en esa región y en esa época eran los que eran.
Se consultaron hospitales de la región, se revisaron registros de transporte público, se enviaron consultas a otras ciudades de la región de los lagos, se habló con los propietarios de la hustería, con los negocios de la zona, con conductores de taxis que trabajaban el sector. No apareció ningún rastro de Valentín Ríos, ningún avistamiento, ninguna persona que recordara haberla visto sola, alejada del hotel en ningún momento entre el 8 y el 12 de septiembre.
La hipótesis de trabajo más seria en los primeros meses fue la de una desaparición voluntaria, no porque hubiera evidencia directa que la apoyara, sino porque era la única que explicaba la ausencia total de rastro físico, sin implicar un crimen que tampoco tenía evidencias materiales visibles.
La investigadora a cargo en Puerto Mont anotó en el expediente, “No se descarta la posibilidad de que la denunciada haya abandonado el domicilio temporal por propia voluntad. La ausencia del bolso personal podría indicar una salida planificada. Esa anotación, que era una posibilidad entre varias en el razonamiento investigativo, se convirtió con el tiempo en la narrativa dominante, primero en los pasillos de la investigación, después en los medios y eventualmente de manera más dolorosa, en una parte del imaginario del propio barrio donde Valentina había crecido. La
gente tiene necesidad de explicaciones. Las explicaciones que no implican crimen son más cómodas de sostener que las que sí lo implican. Y cuando la explicación más simple disponible es que alguien eligió irse, termina siendo más fácil de aceptar que el horror de las alternativas, aunque en el fondo nadie que conociera a Valentina terminara de creerla del todo.
Rodrigo Castel se mantuvo en San Miguel del Monte durante casi un año después de la desaparición. vivió en la casa que habían alquilado juntos hasta marzo de 2004, cuando finalmente se mudó a una pieza en una pensión en el centro del pueblo. El propietario de la casa describió la devolución como impecable, el departamento limpio, sin daños, todo en su lugar.

En el trabajo como agente comercial siguió desempeñándose con normalidad. Sus compañeros lo describieron como alguien que cumplía sus tareas. llegaba a tiempo y no creaba conflictos y que en los momentos en que alguien sacaba el tema de Valentina respondía siempre con la misma frase, casi sin variaciones. Yo solo quiero saber qué pasó.
Para fines de 2004, la investigación en Chile estaba técnicamente abierta, pero sin novedades activas. El expediente en Argentina, iniciado por la familia en el Juzgado de Paz de Monte también estaba pausado. Valentina Ríos era en los registros oficiales una persona desaparecida, sin paradero conocido. En 2005, Rodrigo se mudó definitivamente a Ramos Mejía.
No hubo ruptura dramática con la familia Ríos. Simplemente los contactos se fueron espaciando con la lentitud de algo que se erosiona sin que nadie tome la decisión de erosionarlo. Primero llamaba una vez por semana, después cada 15 días. Después, en las fechas específicas, el cumpleaños de Valentina y el aniversario de la desaparición, las fiestas de fin de año.
A veces también llamaba cuando había alguna noticia, aunque nunca había novedades reales. Nélida atendía esas llamadas con una cortesía que era en realidad la forma que había encontrado de no perder el último hilo que la conectaba con la posibilidad de que en algún momento Rodrigo dijera algo diferente.
Siempre le preguntaba lo mismo. ¿Sabes algo? Y él siempre respondía lo mismo. Nada, Néida, si supiera algo, se lo digo. Y el silencio después de esa frase era el tipo de silencio que lo dice todo y no dice nada. Gastón Ríos nunca llamó a Rodrigo, no porque lo considerara culpable de algo demostrable, sino porque había aprendido con el tiempo que algunas conversaciones cuestan más de lo que aportan.
