Aquella mañana el Senado de la República se preparaba para una de las sesiones más tensas del año. Nadie imaginaba que en cuestión de segundos una sola frase pronunciada por Omar García Harfuch convertiría el grito más alto del recinto en un silencio sepulcral. La cámara seguía encendida, millones miraban en vivo y lo que pasó después dejaría una huella imposible de borrar.
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La luz tenue de su lámpara de escritorio iluminaba un folder rojo que llevaba semanas preparando con obsesión. En la portada, escrito a mano con letra firme, se leía Comparecencia, SSPC, datos duros. Sobre el escritorio, varios cafés a medio terminar, una libreta con tachones, dos teléfonos celulares vibrando sin parar y una pluma que ella sostenía con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos.
Lily llevaba puesto un saco gris perla, una blusa blanca sin estampados y los aretes pequeños que se ponía siempre que sabía que iba a salir en televisión nacional. A sus 58 años, su gesto era el mismo de siempre. Mirada filosa, ceja levemente arqueada, labios apretados, una expresión que no admitía dudas, una expresión que ya conocían los presidentes, los gobernadores, los empresarios y ahora los secretarios de Estado. Senadora, ya está su café.
La voz pertenecía a Mariana, su asesora de comunicación, una mujer de treint y tantos años, alta, con el cabello recogido en una coleta y la mirada nerviosa que siempre se le notaba antes de los grandes eventos. Mariana llevaba más de tres años trabajando con ella y conocía perfectamente sus rituales. Antes de cada comparecencia, Lily bebía exactamente dos cafés americanos, leía sus notas tres veces y luego se quedaba callada por al menos 10 minutos.

Ese silencio, decía, era cuando preparaba la voz. “Ya llegó el equipo de la oficialía mayor”, preguntó Lily sin voltear. “Hace un rato y la prensa ya está montada en el patio central. Hay como 50 cámaras, senadora. La gente del canal del Congreso me dijo que esto va a ser fácil. La transmisión más vista del mes.
Lily asintió despacio. Eso era exactamente lo que quería. No se había pasado dos semanas reuniendo cifras, citando reportes oficiales y revisando cada nota sobre los homicidios del último trimestre para que la sesión pasara desapercibida. Quería los reflectores, quería que cada palabra pegara, quería que el país entero la viera frente al hombre que, según ella, no había podido cumplir con la promesa de pacificar a México.
“Mariana”, dijo levantándose por fin del escritorio. “Hoy no quiero distracciones. Si llega cualquier llamada que no sea de mis hijos, dile a la gente que hablamos en la tarde. Hoy es el día.” “Sí, senadora.” Lily tomó el folder rojo, lo abrazó contra el pecho y caminó hacia la ventana. Desde ahí podía ver la avenida ya colapsada de tráfico, los tamaleros empujando sus triciclos por las banquetas, los policías de la Ciudad de México dirigiendo el paso en cada esquina.
pensó por un instante en su tierra, en Hermosillo, en su sonora natal, en aquella reportera de 26 años que había debutado conduciendo noticieros en la Ciudad de México y que jamás imaginó terminar siendo una de las voces más incómodas del Congreso de la Unión. Pensó en los muertos, pensó en las cifras, pensó en el atentado del 2000 cuando le dispararon afuera de TV Azteca y salió viva de milagro.
Y pensó sobre todo en aquel hombre que ese día tendría que sentarse frente a ella y responder. Omar García Jarfuch, Mariana, dijo de pronto sin voltear. Dime una cosa, ¿tú crees que la gente de allá afuera realmente entiende lo que está pasando en este país? Mariana tardó un momento en contestar, no porque no tuviera respuesta, sino porque sabía que cuando la senadora hacía ese tipo de preguntas, no buscaba un sí o un no, buscaba un eco.
Yo creo, senadora, que la gente está cansada. Mi familia en Tlaxcala, los vecinos de mi mamá, los compañeros de la prepa de mi hermano, todos se sienten igual, encerrados, asustados y enojados. Lily asintió despacio, volteó por fin. Tenía los ojos brillantes, no de tristeza, sino de esa rabia contenida que se le notaba pocas veces.
Pues hoy esa gente me va a ver y yo voy a decir lo que muchos de ellos no pueden decir. Mariana tragó saliva. Senadora, usted está completamente segura de lo que va a hacer. Lily soltó una sonrisa breve, casi triste, caminó hasta la silla, se sentó muy derecha y la miró fijamente. Mariana, mira, yo me he equivocado muchas veces en mi vida.
He metido la pata como periodista, he metido la pata como senadora, he metido la pata hasta como mamá. Pero hay una cosa en la que no me he equivocado nunca, en saber cuándo es el momento de hablar. Y este, créeme, es el momento. Mariana asintió en silencio. No insistió. Sabía que a Lily Télez no se le hacía cambiar de opinión cuando ya había tomado una decisión.
Esa era al mismo tiempo su mayor virtud y su peor defecto. Lily bajó la mirada hacia el folder rojo, pasó la mano por encima, casi como una caricia. Adentro estaban los datos, los nombres, las cifras, las fotografías y, sobre todo, la frase que llevaba semanas ensayando frente al espejo, la frase que pretendía pronunciar exactamente a los 7 minutos de iniciada su intervención.
Le exijo formalmente que presente su renuncia. A esa misma hora, a poco más de 12 km, en un departamento discreto del sur de la Ciudad de México, Omar Hamid García Jarfuch terminaba de abrocharse los puños de la camisa frente al espejo. 44 años, 1,80 de estatura, complexión atlética, piel apenas bronceada por las horas que pasaba al aire libre durante sus operativos.
tenía el cabello oscuro peinado con esa raya impecable que la prensa había convertido en marca registrada y dos pequeñas líneas grises en las cienes que lejos de envejecerlo, le daban un aire severo. Su rostro era el de alguien acostumbrado a hablar poco y observar mucho. Sobre la cómoda, junto a su reloj y su gafete oficial, descansaba el carpetón de cuero negro que su equipo le había entregado la noche anterior. dentro.
Cifras, estadísticas, reportes de detenciones, mapas de incidencia delictiva, fotografías de operativos, oficios firmados, nombres, fechas, todo lo que iba a necesitar. “Papá, ¿oy ya vas a salir en la tele?” La pregunta vino desde la puerta. Una niña pequeña, de cabello largo y un osito en la mano, lo miraba con los ojos todavía hinchados de sueño.
Omar se volteó con esa sonrisa que solo le aparecía en casa, esa que nadie de la prensa había logrado capturar nunca. Hoy sí, mi vida, pero papá no se va a tardar. Tú ya desayunaste. Mami hizo molletes. Qué rico. Se agachó para darle un beso en la frente. Pórtate bien con tu mamá. Sí. Y si me ves en las noticias, no le hagas caso a las cosas feas que digan.
Acuérdate de lo que te dije, que las palabras pesan, pero el trabajo pesa más. Eso, esa es mi hija. La pequeña asintió con esa seriedad que solo tienen los niños cuando creen entender algo importante y salió corriendo por el pasillo. Omar respiró hondo. Se acomodó la corbata azul marino, una corbata sencilla sin estampados, y tomó el folder.
