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¿Qué ocurrió REALMENTE con los apóstoles después de la muerte de Jesús? VL

¿Qué ocurrió REALMENTE con los apóstoles después de la muerte de Jesús?

Así como el trigo que cae al suelo y muere produce mucho fruto, los hombres que habían caminado junto a Jesús de Nazaret no desaparecieron con su muerte, sino que emergieron de aquella oscuridad de tres días transformados en algo que el mundo nunca había visto antes. Testigos de la resurrección, portadores de un fuego que ningún edicto imperial podría apagar.

El año 37 Cristo marca un momento singular en la historia del mundo antiguo, un momento en que un puñado de Galileo sin formación académica reconocida, sin ejércitos, sin tesoros, sin palacios, comenzó a moverse por el mundo conocido con una certeza tan absoluta que cambiaría para siempre la trayectoria de la civilización humana.

Lo que sucedió en los años que la historia oficial muchas veces ha llamado los años perdidos de los apóstoles no fue un silencio, ni una huida, ni una derrota. fue la expansión más silenciosa y más poderosa que jamás se haya producido en la historia de la fe. Para comprender verdaderamente cómo vivieron los apóstoles tras la muerte y resurrección de Jesús, es necesario detenerse primero en el mundo que habitaban, porque ese mundo no era abstracto ni distante.

Era un mundo de piedra caliza, de caminos polvorientos, de mercados llenos de voces en arameo, griego y latín, de sinagogas donde el rollo de la Torá se abría cada sábado con el mismo ritual de siglos, de barcos de madera que cruzaban el Mediterráneo cargados de aceite, grano y especias, y también ahora de una noticia que nadie podía contener.

El Imperio Romano en el año 37 cent. Tiberio acababa de morir ese mismo año y Calígula ascendería al poder iniciando un periodo de inestabilidad que paradójicamente abriría grietas por las que la nueva fe se filtraría con una velocidad asombrosa. Judea seguía bajo la administración romana, aunque con cierta autonomía religiosa concedida al sanedrín.

esa institución de 71 ancianos que había sido cómplice de la condena de Jesús y que ahora observaba con alarma creciente como sus seguidores multiplicaban su número cada semana en las calles de Jerusalén. Los apóstoles no comenzaron su misión en el año 37 de crucio, como si partieran desde cero. Para ese momento ya habían vivido casi 7 años desde la crucifixión y la resurrección que los estudiosos sitúan con mayor consenso en torno al año 30 o 33 de Cristo.

Esos años intermedios habían sido años de formación intensa, de persecución creciente, de organización comunitaria, de los primeros choques con las autoridades religiosas de Jerusalén y de la incorporación de un personaje que lo cambiaría todo. Saulo de Tarso, quien tras su encuentro sobrenatural en el camino a Damasco se convertiría en el apóstol Pablo.

El año 37 de Cristo es precisamente el año en que Pablo, según el testimonio de su propia carta a los Gálatas, regresa a Jerusalén por primera vez después de su conversión para conocer a Pedro y a Jacobo, el hermano del Señor. Es un año bisagra, un año en que los hilos de la historia se entrecruzan de maneras que ningún estratega humano habría podido planificar.

Pero para llegar a ese momento con toda su profundidad, es necesario regresar al principio, al instante exacto en que los apóstoles dejaron de ser discípulos en formación para convertirse en apóstoles en misión. El libro de los Hechos de los Apóstoles, escrito por Lucas con una precisión historiográfica [música] notable para su época, registra que después de la ascensión de Jesús, los 11 apóstoles restantes, junto con varias mujeres, María, la madre de Jesús, y los hermanos de Jesús, regresaron a Jerusalén y

subieron al aposento alto donde estaban alojados. Allí, durante 10 días perseveraron unánimes en oración, esperando la promesa que el Señor había hecho antes de ascender. Lucas describe ese número de personas reunidas como de 120. No era una multitud, pero tampoco era una célula clandestina insignificante. Era una comunidad viva, expectante, unida por algo que ninguno de ellos podía explicar completamente, pero que todos habían visto con sus propios ojos.

El sepulcro vacío, el pan partido en Emaús, las heridas en las manos y en el costado, el desayuno de pescado a la orilla del mar de Galilea, las 40 apariciones registradas durante 40 días. Hechos 1 contiene las últimas palabras públicas de Jesús antes de su ascensión y son palabras que funcionan como un mapa de ruta para todo lo que vendría después.

Jesús dijo, “Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.” Lo extraordinario de esta afirmación vista desde la perspectiva del año 37 de Cristo es que ya se estaba cumpliendo en cada uno de sus niveles de manera simultánea.

La comunidad de Jerusalén era vibrante y creciente. Las comunidades en Judea se multiplicaban. Los samaritanos, ese grupo que los judíos habían despreciado durante siglos como mestizos religiosos impuros. habían recibido el evangelio de manos de Felipe y luego habían sido visitados por Pedro y Juan.

Y más allá, los horizontes del mundo conocido comenzaban a abrirse de maneras que solo podían explicarse como el cumplimiento de esa promesa. El día de Pentecostés que los eruditos sitúan 50 días después de la Pascua en que Jesús murió y resucitó, fue el momento fundacional de esta expansión. Hechos 2 14 describe con una precisión que deja al lector sin aliento lo que sucedió en aquel aposento alto.

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados, y se les aparecieron lenguas repartidas como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablasen.

Lo que siguió a esa experiencia fue inmediato y masivo. Judíos piadosos de cada nación bajo el cielo que habían llegado a Jerusalén para la festividad, escucharon en sus propios idiomas las maravillas de Dios proclamadas por galileos que no tenían ninguna razón lingüística para poder hacer lo que estaban haciendo.

La confusión fue total y en esa confusión Pedro se puso de pie y pronunció el primer sermón de la era cristiana. Un sermón que citaba al profeta Joel, que invocaba los salmos de David, que proclamaba la resurrección de Jesús como un hecho verificable y que culminó con 3,000 personas bautizadas en un solo día. Esos 3000 no eran conversos superficiales.

Hechos 242 describe su vida comunitaria con una claridad que resulta asombrosa para cualquiera que la lee con atención. y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. La palabra griega que Lucas usa para perseveraban es proscarteres, que implica una dedicación continua, un esfuerzo sostenido, una devoción que no se agotaba con la emoción del primer momento.

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