Que sentarse a tomar un café con alguien a quien no puedes terminar de creer, pero tampoco puedes acusar. te deja en un estado de agotamiento que no se parece a ningún otro cansancio. Los años que siguieron tuvieron la textura de un duelo que no termina porque no tiene objeto claro. Néida desarrolló una hipertensión que los médicos atribuyeron en parte al estrés crónico sostenido.
se jubiló en 2007 y pasó los primeros dos años de su jubilación yendo al juzgado de paz de monte cada dos meses a preguntar si había alguna novedad. La secretaria del juzgado aprendió a reconocerlo. Le ofrecía café, le decía que no había novedades. Él asentía y volvía a la calle. Luciana, la hermana que vivía en La Plata, se convirtió en la persona que mantenía el contacto activo con las autoridades chilenas, Neis enviando cartas periódicas a la brigada de Puerto Monticando actualización del expediente. No todas
recibían respuesta. Las que la recibían eran respuestas que decían en distintas formulaciones burocráticas, que el caso seguía abierto y que se notificaría a la familia ante cualquier novedad. Luciana archivaba esas respuestas en una carpeta. Para 2010, la carpeta tenía más de 40 páginas.
Ninguna de ellas decía nada concreto. En el hospital municipal de San Miguel del Monte, el laboratorio donde había trabajado Valentina pasó por varios cambios de personal a lo largo de los años. Pero la jefa de área, que había sido compañera suya durante cuatro de los 6 años que Valentina trabajó allí, ni mantuvo en el escritorio de su oficina durante más de una década una pequeña foto de un grupo del personal tomada en una fiesta de fin de año.
No lo hizo como acto político ni como declaración de nada. Lo hizo porque cuando uno trabaja durante años con alguien y esa persona desaparece sin explicación, se produce una especie de interrupción en el tejido de los recuerdos que resulta difícil de resolver con el simple paso del tiempo. La foto estaba ahí, era lo menos que podía hacer.
En 2008, una de las cartas de Luciana llegó a manos de un funcionario diferente al que había manejado el caso originalmente, porque el investigador anterior se había trasladado a otra brigada en el norte del país. Née, el nuevo funcionario, revisó el expediente con ojos frescos y notó que algunos de los pasos procesales estándar no habían sido completados.
en particular una verificación de registros de propiedad en el área circundante al lugar de la desaparición, que era parte del protocolo en casos sin cuerpo ni evidencia directa. Envió una respuesta a Luciana informando que el caso sería revisado internamente. Esa revisión no produjo resultados inmediatos.
El funcionario tenía otros casos más urgentes, pero dejó algo en el expediente, una anotación sobre la necesidad de verificar esos registros de propiedad que nunca habían sido solicitados formalmente. Una nota que quedaría esperando a alguien con tiempo y voluntad de leerla. Para 2010, 7 años después de la desaparición, Né el nombre de Valentina Ríos aparecía en las listas de personas sin paradero que publican las organizaciones de familiares de desaparecidos no políticos.
Había una foto de referencia, había un número de expediente, pero en la práctica cotidiana de San Miguel del Monte, Valentina se había convertido en algo parecido a una historia que se cuenta con distintos detalles, según quien la cuente. Algunos decían que se había fugado con otro hombre, otros decían que había tenido un accidente en algún lago.
Había quien directamente prefería no hablar del tema porque le producía una incomodidad difícil de nombrar. esa incomodidad que generan las historias que no tienen cierre y que por lo tanto no te permiten guardarlas en un lugar ordenado de la memoria. Y Rodrigo Castel vivía en Ramos Mejía. Tenía una nueva pareja desde 2007 y cuando alguien lo reconocía en algún contexto social y le preguntaba por el caso, respondía con la misma expresión de dolor contenido que había aprendido a usar en las notas de televisión de 2003.
fue lo más duro de mi vida. Todavía espero saber qué pasó. Había algo, sin embargo, que Rodrigo no había calculado bien, o quizás sí lo había calculado, pero había concluido que la probabilidad de que fallara era lo suficientemente baja como para no preocuparse. En 2006, 3 años después de la desaparición, Rodrigo Castel inició un proceso legal en el juzgado civil de Ramos Mejía para obtener la declaración judicial de fallecimiento de Valentina Ríos.
La declaración de fallecimiento por ausencia en el sistema legal argentino. Mari puede ser solicitada a partir de los tres años de desaparición cuando no existe certeza de muerte, pero tampoco hay noticias de la persona. El juzgado lo abrió, tomó declaraciones, procedió según el protocolo estándar. Pero antes de que se dictara la resolución, Luciana Ríos intervino.
Presentó un escrito argumentando que no había suficiente evidencia de que Valentina estuviera muerta, solo de que estaba desaparecida y que la declaración de fallecimiento en esas circunstancias era prematura. El juzgado consideró los argumentos y suspendió el proceso. Rodrigo Castel nunca cobró el seguro de vida de Valentina.
