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Nino Bravo ROPIÓ a LLORAR Cuando esta Vecina le Dijo Algo INESPERADO en su Regreso al Pueblo

Y a lo quedó atrás. quedó atrás,  pero nunca del todo, porque el padre de Luis Manuel, el señor Manolo, llevaba a hielo pegado al corazón de una manera que no tenía explicación racional. Cada vez que hablaba del pueblo, algo en su voz cambiaba. se volvía más suave, más lenta, como si las palabras necesitaran más espacio para decirse.

 Hablaba de los naranjos, de las fiestas del Cristo de la pobreza, del olor de la tierra después de la lluvia, con el mismo tono con que otros hablan de las personas que más quieren. Y Luis Manuel, de niño, absorbió todo eso sin darse cuenta. Cada 5 de agosto, la familia volvía al pueblo para las fiestas patronales. El niño crecía en Valencia, entre calles y ruido y vecinos, pero en agosto volvía a ese pueblo pequeño donde el tiempo parecía moverse de otra manera, donde la gente se conocía por el nombre, por el apellido y por el apellido del abuelo,

donde nadie era un extraño, porque en los pueblos pequeños nadie puede serlo del todo. Aquellos veranos en Aelo fueron los primeros recuerdos felices de Luis Manuel. Correr por las calles de tierra. El frescor de las noches, la voz de su abuela, el olor a comida en patios abiertos, la música que salía de todas partes durante las fiestas, porque en los pueblos valencianos la música no es un entretenimiento, es el aire que la gente respira.

 Lo que Nino sabía cuando caminaba por esas calles esa tarde era que alguien lo estaba esperando frente a una puerta. alguien que llevaba años guardando algo que no era suyo, algo que su madre le había dado sin saber que se lo estaba dando. Años después, cuando ya era Nino Bravo y el mundo entero conocía su voz, seguía volviendo. No como artista, como Luis Manuel, como el hijo del señor Manolo, que venía a recordar  quién era antes de todo esto.

 En 1972, con su carrera en lo más alto, con su hija Amparo recién nacida y su esposa Amparo Martínez a  su lado, tomó una decisión que decía mucho de quién era. Compró unos terrenos en Ahielo de Malferit para construirse un chalet, un lugar donde descansar, un lugar donde volver, un lugar donde sus hijas pudieran crecer con las mismas raíces que él había llevado siempre, sin saber muy bien dónde llevarlas.

Pero ese chalet nunca llegó a terminarse del todo porque el tiempo que no avisa estaba contando los meses que le quedaban. Y antes de que ese chalet tuviera  muros, esa tarde en Ayelo iba a darle algo que ningún chalet podía contener. Eso llega ahora mismo. Y en uno de esos viajes a Aielo,  en uno de esos regresos que hacía cuando necesitaba respirar de verdad, ocurrió algo que nadie había planeado.

Nino caminaba por las calles del pueblo con ese paso suyo tranquilo,  sin prisa, saludando a la gente con esa naturalidad que tenía y que desconcertaba a quienes esperaban encontrar al artista y se encontraban con un hombre normal. Un hombre que preguntaba por las familias, que recordaba nombres, que se paraba a hablar sin mirar el reloj.

Fue entonces cuando la vio. Estaba sentada en una silla baja frente a la puerta de su casa, como llevaba sentada toda la vida, como llevan sentadas las mujeres mayores de los pueblos desde que el mundo es mundo. Con el delantal oscuro, las manos cruzadas sobre el regazo, los ojos pequeños y vivos bajo las arrugas, la reconoció de inmediato o creyó reconocerla.

se detuvo y la mujer levantó la vista hacia él. Hubo un silencio de 3 segundos que pareció mucho más largo, porque en esos 3 segundos algo en la cara de esa mujer cambió de una manera que Nino esperaba. Y lo que vino después de ese silencio es la parte de esta historia  que nadie que la haya escuchado ha podido olvidar.

 ¿Te imaginas lo que es volver al lugar donde naciste y encontrar a alguien que te recuerda como eras antes de convertirte en otra cosa? Porque eso fue exactamente lo que pasó y todavía falta lo más importante. La mujer se llamaba Rosario. Tenía 70 y pocos años, aunque aparentaba más, como aparentan más todas las mujeres que han trabajado duro y han vivido de verdad.

Había pasado toda su vida en Aelo de Malferit. Había visto nacer a gente, había visto morir a gente, había visto marcharse a familias enteras hacia Valencia o hacia Madrid buscando algo mejor. y los había visto volver años después con la misma cara de siempre, pero con algo distinto en los ojos.

 Esa mirada que tienen las personas que han vivido en otro lugar y han aprendido que el sitio de donde uno viene no se olvida aunque uno quiera. Rosario conocía a la familia Ferry desde hacía décadas. Había conocido al señor Manolo cuando este era joven. Había conocido a Consuelo, la madre de Luis Manuel, en aquellos veranos de visita al pueblo, y había conocido al niño, a ese niño pequeño y tímido que venía en agosto con sus padres y que se quedaba mirando las calles del pueblo con unos ojos muy abiertos, como si quisiera guardárselo

todo antes de que llegara el momento de marcharse. Cuando Nino se detuvo frente a ella esa tarde y la miró, Rosario tardó un momento en hablar. Lo estudió despacio con esa calma que tienen las personas mayores para las que el tiempo ya no es un problema, sino una compañía. Lo miró a la cara, lo miró a los ojos y después bajó la vista a sus manos, a sus zapatos y volvió a subir hasta su cara.

Y entonces sonríó. No con la sonrisa de quien reconoce a un famoso es menor que numeral cero sin con numeral es mayor que con la sonrisa de quien reconoce a un niño. Luis Manuel dijo, “Solo eso, sin apellido, sin nombre artístico, sin el nino bravo que llevaba años escuchando en la radio, Luis Manuel, como lo llamaba su madre, como lo llamaban los que lo habían conocido antes de que el mundo lo rebautizara con otro nombre.

Nino se quedó quieto un momento. Había algo en escuchar ese nombre dicho así, con esa sencillez en esa calle, por esa voz que le golpeó en algún lugar muy dentro del pecho. Porque cuando uno lleva años siendo llamado de otra manera, cuando uno lleva años siendo una voz, una figura, un cartel en una pared, escuchar su nombre verdadero dicho por alguien que lo conoció antes de todo eso tiene un efecto que es difícil de explicar, pero que cualquiera que lo haya vivido reconoce de inmediato.

 Es como quitarse un abrigo muy pesado que uno ni siquiera sabía que llevaba puesto. se acercó a ella. Se agachó un poco porque ella era pequeña y él era alto y la saludó con ese respeto natural que tenía para las personas mayores, que no era un respeto ensayado, sino genuino, de los que salen solos porque están dentro de uno desde siempre.

Rosario, dijo él y ella asintió, satisfecha de que la recordara. Empezaron a hablar de pie en la calle con el sol de la tarde dándoles de lado y el ruido suave del pueblo alrededor. Hablaron del padre, de cómo estaba el señor Manolo, de la madre, de la hermana Consuelo. Rosario preguntaba y Nino respondía con esa paciencia suya, sin prisa, sin mirar en ningún momento hacia otro lado, como hacen las personas que están presentes, pero no del  todo.

 Pero entonces Rosario hizo una pausa, juntó las manos sobre el regazo, miró la calle un momento como buscando algo en el aire y cuando volvió a mirar a Nino, su expresión había cambiado. Se había vuelto más seria. No con la seriedad de la tristeza, sino con la seriedad de quien va a decir algo que ha estado guardando durante mucho tiempo y siente que ya es el momento de decirlo.

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