Recibió el balón cerca del medio campo, giró, eludió a un inglés, eludió a otro, eludió a otro. recorrió 60 met en 10 segundos, dejó tirado al portero y metió el balón al fondo de la red. La voz de América Latina, el locutor, Víctor Hugo Morales, soltó el micrófono literalmente y lo tenía en la mano cuando terminó de gritar.
Hay grabaciones del partido donde se lo ve con el micrófono en el aire. La voz cortada, sin palabras para describir lo que acababa de ver. Argentina ganó el mundial. Maradona fue nombrado mejor jugador del torneo. Pero mientras ese Maradona eterno se construía en el Azteca, el Maradona de carne y hueso llevaba años desarrollando algo que el fútbol no podía curar.
La cocaína entró en su vida en España durante los años del Barcelona. Él mismo lo contó en diferentes versiones a lo largo de los años. En Napoli siguió y siguió después y siguió. La FIFA le suspendió 15 meses en 1991 después de dar positivo en cocaína. En el mundial de Estados Unidos de 1994, lo descalificaron después del partido con Nigeria porque dio positivo en Efedrina, un estimulante que sus médicos dijeron que era parte de un suplemento dietético. Argentina quedó afuera.
Esas dos expulsiones, las dos en mundiales con los ojos de todo el planeta encima, son las imágenes más brutales del precio que la adicción le fue cobrando. Pero el precio personal fue otro y se cobró de otra manera. Y para entenderlo hay que entender la historia de sus hijos, porque Diego Maradona tuvo cinco hijos reconocidos con cuatro mujeres diferentes.
Y esos cinco hijos crecieron en muchos casos sin saber que tenían hermanos. Claudia Villafe fue su gran amor y su esposa durante años. Se conocieron de adolescentes en Villa Fiorito. Las dos hijas que tuvieron juntos son Dalma, nacida en 1987, y Janinna, nacida en 1989. Las dos crecieron con el apellido Maradona, visible, público, presente.
Fueron a los estadios, fueron a los mundiales, las fotografiaron desde niñas y las dos terminaron siendo figuras públicas por derecho propio. Dalma como actriz y conductora, yanna en el mundo del espectáculo y los medios. Pero el primer hijo biológico de Maradona no fue ninguna de las dos. Diego Armando Maradona Junior.
Nació en Italia en 1986. Su madre era Cristiana Sinagra, una mujer italiana con quien Maradona tuvo una relación durante los años del Npoli. Maradona negó la paternidad durante 30 años, la negó públicamente, la negó en los tribunales y en 2016, después de una prueba de ADN que él mismo se negó a hacer por años y que finalmente se hizo con material biológico disponible, Diego Junior fue reconocido legalmente como hijo de Maradona. 30 años.
Diego Junior creció en Italia sabiendo quién era su padre y con su padre negándolo. Eso no es un detalle de la historia de Maradona. Es uno de sus capítulos más oscuros. un niño que llevaba ese apellido en el cuerpo y cuyo padre decía públicamente que no era suyo. Hann Maradona es hija de Valeria Sabalain.
Nació en 1996 y fue reconocida en 2014, 18 años, sin apellido legal de su padre. Creció sabiendo quién era su padre y sin que él lo dijera oficialmente. Y Diego Fernando Maradona nació en 2013. Su madre es Verónica Ojeda, el hijo más pequeño de Diego. Tenía 7 años cuando su padre murió, cinco hijos reconocidos con cuatro mujeres en tres países, algunos de ellos sin conocerse entre sí durante años, algunos sin el apellido legal durante décadas, todos llevando el mismo nombre en la sangre y todos pagando precios distintos
por llevarlo. Y eso no incluye a los que después de la muerte de Maradona aparecieron en los tribunales reclamando ser hijos suyos. También al menos tres personas iniciaron acciones legales para ser reconocidos como hijos de Diego Armando Maradona después del 25 de noviembre de 2020.
La muerte de Maradona no cerró la historia de su familia, la abrió. El 25 de noviembre de 2020, la ambulancia llegó tarde. 12 horas antes, los enfermeros que custodiaban la casa de Benavíz escucharon algo. Los audios que se presentaron en el juicio muestran conversaciones entre los enfermeros en las que discuten qué hacer, si entrar, si despertar al médico de guardia, si llamar a alguien, no llamaron.