El seguro era de 120,000 pesos argentinos. En el contexto económico de 2006 era una cantidad significativa. Rodrigo había propuesto ese seguro antes de la boda. To como parte de las cosas que debían ordenarse antes de formalizar. Había pagado las primas desde mayo de 2003 y se había asegurado de ser el único beneficiario.
Todo eso quedó en el expediente, pero sin un cuerpo, sin evidencia de crimen, esos datos no eran suficientes para nada más que una sospecha que ya tenían quienes la tenían desde el principio. En marzo de 2014, la región de los lagos de Chile experimentó una serie de lluvias extraordinariamente intensas que los registros meteorológicos calificaron como las más severas en la región en más de 20 años.
Las precipitaciones se extendieron durante casi tres semanas consecutivas y generaron crecidas en varios ríos tributarios, daños en caminos rurales, Nair y deslizamientos de tierra en sectores de vegetación densa que hasta ese momento habían permanecido estables durante periodos prolongados. Uno de esos sectores era una ladera boscosa ubicada aproximadamente a 17 km al noreste del centro de Puerto Mont, sobre un camino vecinal de tierra que durante años había servido como acceso a una propiedad agrícola que llevaba al
menos una década sin actividad visible. El deslizamiento de marzo removió varios metros cúbicos de tierra y vegetación acumulada, dejando al descubierto una franja de suelo que había estado cubierta durante menos de 8 años. Fue un trabajador de la municipalidad de Puerto Mont que realizaba un relevamiento de daños en los caminos rurales afectados, quien encontró el 4 de abril de 2014 los restos parciales de un esqueleto humano en ese sector.
Me hizo lo correcto. Detuvo su vehículo, se alejó del área y llamó al número de emergencias de carabineros. Los restos estaban incompletos, como es habitual en estructuras óseas que permanecen en tierra húmeda durante periodos prolongados, pero incluían suficientes elementos para que el médico forense determinara en una evaluación preliminar que se trataba de restos de una persona adulta de sexo femenino y que el tiempo de inhumación era consistente con un periodo de entre 8 y 15 años.
La brigada de investigación criminal de Puerto Mont fue notificada ese mismo día. La investigadora a cargo, que había ingresado a la brigada en 2009, realizó la búsqueda estándar en la base de datos regional de personas desaparecidas. Entre los resultados apareció el nombre de Valentina Ríos.
La investigadora leyó el resumen del expediente. Man notó la anotación de 2008 sobre los registros de propiedad no verificados. Solicitó de inmediato los registros del conservador de bienes raíces de la provincia de Yanquié, correspondientes al área del hallazgo. Los registros llegaron el 8 de abril.
La parcela rural de 4 hectáreas registrada a nombre de Rodrigo Andrés Castel Fuentes estaba a menos de 2 km del sitio donde habían encontrado los restos. El proceso de cotejo de ADN requiere muestra de un familiar biológico directo. La brigada se comunicó con el consulado argentino en Santiago, que inició el contacto con la familia Ríos a través del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Luciana Ríos recibió la llamada el 17 de abril de 2014 en su estudio de La Plata a las 3:15 de la tarde. Era un jueves. La funcionaria consular le explicó que habían encontrado restos humanos en una zona rural al norte de Puerto Mont y que necesitaban una muestra de ADN de un familiar directo para determinar si podían corresponder a su hermana.
Luciana tardó un momento en responder. Después preguntó dónde exactamente los encontraron. Cuando la funcionaria describió el sector, Luciana preguntó algo que la funcionaria no esperaba. está cerca de una propiedad que perteneció a alguien llamado Castel. Esa pregunta y la razón detrás de ella, Luciana la puso por escrito y la envió a la brigada dos días después.
Fue lo que cambió la dirección de toda la investigación. Para entender por qué Luciana hizo esa pregunta, hay que retroceder a una conversación que tuvo con su padre en el invierno de 2009 en la cocina de la casa de la calle La Prida, con la madre selva ya crecida hasta el primer piso y el jardín en el silencio oscuro de junio.
