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El CASO que perturbó Perú — obispo desapareció con los fondos, hallado viviendo con una MONJA

Había una fotografía que nadie en la diócesis de Haraz podía explicar. Una imagen tomada en el año 2019 en un pequeño pueblo del sur de Chile que mostraba a un hombre de unos 70 años sentado en la terraza de una casa de madera color vino. Llevaba ropa de civil, pantalón de lana oscura, una chompa gris sin marcas religiosas, sandalias de cuero  desgastadas.

Junto a él, una mujer de cabello entreco, recogido en un moño sencillo,  lo miraba con una familiaridad que no era la de una hermana ni la de una empleada.  era la mirada de quien lleva años compartiendo el mismo silencio. Esa foto habría pasado desapercibida para siempre de no ser porque un joven profesor de historia de Guaraz, que había viajado a Chile por motivos académicos, creyó reconocer en ese hombre a alguien que llevaba más de 12 años desaparecido,  alguien que la Iglesia había declarado

muerto, alguien que había dejado atrás a miles de feligreses, a una diócesis entera. y a más de 800,000 soles que nunca llegaron a su destino. ¿Cómo es posible que un obispo desaparezca en plena luz del día llevándose consigo los fondos de construcción de un hospital comunitario y que nadie durante más de una década lograra encontrarlo? ¿Y qué clase de  vínculo puede hacer que una mujer consagrada abandone sus votos, su comunidad y su nombre para desaparecer junto a él? Lo que descubrió ese joven profesor en

las semanas siguientes  sacudiría los cimientos de la fe de miles de personas en la región de Ancash y abriría una investigación que los propios tribunales eclesiásticos habían dado por cerrada años antes. Esta es la historia del obispo Rodrigo Cim Salaberrio Campo Uber y de la hermana Cecilia.

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 Ahora vamos a descubrir cómo empezó todo. Para entender lo que ocurrió en Guaraz en el año 2007, es necesario comprender primero qué era esa ciudad en aquellos años y qué significaba la figura de un obispo en una comunidad como esa. Guaraz es la capital de la región Ancash, enclavada en el callejón de Guailas, a más de 3000 met sobre el nivel del mar, flanqueada por los picos nevados de la cordillera blanca.

 Se es una ciudad que se rehizo a sí misma desde cero, después del terremoto de 1970, que mató a casi 70,000 personas en toda la región y borró del mapa pueblos enteros. Esa memoria del desastre quedó inscrita en el carácter colectivo. Los guaracinos aprendieron a reconstruir, a confiar en sus instituciones locales cuando el Estado central tardaba en llegar y a valorar profundamente cualquier proyecto que prometiera mejorar sus condiciones de vida.

En ese contexto, la Iglesia Católica no era simplemente una institución religiosa, era una red de contención social, un proveedor de servicios educativos, un canal de comunicación entre comunidades alejadas y, sobre todo, una fuente de legitimidad moral. El obispo de Haraz no era solo un líder espiritual, era una figura pública de peso real, capaz de intermediar con autoridades  regionales, al hech de movilizar donaciones internacionales y de hablar en nombre de poblaciones que muchas veces no encontraban otro representante.

Rodrigo Salaberrio  Campo llegó a la diócesis de Haraz en el año 1998. Nombrado por la Conferencia Episcopal peruana tras 10 años de trabajo pastoral en Ayacucho, región que también había atravesado años de violencia extrema durante el conflicto armado interno. Tenía entonces 52 años. Era un hombre delgado, de estatura media, con el cabello ya completamente blanco, grandes espejuelos de armazón metálica y una voz que los feligreses recordaban como profunda y pausada, la clase de voz que hacía que la gente dejara de moverse

cuando él comenzaba a hablar. Su llegada a Haraz fue recibida con expectativa. El obispo anterior había ejercido el cargo durante más de 20 años y había dejado una diócesis financieramente estable, pero institucionalmente envejecida. Salaberry traía consigo una energía diferente. Había desarrollado en Ayacucho un modelo de trabajo comunitario que integraba la labor pastoral  con proyectos de infraestructura básica, escuelas rurales, sistemas de agua potable, postas médicas, financiados mediante convenios con ONGs europeas,

principalmente españolas y alemanas. Desde el primer año en Guaraz comenzó a replicar ese modelo. Estableció convenios con tres organizaciones de cooperación internacional, dos con sede en Madrid y una en Munich. Organizó brigadas de salud que recorrían comunidades alejadas del callejón de Guailas. impulsó un programa de alfabetización para adultos en zonas de altura y ya lo más ambicioso de todo, comenzó a planificar la construcción de un hospital comunitario en el distrito de  independencia en las afueras de

Hará, que vendría a complementar la capacidad del hospital regional que llevaba años desbordado. El proyecto del hospital se convirtió en su gran obra. Durante casi 9 años, Salaberry gestionó donaciones, firmó convenios, presentó proyectos ante el gobierno regional, celebró misas especiales para recaudar fondos locales y viajó a Europa en cuatro ocasiones para reunirse con los donantes internacionales.

Para el año 2006, los fondos acumulados alcanzaban los 840,000 soles aproximadamente depositados en una cuenta especial de la diócesis. más una transferencia pendiente de confirmación desde la organización alemana por valor de otros 120,000 € La comunidad de Guaraz confiaba en él. Los feligreses más humildes donaban lo que podían.

 Rifas parroquiales, colectas dominicales, eventos de recaudación en los barrios. Algunos comerciantes locales habían hecho aportes significativos. Una señora del barrio de Nicrupampa, que había perdido a su marido en un accidente de minería, donó los ahorros de toda su  vida, 4000 soles, porque quería que el hospital llevara el nombre de su esposo.

 Esa señora, doña Esperanza, no, perdón, esa señora, doña Filomena Quispe, tenía 63 años y vivía sola con su nieta. nunca recuperó ni un centavo. Dentro de la estructura de la diócesis, Salaverry trabajaba con un equipo reducido. La administración económica era manejada directamente por él y por el secretario diocesano, un sacerdote joven llamado padre Aurelio Centeno, que llevaba menos de 3 años en el cargo y que, según  testimonios posteriores, admitió haber firmado documentos contables sin comprender completamente  lo que

estaba autorizando. Y luego estaba la hermana Cecilia Fonseca  Díaz. La hermana Cecilia pertenecía a la congregación de las misioneras del Sagrado Corazón, una orden de religiosas con presencia en varias diócesis del norte peruano. Había llegado a Guaraz en el año 2001, destinada a trabajar en los programas educativos de la diócesis.

Tenía entonces 44 años. Era una mujer de mediana estatura, de complexión robusta, con el cabello castaño cortado bajo el hábito y unos ojos oscuros que varios testimonios describirían  más tarde como extraordinariamente atentos del tipo de mirada que hace sentir a las personas que están siendo verdaderamente escuchadas.

En sus primeros años en Guaraz, la hermana Cecilia coordinó el programa de alfabetización en las  comunidades de altura. Yupa, Unchus, Paria, Ganku. Viajaba en camioneta los lunes y regresaba los viernes. Era conocida en esas comunidades, respetada. Los padres de familia la llamaban la hermana buena, sin ninguna ironía, simplemente porque había otras hermanas que resultaban más severas, más distantes.

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