Esperaron. A las 12 del mediodía abrieron la puerta de la habitación. Diego Maradona estaba muerto en su cama. El médico que firmó el acta de defunción contó en el juicio que la familia no quería creerlo, que le pidieron que siguiera haciéndole maniobras de reanimación, aunque ya estaba muerto. “Yo les dije que sí”, declaró el médico Juan Carlos Pinto, “pero no lo hice, ya estaba muerto.
” La Fiscalía de San Isidro construyó su caso sobre un argumento concreto. Maradona murió porque el equipo médico que lo atendía lo dejó en condiciones inadecuadas y no respondió a tiempo cuando su estado se deterioró, que hubo negligencia en la decisión de enviarlo a una casa sin los recursos médicos necesarios para alguien en su condición, que hubo negligencia en el seguimiento durante las horas críticas y que esa negligencia tuvo consecuencias fatales.
Siete personas en el banquillo, el neurocirujano Leopoldo Luque, la psiquiatra Agustina Cosachov, el psicólogo Carlos Díaz, los médicos Nancy Forlini y Pedro Díz Pagna, el coordinador de enfermeros Mariano Perroni y el enfermero Ricardo Almirón, todos acusados de homicidio simple con dolo eventual, una pena máxima de 25 años.
Leopoldo Luque fue el médico más cercano a Maradona en los últimos meses de vida, el que organizó la cirugía cerebral, el que recomendó la internación domiciliaria en lugar del centro de rehabilitación y el que en el juicio, en abril de 2026 apuntó directamente a las hijas de Maradona reproduciendo audios de Yaninna ante la propia Yaninna sentada en la sala, Luke intentó demostrar que las hijas habían participado en la decisión de la internación domiciliaria.
que no fue decisión suya sola, que la familia estaba de acuerdo. En uno de los audios que reprodujo, Yanina le escribía sobre las fotos postoperación que habían circulado. “Hoy a mí lo que más me preocupa es que mi papá nos va a odiar a todos.” Janina declaró durante más de 5 horas, contó su versión, describió como Luke manejaba el acceso a su padre, cómo decidía quién podía entrar y quién no, cómo ella se enteraba del estado de salud de Diego a través del médico y no directamente.
El abogado defensor de la psiquiatra Kosachov fue más lejos. planteó ante el tribunal que los hijos mayores de Maradona habían tenido responsabilidad en su cuidado y que por esa razón no deberían declarar bajo juramento para evitar una posible autoincriminación, los hijos como posibles responsables de la muerte de su padre.
Eso es lo que el juicio de 2026 está discutiendo. El juicio todavía no terminó. Sigue. Hay más de 100 testigos convocados. El proceso se extenderá hasta julio de 2026 y mientras avanza, la historia de los últimos años de vida de Maradona va saliendo en pedazos, declaración por declaración, audio por audio, porque la muerte de Maradona no ocurrió en el vacío.
Ocurrió después de años de deterioro, después de las adicciones, los infartos, las hospitalizaciones, los periodos de recuperación que nunca eran del todo recuperación. Después de décadas en que el cuerpo más famoso del fútbol mundial absorbió lo que absorbió y siguió adelante con la terquedad específica de los hombres, que creen que la misma fuerza que los hizo grandes también los hace, indestructibles.
Maradona tuvo un infarto en 2004 que casi lo mata. Fue sometido a una cirugía de bypass gástrico en 2005 para perder peso. Sufrió crisis hepáticas, renales, cardiovasculares. Cada crisis producía un ciclo de hospitalizaciones, titulares, declaraciones de su entorno sobre la gravedad y después silencio hasta la siguiente.
El público siguió ese ciclo durante décadas con la mezcla específica de amor y ansiedad que produce el ídolo que se destruye a sí mismo frente a todos. Maradona sabía que lo estaban mirando y siguió haciendo lo que hacía porque era lo único que sabía hacer para manejar lo que sentía.
La cocaína primero, el alcohol después y simultáneamente, y los medicamentos que el entorno fue agregando para controlar lo que la cocaína y el alcohol producían. un cuerpo sostenido por múltiples sustancias que interactuaban entre sí, de maneras que los médicos que lo trataban a veces tardaban en prever completamente.