Horacio Ríos, que tenía entonces 72 años, había pasado los meses anteriores revisando una caja de documentos que había guardado desde 2003. Era una caja de cartón que tenía arriba del ropero del dormitorio, debajo de unas sábanas dobladas que nadie había usado en años. Contenía todos los papeles relacionados con la desaparición de Valentina.
copias de las denuncias, las respuestas de los juzgados, artículos de diarios recortados en los primeros meses, fotografías y también en el fondo, debajo de todo lo demás, un documento que Horacio había guardado en septiembre de 2003, sin saber exactamente por qué. Era el contrato de arrendamiento de la habitación en Puerto Mont.
Rodrigo se lo había dejado a Horacio antes de volver a Argentina y diciéndole que quizás podría ser útil para los trámites legales posteriores. Era un documento de dos páginas con el nombre de la hostería, la dirección, el nombre del propietario y los términos estándar del alquiler. Al pie del documento, en la sección de contacto de emergencia del arrendatario, Rodrigo había escrito a mano un número de teléfono local chileno.
Horacio no había prestado atención a ese número en 2003, pero en 2009, revisando el documento nuevamente, algo le llamó la atención. El prefijo del número no correspondía a Puerto Mont, correspondía a una zona diferente, una zona rural al norte de la ciudad. Con la ayuda de Gastón, buscaron a qué área correspondía ese prefijo.
Era una localidad pequeña en la zona precordillerana, a unos 20 km de Puerto Mont. Y cuando Gastón Me siguiendo un impulso que él mismo no hubiera podido explicar del todo racionalmente, buscó en los registros de propiedad públicos de Chile disponibles en línea cualquier bien a nombre de alguien de apellido Castel en la provincia de Yanquijue.
encontró algo que ninguno de ellos esperaba. En los registros del conservador de bienes raíces, correspondiente a una transacción del año 1998, figuraba la transferencia de una parcela rural de 4 haáreas en la zona de montaña al norte de Puerto Mont. La parcela había pertenecido a un tal Ernesto Castel, fallecido en 1997.
El heredero registrado era Rodrigo Andrés Castel Fuentes con cédula de identidad chilena. Rodrigo Castel tenía cédula de identidad chilena. Tenía doble ciudadanía. Tenía una propiedad en Chile a 20 km de Puerto Mont que nunca había mencionado a nadie en San Miguel del Monte. En todas sus conversaciones con la familia, con la prensa y con las autoridades argentinas, Rodrigo había presentado siempre su de y argentino.
Había descrito su origen como de Ramos Mejía. Nunca mencionó a su familia paterna en Chile. Nunca mencionó el terreno. Nunca mencionó la cédula. Esa noche, en la cocina de la calle La Prida, Horacio Ríos dijo algo que Gastón no olvidó. ¿Por qué se esconde un terreno? Llevaron ese hallazgo al juzgado de paz de monte en diciembre de 2009. El juez les explicó con paciencia, pero con firmeza, que la doble ciudadanía y la tenencia de una propiedad en otro país eran completamente legales, que no constituían evidencia de ningún crimen y que sin elementos más directos no era
posible reabrir el expediente. Les recomendó poner el dato a disposición de la brigada chilena. Luciana envió la información a la brigada de Puerto Mont en enero de 2010 con una carta de tres páginas que detallaba el hallazgo y pedía que se verificara si la parcela había sido incluida en las diligencias originales de 2003.
recibió acuse de recibo, no recibió respuesta de fondo. El caso volvió al archivo. 4 años después, cuando la funcionaria del consulado describió el sector donde habían encontrado los restos, Luciana supo exactamente qué estaba mirando. La brigada solicitó de inmediato la comparación geográfica entre el sitio del hallazgo y el terreno de Castel.
La distancia era de menos de 2 km. Solicitaron también la historia completa de la propiedad. Los pagos de impuestos eran regulares, hechos desde una cuenta bancaria argentina y sin interrupción desde 1998 hasta 2014. No había ningún registro de construcción, de explotación agrícola, de ninguna actividad productiva.
Un terreno que alguien pagaba con regularidad, pero en el que aparentemente no hacía nada. Un terreno que alguien quería mantener sin que nadie lo reclamara ni lo abandonara. La muestra de ADN que Luciana proporcionó viajó a Santiago el 22 de abril. El resultado llegó el 6 de junio de 2014. Los restos encontrados en la ladera precordillerana, a menos de 2 km del terreno registrado a nombre de Rodrigo Andrés Castel Fuentes, eran de Valentina Ríos.