En el espejo, durante un segundo, vio reflejada la cicatriz pequeña, casi imperceptible, que tenía cerca del cuello. Un recordatorio del 26 de junio del 2020, cuando un comando armado lo emboscó en Paseo de la Reforma. Él había salido con vida, sus dos escoltas y una mujer que pasaba por ahí no. Se quedó mirando esa cicatriz unos segundos más.
pensó como cada vez que la veía en aquella mañana de junio, en el ruido de los disparos, en el olor a pólvora dentro de la camioneta, en la voz de su escolta, diciéndole, “Aguante, jefe, aguante.” Antes de quedarse en silencio para siempre, pensó en los meses de hospital, en las operaciones, en los rostros de las viudas y de los huérfanos a los que tuvo que mirar a los ojos.
pensó en aquel reportero que semanas después de salir del hospital le preguntó si pensaba renunciar y recordó su propia respuesta, que después se hizo viral. Si renuncio cada vez que me disparan, le estoy enseñando al crimen organizado que con balas se ganan los cargos públicos. Y eso ni de chiste. Esa frase la había dicho con 28 cicatrices en el cuerpo y la cabeza envuelta en vendas.
Esa frase, según contaban algunos, fue la que terminó de convencer a Claudia Shainbaum de que ese era el hombre que necesitaba en la Secretaría de Seguridad. Después tomó las llaves, salió al pasillo y caminó hacia la puerta donde ya lo esperaba su jefe de seguridad. Buenos días, secretario. Buenos días, Lalo. ¿A qué hora me citaron? A las 11 en punto, jefe.
Los muchachos ya están abajo. La camioneta blindada está lista. La avanzada ya está en el Senado y tenemos confirmación de la presidenta de la mesa directiva. Comparecencia en sesión solemne transmitida en cadena nacional. Ya llegó la senadora Télez. Lalo asintió tragando saliva. Lleva ahí desde las 7, jefe. Omar no dijo nada, solo soltó una media sonrisa que duró menos de un segundo y luego volvió a su gesto serio.
Caminó hacia la puerta del departamento. Hizo una pausa antes de salir y miró por última vez el pasillo iluminado donde su hija seguía riéndose con la madre en la cocina. Vámonos. La camioneta blindada salió del estacionamiento subterráneo a las 10:10. Tres unidades de avanzada por delante, dos de cierre por detrás, un convoy discreto, eficiente, sin sirenas.
Omar viajaba en el asiento trasero, con Lalo al volante y un asesor jurídico a un lado. “Jefe, ¿quiere que repasemos las posibles preguntas?”, preguntó el abogado, un hombre joven de lentes llamado Esteban, que llevaba dos años en el equipo. No, ya las repasé anoche. Si me dicen algo nuevo, lo contesto en el momento.
Y si la senadora Téz le pide la renuncia, Omar volteó a verlo por primera vez en todo el trayecto, no con enojo, solo con esa mirada tranquila que paralizaba. Esteban, si yo renunciara cada vez que alguien me lo pide, no habría durado ni una semana en este puesto. El abogado bajó la mirada hacia sus papeles. Lalo, al volante soltó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
conocía a su jefe lo suficiente como para saber lo que estaba pensando, que esa mañana iba a ser larga, pero que él no estaba ahí para defenderse, estaba ahí para responder. Y eso, según el manual no escrito de Omar García Harfuch, eran dos cosas muy distintas. Mientras la camioneta avanzaba por insurgentes, Omar miraba por la ventana.
Vio a un grupo de niños uniformados entrando a la escuela. Vio a una señora vendiendo elotes en una esquina. Vio a un repartidor de rapi pedaleando entre los carros. Vio a México, al México real, ese México que no se mete en política, que no sabe quién es Lily Télez ni quién es Omar García Harfuch, que solo quiere salir a trabajar y volver a casa sin que le pase nada en el camino.
Ese era, pensaba él, el verdadero jurado de esa mañana. A las 10:35, la camioneta entró al estacionamiento del Senado. A las 10:30, el patio central del Senado de la República parecía un set de televisión. Cámaras de Televisa, de TV Azteca, de Milenio, de Imagen, de N Plus, de Latinus, del Financiero, de Reforma, del Universal, de la Jornada, de medios extranjeros.
Routers tenía dos enviados, la Associated Press, otro tanto, hasta una corresponsal del diario español, el país había llegado expresamente desde Madrid solo para cubrir esa sesión y no era para menos. Llevaba tres semanas circulando un rumor en los pasillos del Congreso. La senadora Lily Télez, la voz más feroz de la oposición, iba a usar la comparecencia del secretario de seguridad para algo más grande que un simple cuestionamiento.
Algunos decían que tenía pruebas inéditas, otros que iba a sorprender al país con una exigencia formal. Y los más arriesgados, los que ya conocían el estilo de Lily, susurraban una palabra que recorrió todos los pasillos del Senado como una corriente eléctrica. Renuncia. A las 11 en punto, las puertas del recinto se abrieron.
Lily entró primero acompañada de su equipo y de varios senadores del PAN, que aunque no compartían del todo su estilo, esa mañana sí compartían su objetivo. La saludaron con firmes apretones de mano. Le dijeron al oído, “Vas con todo, Lily.” Ella asintió sin hablar. Tomó su lugar. 5 minutos después, las puertas se abrieron otra vez y entró Omar García Harfuch.
El murmullo del recinto se apagó casi por completo. El secretario caminó por el pasillo central con paso firme, sin mirar a los reporteros, sin saludar a nadie en particular. Llevaba el traje gris oscuro, la corbata azul, los zapatos negros impecables, su gesto neutro, su mirada hacia adelante. Detrás de él, dos asesores cargaban carpetas.
Más atrás, un equipo legal que él había pedido expresamente. Subió al estrado, dejó el carpetón sobre la mesa, ajustó el micrófono y antes de tomar asiento paseó la mirada por el pleno. Sus ojos se cruzaron por una fracción de segundo con los de Lily Télez. Ninguno de los dos parpadeó.
La presidenta de la mesa directiva, una senadora morenista de voz pausada, tomó la palabra. Buenos días a todas y todos. Damos inicio a esta sesión solemne para escuchar la comparecencia del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, el ciudadano Omar Hamid García Jarfuch. Le agradecemos su presencia. Conforme al orden del día, primero se le concederá el uso de la voz al secretario por un tiempo de hasta 20 minutos.
Posteriormente los grupos parlamentarios harán uso de su derecho a interpelar. Omar asintió, tomó el documento que tenía enfrente, miró por un momento al pleno y comenzó, “Senadoras, senadores, buenos días. Comparezco hoy ante esta soberanía para rendir cuentas, como lo establece la Constitución, sobre la estrategia nacional de seguridad implementada por la actual administración, así como sobre los resultados obtenidos durante este primer año y medio de gestión al frente de la secretaría que represento. Su voz era
pausada, sin sobresaltos, sin levantar el tono, sin gestos exagerados. La gente que lo escuchaba por primera vez muchas veces se sorprendía de que aquel hombre que comandaba operativos contra los grupos criminales más peligrosos del país hablara como si estuviera leyendo un parte meteorológico.
Pero quienes lo conocían sabían que ese tono, esa calma, ese ritmo eran su sello, su forma de no darle al adversario nada que pudiera usar después. Habló de incidencia delictiva. Habló del homicidio doloso, citando porcentajes y comparativos. Habló del decomiso de armas. Habló de los detenidos de alto perfil del último año. Mencionó cifras, lugares, fechas.