El hematoma subdural que lo llevó al quirófano en noviembre de 2020 vino de una caída. Su cerebro, afectado por décadas de consumo, sangraba. La cirugía fue exitosa técnicamente, pero el cuerpo que salió del quirófano no era el cuerpo de un hombre que pudiera recuperarse fácilmente en una casa alquilada con un equipo de enfermería privado.
Matías Morla no está en el banquillo de los acusados en el juicio por la muerte, pero su nombre aparece constantemente en la historia de los últimos años de Maradona. Morla era su representante, su abogado, el hombre que manejaba sus contratos y sus asuntos legales y después de la muerte se quedó con los derechos comerciales de la marca Maradona.
Dalma yina llevan años peleando eso en los tribunales. Dicen que el legado de su padre, el nombre que vale millones en contratos de publicidad, licencias, merchandising, pertenece a sus hijos y no al abogado que lo manejaba en vida. La marca Diego Maradona genera dinero. Genera mucho dinero.
Genera dinero con él vivo en los estadios, con él muerto en los museos, con él convertido en parque temático. En Barcelona abrió Diego Vive, 2000 m² de homenaje interactivo. El apellido Maradona sigue siendo uno de los más reconocidos del mundo y sus hijos pelean por controlarlo desde los juzgados. Mientras tanto, Diego Fernando, el hijo más pequeño, el que nació en 2013 y que tenía 7 años cuando perdió a su padre, crece en Buenos Aires con su madre, Verónica Ojeda.
Creció sin el padre que lo vio nacer, con el apellido más famoso del fútbol como única herencia concreta de un hombre que murió antes de que el niño pudiera conocerlo de verdad. Ese es también el legado de Diego Armando Maradona, el niño de 7 años que quedó, los hijos adultos peleando en los juzgados, los tres que todavía buscan ser reconocidos legalmente y los siete médicos en el banquillo en 2026, discutiendo cuál de ellos tuvo más responsabilidad en que un hombre de 60 años muriera solo en una cama de Benavidez, mientras sus
enfermeros discutían si abrir la puerta. Villa Fiorito a Napoli, de Napoli al Azteca, del Azteca a una casa alquilada en el norte del Gran Buenos Aires, el trayecto más extraordinario que el fútbol argentino produjo en el siglo XX y un final que ninguno de los que lo vieron jugar habría anticipado cuando estaban de pie aplaudiéndolo.
Suscríbete al canal, dale like si llegaste hasta el final. El próximo video en tu pantalla tiene la misma fórmula, el ídolo que todos amaron. El precio que nadie vio y la verdad que salió después de que se fue. Para entender la muerte de Maradona hay que entender los años que vinieron antes, los años en que el cuerpo más famoso del fútbol fue acumulando el precio de todo lo que había vivido.
El infarto de 2004 fue en Uruguay. Estaba en un barco. Le fallaron los pulmones, el corazón. Lo evacuaron de emergencia a Buenos Aires. Los médicos dijeron que había estado muy cerca. Él mismo lo dijo después. Estaba muerto, clínicamente muerto por unos minutos. Salió, volvió. La cirugía de bypass gástrico en 2005 fue en Cuba bajo el cuidado de Fidel Castro, con quien tenía una amistad que sorprendía al mundo y que tenía su propia lógica.
Dos hombres que sentían que el sistema los había perseguido y que encontraban en su mutua admiración algo que ninguno de los dos podía explicar completamente con palabras. Bajó de peso, hizo declaraciones sobre la rehabilitación, prometió cambios y siguió. El alcohol reemplazó la cocaína o la acompañó según el periodo.
El entorno que lo rodeaba cambiaba según las etapas, pero siempre tenía la misma característica estructural. personas que dependían económicamente de él y que por esa dependencia tenían incentivos para no confrontarlo demasiado con lo que hacía. Si Diego quería beber, era más fácil dejar que bebiera que arriesgarse a que Diego se enojara y los corriera.
