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Liberace retó a Clint a tocar el piano: lo que pasó después dejó a todos en shock

El ensayo de Liberace fue una fiesta. Tocó fragmentos, probó luces, pidió que los candelabros estuvieran un poco más hacia el público porque “el brillo también toca”. Tenía una energía contagiosa. No era solo espectáculo; sabía lo que hacía. Sus manos caían sobre el teclado con una seguridad que daba rabia de lo fácil que parecía. Se reía, bromeaba, corregía un detalle, volvía a tocar y de pronto una melodía conocida se convertía en algo enorme, casi excesivo, pero vivo.

Yo lo observaba desde un lateral. He trabajado con músicos soberbios, con actores antipáticos y con cantantes que trataban al técnico como si fuera una silla. Liberace no era así. Era exigente, sí. Vanidoso, claro. Pero miraba a la gente. Eso ya es mucho.

Clint pasó por allí durante el ensayo. Se detuvo unos segundos detrás de las butacas vacías. Liberace tocaba una versión brillante de “Rhapsody in Blue”, con gestos de mago. Clint lo escuchó sin moverse. Yo estaba cerca y juraría que se le ablandó la cara. Apenas un milímetro. Pero se le ablandó.

Doña Clara también lo vio. Se quedó pálida.

Cuando Liberace terminó, Clint aplaudió dos veces. No más. Dos golpes secos, sinceros.

—Mr. Eastwood —dijo Liberace—. ¿Le gusta Gershwin?

—A quién no —respondió Clint.

Su voz era baja. No necesitaba levantarla.

—Entonces tenemos algo en común.

—Eso parece.

—¿Toca usted?

Clint tardó medio segundo de más en responder.

—Lo justo para no molestar a los vecinos.

Liberace soltó una carcajada.

—Eso dicen todos los hombres peligrosos.

El intercambio no pasó de ahí. O eso creímos.

La gala empezó a las diez de la noche. Madrid estaba fría, con una lluvia fina que dejaba los abrigos oliendo a lana mojada. Dentro del teatro, en cambio, hacía calor. Calor de focos, de nervios, de gente importante fingiendo naturalidad. Las señoras de la primera fila llevaban peinados que parecían construcciones. Los caballeros olían a tabaco caro. Los cámaras caminaban como soldados, los músicos afinaban con cara de condenados y el presentador, Jaime Rueda, repetía su entrada moviendo los labios sin sonido.

Yo corría de un lado a otro con mis auriculares puestos.

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