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Margaret de Argyll: 88 Hombres… y el Juicio que Escandalizó a Inglaterra

Y entonces ocurrió algo que cambiaría a Margaret de una manera que nadie, ni ella misma habría podido anticipar. Era 1943. Europa estaba en llamas. La Segunda Guerra Mundial consumía ciudades enteras y transformaba el mundo con una violencia que no distinguía entre el humilde y el poderoso. Londres sufría los bombardeos, los apagones, la angustia cotidiana de no saber si al día siguiente habría ciudad donde despertar.

Y en ese contexto de caos y miedo, Margaret Wigam, ya entonces señora Swini, vivía en la cuerda floja de una existencia que todavía intentaba mantener cierta apariencia de normalidad. Fue en ese año cuando ocurrió el accidente. Margaret estaba visitando a su podólogo en un edificio de Londres cuando sufrió una caída devastadora por el hueco de un ascensor.

Se rompió la espalda. Los médicos temieron durante días que no sobreviviera y cuando finalmente salió del peligro, quienes la conocían de cerca notaron que algo había cambiado en ella, algo que iba más allá de las fracturas físicas. Según los testimonios recogidos por su biógrafa Lindy Spence, Margaret perdió por completo el sentido del gusto como consecuencia del trauma neurológico del accidente.

Pero lo que más llamó la atención de quienes la rodeaban fue un cambio en su carácter, en su apetito por la vida, en una especie de sed insaciable que pareció instalarse en ella de manera permanente. Los médicos de la época no tenían herramientas conceptuales precisas para describir lo que había ocurrido. Hoy, algunos historiadores y biógrafos han sugerido que el traumatismo craneal que sufrió en la caída pudo haber alterado ciertas funciones neurológicas relacionadas con el control de los impulsos.

En cualquier caso, lo que es innegable es que la Margaret que salió de aquel accidente no era exactamente la misma que había entrado. seguía siendo hermosa, seguía siendo elegante, seguía siendo magnética, pero había en ella una urgencia nueva, una necesidad de vivir con una intensidad que el mundo convencional en el que se movía difícilmente podía satisfacer.

Su matrimonio con Swinnie, que ya venía sufriendo tensiones desde hacía años, no sobrevivió a esa transformación. En 1947 la pareja se divorció. El divorcio fue relativamente discreto para los estándares de la época, sin grandes escándalos ni revelaciones comprometedoras en los periódicos. Margaret salió de ese matrimonio con sus dos hijos, con su fortuna intacta, con su reputación aún en pie y con toda una vida por delante. Tenía 34 años.

Era libre. Y Londres, esa ciudad que siempre la había adorado, la esperaba con los brazos abiertos. Los años siguientes fueron los de una Margaret en plena libertad. Se movía por los salones de la alta sociedad con la soltura de quien nunca ha necesitado pedir permiso para nada. Se rumoreaba de romances con hombres poderosos, con artistas, con figuras del mundo del espectáculo.

El nombre de Douglas Ferbans Jior, el famoso actor americano, se mencionaba entre susurros, pero Margaret no confirmaba ni desmentía nada. se limitaba a sonreír con esa sonrisa perfecta que todos conocían y a seguir viviendo con una intensidad que comenzaba a inquietar a algunos de sus más cercanos. 1951, el mundo había cambiado radicalmente en los 6 años transcurridos desde el final de la guerra.

Gran Bretaña reconstruía sus ciudades destruidas y su orgullo herido. Una nueva era comenzaba más austera, más consciente de la fragilidad de las cosas. Y en ese contexto de reconstrucción y esperanza cautelosa, Margaret Wigam tomó una decisión que definiría el resto de su vida. Se casó por segunda vez. El elegido fue Ian Douglas Campbell, un décimo duque de Argel, jefe de uno de los clanes más antiguos y nobles de toda Escocia.

Era un hombre imponente, con el porte grave de quien ha heredado siglos de historia sobre sus hombros y propietario del magnífico castillo de Inveragai, esa fortaleza de piedra gris que se alzaba sobre las orillas del Lockfine como un monumento permanente al poder de su linaje. Cuando Margaret lo conoció, el duque estaba en una situación financiera delicada, como tantos aristócratas británicos de la posguerra, que habían heredado títulos gloriosos, pero cuyos patrimonios habían sido diezmados por los impuestos, los gastos de mantenimiento de propiedades enormes y

los estragos del tiempo. La boda se celebró el 22 de marzo de 1951. Con ese matrimonio, Margaret Wiham, la niña de Glasbow, hija de un hombre de negocios del algodón, se convertía en la duquesa de Argail, señora de uno de los castillos más emblemáticos de las Highlands escocesas. Era el tipo de ascenso social que solo se veía en las novelas.

Y, sin embargo, quienes conocían bien a ambos contratantes tenían sus dudas. Ian Campbell tenía una reputación de hombre difícil. terco, con un temperamento volátil que había complicado ya sus relaciones anteriores. Y Margaret, por su parte, era una mujer cuya necesidad de atención y de estímulo emocional resultaba, para decirlo con suavidad, difícil de satisfacer con una sola persona.

Lo que pocos sabían entonces y que solo salió a la luz muchos años después era que antes de la boda el duque había manipulado a Margaret de una manera que algunos historiadores no dudan en calificar de fraude. Según la biógrafa Lindcy Spence, Ian Campbell falsificó un documento de compraventa para quedarse con dinero de Margaret, destinado a restaurar el castillo de Inveragai.

Dicho con claridad, usó el dinero de su futura esposa para financiar la restauración de su herencia familiar, ocultándole la verdadera naturaleza del acuerdo. El castillo brillaba de nuevo, gracias, en gran medida, al dinero de Margaret. Pero Margaret no lo sabía. o si lo sospechaba, decidió no verlo, porque había algo en ese matrimonio que ella necesitaba de una manera que no era fácil de explicar racionalmente.

Los primeros años de su vida como duquesa fueron, al menos en apariencia, los más espléndidos de su existencia. Vivía en Inberaray, presidía las cenas del castillo, recibía a lo más granado de la aristocracia y la política británicas. Se fotografiaba en las escalinatas de piedra con sus perlas de tres hilos, con ese porte inconfundible que hacía que cualquier ropa le sentara como si hubiera sido cosida directamente sobre su figura.

El mundo la miraba y veía lo que quería ver. Una duquesa perfecta, una historia de amor con final feliz. Pero en las habitaciones privadas del castillo, lejos de las cámaras y los alagos, algo muy distinto estaba tomando forma. Detrás de las puertas cerradas del castillo de Imberaray, el matrimonio entre Ian Campbell y Margaret se parecía cada vez menos al cuento de hadas que mostraba al mundo.

El duque resultó ser un hombre de carácter extremadamente complicado, desconfiado, controlador, propenso a los arrebatos de ira y con una tendencia a la bebida que empeoraba considerablemente su temperamento. Margaret, acostumbrada desde siempre a moverse en un mundo donde la adulación era moneda corriente, encontraba en la convivencia diaria con su marido una frialdad y una dureza que no cuadraban con la imagen que ella había construido de su propia vida.

Las ausencias de Margaret en Londres comenzaron a hacerse más frecuentes. Tenía su casa en Uper Grovenor Street en Mayfer, ese barrio de Londres que era el corazón de la alta sociedad británica. y allí pasaba temporadas cada vez más largas, alegando compromisos sociales, reuniones de beneficencia, compromisos que no podían posponerse.

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