Esa dinámica, la del ídolo rodeado de personas que lo necesitan más de lo que él las necesita a ellas, produce ambientes donde nadie dice lo que tendría que decirse, donde el deterioro se normaliza porque normalizarlo es más conveniente que enfrentarlo, donde el médico, que debería decir que el paciente necesita internación permanente, decide que la internación domiciliaria es suficiente porque la familia prefiere esa opción y porque contradecir a la familia familia de Diego Maradona tiene sus paraderro costos. El neurocirujano Luke entró a la
vida de Maradona en los años finales. La relación que construyó con Diego fue, según sus propias declaraciones en el juicio, una relación cercana, demasiado cercana para un médico tratante, dirían algunos. El tipo de relación donde los límites profesionales se difuminan y donde el médico termina siendo también confidente, amigo, figura de confianza.
Ese tipo de relación tiene su utilidad para el paciente. Baja las defensas, facilita la comunicación, produce la sensación de que alguien que lo quiere está a cargo de su salud, pero tiene también su peligro específico. El médico, que es demasiado amigo del paciente, tiene dificultades para tomar decisiones médicas que el paciente no quiere escuchar.
Y Maradona tenía muy claro qué decisiones quería escuchar y cuáles no. La internación domiciliaria después de la cirugía cerebral fue una de esas decisiones. Maradona no quería estar en una clínica, quería estar en una casa. El equipo médico, según Janinna, les dijo que la internación domiciliaria era la mejor opción. Según Luke, la familia eligió esa opción.
Ambas versiones pueden ser simultáneamente verdaderas en partes. Lo que está fuera de discusión es lo que la fiscalía estableció. que la casa de Benavidez no tenía las condiciones mínimas para atender a un paciente postoperado de cirugía cerebral con el historial clínico de Maradona, sin oxígeno, sin desfibrilador, con camas sin varandas, con un equipo de enfermería que en las horas críticas no supo o no quiso actuar con la rapidez que la situación requería.
Esa es la negligencia que el juicio está juzgando. Claudia Villafe es la figura que más habla sobre la manera en que Maradona relacionaba el amor con el control. Se conocieron de adolescentes en Villa Fiorito. Ella era prima de los hermanos Cópola, que después se convertirían en el entorno más cercano de Diego en los años del Napoli.
La relación duró décadas con interrupciones, separaciones, regresos, traiciones en múltiples direcciones. Se casaron en noviembre de 1984 en una boda en Buenos Aires que reunió a medio mundo del fútbol argentino. Tuvieron a Dalma y a Yaninna. Y durante los años del Nápoli, los años de los títulos y la fama y la cocaína creciendo, Claudia sostuvo la estructura familiar desde Buenos Aires mientras Diego vivía en Italia.
El divorcio llegó en 2004, después de años de relación que el mundo siguió en titulares de escándalo, Maradona la acusó públicamente de haberse quedado con dinero suyo durante los años en que él estaba más perdido. Ella lo demandó. Él la demandó. Los juzgados argentinos procesaron la separación de la pareja más famosa del fútbol nacional durante años y Claudia Villafñe, que había pasado décadas en el centro de esa tormenta, que había criado a las dos hijas mayores de Maradona, que había manejado la vida doméstica del hombre más famoso de Argentina, mientras él
estaba en Italia ganando campeonatos y desarrollando sus adicciones, terminó siendo convocada como testigo en el juicio por la muerte de su exmarido. Dalma yinna heredaron de esa historia la relación con su padre que podían tener. Intensa, intermitente, cargada de amor genuino y de resentimientos acumulados que ninguna de las dos podía resolver completamente, porque el hombre que las producía no podía resolverlos tampoco.
Janinna estuvo casada con el futbolista Sergio Kunagüero, con quien tuvo a Benjamín. se separaron y siguió en el mundo del espectáculo argentino con el apellido Maradona como carga y como identidad simultáneamente. El Kun Agüero tiene también su propia historia con Diego. Fue su yerno y después de divorciarse de Yanina siguió siendo una figura importante del fútbol argentino.
