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Después de la resurrección de Lázaro, la vida de María de Betania jamás volvió a ser la misma VL

Después de la resurrección de Lázaro, la vida de María de Betania jamás volvió a ser la misma

Así vivió María de Betania tras la resurrección de Lázaro, el amor que derramó el perfume. Imagina que estás [música] parado en el umbral de una habitación que huele a algo que no tiene nombre no es incienso. No es el aceite de las lámparas que [música] chisporrotea contra la piedra en la oscuridad.

No es el polvo caliente de Judea acumulado en verano sobre los techos de [música] barro seco. Es algo más antiguo que todo eso, algo que se cuela entre las costillas [música] y se queda ahí apretado contra el hueso, como si el cuerpo entero supiera antes que la mente que lo que está a punto de suceder no tiene vuelta atrás. Ese olor [música] es el olor de una decisión, el olor de alguien que ya calculó el costo, que ya midió las consecuencias, que ya escuchó los argumentos en [música] contra, con la paciencia de quien no los necesita para decidir y que eligió de

todas formas es el olor de un amor que cruzó la frontera del juicio ajeno y no piensa regresar nunca, hace 2000 años en una aldea pequeña a 3 km [música] al este de Jerusalén. Ese olor llenó una casa entera. lo llenó todo de una manera que [música] los presentes no olvidarían mientras vivieran.

Y el Hijo de Dios, que estaba sentado en esa habitación cuando ocurrió, [música] lo llamó por su nombre. Dijo que era bueno, dijo que era eterno. Dijo que donde quiera que se proclamara su evangelio en el mundo entero, [música] lo que esa mujer había hecho en esa noche precisa se contaría para su memoria. No lo [música] dijo de los milagros más espectaculares que había realizado.

No lo dijo de los sermones más elaborados que había predicado. Lo dijo [música] de un frasco roto y de un perfume derramado sin reserva sobre sus pies por una mujer que lo amó con todo lo que [música] tenía en el momento. Exacto. En que ese amor necesitaba ser dicho con [música] el cuerpo. Esta es la historia de María de Betania, no el resumen de dos párrafos [música] que aparece en los comentarios bíblicos como nota al margen entre la resurrección de su hermano y la entrada triunfal a Jerusalén, no el cameo [música] de la

mujer devota que sirve para ilustrar un punto teológico y luego desaparece de la pantalla. Esta es la historia completa la que vive debajo de los versículos conocidos, la que late en cada detalle que el texto preservó como quien guarda brasas vivas bajo ceniza [música] fría, esperando que alguien se detuviera lo suficiente para soplar sobre ellas con cuidado, porque María [música] de Betania no fue un personaje secundario del Evangelio.

Fue, según las propias palabras del [música] maestro, un símbolo eterno. y los símbolos eternos merecen ser narrados con la profundidad que les corresponde. [música] El nombre del lugar donde todo ocurrió ya dice algo antes de que [música] empiece la historia Betania en arameo Beitania. Carga en sí mismo una ambigüedad que resulta casi profética.

Cuando uno conoce lo que sucedió allí, algunos filólogos lo derivan [música] de la raíz hebrea anillim y lo traducen como casa de los pobres [música] o casa de los afligidos. Los que no tienen poder, los que el mundo no considera los que viven en los márgenes del [música] mapa del prestigio, otros proponen una raíz diferente, Inía, y lo traducen como casa de las higueras, esos árboles bajos y resistentes que crecen en las laderas pedregosas de [música] Judea, sin que nadie los plante, con la obstinación tranquila de lo que sabe que tiene

[música] raíces suficientes para sobrevivir a la sequía y que producen un fruto tan dulce que parece excesivo para la arid [música] del suelo, que lo sostiene cualquiera de las dos traducciones, funciona porque Betania era simultáneamente [música] las dos cosas, un lugar marcado por la aflicción y un lugar donde crecían [música] frutos que nadie en la ciudad grande se habría esperado encontrar.

El pueblo estaba ubicado en la ladera oriental del monte de los Olivos, [música] sobre el camino que bajaba desde Jerusalén hacia Jericó. Y el valle del Jordán era lo suficientemente [música] cercano a la ciudad como para escuchar sus rumores, sus disputas de mercado, el ruido del templo en los días [música] de fiesta y lo suficientemente lejos como para que el aire todavía [música] oliera a tierra y a aceite de oliva, y no al humo constante de los sacrificios.

No era un lugar grunge. En el siglo [música] iero tendría unos pocos centenares de habitantes, familias de clase media judía, artesanos, agricultores con sus pequeñas [música] parcelas de trigo y de viñas. En las laderas algún que otro comerciante que bajaba periódicamente a la ciudad. Las casas eran de piedra, caliza [música] blanca, de esa piedra que el Mediterráneo enseña a los que viven con ella, que [música] absorbe el calor del mediodía sin quejarse y lo devuelve.

Suavemente durante las noches frías del desierto, los patios interiores [música] olían a higueras y a aceite de oliva prensado en frío. Y por las [música] mañanas, cuando todavía era de noche, pero el horizonte comenzaba a teñirse de un azul más pálido y las últimas [música] estrellas se resistían a apagarse.

Se escuchaba el sonido rítmico [música] y pesado de las mujeres, moliendo el grano entre las piedras de basalto. En una de esas casas vivían tres hermanos [música] Lázaro, cuyo nombre en hebreo es Eleazar, que significa Dios ha ayudado. El nombre carga en sí mismo la memoria de una intervención [música] divina anterior, como si los padres hubieran querido dejar inscrita en el nombre del Hijo.

la gratitud por algo que ya [música] Dios había hecho antes de que este relato empezara Marta, cuyo nombre [música] arameo se relaciona con la idea de señora de ama, de la que gobierna la casa [música] y que en el comportamiento de la mujer que lo lleva se confirma con una fidelidad [música] tan precisa que uno siente que o ella eligió ese nombre o el nombre la eligió [música] a ella.

Y María, cuyo nombre en hebreo, Miriam, era el mismo de la hermana mayor de Moisés, la que según el libro del Éxodo [música] esperó junto al río para ver qué pasaba con el niño en la canasta, la que tocó el pandero y bailó y cantó en la orilla del mar después del cruce milagroso. [música] La primera profetiza que registra el cano hebreo, Miriam, [música] la profetiza hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos.

Y danzas dice [música] Éxodo 15 20 una Miriam que hizo posible que el liberador viviera otra Miriam [música] que ungió al libertador de la muerte antes de que lo crucificaran. El texto del evangelio no da detalles [música] sobre los padres de los tres hermanos. No menciona maridos ni esposas ni hijos.

Los tres parecen vivir juntos bajo el mismo techo. Lo cual [música] en el contexto de la cultura judía del siglo iero permite varias [música] lecturas. Quizás los padres habían muerto y los hermanos mantenían el hogar paterno como herencia indivisa. [música] Quizás ninguno había formado todavía su propia familia. Quizás algunos eran viudos que habían regresado a la casa original.

Lo que sí está claro en el texto [música] es que eran una familia que Jesús amaba de una manera particular. El evangelista [música] Juan lo dice sin ambes en el capítulo 11. Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. No es una fórmula cortés. [música] Es la afirmación de una relación que tiene nombre propio, que tiene historia, que tiene las marcas del tiempo compartido y de la confianza construida visita [música] a visita, conversación a conversación, noche tras noche, sentados alrededor del mismo hogar. La primera

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