A principios de los años 50 entró al imperio mediático de Emilio Azcárraga Vidaurreta y después al de su hijo Emilio Azcárraga Milmo, el hombre que un día sería conocido en todo el país como el tigre. Ahí entendió algo más. La televisión mexicana era una criatura distinta de la radio, más íntima, más peligrosa.
La radio llegaba a la cocina, la televisión llegaba a la sala, a la habitación, a la mesa familiar durante la cena. Quien hablara desde ese aparato todas las noches tendría un poder que ningún periódico, ninguna emisora de radio, ninguna tribuna política había tenido jamás en la historia de México. Jacobo quería ser ese hombre.
Pero para hacerlo primero tenía que demostrar algo muy concreto que sabía cuando no hablar. Guarda ese dato. Esta es la primera revelación. En 1958, cuando el presidente Adolfo López Mateos llegó a Los Pinos, alguien dentro de su gabinete identificó a Jacobo Sabludowski como un activo estratégico, joven, brillante, con una voz que inspiraba confianza y, sobre todo, confiable.
En cuestión de meses, Jacobo aceptó un cargo que durante décadas minimizaría cuando periodistas jóvenes se lo mencionaran en entrevistas. Aceptó ser coordinador de radio y televisión de la presidencia de la República, también asesor de la Dirección de Difusión y Relaciones Públicas del Gobierno Federal.
Piensa en lo que eso significaba con exactitud. Mientras Jacobo aparecía en pantalla como periodista, informando al país de manera supuestamente independiente, al mismo tiempo cobraba un sueldo de Los Pinos. El gobierno al que se suponía que debía vigilar era el mismo que le firmaba el cheque mensual. No era un arreglo secreto conocido solo en círculos muy cerrados.
Era una realidad conocida por quienes manejaban el poder en serio. Un periodista que en pantalla representaba la información independiente y en los registros oficiales figuraba como empleado del gobierno que supuestamente informaba. Y Jacobo lo aceptó. Lo aceptó sabiendo exactamente lo que implicaba ese cheque.
Era el documento más honesto de toda su carrera. más honesto que cualquier editorial, más honesto que cualquier entrevista, porque el cheque no mentía. El cheque decía con la claridad de los números lo que la pantalla nunca dijo en voz alta, que la voz del periodismo más poderoso del país era, en la práctica, una extensión de la oficina presidencial.
Jacobo conservó ese cargo a través del sexenio siguiente. Cuando en 1964 llegó Gustavo Díaz, Asa la presidencia no solo mantuvo la relación con el nuevo gobierno, la profundizó. Algunos opositores comenzaron a llamarlo con una ironía que escondía una verdad incómoda. El ministro sin cartera no era un insulto inventado, era una descripción quirúrgica.
Jacobo, sin oficina oficial visible, sin escritorio ministerial, sin nombramiento publicado en el diario oficial, decidía cada noche que iba a saber México al día siguiente. Era una forma de poder que ningún funcionario electo había tenido jamás en la historia del país. La tarde del 2 de octubre de 1968 hubo una manifestación estudiantil en la plaza de las tres culturas en Tlatelolco.
No era la primera del movimiento. Los jóvenes llevaban semanas en las calles, pedían libertad para presos políticos, pedían diálogo con el gobierno, pedían lo que la Constitución les reconocía en el papel, pero el régimen les negaba en la práctica cotidiana. A las 6:10 de la tarde, el ejército rodeó la plaza.
Lo que ocurrió después ha sido documentado durante décadas por periodistas, académicos, familiares de víctimas y comisiones parlamentarias. Los cuerpos se contaron primero en decenas. Las investigaciones más rigurosas realizadas años después con acceso a archivos previamente clasificados elevaron el número de muertos a cifras que el gobierno de aquellos años nunca quiso confirmar.
Lo único que no admite discusión es esto. Esa tarde el Estado mexicano disparó contra jóvenes desarmados y lo hizo 10 días antes de que México inaugurara los Juegos Olímpicos ante los ojos del mundo entero. El régimen necesitaba dos cosas con urgencia extrema: que el mundo no se enterara de la magnitud de lo ocurrido en la plaza y que dentro de México la versión oficial fuera la única versión que circulara con legitimidad.
Para eso necesitaban la pantalla más vista del país. Necesitaban a Jacobo. Aquí hay un detalle que la mayoría de los relatos populares sobre esta historia no cuentan con precisión. En 1968, el noticiero 24 horas todavía no existía. Se inauguraría en septiembre de 1970. Lo que sí existía era la presencia de Jacobo en Telesistema mexicano como la voz informativa más reconocible del país a través de distintos espacios informativos.
Y esa voz, esa noche y en los días que siguieron hizo exactamente lo que el régimen necesitaba. enmarcar lo ocurrido en Tlatelolco como un incidente de seguridad, sin imágenes reales, sin testimonios de testigos independientes, sin las preguntas que cualquier periodista con mínima autonomía editorial habría formulado en voz alta frente a una cámara.