La brigada de Puerto Mont emitió ese mismo día una solicitud de paradero e interrogatorio para Rodrigo Andrés Castel Fuentes y notificó a las autoridades argentinas a través del canal bilateral de cooperación policial. Rodrigo Castel fue localizado en su domicilio en Ramos Mejía el 9 de junio de 2014.
Cuando los funcionarios de la Policía Federal llegaron a notificarle, él atendió la puerta. La funcionaria que lideró la notificación describió después que él no preguntó qué había pasado. No preguntó si era sobre Valentina. No mostró ninguna de las reacciones que habitualmente tienen las personas cuando reciben noticias inesperadas.
solo abrió la puerta, miró a los funcionarios y preguntó si podía llamar a un abogado. Mientras esperaban en la entrada del departamento, uno de los funcionarios miró hacia el interior. Era un departamento ordenado, sin exceso de muebles. Sobre la mesada de la cocina había una cafetera y un vaso con agua. Sobre la mesa del comedor había una carpeta de documentos y al lado de la carpeta lo que el funcionario describiría después en su informe como un sobre de papel manila grande del tipo que se usa para guardar fotografías o
documentos de tamaño A4. No había ningún motivo legal para abrirlo en ese momento, pero el funcionario lo vio y lo incluyó en su informe. Y cuando la orden de allanamiento llegó tr días después, el sobre seguía en el mismo lugar sobre la mesa. El proceso judicial que siguió al hallazgo de los restos fue largo, como son todos los procesos que involucran cooperación entre dos sistemas legales nacionales.
Hubo semanas de negociaciones técnicas entre Argentina y Chile para determinar la competencia jurisdiccional. Finalmente fue asignada a la justicia chilena. Rodrigo Castel fue sometido a arraigo en Argentina mientras se tramitaba la extradición y fue trasladado a Chile en febrero de 2015. ni durante los meses previos los investigadores chilenos trabajaron en reconstruir con la mayor precisión posible lo que había ocurrido en septiembre de 2003.
Lo que encontraron pieza por pieza fue esto. Rodrigo Andrés Castel Fuentes había nacido en Santiago de Chile el 3 de marzo de 1966, hijo de Ernesto Castel, chileno, y de Marta Fuentes de Castel, Argentina. La familia se había radicado en Argentina cuando Rodrigo tenía 12 años, siguiendo a la madre después de la separación de los padres.
Rodrigo había obtenido la ciudadanía argentina por vía materna, pero mantenía la ciudadanía chilena activa porque era un derecho de nacimiento que nunca había revocado. En Argentina usaba habitualmente solo Rodrigo Castel sin el apellido materno Fuentes, en lo cual contribuía a hacer menos visible su conexión con la ciudadanía y la propiedad chilena.
La investigación estableció que Rodrigo había viajado a Chile por lo menos tres veces entre 1999 y 2002, usando su pasaporte chileno por la frontera terrestre. Esos viajes no figuraban en sus registros de movimiento migratorio desde la perspectiva argentina. En al menos uno de esos viajes, una empresa de alquiler de vehículos de Puerto Mont tenía el registro de un arrendamiento a nombre de Rodrigo Castel Fuentes por 3 días, con un kilometraje recorrido de varios cientos de kilómetros.
El destino no estaba documentado. El médico forense que analizó los restos de Valentina determinó que la causa de la muerte era un traumatismo severo en la región occipital del cráneo y compatible con un golpe con objeto contundente de superficie plana o curvada. Determinó también que el cuerpo había sido enterrado a escasa profundidad, no más de 50 cm, y que el tiempo transcurrido desde la muerte era consistente con el periodo de septiembre de 2003.
La escasa profundidad de la inumación era en teoría un factor que debería haber facilitado el hallazgo en condiciones normales, pero en un terreno remoto, sin acceso regular, cubierto por vegetación densa que crece con rapidez en el clima húmedo del sur chileno. 50 cm son suficientes para que 11 años pasen sin que nadie mire en la dirección correcta.