No se permitió un solo adjetivo, ni un solo gracias a Dios, ni un solo desafortunadamente, solo datos. Mientras él hablaba, Lily Télez no le quitaba los ojos de encima. En su cuaderno, ella iba marcando cada cifra que, según su equipo, era discutible, cada porcentaje que podía rebatirse, cada dato que en sus propias notas tenía una contraparte.
Su pluma volaba sobre el papel. A los 20 minutos exactamente, Omar terminó. Por todo lo anterior, agradezco la oportunidad de comparecer y quedo a sus órdenes para responder cualquier interpelación que esta soberanía considere pertinente. Muchas gracias. Hubo un aplauso tibio mayoritariamente del bloque oficialista.
La oposición, en cambio, esperaba. La presidenta de la mesa retomó. Se concede el uso de la voz en el primer turno de la oposición a la senadora Lili Télez García del grupo parlamentario del partido Acción Nacional hasta por 10 minutos. Lily se levantó. El recinto entero pareció contener la respiración. Muchas gracias, presidenta.
Lily tomó el micrófono con las dos manos, miró sus notas, después miró al pleno, después por primera vez miró directamente a Omar García Harfuch. Él la observaba con esa misma calma de siempre, sin moverse, sin parpadear, sin sonreír, sin fruncir el ceño. Nada. “Señor secretario”, comenzó ella, con esa voz grave y modulada que durante décadas había acompañado a millones de mexicanos en los noticieros nocturnos.
Antes que nada, le agradezco su presencia. Es bueno que esta soberanía tenga la oportunidad de escucharlo en persona, porque la realidad que usted nos pinta y la realidad que viven los mexicanos en sus calles, en sus colonias, en sus comunidades, no se parecen en nada. Hizo una pausa breve calculada. Usted nos habló de cifras, pero las cifras, señor secretario, no resucitan a los muertos.
Un primer murmullo recorrió las gradas. Algunos senadores oficialistas movieron la cabeza. incómodos. Omar no se movió, solo asintió levemente, como dándole a entender que la escuchaba con respeto. Le voy a recordar algo, secretario, en lo que va de su gestión, conforme a los datos del propio secretariado ejecutivo, y aquí Lily levantó una hoja blanca llena de números en color rojo.
Este país ha registrado decenas de miles de homicidios. Decenas de miles. Cada uno de ellos era una persona, un padre, una madre, un hijo, una hija. Y mientras usted llega a presumirnos un punto porcentual de baja en estados como Guanajuato, Michoacán, Sinaloa, Guerrero, Chiapas, la población vive aterrorizada.
Lily hizo una pausa para tomar aire. El recinto estaba en absoluto silencio. Las cámaras de la transmisión enfocaban alternadamente su rostro y el del secretario. Le voy a poner ejemplos concretos, secretario, porque a usted le gustan tanto las cifras. Vamos a ponerle nombres a esas cifras. Hace tres semanas en Sinaloa, una familia de cinco personas fue ejecutada en su propio domicilio.
Hace dos semanas en Michoacán, un sacerdote fue asesinado a la salida de la misa de seis. La semana pasada en Guanajuato, una niña de 12 años quedó en medio del fuego cruzado de dos grupos criminales y murió en el hospital. ¿Qué les digo a esas familias, secretario? ¿Que la incidencia delictiva bajó 3%? Eso les digo.
Algunos senadores del oficialismo intentaron interrumpirla con murmullos. La presidenta de la mesa pidió orden, pero esta vez sin levantar el martillo. Sabía que detener a Lily Télez en pleno discurso era inútil. Y permítame, secretario, decirle algo más. Usted goza de una popularidad envidiable en redes sociales.
Lo veo, lo veo cada vez que abro mi celular. Harfuchitos, peluches, cobijas, corridos, cuentas de fans con cientos de miles de seguidores. Muy bonito. Pero la popularidad, señor secretario, no es un indicador de seguridad pública y la imagen no es un indicador de gobernanza y los memes no resuelven el problema de los miles de mexicanos que cada año son víctimas del crimen organizado.
Hubo aplausos en el bloque opositor. Lily no se detuvo. No creo, señor secretario, que usted es un hombre preparado. No le voy a regatear su currículum. Sé que estudió en Harvard, sé que se entrenó en cuántico, sé que sobrevivió a un atentado y que eso, evidentemente le da credibilidad. Pero la credibilidad, secretario, no se mide por lo que uno sobrevivió, se mide por lo que uno logra para los demás.
Y en eso, lamentablemente, los resultados no acompañan a su biografía. Lily hablaba con un ritmo que dominaba a la perfección. Subía la voz en los momentos justos, la bajaba cuando quería que se notara una palabra. Sus pausas eran tan calculadas como sus frases. Era, había que reconocerlo, una de las mejores oradoras del Senado.
Le voy a decir algo, señor secretario. Le voy a decir lo que creo y lo voy a decir con la frente en alto porque para eso me eligió Sonora y para eso estoy aquí. Yo creo, Omar García Harfuch, que usted no está a la altura del cargo que ocupa. Yo creo que su estrategia ha fracasado. Yo creo que la política de abrazos no balazos que su gobierno heredó y que usted no ha tenido el valor de desmontar, ha entregado este país al crimen organizado. El recinto explotó.
Senadores oficialistas se pusieron de pie a gritar. El bloque de oposición aplaudió. La presidenta de la mesa golpeó el martillo varias veces. Orden, orden. Permitan a la oradora terminar su intervención. Lily esperó, no bajó la voz, no retrocedió, no miró a sus compañeros, mantuvo la vista clavada en Omar y entonces lo dijo.
Por eso, señor secretario, hoy, frente al pueblo de México, frente a esta soberanía y frente a las cámaras que están transmitiendo en cadena nacional, le exijo formalmente que presente su renuncia. Silencio. Un silencio que duró exactamente 2 segundos, pero que para muchos pareció una eternidad. Después el pleno volvió a estallar.
Algunos senadores aplaudían de pie, otros gritaban, otros simplemente miraban la escena sin saber qué hacer. La presidenta de la mesa volvió a golpear el martillo, esta vez con más fuerza. Orden. Orden, por favor. Esto es el Senado de la República, no un mercado. Pido respeto. Pasaron casi dos minutos completos antes de que el recinto recuperara una calma relativa.
Cuando por fin volvió el silencio, la presidenta dijo, “Senadora Télez, ¿ha terminado su intervención?” Lily asintió. Tomó asiento sin dejar de mirar a Omar. Conforme al reglamento, continuó la presidenta, se concede al secretario el derecho de réplica. Las cámaras se enfocaron en el estrado. Cada canal de televisión, cada portal de noticias, cada transmisión de redes sociales, cada teléfono celular grabando en directo enfocaba el mismo punto.
El rostro de Omar García Harfuch. Él se inclinó muy ligeramente hacia el micrófono, acomodó las hojas que tenía enfrente. Después, con esa misma calma que ya tenía desquiciada a media oposición, comenzó, “Senadora Téz, buenas tardes. Una pausa mínima. Le agradezco sus palabras y le agradezco que esta soberanía me permita responderle.
” Omar miró sus notas, pero no las leyó, cerró el carpetón, lo dejó a un lado y volvió a mirarla a los ojos. Senadora, antes de responderle quiero decirle algo. Yo no llegué a este cargo buscando aplausos y tampoco estoy aquí para evitar críticas. Las críticas, cuando vienen acompañadas de datos, las recibo, las estudio y las atiendo.