Las fotos de Diego con su nieto Benjamín son algunas de las más circuladas de sus últimos años. El abuelo envejecido con los kilos del deterioro sonriendo con un niño que lleva en la sangre el apellido Maradona y el apellido Agüero. La historia familiar de Diego Maradona tiene esa característica específica de las familias de los hombres, que fueron demasiado grandes para un solo hogar.
se extendió en múltiples direcciones, produjo vínculos que no tenían nombre en el vocabulario legal disponible y dejó detrás de sí una serie de relaciones que los tribunales todavía están intentando clasificar décadas después. El juicio que comenzó en 2025 y que sigue activo en 2026 tiene una dimensión que va más allá del caso específico de la muerte de Maradona y que habla sobre la manera en que Argentina procesa la muerte de sus oris. Conos.
Argentina tiene una relación con Maradona que no tiene comparación directa en ningún otro país con ningún otro deportista. Pelé era el rey del fútbol en Brasil, pero Pelé era un rey ordenado, sin escándalo, sin contradicciones visibles, sin la humanidad caótica que Maradona representaba. Maradona era Argentina, el genio y el desastre conviviendo en el mismo cuerpo, el triunfo y la autodestrucción como dos caras de lo mismo, la capacidad de hacer lo imposible y la imposibilidad de hacer lo básico. Cuando Maradona murió el 25 de
noviembre de 2020, el gobierno argentino decretó tres días de duelo nacional. El velorio fue en la Casa Rosada, sede del gobierno. Miles de personas hicieron cola durante horas para pasar frente al ataúd. Hubo incidentes cuando la policía intentó despejar la cola porque el tiempo del velorio se agotaba.
La gente no quería irse. Esa intensidad del duelo colectivo es también la razón por la que el juicio importa tanto en Argentina. Maradona muerto es todavía Maradona. Y si alguien tuvo responsabilidad en que muriera antes de tiempo, en que muriera solo, en que muriera en una casa sin los recursos médicos que necesitaba, Argentina quiere saber quién fue y que pague.
Los siete acusados en el banquillo son las personas que el sistema judicial encontró con responsabilidad penal en ese proceso. Pero la conversación más amplia sobre quién más falló a Diego Maradona, sobre el sistema de entornos y dependencias y personas que lo rodearon durante décadas, esa conversación no cabe en un juicio y no tiene imputados formales.
cabe en la historia completa de su vida y esa historia incluye a Villafiorito y a Barcelona y a Napoli y al Azteca y a los mundiales y a las adicciones y a los cinco hijos en cuatro países y al infarto en Uruguay y a la casa de Benavíz y a los 12 horas que los enfermeros esperaron antes de abrir la puerta. Ah, todo eso es Diego Maradona, el más grande y el más roto, el que hizo el gol más famoso de la historia con la pierna más mágica del siglo y el que metió la mano para hacer trampa 4 minutos antes, el que sacó a Napoli de
la miseria del fútbol italiano dos veces y el que negó a su hijo durante 30 años, el que Argentina lloró con tres días de duelo nacional y el que murió solo en una cama de tigre mientras sus médicos no sabían si entrar. Para terminar esta historia, hay que hablar del nombre, del apellido que Diego Maradona dejó cuando se fue y de la guerra por controlarlo.
La marca Maradona vale cuánto exactamente depende de quién la calcula y para qué propósito. Pero el apellido en una camiseta, en un contrato de publicidad, en una licencia de videojuego, en un parque temático de 2000 m² en Barcelona, tiene un valor que los mercados pueden medir. A una.
Matías Morla manejó a Maradona en vida durante los años finales. Contratos, representación, los asuntos legales de un hombre que ya no tenía la claridad para manejarlos él mismo. Y cuando Diego murió, Morla quedó con los derechos comerciales de la marca. Dalma y Yanina dicen que eso está mal, que el nombre de su padre les pertenece a sus hijos.
Llevan años en tribunales argentinos peleando esa batalla. Diego Junior, el primero en nacer y el último en ser reconocido, creció en Italia con ese apellido sin reconocimiento legal durante 30 años y ahora reclama también su parte de lo que ese apellido representa. Hann, reconocida en 2014 después de 18 años, lleva el apellido oficial desde hace poco más de una década.
