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“Estaba pasando por aquí y vi que este rancho lleva mi apellido” — Dijo el Forastero al Ranchero

El hombre se acercaba con paso firme a pesar del calor. Vestía pantalón de mezclilla, camisa blanca arremangada y un sombrero vaquero que protegía su rostro del sol. Llevaba una mochila pequeña al hombro.  Conforme se aproximaba, Artemio pudo distinguir que era más joven que él. Quizás rondaba los 40 años de complexión fuerte y piel curtida por el sol.

Buenas tardes”, dijo el desconocido al llegar al portón principal. Su voz era grave, pausada.  “¡Buenas tardes”, respondió Artemio acercándose con cautela. Jacinto y los otros trabajadores habían detenido su labor y observaban la escena con curiosidad. El forastero se quitó el sombrero revelando cabello negro con algunas hebras grises.

Sus ojos, de un café oscuro intenso observaron primero la casa. Luego los corrales, después los campos de age. Había algo extraño en su mirada, una mezcla de nostalgia y determinación. “Disculpe que llegue así sin avisar”, dijo el hombre. Estaba pasando por aquí y vi que este rancho lleva mi apellido.  Artemio sintió que algo se tensaba en su pecho.

Miró el letrero de madera desgastado que colgaba sobre el portón Rancho Los Montoya, fundado en 1943. ¿Su apellido?, preguntó Artemio sin disimular el tono de sospecha en su voz. Sí, señor. Me llamo Rodrigo Montoya. El hombre extendió su mano, pero Artemio no la estrechó de inmediato. Creo que su padre y el mío fueron la misma persona.

Las palabras cayeron como piedras en un estanque tranquilo. Artemio sintió que el aire se volvía más pesado. Los trabajadores intercambiaron miradas incómodas. ¿Qué está diciendo?, preguntó Artemio. Su voz ahora más dura. Que soy hijo de don Ezequiel Montoya, respondió Rodrigo con calma. sin apartar la mirada.

Sé que esto es difícil de creer, pero traigo documentos que lo prueban. Mi madre fue Soledad Ramírez de San Pedro de los Reyes. Le dice algo ese nombre. Artemio sintió que el mundo se tambaleaba ligeramente. San Pedro de los Reyes era un pueblo a 40 km  de ahí. Su padre solía ir allá cada mes, supuestamente a vender ganado y comprar provisiones.

Nunca había mencionado a ninguna soledad Ramírez. No conozco a ninguna soledad, mintió Artemio, aunque algo en su memoria se agitaba. Una conversación escuchada a medias cuando era adolescente, su madre llorando una noche en la cocina. Mi madre murió hace dos años”, continuó Rodrigo, su voz manteniéndose firme pero respetuosa. Antes de morir me contó  toda la verdad. Me dijo quién era mi padre.

Me dio estas cartas. Rodrigo sacó de su mochila un sobre amarillento. Artemio no lo tomó. “Las cartas pueden ser falsificadas”, dijo Artemio. “También tengo el acta de nacimiento y una fotografía de mi madre con don Ezequiel. Fechada en 1984, un año antes de que yo naciera, el silencio se extendió entre ambos hombres.

El viento sacudió las hojas de los mezquites cercanos. Jacinto y los trabajadores permanecían inmóviles, testigos incómodos de aquel encuentro. “¿Qué quiere?”, preguntó finalmente Artemio. Dinero, quiero lo que me corresponde por derecho, respondió Rodrigo. Según la ley, como hijo reconocido o no, tengo derecho aparte de la herencia de mi padre.

No vine a pelear, don Artemio. Vine a buscar lo que es mío y quizás también a conocer al hermano que nunca supe que tenía. Artemio apretó los puños, toda su vida, todo su trabajo, la memoria de su padre, el rancho que había sido su único hogar. Todo parecía de pronto amenazado por este desconocido que llegaba con historias y papeles.

“No le creo”, dijo Artemio y no tiene ningún derecho sobre este rancho. Mi Padre me lo dejó a mí. Está en el testamento. Ese testamento puede ser impugnado si se demuestra que hay un heredero no contemplado”, explicó Rodrigo con paciencia. “Hablé con un abogado antes de venir. No quiero quitarle su hogar, don Artemio. Solo quiero mi parte.

Podemos llegar a un acuerdo.  No hay nada que acordar. Este rancho es mío. Rodrigo suspiró y volvió a ponerse el sombrero. Le dejo estos documentos dijo colocando el sobre en el poste de la cerca.  Revíselos con calma. Volveré en tres días. Espero que para entonces esté dispuesto a hablar como dos hombres civilizados.

No tiene que volver, respondió Artemio.  Volveré de todos modos dijo Rodrigo y dio media vuelta. Artemio lo observó alejarse por el mismo camino polvoriento por el que había llegado. Cuando la figura desapareció en la distancia, tomó el sobre con manos temblorosas. Sus trabajadores seguían mirándolo, esperando instrucciones que no llegaban.

El sol comenzaba a descender hacia el horizonte y las sombras se alargaban sobre la tierra que de pronto ya no se sentía tan segura bajo sus pies. Artemio no durmió esa noche. Se había encerrado en el estudio de su padre, una habitación pequeña con paredes de adobe donde don Ezequiel guardaba los documentos del rancho, viejas fotografías y algunos libros de contabilidad.

El sobre que Rodrigo había dejado yacía abierto sobre el escritorio de madera y su contenido estaba esparcido bajo la luz amarillenta de la lámpara de aceite. Las cartas eran reales. Artemio había reconocido la letra de su padre en cada una de ellas. Eran breves, cuidadosas, pero innegablemente escritas por don Ezequiel.

En ellas hablaba de visitas a San Pedro de los Reyes, de una mujer llamada Soledad. de promesas de apoyo económico. Nunca mencionaba amor, pero había una ternura contenida en las palabras que Artemio nunca había visto en las escasas cartas que su padre le escribía cuando él estudiaba en el internado de Guadalajara. El acta de nacimiento estaba ahí también.

Rodrigo Montoya Ramírez, nacido el 15 de marzo de 1985 en San Pedro de los Reyes. Padre Ezequiel Montoya Herrera. La firma era de su padre. Artemio la había visto cientos de veces en documentos del rancho, pero lo que más lo había golpeado era la fotografía, una imagen descolorida donde su padre, mucho más joven, sonreía al lado de una mujer hermosa de cabello largo y oscuro.

Ella sostenía su mano. Detrás de ellos se veía la plaza de San Pedro de los Reyes con su iglesia colonial característica. en el reverso de la foto con la letra de su padre Soledad  y Yo, junio de 1984. Artemio había tenido 19 años en 1984.  Estudiaba agricultura en la ciudad.

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