Es mi obligación, pero permítame, con el mismo respeto con el que usted habló, hacerle una pregunta muy concreta. Lily arqueó la ceja, se acomodó en el asiento y entonces Omar dijo la frase, la frase que durante las siguientes 72 horas iba a ser repetida en todos los noticieros, en todos los matutinos de radio, en todas las mesas de análisis, en todas las redes sociales, en todos los grupos de WhatsApp del país.
Una sola frase pronunciada con el mismo tono pausado de siempre, sin levantar la voz, sin gestos, sin teatro. Una frase que estaba a punto de dejar a la senadora más combativa del Congreso, a la mujer que había enfrentado presidentes, gobernadores y empresarios, a la periodista que sobrevivió a balazos y que jamás había bajado la mirada ante nadie, literalmente sin palabras.
Y todo el país estaba a punto de presenciarlo en vivo, sin cortes, sin previo aviso, sin posibilidad de marcha atrás. Lo que parecía ser una comparecencia más en el Senado, estaba a punto de convertirse en cuestión de minutos en uno de los momentos más vistos del año. Pero la verdadera tormenta apenas comenzaba, porque cuando Omar García Harfuch terminara de hablar, no solo iba a dejar callada a Lily Télez, iba a dejar callado a todo el recinto y lo que viniera después sacudiría hasta los cimientos del propio gobierno federal.
Omar dejó pasar dos segundos antes de hablar. Dos segundos que, vistos en cámara lenta por los analistas durante las semanas siguientes, se convertirían en uno de los silencios más estudiados de la política mexicana reciente. No fueron 2 segundos de duda, fueron 2 segundos calculados, 2 segundos para que la presión cayera sobre quien acababa de hacer la exigencia.
Después, con esa voz pausada y baja que era su firma, dijo, “Senadora Télez, le agradezco profundamente su intervención y le voy a responder con la misma franqueza con la que usted me habló. Pero antes, permítame compartirle un dato que esta mañana, mientras usted se preparaba para esta sesión, mi equipo y yo estuvimos coordinando desde las 2 de la madrugada.” hizo una pausa.
El recinto entero contuvo el aliento. Hace exactamente 6 horas, en un operativo simultáneo en Michoacán y Guerrero, en el que participaron agentes de la secretaría que represento, de la Fiscalía General de la República, de la Sedena y de la Marina, fue detenido uno de los 10 criminales más buscados de este país.
La información operativa la entregaré de manera formal a la presidenta Shainbaum y a esta soberanía en las próximas horas, conforme al protocolo. Pero quiero decirle, senadora, con todo el respeto que usted me merece, que mientras usted preparaba esta exigencia de renuncia, yo estaba literalmente evitando que se siguieran sumando muertos a las cifras que usted misma acaba de citar.
Un murmullo recorrió las gradas. La presidenta de la mesa giró la cabeza hacia su asesor, que ya estaba revisando los teléfonos para confirmar la información. Lili Téz no se movió. Y le voy a decir algo más, senadora. Continuó Omar sin levantar la voz. Yo no vine hoy a este Senado a pedirle aplausos. Yo no vine a defenderme de nadie.
Yo vine, conforme a mi obligación constitucional a rendir cuentas. Pero permítame, con la misma franqueza, hacerle a usted una sola pregunta. Una. levantó muy ligeramente la mirada, miró a la senadora, la miró sin agresividad, sin desafío, con esa serenidad que para muchos era casi peor que una agresión directa. ¿Cuántas iniciativas concretas en materia de seguridad pública ha presentado usted ante esta soberanía durante la presente legislatura? La pregunta cayó en el recinto como una piedra en un estanque.
Los círculos se expandieron. Algunos senadores giraron la cabeza hacia Lily, otros bajaron la mirada hacia sus celulares para confirmar la respuesta. Los reporteros del fondo del salón anotaban frenéticamente. Las cámaras se habían ido cerrando lentamente sobre el rostro de la senadora. Y entonces ocurrió.
Lily Télez, la mujer que durante 36 años había hecho preguntas en cámara, la periodista que enfrentó a presidentes y a procuradores, la senadora que había callado a Andrés Manuel López Obrador, a Ricardo Monreal, a media bancada de Morena en el pleno, abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, buscó sus notas, no encontró la respuesta.
Buscó a Mariana con la mirada. Mariana, blanca como el papel, miraba sus propios papeles sin saber qué hacer. Pasaron 3 segundos, cinco, siete. El silencio en el recinto se volvió tan denso que se podía escuchar el zumbido de las cámaras. La presidenta de la mesa, con voz titubeante, intervino. “Senadora Téz, ¿desea hacer uso de su derecho de réplica?” Lily no contestó de inmediato, tragó saliva, intentó componerse y entonces, con esa voz que claramente había perdido un poco de su filo, dijo, “Presidenta, le pido que conste en el
diario de los debates que el secretario evadió mi exigencia formal de renuncia.” Hubo unos cuantos aplausos del bloque opositor intentando rescatar el momento, pero el daño ya estaba hecho. Cualquier mexicano que estuviera viendo la transmisión en vivo, en su celular, en su televisión, en la pantalla de un bar, en el monitor de una oficina, había visto la misma escena.
Lily Téz había exigido una renuncia. Omar García Harfuch había respondido con una pregunta y la senadora no había sabido qué responder. Omar volvió a tomar la palabra. Presidenta, con todo respeto, yo no evadí ninguna exigencia, simplemente le hice una pregunta a la senadora y por la falta de respuesta, voy a permitirme decirle con todo el respeto lo siguiente. La respuesta es cero.
La senadora Télez no ha presentado en esta legislatura una sola iniciativa en materia de seguridad pública. Yo lo verifiqué anoche en el sistema de información legislativa y eso no es un reproche, es un dato. Pero permítame decirle algo más, senadora. Yo no le voy a presentar mi renuncia y no se la voy a presentar.
No por orgullo, no por terquedad, no por aferrarme al puesto. Se la voy a negar por una sola razón. El día en que un servidor público renuncia a este país por presión política y no por evaluación de resultados, ese día el crimen organizado va a aprender una lección que nunca debe aprender, que con discursos se ganan los cargos y con discursos se quitan.
Y eso, mientras yo esté al frente de esta secretaría, no va a pasar. Hubo 2 segundos más de silencio. Después, el bloque oficialista se puso de pie a aplaudir. Algunos senadores del PAN aplaudieron también, casi sin querer. Otros bajaron la mirada. La presidenta de la mesa golpeó el martillo, esta vez con visible alivio. Gracias, señor secretario.
Continuamos con el siguiente turno de la oposición. El siguiente turno le tocaba a un senador del PRI, un hombre de pelo blanco, con muchos años en la política, que tomó el micrófono con la cara de quien sabía perfectamente que ya no había manera de remontar el momento. Trató de hacer una pregunta sobre el presupuesto de la Guardia Nacional.
La hizo de manera correcta. Omar respondió con cifras precisas, con su mismo tono pausado, pero cualquier mexicano que estuviera viendo la transmisión en ese momento podía notar que los demás senadores ya estaban viendo sus celulares por debajo de la mesa, leyendo los mensajes, los memes, los posteos que ya circulaban.
