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🇲🇽🚨¡SEDENA DESCUBRE “NARCO-ESTACIÓN FANTASMA” EN METRO ABANDONADO! CJNG VIVÍA EN ANDENES 102 SICARIO

El vagón llevaba 23 años estacionado en el andén de una estación que no existe en ningún mapa del metro. No en el mapa que le dan a los pasajeros, no en el mapa que cuelga de las paredes de las estaciones, no en el mapa digital de la aplicación oficial. La estación existe en los planos de ingeniería del sistema de transporte colectivo archivados en una bodega de la Secretaría de Obras bajo la clasificación de infraestructura suspendida, fase 3, tramo Oriente.
Existe en el papel, existe en el concreto. Existe a 20 met debajo de una avenida del oriente de la Ciudad de México, donde cientos de miles de personas pasan todos los días caminando sobre una estación de metro que se construyó, se terminó y nunca se inauguró. La estación fantasma, así la llaman los trabajadores del metro que saben de su existencia.
Los maquinistas que conducen los trenes por la línea que pasa junto a la estación pueden verla durante 3 segundos cuando el tren cruza a velocidad por los túneles. Un destello de andenes iluminados por luces de emergencia que nunca se apagaron, de muros de azulejo que nunca recibieron pasajeros y de un vagón estacionado en la vía muerta que lleva ahí desde que la estación fue abandonada en 2002 cuando el gobierno canceló la extensión de la línea por falta de presupuesto.
3 segundos. Eso es lo que los maquinistas ven cuando pasan. Un parpadeo de luz y concreto. Y después oscuridad otra vez hasta la siguiente estación, la estación real, donde los pasajeros suben y bajan sin saber que 600 m atrás en el túnel que acaban de cruzar hay una estación completa con andenes, escaleras, vestíbulo, taquillas y baños que nunca recibieron a nadie.


El CJNG sí la recibió. 102 personas vivían en la estación fantasma del metro. 102 sicarios que dormían en los andenes, comían en el vestíbulo, almacenaban armas en las taquillas y usaban los túneles del metro como corredores de transporte que conectaban la estación con cuatro puntos de acceso distribuidos a lo largo de 2 km de vía subterránea.
102 personas viviendo a 20 met debajo de una ciudad de 9 millones de habitantes en una estación de metro que el gobierno construyó y olvidó con trenes pasando a 600 m tres veces por minuto durante 18 horas al día, a 20 m debajo de una avenida donde los peatones caminan, los coches frenan en los semáforos y los vendedores ambulantes gritan sus ofertas sin imaginar que debajo de sus pies hay un andén donde un sicario del CJNG NG limpia un rifle de asalto recargado contra el muro de Azulejo, donde debería haber un letrero con el nombre de la
estación que nunca se puso. La Ciudad de México, la ciudad más grande de América Latina, la ciudad donde 21 millones de personas se mueven todos los días por una red de metro, metrobús, microbuses y taxis, que es el sistema de transporte más complejo del continente. la ciudad que tiene debajo de su superficie una red de túneles de metro de 226 km que cruzan la ciudad de norte a sur y de este a oeste a profundidades de entre 10 y 30 m.
226 km de túneles de concreto que durante el día mueven a 5 millones de pasajeros y que durante la noche, cuando el servicio se suspende de medianoche a 5 de la mañana, se convierten en el espacio más grande, más oscuro y más vacío de la Ciudad de México. Y en esos túneles, en una estación que nadie visita porque oficialmente no existe, el CJNG montó una base de operaciones que funcionó durante al menos año y medio antes de ser descubierta por un electricista del metro que bajó a reparar un corto circuito y encontró
algo que no debería estar ahí. El electricista se llamaba, según los registros, Tomás, 38 años, técnico electricista del sistema de transporte colectivo desde hace 12 años. Su trabajo era mantener el sistema eléctrico de la línea, los cables de alta tensión que alimentan los trenes, las luces de los túneles, los sistemas de señalización y las luces de emergencia que iluminan las estaciones y los tramos de vía entre estaciones.
Tomás recibió un reporte de un corto circuito en el tramo donde se encuentra la estación fantasma. Los cortos circuitos en el metro son comunes. Las ratas roen los cables, la humedad corroe los empalmes y el movimiento constante de los trenes genera vibraciones que aflojan las conexiones. Tomás bajó al túnel en el horario de mantenimiento nocturno entre la 1 y las 4 de la mañana, cuando los trenes no circulan y los técnicos pueden caminar por las vías.
Caminó por el túnel con su lámpara de casco y su caja de herramientas. llegó al tramo de la estación fantasma y vio luz, no la luz tenue de las luces de emergencia que siempre están encendidas. Luz blanca, luz de tubos fluorescentes, luz que alguien instaló en una estación donde no debería haber nadie y donde las únicas luces autorizadas son las de emergencia que consumen la electricidad mínima para mantener visible la señalización de evacuación.
Tomás se acercó con cautela desde el túnel, a través de la boca que conecta la vía con el andén, vio el interior de la estación y lo que vio lo hizo dar tres pasos atrás, apagar su lámpara de casco y caminar de vuelta por el túnel en la oscuridad más absoluta hacia el punto de acceso más cercano con el corazón latiéndole en los oídos y la certeza de que lo que acababa de ver era imposible y sin embargo estaba ahí.
Lo que Tomás vio fue el andén de la estación fantasma convertido en un dormitorio, colchonetas alineadas a lo largo del andén, mochilas colgadas de los pasamanos de acero inoxidable que el metro instala en los bordes de los andenes para que los pasajeros no caigan a las vías. ropa tendida en cuerdas que cruzaban de un lado a otro del andén y personas, [música] personas dormidas en las colchonetas, personas que no deberían estar en una estación de metro abandonada a las 2 de la mañana a 20 m debajo de la ciudad de México. Tomás
subió a la superficie, llamó a su supervisor. Su supervisor llamó al gerente de mantenimiento y el gerente llamó a la Sedena. Tomás subió a la superficie, llamó a su supervisor, su supervisor llamó al gerente de mantenimiento y el gerente llamó a la Sedena. Quiero hablar de Tomás con más detalle porque lo que hizo en los minutos entre el descubrimiento y la llamada revela el tipo de coraje silencioso que define a los civiles que destapan las operaciones del narcotráfico en México.
Cuando Tomás vio las colchonetas, las personas dormidas y los rifles en el andén de la estación fantasma, su primer instinto fue correr, pero no corrió. se quedó inmóvil durante unos segundos que a él le parecieron minutos, evaluando la situación con la calma forzada de un hombre que sabe que si hace ruido, si una lámpara lo delata, si un guardia de la taquilla lo ve, su vida cambia para siempre y no para bien.
Tomás apagó su lámpara de casco. En la oscuridad del túnel, a 600 m de la estación activa más cercana, empezó a caminar de regreso sin luz, con la mano tocando la pared del túnel para guiarse. con los pies tanteando cada paso sobre las vías para no tropezar con los durmientes de concreto que sostienen los rieles.
800 m de caminata en la oscuridad absoluta de un túnel de metro a las 2 de la mañana, sabiendo que detrás de él había 102 personas armadas que no debían saber que alguien las había visto. Tomás tardó 25 minutos en recorrer esos 800 m. 25 minutos caminando sin luz, sin hacer ruido, con el corazón latiéndole en la garganta y la certeza de que cada paso lo alejaba de lo que había visto y lo acercaba a la posibilidad de

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