Diego Fernando, 7 años cuando su padre murió, crecerá con el apellido más famoso del fútbol argentino como única herencia concreta de un hombre que el mundo amó más de lo que él pudo amarse a sí mismo. Y los tres que buscan reconocimiento legal todavía están en los tribunales presentando sus casos, esperando las pruebas de ADN que el sistema judicial argentino les pide para establecer lo que ellos dicen saber desde que eran niños, que son hijos de Diego.
En el panteón de Bellavista, al norte del gran Buenos Aires, Maradona descansa junto a sus padres, don Diego y doña Tota. La tumba recibe miles de visitantes. Hay flores, hay camisetas, hay fotos del número 10. Hay personas que vienen de lejos para estar un momento junto a algo que perteneció al hombre que les importa.
Eso no va a cambiar con el juicio. El apellido Maradona sobrevivió los escándalos en vida. Sobrevive el juicio por la muerte. Sobrevive la pelea entre hijos y abogados por los derechos comerciales. Lo que no sobrevive es el hombre. El que pateaba la pelota de trapo en el barro de Villa Fiorito, el que debutó en primera a los 15 años, el que hizo el gol de la mano de Dios y el gol del siglo en el mismo partido, el que convirtió a Nápoli en campeón dos veces, el que levantó la Copa del Mundo en el Azteca con la cinta de capitán en la
muñeca izquierda. Ese hombre murió a las 12 del mediodía del 25 de noviembre de 2020 en una casa de Benavidez. Tigre, solo en una cama con los enfermeros discutiendo afuera si abrir la puerta. Suscríbete al canal, dale like si llegaste hasta el final y mira el próximo video que aparece en tu pantalla ahora mismo.
El Napoli merece su propio capítulo porque lo que Maradona hizo en esa ciudad del sur de Italia entre 1984 y 1991 trasciende el fútbol de una manera que pocos deportistas han logrado en cualquier deporte. Napoli en 1984 era un equipo del sur pobre, históricamente aplastado por los equipos del norte rico, la Juventus de Turín, el Inter de Milán, el AC Milán.
El campeonato italiano lo ganaban esos equipos siempre. El sur de Italia era el sur, el que produce mano de obra para las fábricas del norte, el que tiene menos recursos, el que llega tarde y sale antes. Cuando Napoli pagó 12 millones de dólares por Maradona, una cifra récord en ese momento, los hinchas del norte se burlaron.
Dijeron que habían desperdiciado el dinero, que en Napoli, con esa hinchada, con ese estadio, con ese caos, Maradona no podría brillar. Maradona brilló. En 2200 partidos metió 259 goles. Ganó la Serie A dos veces en 1987 y en 1989. ganó la Copa UEFA, ganó la Copa Italia y lo que eso significó para Nápoles no fue solo deportivo, fue identitario.
El sur que le ganó al norte, la ciudad pobre que venció a las ciudades ricas. Los hinchas del Napoli convirtieron a Maradona en algo que en Argentina se llama ídolo y en Nápoles se acercó a algo más parecido a un santo. Cuando el equipo ganó la Serie A por primera vez en 1987, la ciudad entera salió a las calles, las mismas calles donde los hinchas visitantes del norte colgaban pancartas diciendo, “Bienvenidos a Italia!” cuando llegaban a Nápoles como diciéndoles que el sur no era del todo Italia. Esa noche de 1987,
Nápoles respondió, Maradona sigue siendo la figura más importante de la historia del club, 35 años después de haberse ido. El estadio se llama Diego Armando Maradona desde 2020, el mes después de su muerte. Los murales de su cara cubren calles enteras del centro histórico de la ciudad.
Hay una capilla con velas y flores y fotos en un callejón del barrio español donde los hinchas van a rezarle. Rezarle a un futbolista. Eso solo ocurre cuando el deportista toca algo que va más allá del deporte. Y lo que Maradona tocó en Nápoles fue la identidad de una ciudad que llevaba décadas sintiéndose segunda en su propio país.
Pero esos mismos años de Nápoli fueron los años en que la cocaína se instaló en su vida de manera permanente. La ciudad que lo adoraba era también la ciudad de la Camorra, la mafia napolitana que lo cortejó desde el principio. Los hombres de la camorra estaban en su entorno. fiestas que organizaban tenían lo que Maradona buscaba y Maradona, que era el hombre más visible de la ciudad, no podía esconderse aunque hubiera querido.
