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47 días desaparecida — regresó embarazada sin explicar dónde ni con quién había estado

47 días desaparecida — regresó embarazada sin explicar dónde ni con quién había estado

Era el tipo de caso que los investigadores recuerdan durante décadas, no porque hayan logrado resolverlo, sino porque cada vez que creen entender lo que sucedió, algo nuevo aparece para contradecirlo todo. Una muchacha de 22 años desaparece en Guadalajara en el invierno de 2009. No hay señales de violencia, no hay testigos directos, no hay nota, solo un bolso abandonado en una banca del parque Agua Azul y 47 días de silencio absoluto.

 Y entonces, cuando la familia ya había comenzado a hablar con funerarias, cuando su madre ya había empezado a donar su ropa a la parroquia del barrio, cuando su hermano menor había dejado de revisar el teléfono esperando su llamada, ella regresó. Caminó sola hasta la casa, tocó el timbre. Estaba delgada, con el cabello cortado de forma irregular, usando ropa que nadie de su familia reconocía.

 Y estaba embarazada con alrededor de 4 meses de gestación, según confirmaron los médicos días después. No explicó dónde había estado, no dijo con quién. Cada vez que alguien le preguntaba, miraba hacia un punto fijo en la pared y repetía la misma frase. Estoy bien, ya estoy aquí. Como si eso fuera suficiente, como si 47 días de ausencia pudieran borrarse con tres palabras.

 Lo más perturbador no fue su regreso. Lo más perturbador fue lo que los investigadores encontraron cuando meses después comenzaron a reconstruir esos 47 días y descubrieron que la verdad era completamente diferente de todo lo que habían imaginado. Antes de continuar con esta historia perturbadora, si aprecias casos misteriosos reales como este, y suscríbete al canal.

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 Es la cuna del mariachi y del tequila. Sí, pero también es una metrópoli de más de 4 millones de habitantes donde conviven colonias de clase media acomodada con zonas que la policía prefería no patrullar sola en 2009. La colonia Chapalita en el poniente de la ciudad era y sigue siendo uno de esos barrios que los tapatíos describen como tranquilo, lo cual en el vocabulario local significa que los problemas existen, pero se mantienen dentro de las casas.

Fue en Chapalita, donde vivía Renata Cisneros y Barra desde que tenía 3 años. Su familia había llegado desde Colima cuando su padre, Gerardo Cisneros, consiguió trabajo en una empresa distribuidora de materiales de construcción. Para 2009, Gerardo ya era supervisor de bodega y su esposa, Consuelo Ibarra, trabajaba como secretaria en una clínica dental sobre la avenida Patria.

 Vivían en una casa de dos plantas con jardín pequeño, pintada de color salmón, en una calle lateral sin salida, donde todos los vecinos se conocían por nombre. Renata era la mayor de tres hermanos. Después de ella venían Rodrigo, de 19 años, que estudiaba contabilidad en la Universidad de Guadalajara y [música] Paulina de 15 y que cursaba el segundo año de preparatoria.

Era una familia funcional en el sentido más literal de la palabra, no perfecta, con las tensiones normales de cualquier hogar de clase media mexicana, pero sin fracturas profundas. El padre bebía ocasionalmente más de lo que debía en los partidos del Chivas. La madre tenía una relación complicada con su propia madre, que se manifestaba en discusiones telefónicas los domingos y los tres hermanos peleaban por el control del televisor con la intensidad que solo es posible entre personas que se quieren mucho.

Renata había terminado la preparatoria en 2005 y había intentado ingresar a la licenciatura en diseño gráfico en el ITESO, el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente. no quedó en la primera vuelta, tampoco en la segunda. En lugar de intentarlo por tercera vez, Ney tomó un trabajo de recepcionista en una empresa de importación de textiles en el centro histórico y comenzó a tomar clases nocturnas de inglés en una escuela de idiomas sobre la avenida López Mateos.

Era inteligente, ordenada, tenía un sentido del humor seco que sus amigos describían como guadalajarense puro. No era el tipo de persona que desaparecía. Había algo más en Renata que sus amigos mencionaban con frecuencia cuando la recordaban. una especie de inquietud intelectual que nunca había encontrado el canal adecuado para expresarse.

Devoraba libros, novelas principalmente, pero también ensayos históricos que tomaba prestados de la biblioteca pública de la colonia y tenía opiniones firmes sobre lo que leía, aunque rara vez las compartía con alguien fuera de su círculo más íntimo. Su madre recordaba que de niña llenaba cuadernos con dibujos y textos que mezclaba de manera instintiva, como si las palabras y las imágenes fueran para ella [música] el mismo idioma.

 Cuando no logró entrar al Itteso, esa frustración no la expresó en términos de decepción académica, sino con una frase que Consuelo guardó en la memoria, sin saber por qué. A veces siento que el espacio que necesito no existe todavía. tenía 18 años cuando dijo eso. Consuelo no supo qué responder. Entonces, años después entendería mejor qué había querido decir su hija.

A diferencia de lo que mucha gente imagina cuando escucha la palabra desaparecida, Renata no era una joven vulnerable ni aislada. Tenía un grupo de amigos estable que había conocido desde la preparatoria. tenía una relación de noviazgo con un muchacho llamado Iván Torres Segura, mide 25 años, técnico en refrigeración, con quien llevaba poco más de un año y medio.

 La relación no era perfecta, cuál lo es, pero quienes los conocían describían una pareja ordinaria. Salidas al cine los fines de semana, visitas a la familia, discusiones sobre pequeñeces que nunca escalaban a algo mayor. Iván era callado, un poco serio, pero atento. El tipo de novio que llegaba puntual y que recordaba fechas importantes.

En octubre de 2009, Guadalajara vivía el ambiente particular de ese otoño. El año había sido complicado para México. La crisis económica global había golpeado fuerte al sector manufacturero y la epidemia de influenza AH1N1 de la primavera anterior todavía estaba fresca en la memoria colectiva.

 La ciudad había empezado a recuperar su ritmo habitual, pero con una capa adicional de nerviosismo que se notaba en pequeños detalles. Menos gente en los mercados, más cuidado al dar la mano en lugar del beso de saludo. conversaciones en voz baja sobre el futuro. Era un otoño en el que la gente estaba ligeramente más atenta a los suyos, lo cual hace todavía más inexplicable que nadie notara las primeras señales de lo que estaba a punto de ocurrir.

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