Una senadora del PT, conocida por su radicalismo, intentó retomar el ataque. Habló de abrazos no balazos. Habló del fracaso del modelo de seguridad. habló de los desaparecidos. Omar la dejó terminar y entonces, con la misma calma contestó, “Senadora, le agradezco su intervención. Le respondo con tres datos concretos. Punto uno.
La frase abrazos no balazos no aparece en ningún documento oficial de mi secretaría. Punto dos. Durante mi gestión hemos detenido a 12 de los criminales más buscados del país, cuatro de ellos extraditados. Punto tres. El presupuesto en seguridad creció un 18% real en términos de capacidades operativas.
Si la senadora desea revisar conmigo, en lo personal los datos por entidad federativa, le abro las puertas de mi oficina cuando ella guste, cualquier día, cualquier hora. La senadora del PT, viendo que el contraataque tampoco le había funcionado, se sentó y a partir de ese momento ya nadie más quiso preguntar nada que pudiera convertirse en otro meme, pero la sesión en realidad ya había terminado.
Lo que pasó después, las preguntas de otros senadores, las respuestas medidas de Omar, las intervenciones del bloque oficialista, todo eso fue ruido de fondo. La conversación nacional ya estaba en otro lado, estaba en los teléfonos. en las redes sociales, en los grupos de WhatsApp, en los noticieros que ya estaban interrumpiendo su programación para repetir una y otra vez los mismos 22 segundos.
La pregunta, el silencio de Lili, la respuesta de Omar. A las 2 de la tarde, cuando Lili Télez salió del recinto, el patio central del Senado estaba peor que antes de la sesión. Había duplicado el número de cámaras, reporteros gritando, micrófonos tendidos, flashes. Su escolta y dos asesores la rodearon abriéndole camino hacia el elevador.
Ella caminaba derecha con la barbilla en alto, con el folder rojo apretado contra el pecho, pero quien la conocía bien podía notar que tenía las mejillas un tono más rojas que de costumbre. Senadora, senadora, ¿alguna respuesta a la pregunta del secretario? Es cierto que no ha presentado iniciativas en materia de seguridad, senadora.
La están comparando con un debate presidencial. Diga algo, por favor. Lily no respondió a ninguno de los reporteros, solo levantó la mano pidiendo paso. Cuando llegó al elevador, entró rápido junto con Mariana y dos escoltas. Las puertas se cerraron. El silencio dentro del elevador era distinto al silencio del recinto. Este era más íntimo, más doloroso.
Mariana, con la voz casi quebrada, dijo, “Senadora, yo yo lo siento. Tendría que haber tenido la lista de iniciativas a la mano. Es mi responsabilidad. Yo no, Mariana”, la interrumpió Lily con voz seca. “La responsabilidad es mía y solo mía. Yo soy la que sube al estrado. Yo soy la que firma o no firma una iniciativa.
Y yo soy la que voy a salir adelante de esto. Pero hoy no quiero hablar. Senadora, los teléfonos no han parado. La oficina de Marco quiere hablar con usted. Los compañeros del PAN están preocupados. Hay tres canales pidiéndole entrevista para la noche. Mariana, repitió más firme. Hoy no quiero hablar. El elevador se detuvo en el piso seis. Las puertas se abrieron.
Lily salió primero, pasó por el pasillo, entró a su oficina, cerró la puerta detrás de ella. Mariana se quedó del otro lado con los teléfonos vibrando en las dos manos. Adentro de la oficina, Lily se acercó al ventanal. Miró otra vez la avenida, miró otra vez los tamaleros, los policías, los puestos de periódicos.
Después dejó el folder rojo sobre el escritorio, lo miró por unos segundos y sin previo aviso le dio un manotazo que mandó las hojas volando por toda la oficina. “Carajo!”, gritó. No era frecuente que Lili Télez gritara en su oficina. Mariana del otro lado de la puerta fingió no escuchar. Lily se sentó en la silla, cerró los ojos, tomó tres respiraciones largas, tomó su celular, cometió el error que se había prometido a sí misma no cometer en momentos así.
Abrió X, lo que vio le dio náuseas. El nombre Lily Télez estaba en la primera tendencia de México. La segunda tendencia era Harfuch. La tercera era una hashtag que ella se negó a leer en voz alta, pero que la incluía. En las primeras publicaciones vio fragmentos del video con subtítulos en blanco y negro.
Vio gifs de su propio rostro buscando una respuesta que no encontraba. Vio caricaturas. Vio comentaristas que ella había considerado aliados, expresando sorpresa de manera muy diplomática, en realidad celebrando la derrota. Vio hasta un meme con la imagen de un boxeador noqueado y su foto encima. cerró la aplicación, apagó el celular, lo dejó boca abajo sobre el escritorio y comenzó a pensar.
No estaba pensando en la derrota. La derrota para Lily Télez era un concepto que no aplicaba en su vocabulario personal. Estaba pensando en la siguiente jugada, en cómo recomponerse, en cómo regresar el mismo golpe, pero más fuerte. Estaba pensando, en pocas palabras, en cómo dejar a Omar García Harfuch tan callado, tan acorralado, tan expuesto, como él la había dejado a ella esa mañana.
Abrió el cajón inferior de su escritorio, sacó otro folder. Este no era rojo, era negro y llevaba tres meses sin abrirlo. No había querido usarlo todavía. Había planeado guardarlo para el momento adecuado. Miró la portada adentro. Según ella sabía perfectamente, había información que muy pocas personas en el país tenían.
Información sobre la red de relaciones de la Secretaría de Seguridad, información sobre nombres concretos, información que si la sabía manejar iba a obligar al secretario a salir otra vez a explicar, pero esta vez sin la calma con la que había salido esa mañana. Marcó un número en su celular. Hola, soy yo. Sí, necesito que mañana mismo te reúnas conmigo.
Tengo que confirmar algunas cosas antes de avanzar y necesito que vengas con todo. Sí, todo. Colgó. Volvió a guardar el folder negro en el cajón, cerró el cajón con llave y por primera vez en todo el día, una sonrisa pequeña, apretada, casi imperceptible, le cruzó el rostro. Mientras tanto, a 3 km de distancia, Omar García Harfuk terminaba de bajarse de la camioneta blindada en el estacionamiento de la secretaría.
Lalo le abrió la puerta. Esteban, el abogado, lo seguía con el carpetón. El convoy se replegaba con la misma discreción con la que había llegado al Senado. “Jefe,”, dijo Lalo mientras caminaban hacia el elevador. “Ya está confirmado. La detención en Michoacán fue exitosa. El sujeto está siendo trasladado en este momento al altiplano.
La información está completamente cerrada. No hubo bajas civiles. No hubo bajas en nuestras filas. Se decomisaron seis vehículos, 12 armas largas y aproximadamente 300 kg de droga. Omar asintió sin mostrar reacción. Era su manera. Cuando un operativo salía bien, no celebraba. Cuando un operativo salía mal, no se derrumbaba.
Conservaba el mismo gesto, la misma calma, la misma economía de palabras. La presidenta ya está informada. Sí, jefe. La llamé desde la camioneta. Le mandé el reporte preliminar. me pidió que en cuanto llegara le confirmara que ya estaba aquí y que mañana lo recibe en Palacio Nacional para el reporte completo. Bien, avísale a mi secretaria que cancele cualquier compromiso después de las 5.
