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Vicente Fernández: Le C0RT4R0N 2 d3dos a su hijo… Y él siempre SUPO quién fue el CULPABLE….

Vicente Fernández: Le C0RT4R0N 2 d3dos a su hijo… Y él siempre SUPO quién fue el CULPABLE….

A los 23 años perdió a su madre cuando todavía no era nadie, cuando aún cantaba en cualquier rincón por unos cuantos pesos. A los 58 abrió una caja que habían dejado en su rancho y adentro encontró dos dedos cortados de su propio hijo, mientras él seguía subiendo al escenario con traje de charro, fingiendo que no se estaba muriendo por dentro.

 A los 81 falleció conectado a una máquina el día de la Virgen de Guadalupe, rodeado de comunicados, peleas por la herencia y sospechas que nunca se aclararon. Su nombre era Vicente Fernández Gómez, pero México lo conoció como el charro de Wentitán, el rey de la música ranchera. Y lo que ese hombre construyó con poder, su propia familia lo terminó pagando con sangre, con silencio y con secretos que el apellido todavía no se atreve a abrir.

 Esta es la investigación que el apellido Fernández ha cuidado durante más de dos décadas, la parte del rey que no cabe en los homenajes. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que la dinastía rechazó con furia cuando alguien se atrevió a contarlas. Primero, el secuestro de Vicente Junior, 121 días, dos dedos en una caja y la sospecha que la periodista Olga Warnut dejó flotando en su biografía no autorizada que la sombra no venía solo de afuera, sino de muy cerca de la propia sangre.

 Segundo, las palabras exactas con las que doña Cuquita, su esposa durante 58 años, explicó por qué aguantó cada infidelidad sin romper jamás la imagen del matrimonio perfecto. Tercero, la prueba de ADN que partió en dos al apellido Fernández, el documento que cambió la vida de un joven que durante años creyó ser hijo de Vicente y la cifra millonaria que se dice sirvió para borrarlo de la historia familiar.

 Y cuarto, lo que está pasando hoy con el imperio del rey. ¿Quién quedó controlando de verdad la fortuna de los tres potrillos y la acusación que un viejo compadre lanzó en público? Poniendo en duda hasta la fecha exacta en que falleció Vicente Fernández. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes justo la parte que la familia ha intentado mantener detrás de la puerta cerrada durante todos estos años.

 Pero antes de hablarte de la puerta cerrada, del ADN y de los dedos cortados, necesitas entender de dónde salió todo esto. Porque el hombre que México llamó el rey no nació en un palacio, nació con hambre, aldiz. Y a veces el hambre cuando se vuelve poder ya no quiere comer, quiere poseerlo todo. 17 de febrero de 1940, o en Titán el Alto, Jalisco, un pueblo polvoriento en las afueras de Guadalajara.

 Ahí nace un niño en una familia de rancheros que apenas tenía para comer. Le ponen Vicente Fernández Gómez. Todavía no existe el traje de charro, ni el mariachi, ni los estadios. Solo un niño pobre que sin saberlo aún va a prometer que el mundo algún día se inclinará. Su padre se llamaba José Ramón Fernández Barba. Y aquí hay que contar bien las cosas porque la versión de las telenovelas pinta al padre como un borracho que abandonó a la familia y eso es falso.

 Ramón era ganadero, un hombre duro de campo que trabajaba el ganado a crédito porque no tenía de otra. No era un mal padre, era un padre desesperado, peleando contra una pobreza que casi siempre ganaba. Su madre, María Paula Gómez Ponce. era la que soñaba, la que veía en ese niño algo que el campo nunca le daría, la que le regaló a los 8 años una guitarra que él abrazó como lo único verdaderamente suyo en el mundo.

 Y un día el negocio de Don Ramón quebró. Las vacas compradas a crédito no alcanzaron para pagar la deuda. Se quedaron sin nada. Con lo poco que rescató, el padre tomó la decisión más dura de su vida, irse a Tijuana a más de 2000 km a buscar trabajo, porque en Jalisco ya no quedaba nada para ellos. Imagínate eso, perder tu lugar en el mundo siendo niño, porque tu papá fracasó y no quedó de otra.

 Tu casa, tu pueblo, tus amigos. Todo desaparece de un día para otro. En Tijuana, Vicente trabajó en todo. Lavó coches con las manos heladas. Voleó zapatos hincado frente a desconocidos que ni lo volteaban a ver. Y a los 16 entró a una constructora a levantar cimientos de casas hasta dejarse las manos en carne viva.

 Él mismo lo contó después, que casi todas las casas de aquella colonia tenían los cimientos hechos por sus manitas y lo recordaba con una frase que lo retrata. Había que arañarle los ojos a la vida y a un golpe responder con otro, pero lo que más le dolía no eran sus manos. era ver a su papá cargando botes de cemento, humillado por el trabajo.

 Y ahí, mirándolo, no nació una ambición, nació un mecanismo. El niño aprendió que el cariño se gana cargando con el dolor de los demás, que su tarea era no dejar que nadie volviera a agachar a los suyos. No quería dinero para gastarlo, lo quería para no volver a ver a su familia agachada.

 para que el mundo que los había tratado como nada algún día se inclinara ante ellos. Y en medio de toda esa miseria había una sola cosa que lo hacía sentir grande, cantar. Desde niño veía las películas de Pedro Infante y le decía a su madre que algún día sería como él, no parecido como él. A los 14 ganó el primer lugar en un concurso de aficionados en Guadalajara y empezó a cantar en bodas y restaurantes mientras de día vendía lechuguillas de agos pesos a la casa.

 La voz ya estaba ahí, enorme, dolorosa, de hombre. Aunque todavía fuera un muchacho, solo le faltaba que alguien la escuchara. Pero antes de que el mundo la escuchara, la vida le cobró la cuenta más cara de todas. Su madre, la que le regaló la guitarra, la que creyó en él cuando nadie más lo hacía, enfermó de cáncer y a principios de 1963 falleció. Tenía 47 años.

 Vicente, apenas 23. Piensa en eso un momento. La persona que más lo amó falleció justo antes de que su sueño empezara a hacerse realidad. No lo vio grabar un disco, no lo vio llenar un estadio, no escuchó a México llamarlo el rey. Se fue creyendo que su hijo todavía era el muchacho pobre que cantaba en bodas. Esa herida no se cerró nunca.

 Y aquí está lo importante para todo lo que viene. El imperio que Vicente construyó después, los caballos, las 500 hectáreas, el rancho que parecía un reino. Fue en el fondo una respuesta a una madre que ya no estaba, una forma de gritarle al pasado. Mírame ahora. Ya no soy pequeño. Ya nadie nos va a humillar. Que aquella herida no volviera a doler nunca.

 Esa fue la fuerza que lo levantó del lodo. Y también, como vas a ver, el mismo mecanismo que terminó envenenando a su propia familia. Después de enterrar a su madre, Vicente no se endureció por decisión. Se endureció como se endurece quien aprende demasiado pronto que las personas que más te aman se van antes de verte bien.

 La mujer que creyó en él se había ido sin verlo triunfar y él convirtió esa ausencia en combustible porque era el único lugar donde sabía ponerla. Así que lo apostó todo. A finales de 1965, con 25 años, se fue a la ciudad de México con una maleta, una voz y el hambre intacta. Y al principio el mundo se rió en su cara.

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