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Ella se Hizo Pasar por Obrero… y Volvió Loco al Arquitecto

Capítulo 1. El peor obrero de toda la construcción. Londres estaba lleno de hombres importantes que creían tener el mundo bajo control, pero pocos podían competir con Edward Everly cuando se trataba de imponer orden. El famoso arquitecto había construido mansiones para nobles, edificios para comerciantes adinerados y hasta una elegante biblioteca que seguía siendo motivo de admiración años después de su inauguración.

Sin embargo, quienes trabajaban con él no solían hablar de su talento, sino de su carácter. Edward Everly era un hombre brillante, sí, pero también desesperadamente exigente. Si una pared estaba apenas desviada, la hacía derribar. Si una ventana quedaba unos centímetros más alta de lo que indicaban sus planos, obligaba a rehacer el trabajo.

Y si alguien cometía un error, tenía la desagradable costumbre de señalarlo con tanta precisión que el culpable deseaba desaparecer de la faz de la tierra. Aquella mañana se encontraba recorriendo una de sus obras más ambiciosas, una enorme mansión que estaba siendo construida para un aristócrata  cuya fortuna parecía no tener límites.

Mientras avanzaba entre montones de madera, ladrillos y andamios, observaba cada detalle con expresión severa, seguido de cerca por Murphy, el capataz, un hombre robusto que llevaba años trabajando en construcciones y que era uno de los pocos capaces de discutir con él sin perder el empleo. “Le aseguro que esa pared está perfectamente recta”, protestó Murphy por tercera vez.

Edward apenas levantó la vista. No está perfectamente recta. Lo está, no lo está. Murphy soltó un largo suspiro. A veces creo que tiene usted ojos de halcón y a veces creo que usted necesita lentes. Murphy se limitó a resoplar mientras varios obreros ocultaban sonrisas. A varios kilómetros de allí, en una pequeña casa situada en uno de los barrios más humildes de la ciudad, Annie Carter intentaba evitar que el pánico se apoderara de ella.

Su hermano Daniel yacía en cama cubierto por mantas con el rostro enrojecido por la fiebre. A pocos pasos, su madre descansaba en una situación similar. La enfermedad había llegado a la casa sin pedir permiso y parecía haberse instalado con toda comodidad. Anie sostenía una taza de té mientras observaba a su hermano con preocupación.

“No puedo faltar mañana”, murmuró Daniel con voz débil. Si no me presento el primer día, perderé el trabajo. An lo sabía perfectamente. Durante meses había buscado empleo sin éxito. Habían pasado semanas enteras viviendo con lo mínimo, vendiendo algunas pertenencias y estirando cada moneda hasta límites imposibles.

Conseguir aquel puesto en la obra de Edward Everly había parecido un milagro. Y ahora Daniel apenas podía mantenerse despierto. “Quizá mañana te sientas mejor”, intentó decir ella. Daniel soltó una pequeña risa que terminó convirtiéndose en tos. Ambos sabían que aquello no ocurriría. El silencio que siguió fue pesado.

Annie observó la pequeña despensa, las pocas verduras que quedaban y el trozo de pan endurecido sobre la mesa. No necesitaba hacer cuentas para comprender que el dinero se había terminado. Entonces, una idea completamente absurda apareció en su cabeza. Tan absurda que al principio la rechazó. Después volvió a pensar en ella y finalmente decidió que era la única opción.

Media hora más tarde, Daniel y su madre la observaban horrorizados. “No vas a hacerlo”, dijo su madre. “Claro que sí, Annie. Claro que sí.” Daniel abrió mucho los ojos cuando la vio tomar unas tijeras. “A, vuelve a crecer. Ese no es el problema. Entonces, deja de preocuparte y concéntrate en recuperarte.” Antes de que alguno pudiera detenerla, comenzó a cortar su largo cabello castaño.

Los mechones fueron cayendo al suelo mientras ella continuaba trabajando con una determinación que ni siquiera sabía que poseía. Cuando terminó, el resultado estaba lejos de ser perfecto, pero al menos parecía el cabello de un muchacho. Luego se puso la ropa de Daniel. Los pantalones le quedaban algo grandes, la camisa también, pero era suficiente.

Su madre se cubrió el rostro con las manos. Esto es una locura. Tal vez, admitió Annie, pero es una locura mejor que morirse de hambre. Preparó una olla con lo poco que quedaba de comida, la dejó junto a la cama de ambos y les prometió regresar antes del anochecer. Aquella noche casi no durmió y al amanecer siguiente caminó hasta la obra intentando convencerse de que todo saldría bien. Fue una mentira enorme.

Porque apenas cruzó la entrada comprendió que no tenía la menor idea de lo que estaba haciendo. Los obreros cargaban materiales pesados, movían herramientas que ella nunca había visto y hablaban utilizando términos que le resultaban completamente desconocidos. Annie intentó imitarlos como pudo, observando discretamente a los demás antes de copiar sus movimientos.

El resultado fue desastroso. Durante la primera hora dejó caer dos tablones. Durante la segunda tropezó con un montón de ladrillos y antes del mediodía casi provoca un accidente al llevar materiales al lugar equivocado. Murphy comenzó a gritarle desde el primer momento. Muchacho, ¿qué demonios estás haciendo? Annie levantó la vista.

Trabajando. Pues deja de hacerlo así. Algunos obreros soltaron carcajadas. Añ bajó la cabeza y siguió adelante. Sin embargo, mientras Murphy se desesperaba cada vez más, otra persona comenzó a observarla. Edward Everly. El arquitecto permanecía a cierta distancia revisando documentos y supervisando la obra, pero cada cierto tiempo su mirada regresaba al nuevo trabajador.

Algo le resultaba extraño. Muy extraño. Aquel muchacho era demasiado pequeño para ciertos trabajos. Además, parecía incapaz de cargar peso correctamente y tenía una curiosa costumbre de mirar los edificios como si estuviera estudiándolos en lugar de construirlos. Varias veces lo sorprendió observando los planos y eso llamó inmediatamente su atención porque la mayoría de los obreros apenas se acercaban a ellos.

Edward decidió no decir nada todavía, pero mientras continuaba observando a aquel extraño trabajador llamado Ily Carter, una sospecha comenzó a instalarse lentamente en su cabeza y por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de aquella obra despertó su curiosidad. Capítulo 2. El arquitecto empieza a sospechar.

Los días siguientes resultaron un poco menos desastrosos para Annie Carter, aunque no tanto como ella habría deseado. Seguía levantándose antes del amanecer para caminar hasta la obra y cada mañana se repetía que mientras lograra conservar el empleo, todo aquel esfuerzo valía la pena. Daniel mejoraba poco a poco y su madre ya podía levantarse algunos momentos de la cama, de modo que Annie encontraba fuerzas para soportar el cansancio, los músculos doloridos y las constantes reprimendas de Murphy. Por desgracia, el

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