El positivo de 1991 que terminó su historia en Napoli, vino de ese periodo. La FIFA lo suspendió 15 meses, el Napoli no renovó y el jugador que había convertido a un equipo del sur pobre en campeón de Italia dos veces se fue de la ciudad que lo había convertido en santo, con una sanción encima y con el cuerpo ya pagando las primeras cuotas del precio que vendría.
Hay un elemento de esta historia que conecta a Diego Maradona con algo que Argentina lleva décadas procesando y que el juicio de 2026 pone de nuevo en el centro. La pregunta de cuánto se puede exigirle a alguien que toda la vida fue tratado como si fuera diferente de los demás. Maradona fue protegido de las consecuencias de sus actos desde los 15 años.
Cuando debutó en primera, los dirigentes de Argentinos Juniors sabían que tenían algo que no podían permitirse perder. Los médicos que lo atendieron durante décadas sabían que estaban tratando a un ídolo nacional. Los entrenadores que lo dirigieron sabían que las reglas que aplicaban al resto del equipo no podían aplicarse de la misma manera a Diego.
Esa burbuja de impunidad afectiva, la certeza de que las consecuencias no llegan o llegan amortiguadas, produce una relación específica con el mundo. La de alguien que no aprende que sus acciones tienen costos reales, porque los costos siempre se los paga alguien más. La deuda tributaria que acumuló en Italia durante los años del Napoli fue enorme.
El fisco italiano le fue embargando objetos durante años. Una moto en Francia, una cadena de oro en Chile. Maradona bromeaba sobre eso. Los italianos querían plata, él no tenía plata y le embargaban lo que encontraban. No lo persiguió como a cualquier otro deudor. La figura le daba un margen de tolerancia que a una persona anónima no le habrían dado.
Diego Junior, el hijo que negó 30 años, recibió esa negativa sin que nadie en el entorno de Maradona lo enfrentara realmente. Los amigos, los asesores, los médicos, todos los que lo rodeaban, sabían que en ese tema Diego no quería escuchar nada. Entonces no decían nada. Ese patrón, el silencio cómplice del entorno que no confronta porque confrontar cuesta, es el mismo patrón que el juicio está examinando en los meses previos a la muerte.
Los médicos que sabían que la internación domiciliaria era insuficiente, pero que recomendaron lo que la familia quería escuchar, los enfermeros que dudaron antes de abrir la puerta, el sistema completo de personas alrededor de Diego que eligió durante décadas, la opción más fácil en lugar de la opción más honesta.

Eso no exime a los siete acusados de su responsabilidad penal. La fiscalía es clara en eso y el tribunal decidirá. Pero sí pone la muerte de Maradona en el contexto más amplio que tiene, la historia de un hombre al que el mundo nunca le dijo completamente la verdad, porque la verdad era incómoda y porque Diego Maradona hacía sentir que la verdad incómoda podía costarte el acceso a su mundo.
Y al final de esa historia de verdades no dichas, Maradona murió en una cama de Benavidez a los 60 años con el corazón que le quedaba después de todo lo que había vivido, solo porque los enfermeros tardaron en abrir la puerta. 60 años. El mejor jugador de la historia del fútbol para mucha gente, el que hizo el gol del siglo y el gol de la trampa en el mismo partido, el que levantó la Copa del Mundo en el Azteca y el que murió solo mientras afuera de su puerta alguien discutía si entrar.
El Mundial de México de 1986 tiene otra dimensión que habitualmente se pierde cuando se habla de los dos goles contra Inglaterra. La dimensión de lo que ese torneo completo mostró sobre Maradona en su momento más alto. Argentina llegó a México sin ser favorita. El equipo tenía jugadores buenos, pero no el elenco de los grandes mundiales anteriores.