Necesito tiempo para revisar los pendientes de la semana. Sí, jefe. Subieron al elevador. Omar miró su reloj. Eran las 2:25. Pensó por un instante en su hija, que a esa hora ya estaría comiendo en casa. pensó en su esposa, que probablemente había visto la sesión por televisión y le había llorado de coraje viendo la exigencia de renuncia.
Pensó en su madre, María Sorté, que seguramente le habría mandado un mensaje. No sacó el celular, no quería ver redes sociales. Esa era una de las reglas que él se había impuesto a sí mismo desde el día que tomó el cargo. No leer redes sociales, ni los elogios, ni las críticas. Las dos cosas, decía él, distorsionaban el juicio.
Cuando entró a su oficina, su secretaria de despacho lo recibió con una cara que él ya conocía. Esa cara de tengo que decirle algo y no sé cómo. Secretario, le marcaron de la presidencia y le dejaron tres recados de la oficina del subsecretario. Y también la presidenta de la mesa directiva del Senado pidió que le devolviera la llamada cuando pudiera. Algo más.
El equipo de prensa está pidiendo una declaración. Dicen que las redes sociales están, bueno, están imparables. Su nombre es lo más buscado en Google México desde la 1 de la tarde. Hay tres palabras claves que están en tendencia. Omar la miró sin pestañear. ¿Cuál es? Harfuch, Lili Tellez y renuncia, pero no en el sentido que la senadora quería.
Omar asintió, sin sonreír, que el equipo de prensa no haga ninguna declaración, ni a favor ni en contra. Y por favor, que no comenten absolutamente nada en redes sociales. Hoy le toca al Senado decir lo que tenga que decir. Yo ya hablé. Sí, secretario. Cerró la puerta, caminó hasta su escritorio, se quitó el saco y lo colgó en el respaldo de la silla.
Se aflojó la corbata por primera vez en todo el día. se pasó la mano por la cara y solo entonces soltó un suspiro largo. No era satisfacción lo que sentía, no era victoria. Lo que sentía en realidad era cansancio, un cansancio profundo, acumulado, hecho de noches sin dormir, de operativos en madrugada, de reuniones de gabinete que se alargaban hasta las 11 de la noche, de reportes que tenía que firmar a las 2 de la mañana.
Un cansancio que ningún mexicano, viéndolo en la televisión con su gesto sereno y su corbata azul podía sospechar. Se sentó, encendió la computadora. El teléfono de su escritorio sonó. Era la línea directa con Palacio Nacional. Lo levantó al primer timbrazo. Secretario, le comunico con la presidenta.
Una pausa breve. Después, la voz de Claudia Shainbaum, mesurada, profesional, sin emoción aparente. Omar, buenas tardes. Vi parte de la sesión. Buenas tardes, presidenta. Le voy a mandar el reporte completo del operativo de Michoacán en una hora. Quería confirmárselo personalmente antes. Te agradezco, Omar. Y también quería decirte una sola cosa.
En lo personal, me pareció correcto el tono que usaste hoy en el Senado. Correcto y necesario. Pero te voy a pedir algo. Y es algo que te lo digo como presidenta y como compañera. La senadora Télez no se va a quedar callada. Tú la conoces. Yo la conozco. Hoy le tocó perder. Mañana va a salir con algo.
Quiero que estés preparado y quiero que sepas que tienes el respaldo total de esta presidencia. Gracias, presidenta. Estaré preparado. Y Omar, una última cosa, dígame. Felicidades por el operativo. Ese trabajo, ese sí, no se va a olvidar. Colgó. Omar se quedó mirando el teléfono unos segundos. Después abrió un cajón. Sacó una libreta pequeña negra gastada.
la abrió en la última página escrita, tomó una pluma y anotó con su letra apretada y precisa, una sola línea. La senadora Télez va a regresar Estar listo. Cerró la libreta, la guardó en el cajón y empezó a trabajar. A las 8 de la noche, en el set de uno de los principales noticiarios estelares del país, dos comentaristas afilaban los cuchillos.
un periodista veterano de Pelo Cano, voz grave, conocido por su trayectoria de tres décadas en pantalla y una analista política joven, especialista en redes sociales, recién llegada al canal después de hacerse famosa en YouTube. “Buenas noches, México, arrancó el conductor. Lo que vivimos hoy en el Senado de la República no se había visto en mucho tiempo.
La senadora Lili Télez, una de las voces más reconocidas de la oposición, exigió formalmente la renuncia del secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, Omar García Jarfuch, y la respuesta del secretario en cuestión de segundos dejó al pleno en silencio. Tenemos las imágenes. Vamos a revisarlas con calma. La pantalla mostró una vez más los 22 segundos.
La pregunta de Omar, el silencio de Lili. La respuesta final. Mira, Verónica. dijo el conductor dirigiéndose a la analista. Yo llevo 30 años en esto. Yo cubrí el debate Fox La Bastida. Yo cubrí el debate Calderón AMLO. Yo cubrí la salida de Peña Nieto del Senado en el 2017. Y te lo digo de manera honesta, pocas veces he visto a la senadora Télez tan, pero tan sin palabras como hoy.
Y yo te diría algo más, respondió Verónica. En redes sociales. Esto fue una catástrofe para ella. Mi equipo me pasó los datos hace media hora. La frase “Le exijo formalmente que presente su renuncia” tiene 48,000 menciones. Pero la frase, “¿Cuántas iniciativas en materia de seguridad ha presentado usted?” Tiene 312,000 menciones.
Y Jarfuchitos volvió a entrar a tendencias. Esto en términos de comunicación política fue un knockout. “Bueno, no exageremos. Un knockout es mucho. Es un knockout”, insistió ella. Y te voy a decir por qué. Porque cuando un servidor público responde con cifras, con datos verificables y la persona que lo está cuestionando no tiene una respuesta, lo que ocurre en la opinión pública no es simpatía, es respeto.
Y el respeto en política vale más que la simpatía. El veterano sonríó con esa sonrisa de quien sabe más de lo que dice. Sin embargo, Verónica, te voy a pedir que no nos adelantemos. Lili Télez no es de las personas que se queden calladas. Yo la conozco, la he entrevistado, la he visto trabajar. Hoy le tocó perder, pero mañana te lo aseguro, va a salir con algo y cuando salga va a salir con todo.
¿Tienes información? No, solo intuición. 30 años de intuición. La cámara se cerró sobre el rostro del conductor. La música de cierre del bloque comenzó a sonar y el corte a comerciales mostró otra vez los 22 segundos. Lily Téz en su casa, vio el noticiero con su esposo y con uno de sus hijos. Comieron en silencio.
Cuando terminó el bloque, ella se levantó sin decir nada, fue al estudio y cerró la puerta. Su esposo, que la conocía mejor que nadie, no dijo una palabra. Sabía que cuando Lily se encerraba en el estudio después de un mal día, no había que molestarla. Adentro del estudio sobre el escritorio ya estaba esperándola la persona con la que había hablado por teléfono esa misma tarde.
Un hombre delgado de unos 50 años con lentes y una carpeta beige bajo el brazo. Un viejo conocido, un viejo aliado. Era una persona que había trabajado durante años en investigación financiera, alguien con conexiones en el sistema bancario, en las dependencias de fiscalización, en el viejo aparato del PRI y del PAN. Lily lo había usado en otras ocasiones.
