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Cuando los albañiles levantaron el suelo en Guanajuato, encontraron ataúdes escondidos en cemento

 

La casa estaba en una calle empinada, cerca del callejón del Truco, donde las fachadas se miran unas a otras como viejas chismosas. Durante años la llamaron la Casa de los Azulejos Rotos, aunque casi nadie recordaba por qué. Tenía la puerta de madera marcada por el sol, rejas negras en los balcones y una bugambilia que se había empeñado en crecer desde una grieta del muro, como si la vida quisiera probar algo.

La propietaria actual se llamaba Clara Montes de Oca.

Había heredado la casa de su tío abuelo, don Adalberto Montes, un hombre rico, soltero, reservado y tan seco que hasta su muerte pareció un trámite. Clara no lo había querido. Tampoco lo odiaba. En las familias grandes hay parientes que existen como muebles antiguos: están ahí, pesan, nadie los mueve y todos fingen que no esconden polvo.

Clara tenía treinta y cuatro años y vivía en León. Trabajaba como restauradora de arte religioso. Sabía limpiar dorados, reparar grietas en lienzos, distinguir una humedad antigua de una nueva. Le gustaban las cosas dañadas porque, según ella, eran más honestas que las perfectas.

Cuando heredó la casa, pensó venderla.

Después, un amigo arquitecto le sugirió convertirla en galería y café cultural. Guanajuato recibía turistas todo el año. Una casona con historia podía dar dinero. Clara aceptó más por cansancio que por ilusión. Venía de una separación difícil, de esas que no dejan heridas visibles pero te cambian el modo de entrar en una habitación. Necesitaba un proyecto. Algo que ocupara las manos y no solo la cabeza.

No imaginó que la casa iba a devolverle un pasado enterrado.

A las nueve y cuarenta, Hilario la llamó.

Clara estaba revisando un retablo en el taller de una iglesia pequeña cuando vio el nombre en la pantalla.

—¿Sí, maestro?

Al otro lado no se oía el ruido normal de obra. No había golpes ni música de radio ni bromas.

Solo respiración.

—Señorita Clara… tiene que venir.

—¿Se rompió algo?

—El suelo.

—Bueno, para eso lo estamos levantando.

—No. Se rompió distinto.

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