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Cómo la idea “RIDÍCULA” de un bandolero derrotó los trenes blindados federales | La Máquina Loca

La Máquina Loca no estaba diseñada para ganar una batalla disparando. No podía. Su cañón era falso. Su blindaje era irregular. Su motor apenas podía moverla unos cientos de metros por una vía auxiliar. Pero hacía tres cosas muy bien.

Primero: parecía peligrosa desde lejos.

Segundo: hacía un ruido infernal.

Tercero: llevaba dentro suficiente humo, chispas y pólvora húmeda para simular que era una nueva arma rebelde capaz de atacar trenes.

Ahí estaba la clave.

Los federales no debían temer lo que la máquina era.

Debían temer lo que imaginaban que era.

El plan de Mateo dependía de una garganta ferroviaria llamada Paso del Diablo. Era un tramo estrecho donde la vía atravesaba un corte entre cerros de piedra roja. Allí el tren debía reducir velocidad. En un lado había pared. En el otro, una bajada hacia un arroyo seco. Más adelante, una curva cerrada impedía ver lo que venía.

Mateo quería engañar al primer tren blindado para que frenara en el peor punto, obligar al segundo a acercarse demasiado y hacer que el tercero, confiado, empujara el caos desde atrás.

—No vamos a pelear contra tres trenes —explicó sobre la arena, dibujando líneas con un palo—. Vamos a convertir tres trenes en un tapón.

Eusebio miró el dibujo.

—Eso es teoría.

—Todo es teoría hasta que explota.

Yo pregunté:

—¿Y la Máquina Loca?

Mateo señaló el desvío minero que bajaba desde una loma hasta unirse a la vía principal justo antes del Paso del Diablo.

—La haremos aparecer allí, entre humo y campanadas, como si fuera un tren de ataque.

Jacinta soltó una carcajada.

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