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La abandonaron en un rancho olvidado, pero el ranchero que apareció lo cambió todo.

No era abundancia, era suficiencia, que es la única forma de abundancia que no depende de nadie más. Las vecinas del pueblo la miraban con esa mezcla de admiración y lástima que reciben las mujeres que eligen lo difícil cuando podrían elegir lo fácil. Algunas le preguntaban si no pensaba casarse con esa curiosidad que disfrazan de preocupación.

Clemencia respondía que no pensaba en eso, que tenía otras cosas en que pensar y cambiaba el tema con la naturalidad de quien ha tenido esa conversación demasiadas veces para seguir encontrándola interesante. Fue una tarde de octubre cuando apareció el hombre. Clemencia estaba en el jardín del frente regando las rosas con la olla de barro que había sido de su madre cuando escuchó el caballo en el camino.

No era ruido inusual. El camino que pasaba frente al rancho era de los que usaban los rancheros de la región para ir al pueblo y era común que alguien pasara a cualquier hora, pero ese caballo se detuvo. Clemencia no levantó la vista de inmediato, siguió regando, moviendo la olla de una planta a otra con ese ritmo pausado que tiene el riego cuando se hace con atención y no con prisa.

Cuando finalmente levantó la vista, el hombre ya estaba parado al otro lado de la cerca, a caballo mirándola. Era hombre de unos 40 años, quizás algo más, de complexión fuerte, con las manos del tipo que trabaja la tierra, cara tostada de sol y una barba corta que no era descuido sino costumbre. vestía bien, no con la elegancia de ciudad, sino con esa otra elegancia del hombre de campo que usa ropa buena porque respeta los días importantes.

Y ese claramente era un día importante para él, aunque todavía no hubiera dicho nada. Lo que Clemencia notó primero antes que cualquier otra cosa, fue la expresión. había llegado con una expresión, eso era evidente, la expresión de quien viene con un propósito definido, con las palabras preparadas, con la transacción clara en la mente.

Y esa expresión, en el momento en que la miró a ella, había cambiado de un modo que él claramente no había previsto. No dijo nada por un momento, clemencia tampoco. El caballo se movió ligeramente y el hombre lo calmó con un gesto de la mano sin apartar la vista del jardín o quizás sin apartar la vista de ella, que en ese momento era difícil de distinguir.

“Busco el rancho El Refugio”, dijo finalmente. “Ya lo encontró”, respondió Clemencia y siguió regando. Se llamaba Eliodoro Vázquez y era dueño de un rancho mediano a tres leguas al oriente. Heredado de su padre como casi todo lo que uno tiene en el campo, trabajado con los años hasta volverlo algo más de lo que había sido.

Había enviudado 5 años atrás. Tenía un hijo de 12 años que vivía con la abuela materna durante la semana y que llegaba al rancho los sábados. Era hombre ordenado, de cuentas claras y decisiones pensadas, que no hacía nada sin haberlo considerado suficientemente antes. Había considerado suficientemente la compra del rancho, el refugio.

Las tierras colindaban con las suyas por el lado norte. Tenían agua, tenían monte, tenían las mejoras que Donabundio había hecho durante décadas y estaban en manos de una mujer sola, que según le habían dicho en el pueblo, no podría sostenerlas mucho tiempo más. Había venido con una oferta justa. Él mismo se lo había dicho mientras preparaba el viaje.

Una oferta justa, sin aprovecharse de la situación, porque él no era de esos. Había venido con las palabras preparadas. y entonces la había visto. No era que Clemencia fuera extraordinaria en el sentido en que se usan esas palabras para describir a las mujeres en las canciones. Era otra cosa. Era el modo en que estaba parada en ese jardín con la olla de barro en la mano, regando esas flores con una concentración que decía que lo que estaba haciendo importaba, que no era distracción, sino intención.

Era la manera en que el rancho detrás de ella, con su adobe desgastado y su techo remendado y sus flores imposiblemente vivas en medio del abandono, decía algo sobre la persona que lo cuidaba. Eliodoro no supo nombrar exactamente lo que sintió en ese momento. Solo supo que las palabras que había preparado en el camino ya no eran las palabras correctas.

Clemencia lo hizo pasar al corredor porque así se hacía. Porque don Abundio le había enseñado que a quien llega a la puerta se le ofrece silla y agua, aunque venga a decir algo que uno no quiere escuchar. Elodoro desmontó, ató el caballo al poste de siempre, subió los escalones del corredor con el sombrero en la mano, aceptó el agua que le ofrecieron.

se sentó en el banco de madera que crujió bajo su peso de un modo que decía que llevaba años siendo el mismo banco. Clemencia se sentó en la silla de su padre frente a él con las manos sobre el regazo y la espalda recta. “Vine a hablar sobre el rancho”, dijo Elodoro. “Lo imagino”, dijo Clemencia. “Tengo entendido que puede estar disponible.” Tiene mal entendido.

Eliodoro la miró. Me dijeron en el pueblo que la situación era difícil, que quizás lo que le dijeron en el pueblo interrumpió Clemencia con voz tranquila. Es lo que la gente del pueblo dice cuando no sabe bien lo que pasa, pero necesita decir algo. Este rancho no está en venta. Silencio. Eliodoro miró el corredor, la casa, el jardín visible desde donde estaba sentado.

Miró las rosas que Clemencia había estado regando cuando llegó, que eran del tipo que no crece en cualquier tierra, sino en la que alguien cuida con constancia. ¿Usted sola lleva esto?”, preguntó. Y la pregunta salió distinta de cómo hubiera salido si la hubiera hecho en el pueblo, sin el tono de quien juzga, sino con el de quien genuinamente quiere saber.

“Sola”, dijo Clemencia, “Como lo llevó mi padre, como lo llevó mi abuelo antes que él.” “Su padre era hombre solo también”, dijo Eliodoro. “Mi padre era hombre”, respondió Clemencia. Yo soy mujer. Según todos eso hace la diferencia. Una pausa. Para mí no la hace. Eliodoro no respondió de inmediato.

Miraba el jardín o miraba a Clemencia o miraba las dos cosas al mismo tiempo sin poder distinguir dónde terminaba una y empezaba la otra. ¿Qué hace falta aquí?, preguntó entonces. Clemencia frunció ligeramente el seño. ¿Cómo dice? en el rancho. ¿Qué es lo que más falta hace? Era una pregunta extraña viniendo de alguien que había llegado a comprar.

Clemencia lo miró un momento evaluando. El techo del granero, dijo finalmente. Y la cerca del norte y el pozo necesita limpieza desde hace dos temporadas. Eliodoro asintió como tomando nota mental. Eso tiene solución, dijo. Todo tiene solución si hay quien lo resuelva, respondió Clemencia. El problema no es la solución.

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