Entre los restos y los elementos encontrados en el mismo estrato de tierra, los técnicos recuperaron fragmentos de cuero oscuro e probablemente procedentes de un bolso pequeño de manufactura artesanal con restos de un cierre metálico de color dorado y también adheridos a fragmentos óseos y a los restos del tejido de lo que había sido una prenda de ropa oscura, pequeñas cantidades de tierra con una composición química específica que bajo análisis de laboratorio comparativo presentaba una coherencia mineral idéntica a la del suelo del
terreno registrado a nombre de Castel. Valentina Ríos no había desaparecido espontáneamente de la habitación de una hostería. Lo que la investigación reconstruyó como la hipótesis más probable y que el fiscal presentó ante el tribunal con la cadena de evidencia disponible era esto. En algún momento durante los primeros días de la luna de miel, Rodrigo Castel llevó a Valentina al terreno de su familia en la precordillera.
El pretexto exacto no pudo ser documentado, pero Rodrigo conocía ese terreno. Había estado allí antes. Sabía que era remoto, que el acceso era difícil, que nadie tenía razones para visitarlo. La llevó, la mató, la enterró. Volvió a la hostería. Pasó los días siguientes construyendo el registro de una ausencia que se fue haciendo gradualmente más evidente hasta el momento en que calculó que era el tiempo adecuado para ir a denunciarla como desaparecida.
¿Por qué? Valentina Ríos tenía un seguro de vida contratado en mayo de 2003, 4 meses antes de la boda. Quien lo había propuesto, quien había investigado las opciones, quien había elegido la compañía y el monto era Rodrigo, bajo el argumento de que cuando uno formaliza una unión, estas cosas hay que ordenarlas.
La prima mensual era pagada por él. D. El beneficiario único era el cónyuge. El monto asegurado era de 120,000 pesos argentinos. Rodrigo no cobró ese seguro porque Luciana Ríos, con su formación jurídica y su negativa a aceptar la muerte de su hermana sin evidencia, presentó el escrito que suspendió la declaración de fallecimiento en 2006.
Esa intervención legal resultó ser el obstáculo concreto que impidió que el plan de Rodrigo se completara en sus términos. El fiscal chileno usó ese dato para establecer la premeditación. Rodrigo había pensado en el dinero antes de casarse. Había elegido el momento de la luna de miel porque era el único contexto en que podía estar solo con Valentina en Chile, donde tenía una propiedad que nadie en Argentina sabía que existía.
había calculado que la declaración de fallecimiento sería un trámite relativamente sencillo. No había calculado que la familia de Valentina se negaría con persistencia a cerrar ese proceso y tampoco había calculado que la naturaleza 11 años después iba a deshacer en tres semanas de lluvia lo que él había creído sellado para siempre bajo tierra y vegetación.
El juicio oral se celebró en Puerto Mont a lo largo de tres semanas en agosto de 2015. Rodrigo Castel no testificó. Su defensa cuestionó la metodología del análisis forense y argumentó que la cadena de custodia de algunas evidencias presentaba irregularidades técnicas. El tribunal desestimó esas objeciones. Consideró que la cadena de evidencia era suficientemente sólida.
la identificación positiva de los restos mediante ADN, la composición del suelo compatible con el terreno de Castel y en los restos del bolso de cuero, coincidentes con la descripción que el propio Rodrigo había dado en la denuncia de 2003 y el patrón de comportamiento documentado a lo largo de 11 años. El 2 de septiembre de 2015, 12 días antes del duodécimo aniversario de la boda, el tribunal de Puerto Mont condenó a Rodrigo Andrés Castel Fuentes a 15 años de presidio efectivo por el homicidio calificado de Valentina Ríos.
Gastón estaba en la sala cuando se leyó la sentencia. Luciana también. Horacio no pudo viajar. El cardiólogo le había prohibido viajes largos ese año. Gastón lo llamó desde el pasillo del tribunal con el teléfono apretado contra la oreja para no perder la señal y le dijo la sentencia con las palabras más simples que encontró.
El teléfono estuvo en silencio durante varios segundos. Después Horacio dijo, “Ne con una voz que Gastón no le había oído antes, ni en los peores momentos, ni en el mejor de los tiempos. Gracias, hijo. Néida Pereira murió en junio de 2013, 14 meses antes de que encontraran los restos de su hija. Tenía 73 años y murió de un infarto cardíaco en el hospital municipal de San Miguel del Monte, el mismo hospital donde Valentina había trabajado durante 6 años.
Los médicos que la atendieron eran colegas de su hija. Le pusieron su nombre en el expediente de urgencias con la misma letra que durante años habían usado para anotar cualquier otro nombre. Eso es lo que queda sin respuesta limpia en esta historia. No hay elemento sobrenatural ni literario en ello. Las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte en mujeres de ese grupo etario.