Cada vez que lo había usado, las consecuencias habían sido políticas y mediáticas. “Llegaste”, dijo Lily cerrando la puerta. “Llegué. ¿Estás segura?” Lily lo miró fijamente, se sentó frente a él, cruzó las manos sobre el escritorio. Hoy me dejó callada delante de todo México. Hoy me convirtió en un meme.
Mañana le voy a regresar el golpe, pero no en el Senado. Esta vez voy a salir en televisión en vivo y voy a llevar conmigo lo que tú me traigas en esa carpeta. El hombre asintió, se acomodó los lentes, abrió la carpeta sobre el escritorio, extendió las hojas. Lily, quiero que entiendas una cosa antes de que veas esto.
Lo que está aquí no es contra él directamente, es contra personas cercanas a él, funcionarios, operadores, gente que ha pasado por su secretaría o por instituciones que él coordina. Si tú sales con esto a la opinión pública, no le estás disparando al hombre, le estás disparando a su entorno. Y en política, cuando le disparas al entorno de alguien, ese alguien tiene dos opciones.
O defiende a su gente y entonces queda manchado por extensión. o no defiende a su gente y entonces queda visto como traidor. Lily sonrió por primera vez en toda la noche. Una sonrisa fría, calculada, una sonrisa que solo le aparecía cuando entendía perfectamente la jugada. Entonces, lo tenemos. Si responde, pierde.
Si no responde pierde. Exacto. Y los datos están confirmados porque si me equivoco con esto, si me sale otro nombre otra fecha mal, mañana mismo me crucifican. Están confirmados. Yo no te traigo cosas a medias. Tú me conoces. Lily asintió. Empezó a leer. Las hojas tenían nombres, fechas, transferencias, contratos, oficios.
iba pasando una a una, deteniéndose en cada una el tiempo justo. Los párpados se le entrecerraban a medida que avanzaba. La sonrisa fría se hacía más larga. Cuando terminó la última hoja, cerró la carpeta y la golpeó suavemente con la palma. Mañana en la mañana llamo al canal. 2 de la tarde en vivo. Una hora completa. Ahí lo suelto todo.
¿Estás segura, Lily? Ella se quedó en silencio unos segundos. Después lo miró con esos ojos que no admitían dudas. Hoy él me preguntó cuántas iniciativas había presentado en materia de seguridad. Mañana yo le voy a preguntar frente a toda la República qué nombres tiene en su entorno y le voy a poner la lista en pantalla a ver si me responde con la misma calma.
El hombre cerró la carpeta, asintió, se levantó, se despidió sin más palabras, salió del estudio. Lily se quedó sola afuera, sobre la ciudad de México. Había caído la noche. Las cámaras seguían encendidas, los noticieros seguían repitiendo los 22 segundos y los mexicanos, sin saberlo todavía, apenas empezaban a ver el primer round de un enfrentamiento que iba a marcar el rumbo del año.
A las 2 de la tarde del día siguiente, Lily Télez caminó por el pasillo del set principal de uno de los canales de noticias más importantes del país, escoltada por el productor general y por su asesora Mariana, que esa mañana había llegado con dos cafés en la mano y la cara de quien no había pegado el ojo en toda la noche.
Lily llevaba un saco azul marino, blusa blanca y el cabello peinado hacia atrás. en las manos. Esta vez no llevaba el folder rojo, llevaba la carpeta Beige. El conductor, un periodista veterano de 40 años de carrera, conocido por hacer preguntas duras, pero no agresivas, la recibió con una sonrisa cordial. La sentó frente a él.
Repasaron rápido el guion, las cámaras se encendieron, la música de cabecera arrancó y al aire. Buenas tardes, México. Tenemos hoy con nosotros a la senadora Lili Téz, quien ayer protagonizó uno de los momentos más comentados del año en el Senado de la República. Senadora, gracias por estar aquí. Gracias a usted por la invitación. Senadora, voy a ir directo al grano.
Ayer usted exigió la renuncia del secretario García Harfuch. El secretario respondió con una pregunta sobre sus iniciativas legislativas y usted no le respondió en el momento. Hoy las redes sociales están divididas. ¿Qué le contesta usted hoy al secretario? Lily tomó aire. Sonrió ligeramente. Mire, primero le contesto lo de las iniciativas.
Tengo presentadas conjuntamente con otros senadores del PAN, dos propuestas concretas en la Comisión de Justicia y una en la Comisión de Seguridad. Tres en total. Eso es un dato verificable, pero le voy a decir algo más importante. Yo no vine hoy a defenderme. Yo vine a presentarle a México una serie de nombres, nombres de personas vinculadas directa o indirectamente con instituciones de seguridad, nombres que, en mi opinión, ameritan una explicación.
El conductor en arcó las cejas. Tiene esos nombres aquí. Ahora los tengo aquí. Sacó la carpeta, la abrió, levantó la primera hoja. La cámara hizo un acercamiento, pero antes de que pudiera leer un solo nombre en voz alta, el conductor levantó la mano con esa cara de profesional veterano que ya había hecho 100 programas en vivo.
“Senadora, antes de que mencione nombres concretos, permítame leerle algo que acaba de llegar a la redacción hace exactamente 2 minutos. Es un comunicado oficial de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana.” A Lily se le apretó la mandíbula. No esperaba eso. El conductor tomó una hoja que su productor le había dejado sobre la mesa. La leyó.
La Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana informa a la opinión pública que, en el marco de las facultades de transparencia el día de hoy puso a disposición de la sociedad civil, a través de su portal oficial un padrón completo y verificable de los funcionarios de mando de esta dependencia, así como sus declaraciones patrimoniales, fiscales y de intereses, conforme lo establece la Ley General de Responsabilidades Administrativas.
Asimismo, se hace del conocimiento que cualquier denuncia, señalamiento o cuestionamiento sobre algún funcionario en particular puede ser presentada formalmente ante la Secretaría de la Función Pública, ante la Fiscalía General de la República o ante esta misma dependencia. La Secretaría reitera su compromiso con la transparencia y con el escrutinio público.
Atentamente, Omar García Jarfuch, secretario. Hubo un silencio breve en el set. Lily mantuvo la sonrisa, pero por un segundo los ojos se le entrecerraron. Senadora, retomó el conductor con voz suave pero firme. Dado este comunicado, le pregunto, ¿los nombres que usted trae en esa carpeta, los va a denunciar formalmente ante las autoridades correspondientes o los va a dar solo aquí en televisión? Lily tragó saliva, tomó aire, decidió, en cuestión de segundos, no leer los nombres, no porque no quisiera, sino porque sabía perfectamente lo que significaba el
movimiento que Omar acababa de hacer. Si ella leía los nombres en televisión sin denuncia formal, podría ser demandada por difamación. Si ella presentaba la denuncia formal antes de la televisión, perdía el efecto mediático. La habían acorralado otra vez y esta vez sin siquiera estar Omar García Harfuch presente en el estudio.
Yo presentaré las denuncias formales”, dijo manteniendo la voz firme. “En este momento lo que quiero hacer es señalar públicamente algunas inconsistencias, pero los nombres específicos los reservaré para las instancias correspondientes. Me parece muy responsable, senadora. Lily continuó la entrevista hablando de generalidades, de la situación de seguridad, de las víctimas, de su trayectoria. Hizo lo que pudo.
