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El caso que aterrorizó a Perú:Niña desaparece en un avión lleno —un pasajero revela algo perturbador

 Ariana había volado antes, pero siempre acompañada. Esta era su primera vez sola y aunque intentaba mantener una expresión valiente, sus manos pequeñas apretaban con fuerza el cordón colorido que llevaba en el bolsillo, un regalo que su madre le había enviado meses atrás, cuando todavía mantenían contacto regular. El cordón era tejido a mano con hilos de colores tradicionales peruanos, rojo, amarillo, verde y blanco, formando un patrón geométrico típico de la artesanía andina.

 Para Ariana, ese cordón representaba la promesa de un reencuentro, la esperanza de que su madre finalmente estuviera lista para recibirla de nuevo. La sala de espera del gat número 12 estaba abarrotada. Ariana se sentó en una silla de plástico azul, balanceando sus piernas que no alcanzaban el suelo, observando a las personas a su alrededor con esa curiosidad característica de los niños, que aún encuentran fascinante el mundo de los adultos.

 A su lado, un hombre de traje oscuro tecleaba frenéticamente en su teléfono móvil, completamente ajeno a su presencia. Frente a ella, una pareja de ancianos compartía un termo de café discutiendo en voz baja sobre algo relacionado con un tratamiento médico en la capital. Nadie prestaba particular atención a la niña de trenzas y credencial amarilla.

 Cuando finalmente anunciaron el abordaje, Ariana fue una de las primeras en pasar, siguiendo a la azafata que la escoltaba. El pasillo del avión olía a desinfectante mezclado con el aroma característico de los asientos de cuero sintético. Las luces superiores proyectaban un resplandor blanco que hacía que todo pareciera más pequeño y comprimido.

 La azafata la condujo hasta la fila 17 asiento B, el del medio, en una hilera de tres. Era quizás la ubicación menos deseable en todo el avión, sin ventana, sin acceso directo al pasillo, atrapada entre dos extraños durante las próximas dos horas. El pasajero del asiento A llegó pocos minutos después. Era un hombre de aproximadamente 45 años, de complexión delgada, con lentes de montura metálica y una camisa blanca impecable bajo un saco gris.

Tenía el aspecto de alguien que viajaba frecuentemente por trabajo, maletín de cuero desgastado, auriculares de buena calidad, una revista de negocios doblada bajo el brazo. Al ver a la niña en el asiento del medio, esbozó una sonrisa cortés, pero distante. Guardó su maletín en el compartimiento superior y se acomodó sin dirigirle la palabra.

 El asiento C fue ocupado por una mujer joven de unos 30 años con cabello teñido de caoba y un bebé de pocos meses en brazos, claramente nerviosa por su primer vuelo como madre. Ariana sacó su cordón colorido y comenzó a enrollarlo y desenrollarlo entre sus dedos, un gesto repetitivo que parecía calmarla. La zafata se inclinó para verificar que su cinturón estuviera correctamente abrochado, le ofreció una sonrisa maternal y le aseguró que si necesitaba cualquier cosa durante el vuelo, solo debía presionar el botón de llamada

sobre su cabeza. La niña asintió en silencio, sus ojos oscuros siguiendo cada movimiento de la tripulación mientras terminaban de acomodar a los pasajeros restantes. El capitán Roberto Vargas, un veterano con 23 años de experiencia volando rutas domésticas, realizó el anuncio de bienvenida con la voz monótona de quien ha repetido las mismas palabras miles de veces.

 Las condiciones climáticas eran favorables. El vuelo duraría aproximadamente una hora y 50 minutos. La temperatura en Lima era de 20 gr con cielo parcialmente nublado. Todo era rutinario, predecible, seguro. El avión, un Airbus A320 con apenas 6 años de servicio, había pasado todas sus inspecciones de mantenimiento sin novedad alguna.

 No había absolutamente ninguna razón para anticipar que algo fuera de lo común pudiera suceder. Las turbinas rugieron con ese sonido grave y potente que hace vibrar todo el fuselaje. Ariana apretó su cordón con más fuerza mientras el avión comenzaba a rodar por la pista, ganando velocidad con cada segundo que pasaba. El paisaje de Cuzco desfilaba por las ventanillas, las montañas majestuosas con sus picos todavía cubiertos de nieve, las casas de techos rojos apiñadas en las laderas, las nubes bajas que parecían acariciar las cumbres más altas. La niña no podía

ver nada de eso desde su asiento del medio. Solo alcanzaba a percibir la creciente velocidad y la inclinación del avión cuando finalmente despegó separándose de la tierra peruana. Los primeros 30 minutos de vuelo transcurrieron sin incidentes. Las azafatas recorrieron el pasillo ofreciendo bebidas y snacks.

 Algunos pasajeros dormitaban con mascarillas sobre los ojos. Otros leían o trabajaban en computadoras portátiles. Ariana aceptó un jugo de manzana que bebió a pequeños orbos, observando como la mujer a su lado intentaba calmar al bebé, que había comenzado a llorar por la presión en los oídos. El hombre del asiento A permanecía concentrado en su revista, ajeno a todo lo que sucedía a su alrededor.

 La niña eventualmente guardó su cordón en el bolsillo del suéter y recostó su cabeza contra el respaldo, cerrando los ojos. Su respiración se volvió pausada y profunda, indicando que había caído en un sueño ligero. El ronroneo constante de los motores creaba una especie de ruido blanco que resultaba curiosamente relajante para muchos pasajeros.

 El avión surcaba el cielo peruano a 10,000 m de altura, una cápsula presurizada que transportaba 180 vidas completamente ajenas al drama que estaba a punto de desencadenarse. Nadie en ese momento, ni la tripulación experimentada, ni los pasajeros distraídos, ni mucho menos la niña dormida en el asiento 17b, podía imaginar que ese vuelo aparentemente común quedaría grabado en la historia del Perú como uno de los casos más perturbadores y desconcertantes que el país jamás había conocido.

 El cielo estaba despejado, el avión funcionaba perfectamente, no había señales de peligro. Y sin embargo, en algún momento entre ese instante de calma aparente y el aterrizaje programado en Lima, algo imposible iba a suceder, algo que desafiaría toda lógica, que pondría en jaque a investigadores y autoridades, y que revelaría verdades devastadoras sobre negligencia, omisión y el precio terrible que los niños pagan por las fallas de los adultos que deberían protegerlos.

 El vuelo 317 continuaba su trayectoria hacia Lima, completamente inconsciente de que estaba transportando no solo pasajeros, sino también el inicio de una tragedia que sacudiría a toda una nación. El aeropuerto internacional Jorge Chávez de Lima vibraba con la energía caótica típica de las primeras horas de la tarde.

 Miles de personas transitaban por sus pasillos, ejecutivos apurados arrastrando maletas con ruedas, familias enteras cargando bultos envueltos en plástico, taxistas sosteniendo carteles con nombres escritos a mano. En el área de llegadas nacionales junto a la puerta número siete, una mujer de 32 años esperaba con una mezcla de ansiedad y culpa que se reflejaba en cada línea de su rostro cansado.

 Mónica Quispe Hamán llevaba casi 3 horas esperando, aunque el vuelo apenas tenía programado aterrizar hacía 20 minutos. Había llegado al aeropuerto con una anticipación excesiva, incapaz de quedarse quieta en su pequeño departamento de San Juan de Lurigancho, mientras su hija viajaba sola por primera vez, vestía jeans desgastados y una blusa floreada que había comprado específicamente para este reencuentro, queriendo lucir presentable, queriendo demostrar que las cosas habían cambiado, que ahora sí estaba lista para ser la

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