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Jenni Rivera: La ASQUEROSA Traición Familiar… Buitres de su Sangre Devoran los MILLONES

Jenni Rivera: La ASQUEROSA Traición Familiar… Buitres de su Sangre Devoran los MILLONES

4 de la madrugada, 9 de diciembre de 2012. Un Learjet 25 con matrícula N345 MC. Despega de Monterrey rumbo a Toluca. Adentro viaja Jenny Rivera, la mujer que había vendido millones de discos. La hija de Long Beach que conquistó un género dominado por hombres. La madre que cantaba como si cada herida tuviera nombre.

15 minutos después, el avión desaparece del radar. No hay llamada de auxilio,  no hay despedida, solo una caída brutal sobre las montañas de Iturbide, Nuevo León, y siete vidas apagadas en la oscuridad. Pero esta no es solo la historia de una tragedia aérea, esta es la historia de lo que pasó después.

 Porque cuando el cuerpo de Jenny todavía era llorado por miles de fanáticos, cuando su voz seguía sonando en las radios y su ataúd aún parecía cargar el peso de un país entero, algo más empezó a moverse alrededor de su nombre. No eran aplausos, no eran rezos, eran cuentas bancarias, derechos musicales, empresas, demandas, auditorías y familiares, disputándose una herencia estimada en 28 millones de dólares.

 Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, el correo llamado Lights On, el [carraspeo] mensaje que rompió para siempre la relación entre Jenny y Chiquis antes de que la muerte pudiera darles una última conversación. Segundo, los $,000 que según acusaciones familiares desaparecieron de Jenny Rivera Fashion y fueron disfrazados como un préstamo interno.

Tercero, como Rosy y Juan Rivera terminaron fuera de Jenny Rivera Enterprises después de una auditoría que abrió heridas imposibles de cerrar. Y cuarto, la demanda federal contra cintas,  Acuario y Ayana Musical, donde el nombre de Pedro Rivera,  el padre de Jenny, quedó atrapado en la guerra por las canciones de su propia hija.

 Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes guarda esta frase. Cuando se apagaron las luces del escenario, empezaron a volar los buitres, porque Jenny Rivera no dejó solo música, dejó una fortuna. Y esa fortuna no unió a su familia, la devoró. Todo comenzó lejos del lujo, lejos de las mansiones,  lejos de los abogados y de las demandas que años después convertirían el apellido Rivera en una herida abierta.

  Long Beach, California. 2 de julio de 1969. En una ciudad donde el sueño americano no llegaba envuelto en oro, sino en jornadas largas, acentos mezclados y familias mexicanas tratando de abrirse paso entre fábricas, barrios duros y promesas rotas. Nació Dolores Jane y Rivera Saavedra. No nació reina, no nació intocable, no nació con un escenario esperándola.

 Nació en una casa donde el trabajo era obligación, donde la música mexicana sonaba como una forma de no olvidar de dónde venía la sangre. Y donde ser mujer significaba aprender temprano que el mundo te iba a poner la mano encima antes de darte una oportunidad. Piensa en eso un momento. La misma mujer que años después sería llamada La diva de la banda creció mirando una industria donde los hombres mandaban, los hombres cantaban, los hombres decidían qué historias valían la pena.

El regional mexicano,  la banda, el norteño, los corridos. Todo ese universo estaba construido sobre voces masculinas, sobre orgullo,  alcohol, heridas, pistolas imaginarias o reales y mujeres casi siempre convertidas en adorno, traición o recuerdo. Jenny no entró a ese mundo pidiendo permiso.

  Entró como una tormenta. Pero antes de los aplausos hubo vergüenza. Antes de los millones hubo humillación. Antes de los palenques llenos, hubo una joven madre tratando de sobrevivir. Jenny fue madre muy temprano,  demasiado temprano para una vida que apenas comenzaba. Conoció el peso de cargar hijos, sueños  y miedo al mismo tiempo.

 Conoció matrimonios que prometían refugio  y terminaron dejando cicatrices. Conoció esa clase de dolor que no se ve en las fotografías, pero se escucha cuando alguien canta como si cada nota le arrancara una  costilla. Y esa fue su arma. Su voz. No era una voz delicada, no era una voz fabricada para complacer, era ronca, desafiante, dolida.

 Una voz que parecía decirle a cada mujer golpeada por la vida. Yo también estuve ahí. Yo también caí. Yo también tuve que levantarme con sangre  en la boca. Por eso el público la creyó, porque Jenny no cantaba desde la fantasía, cantaba desde la herida. Poco a poco, esa voz empezó a abrir puertas que antes parecían cerradas con candado.

 Discos,  giras, escenarios, programas de televisión, entrevistas, cámaras, siguiéndola como si hubieran descubierto a una mujer imposible de domesticar. Vendió más de 20 millones de álbumes.  Su nombre se volvió una marca. Su rostro llenó portadas.  Su música cruzó fronteras y en un género donde muchos esperaban verla fracasar, ella terminó sentada en la silla principal, la diva de la banda.

 Pero aquí viene lo que casi nadie quiere mirar  de frente. Mientras Jenny conquistaba el mundo, algo dentro de su casa empezaba a torcerse. Porque cuando una persona se convierte en el centro económico de toda una familia, el amor deja de caminar solo. Empieza a caminar acompañado de cheques,  contratos, favores, sueldos, empresas, silencios comprados y lealtades que no siempre nacen del corazón.

A finales de la década del 2000, cuando sus ingresos superaban cifras que para cualquier familia normal parecían imposibles, Jenny ya no era solo cantante,  era empresa, era sostén, era jefa, era madre, hermana, hija, proveedora y fortaleza. Y una fortaleza también puede convertirse en prisión.  Rossy Rivera, Juan Rivera y otros miembros del círculo familiar comenzaron a moverse alrededor de ese universo llamado Jenny Rivera Enterprises.

No era extraño, era familia, eran  sangre, eran los suyos. ¿A quién más iba a confiarle Jenny lo que estaba construyendo con su voz, con su cuerpo, con sus años de sacrificio. Ese fue el error que después costaría demasiado, porque Jenny creyó que alimentar a todos era protegerlos.

 Creyó que darles un lugar dentro del imperio era mantenerlos cerca. Creyó que si el dinero salía de sus manos hacia su propia sangre, la gratitud sería más fuerte que la ambición. Pero la dependencia no siempre produce amor, a veces produce derecho, a veces produce resentimiento, a veces produce buitres esperando que el cuerpo caiga.

 La casa de ensino, los discos, los negocios, la ropa, los proyectos, los  millones, todo parecía una victoria. Desde afuera, Jenny Rivera era la mujer que lo había vencido todo. Desde adentro estaba construyendo un sistema donde demasiadas personas dependían de que ella siguiera viva, fuerte, productiva,  invencible. Y nadie es invencible.

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