Habló de la inseguridad en su estado natal, Sonora. Habló de los homicidios en el vajío. Habló de la responsabilidad histórica del gobierno federal con los desaparecidos. Citó datos, citó nombres de víctimas. mencionó casos específicos que había dado a conocer en columnas anteriores, pero los analistas, los periodistas, los espectadores que estaban viendo esa entrevista en sus oficinas, en sus restaurantes, en sus salas de espera, ya se habían dado cuenta de lo mismo.
El segundo round también lo había ganado el secretario y lo había ganado sin estar presente. Hacia el final de la entrevista, el conductor le hizo la pregunta que ella había estado esperando desde el inicio del programa. La pregunta que solo se hace cuando se quiere medir si el invitado tiene a un margen para recuperarse.
Senadora, una última. Si pudiera mandarle un mensaje al secretario García Harfuch en vivo ahora mismo, ¿qué le diría? Lily miró a la cámara. Por un instante, sus ojos no fueron los de la senadora, sino los de la periodista de Sonora, que había sobrevivido a balazos 26 años atrás. esa periodista que, según contaban los más viejos de la profesión jamás se quedaba sin la última palabra.
Le diría una sola cosa, secretario. Lo que comenzamos en el Senado no terminó en el Senado. Lo que comenzamos en el Senado sigue, sigue mañana, sigue la próxima semana, sigue cada vez que usted comparezca, cada vez que sus subalternos firmen un oficio, cada vez que su secretaría omita una respuesta, yo no voy a callarme.
Y no se trata de mi orgullo, se trata de los muertos, de los que no están, de los que ya no pueden hablar. Esos son los que me empujan a seguir. Hubo un silencio elegante en el set. El conductor asintió casi con respeto. Senadora, gracias por venir. Vamos a un corte comercial. Cuando salió del estudio, una hora después, Lily Télez subió a su camioneta sin hablar con ningún reportero.
En el camino a su casa, miró por la ventana sin decirle nada a Mariana. Y cuando llegó, subió al estudio, abrió el cajón inferior del escritorio, sacó la carpeta Beh y la guardó bajo llave en una caja de seguridad. No iba a destruirla, tampoco iba a usarla en caliente. La iba a guardar para otro momento, para otra batalla, porque Lily Télez había aprendido en 40 años de oficio una sola cosa que nunca se le olvidaba.
Las guerras políticas no se ganan en un round. A esa misma hora, en la oficina del secretario, Omar García Harfuch terminaba una reunión con su equipo de comunicación. Había estado todo el día firmando oficios, atendiendo llamadas, revisando reportes del operativo del día anterior. No había visto la entrevista de Lily Télez.
Lo enteró Lalo, su jefe de seguridad, cuando entró a la oficina con el celular en la mano. Jefe, la senadora se contuvo en televisión, no leyó los nombres. Su comunicado, el de transparencia, le partió la jugada. Omar asintió sin mostrar reacción. Solo dijo, “No fue contra ella, Lalo, fue por la institución.
Si alguien tiene algo en contra de algún funcionario, que lo denuncie por las vías formales. Eso es lo que tenemos que defender.” Claro, jefe. Omar se volteó hacia la ventana. La tarde caía sobre la ciudad de México. Sabía que Lili Télez no se iba a quedar callada para siempre. sabía que esa carpeta Beige seguía existiendo en alguna gaveta de algún escritorio de algún despacho.
Sabía que la rivalidad apenas había comenzado, que vendrían más sesiones, más comparecencias, más entrevistas, más intentos, que cada vez que él diera un paso público, ella iba a estar ahí con la pluma lista, con el discurso preparado, con la mirada filosa. Y sabía también que él tendría que estar listo cada vez, sin perder la calma, sin levantar la voz, sin entrar en los terrenos donde ella era invencible.
Tomó su libreta negra, la abrió en la línea que había escrito el día anterior, tachó la palabra lista y escribió debajo con la misma letra apretada y precisa. Listo siempre, no solo a veces. cerró la libreta, la guardó, se levantó, se puso el saco y caminó hacia la puerta. Lo esperaba su esposa para cenar, lo esperaba su hija para ayudarle con la tarea.
Lo esperaba el verdadero México, el que no veía noticieros, el que no leía las redes sociales, el que solo quería volver a casa cada noche con la familia completa. Para ese México trabajaba él, para ese México iba a seguir trabajando. Y para ese México le había prometido a sí mismo no iba a renunciar ni hoy, ni mañana, ni cuando se lo exigiera Lili Télez, ni cuando se lo exigiera nadie.
Por su parte, en su casa, Lily Télez cenaba en silencio frente al televisor apagado. Su esposo la miraba con esa mezcla de respeto y preocupación que le había acompañado durante décadas. Lily comía sin hablar, comía pensando, comía planeando, comía recordándose a sí misma una sola cosa, que ella jamás, en ninguna circunstancia, en ningún ring, en ningún Senado, en ningún estudio de televisión le iba a dar la mano a Omar García Jarfuch en señal de tregua.
Eran adversarios, lo eran ayer, lo eran hoy y lo serían mañana. Y si el destino los juntaba alguna vez en algún elevador, en algún pasillo, en algún evento oficial, ella iba a pasar de largo, sin mirarlo, sin saludarlo, sin concederle ni un milímetro de proximidad. Esa sería su forma de mantener el pulso, su forma de decirle sin palabras que la guerra seguía abierta.
Más tarde, ya en la cama, Lily miró el techo durante un largo rato. Pensó en su madre, pensó en su tierra, pensó en aquellos primeros días de reportera cuando no tenía idea de dónde la iba a llevar la vida. Y pensó sin querer en aquel hombre que esa semana se había vuelto su mayor adversario público. No le tenía respeto, no le tenía simpatía, pero le tenía, eso sí, una cosa que rara vez le concedía a alguien. Atención.
Y mientras le diera atención, él iba a estar siempre en su radar, siempre presente, siempre por encima de todos los demás temas que en otras semanas hubieran ocupado su tiempo. Esa era también una forma de victoria del adversario y Lily Télez lo sabía perfectamente. Las luces de la Ciudad de México se encendieron sobre las dos casas, sobre los dos mundos, sobre los dos protagonistas que esa semana habían capturado la atención del país entero.
Cada uno en su trinchera, cada uno con su carpeta, cada uno preparando en silencio el siguiente movimiento. En las calles, en los puestos de tacos, en los Uber, en los pasillos de las oficinas, los mexicanos comentaban lo mismo. Unos defendían a la senadora, otros defendían al secretario. Algunos pensaban que ambos tenían razón en algo, pero todos coincidían en una cosa, en que aquella semana habían visto política de la de antes, de la que se discute con datos, con nombres, con cifras, de la que no se resuelve en una sola sesión, ni en una sola entrevista,
ni en un solo comunicado, de la que se queda, de la que vuelve, de la que marca a los protagonistas durante años. La política mexicana, una vez más demostraba que sus batallas más interesantes no se libran con balas, sino con palabras, y que las palabras cuando se eligen bien, pesan más que cualquier arma.
Pero también demostraba que cuando dos voces tan firmes, tan distintas, tan irreductibles como las de Lili Télez y Omar García Harfuch chocan en el mismo escenario, lo que queda no es un ganador definitivo. Lo que queda es un país entero pendiente del siguiente round y el siguiente y el siguiente, hasta que el tiempo, las urnas o la historia decidan a quién darle la última palabra.
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