Y el estrés crónico sostenido durante más de una década tiene consecuencias documentadas sobre el sistema circulatorio que ninguna voluntad puede contrarrestar indefinidamente. No hay misterio en la causa de la muerte de Néida. Solo el dolor simple y devastador de que el tiempo no esperó. Horacio Ríos vivió lo suficiente para escuchar la sentencia por teléfono.
Murió en 2017, a los 80 años en la misma casa de la calle La Prida, donde había criado a sus tres hijos. El jardín de Néida había seguido creciendo después de que ella murió, un poco más salvaje, un poco menos podado, con la madre selva llegando hasta el segundo piso que no existía. Gastón dice que dejaron crecer la enredadera a propósito, porque quitarla hubiera sido como quitarle algo a ella.
Horacio pasó sus últimos años leyendo el diario en el sillón del living y mirando el jardín por la ventana y durmiendo al final con la certeza que en algún momento creyó que no llegaría. Luciana Ríos retomó el ejercicio pleno de la abogacía después del juicio. Se especializó en derecho de familia y en los mecanismos legales de declaración de fallecimiento en casos de desaparición no política.
En entrevistas que ha dado a medios especializados, habla del caso de su hermana no como un trauma cerrado, sino como la razón que orientó una parte específica de su carrera profesional. Cuando alguien desaparece y no hay cuerpo, ha dicho, el sistema legal tiene una deuda con esa familia que dura años. Mi trabajo es que esa deuda sea lo más corta posible.
sobre el sobre de papel manila que el funcionario vio sobre la mesa del comedor de Rodrigo Castel. Fue requisado con la orden de allanamiento tres días después. Contenía fotografías de Valentina tomadas a lo largo del noviazgo y la boda. 43 fotografías según el inventario forense, todas en perfecto estado de conservación, guardadas con cuidado, sin ninguna marca ni alteración.
Nadie pudo establecer en qué momento Rodrigo las había organizado así, ni con qué propósito las guardaba durante todos esos años. La defensa no mencionó ese elemento. El fiscal tampoco lo usó como evidencia porque no era necesario. Nadie sabe qué hacer con ese dato y probablemente sea mejor así porque las respuestas que podría tener son todas peores que la pregunta.
En lo que el caso de Valentina Ríos muestra, con una claridad que resulta difícil de sostener la mirada demasiado tiempo, es que la capacidad de producir los gestos externos del amor no tiene ninguna relación necesaria con sentirlo. Rodrigo Castel lloró en las notas de televisión. Llamó a la familia en las fechas importantes durante 11 años.
ayudó a pegar carteles, guardó las fotografías y al mismo tiempo había llevado a la mujer que acababa de casarse con él a un terreno remoto de la precordillera andina y la había matado para cobrar un seguro de vida. No hay nada sobrenatural en eso. No hay un monstruo con las marcas que los monstruos deberían tener para que pudiéramos identificarlos antes de que hicieran daño.
Hay una persona que aprendió a producir los comportamientos correctos. Nak estudió qué aspecto tiene el dolor auténtico y lo replicó con la precisión de alguien que nunca sintió el peso de lo que estaba haciendo, que eligió a una mujer específica en una ciudad específica y construyó durante 2 años la relación correcta para llegar al momento correcto con el documento correcto firmado.
Horacio Ríos lo dijo en el invierno de 2003 con palabras muy sencillas, sentado en una cocina con su hijo a la 1 de la mañana. Ese hombre llora demasiado bien. Tenía razón. Simplemente en el mundo en que vivimos, la razón sin prueba no es suficiente para proteger y a nadie. Y en ese espacio entre la intuición y la prueba, Valentina pasó 11 años enterrada en una ladera de los Andes, en el terreno de la familia del hombre que ella creyó conocer.
Este caso nos muestra cómo la confianza que depositamos en las personas que amamos puede convertirse en la herramienta más precisa contra nosotros. No por extraños, sino por quienes invirtieron tiempo y esfuerzo en aprender exactamente qué necesitábamos ver para confiar. ¿Qué piensan de esta historia? ¿Lograron percibir las señales a lo largo de la narrativa? Compartan sus reflexiones en los comentarios.
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