Lo que tenía era a Maradona, el partido contra Uruguay en octavos, el partido contra Inglaterra en cuartos, el partido contra Bélgica en semifinales, donde metió dos goles individuales que los historiadores del fútbol colocan al mismo nivel que el gol del siglo contra los ingleses, aunque sean menos famosos, porque estaban antes y la gente guarda más el final.
y la final contra Alemania Occidental, donde Argentina ganó 3 a2 con un gol de Jorge Burruchaga en el minuto 86. Maradona no metió el gol de la final, pero dio el pase. El pase hacia Burruchaga, que definió el campeonato, fue el último toque del capitán en el torneo más importante de su vida. El periodista que mejor describió lo que Maradona significaba en ese mundial fue el inglés Brian Glanville, que pasó décadas cubriendo fútbol mundial y que escribió que había en Maradona una especie de crueldad lúcida, la
capacidad de ver el campo completo, mientras todos los demás solo veían su parte. Crueldad lúcida. Esa frase describe algo que los jugadores de fútbol llaman visión de juego y que los psicólogos del deporte llaman conciencia espacial ampliada. La capacidad de procesar en décimas de segundo la posición de todos los jugadores en el campo y decidir el movimiento correcto antes de que ninguno de los otros jugadores haya terminado de moverse.
Maradona tenía eso de manera extraordinaria. Por eso el gol del siglo parece mentira en cámara lenta, porque él ya había decidido cada paso antes de ejecutarlo. Y lo que parece improvisación genial es en realidad el resultado de una capacidad de procesamiento que muy pocas personas tienen en cualquier deporte.
Y eso, ese talento específico e irrepetible es también parte de por qué la historia de su destrucción es tan difícil de ver. Porque la misma persona que podía hacer eso en un estadio del azteca con 80,000 personas mirando era también la persona que no podía mantener una promesa de rehabilitación por más de unos meses, que no podía decirle a su hijo que era su hijo, que no podía construir un sistema de vida que no requiriera el caos para funcionar.
Las dos cosas eran el mismo hombre y Argentina tuvo que aprender a quererlo así con las dos cosas juntas, porque separar una de la otra era imposible. El juicio de 2026 es el juicio más seguido de Argentina desde hace años. Las audiencias se transmiten en vivo, los medios de comunicación argentinos las cubren hora por hora.
Y en Argentina, donde Maradona sigue siendo el tema que nunca termina de ser tema, el proceso produce debates que van mucho más allá de lo que un tribunal puede resolver. ¿Quién es culpable de la muerte de Diego Maradona? La respuesta del sistema judicial es los siete profesionales de la salud en el banquillo en distintos grados de responsabilidad que el tribunal determinará.
La respuesta de la conversación pública es más compleja. incluye a los médicos, sí, pero también al entorno que durante décadas lo rodeó de personas con intereses propios, al sistema del fútbol que lo convirtió en producto cuando era adolescente y nunca le dio las herramientas para ser persona, además de producto, a la cultura argentina que hizo de él un ídolo tan grande que las críticas a sus comportamientos sonaban a traición.
Y en esa conversación más amplia aparece también la pregunta sobre Diego mismo, la responsabilidad del hombre sobre su propia vida, las decisiones que tomó, las negativas a los tratamientos que funcionan, las adicciones que eligió mantener cuando habría podido elegir de otra manera, al menos en algunos de los momentos en que tuvo la claridad suficiente para elegir.
Esta pregunta es la más incómoda de todas porque implica mirar a Maradona como adulto responsable de sus acciones, además de como víctima de un entorno que falló. Y Argentina tiene dificultades con esa mirada porque Maradona es demasiado grande para verlo como un adulto normal, con responsabilidades normales.
El tribunal de San Isidro resolverá su parte del problema. El resto, la historia completa de por qué Diego Maradona murió a los 60 años de la manera en que murió se va a seguir discutiendo en Argentina mucho tiempo después de que el juicio termine, porque eso también es parte del apellido Maradona, que nunca deja de producir conversación, que 40 años después del mundial del 86, 5 años después de su muerte, con siete médicos en el banquillo y sus hijos peleando por el control de la marca en los juzgados, El nombre de Diego Armando
Maradona sigue llenando páginas y pantallas y conversaciones en Argentina y en todo el mundo, donde hubo alguien que lo vio jugar, el niño de Villa Fiorito, que pateaba una pelota de trapo en el barro, y el hombre que murió solo en una cama de Benavidez mientras afuera alguien discutía si entrar.
Esa es la distancia entre el principio y el final de la historia más extraordinaria y más trágica que el fútbol argentino produjo en el siglo XX. M.