La investigadora Celeste González de Bustamante documentó en su libro Muy buenas noches, México, basado en acceso a guiones originales de los archivos de Televisa, que las páginas del guion informativo de aquellos días dedicadas a Tlatelolco se limitaban a reproducir la versión oficial sin ningún tipo de contraste, sin un solo testigo independiente, sin una sola pregunta sobre la cifra real de muertos, sin una sola imagen que contradijera el relato gubernamental de orden restablecido.
Hay un gesto de aquellos días que el propio Jacobo contó en una entrevista al periódico The New York Times, décadas después. Esa noche apareció en pantalla con corbata negra, una corbata discreta, casi invisible para quien no la buscara, pero en Los Pinos sí la buscaron. El presidente Díaz Oordaz llamó al día siguiente, furioso, no para preguntar por los estudiantes muertos, no para discutir la cobertura, para preguntar por qué Jacobo estaba de luto cuando el gobierno acababa de informar al país que el orden había sido restablecido.
Jacobo explicó que llevaba corbatas negras desde hacía años, que era una costumbre personal, que no significaba nada. El presidente colgó. Ese episodio contado por el propio Jacobo muchos años después revela dos cosas al mismo tiempo. La primera, que en aquel México incluso el color de una corbata durante una noche de muertos era vigilado y castigado desde Los Pinos.
La segunda, que Jacobo sobrevivió ese episodio no por valentía, sino porque sabía exactamente cómo defenderse sin desafiar al sistema que lo sostenía. Guarda este dato. La corbata negra fue el único gesto visible de Jacobo Sabludowski ante la mayor masacre estudiantil del siglo XX en México. Un gesto que el propio régimen interpretó como una provocación.
Y la respuesta de Jacobo fue asegurarse de que nadie más pudiera interpretarlo de la misma manera. En septiembre de 1970, Jacobo inauguró el noticiero 24 horas en el canal 2 de Telesistema Mexicano. Era un proyecto ambicioso, un noticiero nocturno largo, con corresponsales propios, con secciones diferenciadas, con una factura visual que ningún informativo latinoamericano había tenido antes y con una característica central que lo distinguía de todo lo que existía hasta ese momento.
una sola voz dominante, la de Jacobo. Durante los 28 años siguientes, ese hombre se sentaría frente a una cámara cada noche, de lunes a viernes, y le explicaría a más de 50 millones de mexicanos que había pasado ese día en el país. Sin competencia real, sin contrapeso editorial visible, sin alternativa que llegara a los mismos hogares con la misma credibilidad.
Si algo no aparecía en 24 horas, para la inmensa mayoría de los mexicanos ese algo simplemente no había ocurrido. Piensa en lo que eso significa con exactitud. Durante 28 años, lo que tu familia creía que pasaba en México fue decidido, al menos en parte, por un solo hombre. Un hombre que, además, desde que comenzara su relación con López Mateos, había tenido vínculos directos con el gobierno al que se suponía debía informar.
El noticiero más visto del país no era una empresa periodística independiente. Era la forma más sofisticada que el régimen había encontrado de convertir la información en control sin que el espectador sintiera que estaba siendo controlado. Esta es la segunda revelación y para entenderla hay que salir de los estudios de Televisa y entrar a las redacciones de los periodistas que si hicieron el trabajo que Jacobo decidió no hacer.
El 8 de julio de 1976 ocurrió algo que no tiene nada de simbólico. Fue una operación política concreta, planificada, ejecutada con la frialdad de quien sabe que nadie lo va a detener. El presidente Luis Echeverría, cuyo gobierno había comenzado en 1970 con El Alconazo y que terminaría dejando una economía en crisis profunda, ordenó una intervención dentro de la cooperativa del periódico Excelsior.
Julio Cherer García, el director que durante años había convertido a Excelsior en el único gran espacio periodístico crítico del país, fue forzado a salir. Con él salieron los mejores periodistas mexicanos del siglo XX. Periodistas que habían investigado, cuestionado, publicado lo que nadie más publicaba. Lo sacaron de la noche a la mañana, sin proceso formal, sin explicación pública que no fuera la que el régimen quería dar.
Ese día, Jacobo Sabludowski tenía el mayor poder informativo del país en sus manos. El noticiero 24 horas era ya el espacio televisivo más visto de México. Millones de familias esperaban su voz cada noche para entender qué había pasado. Y lo que pasó el 8 de julio de 1976 fue el golpe más preciso que el régimen priista dio contra la prensa crítica en todo el siglo XX.
Jacobo lo cubrió con la misma calma de siempre, con el mismo tono profesional. Presentó la salida de Cherer como un conflicto interno dentro de una cooperativa, sin investigar las presiones presidenciales, sin entrevistar a Chera, sin señalar lo que medio gremio periodístico sabía perfectamente que detrás de ese cambio interno estaba la mano directa de Los Pinos.
Los periodistas expulsados de Excelsior fundaron meses después la revista Proceso. Lo hicieron con lo que pudieron juntar, con la convicción de que alguien tenía que hacer el trabajo que Televisa había decidido no hacer. Durante los años siguientes, Proceso publicaría las historias que nunca aparecerían en 24 horas.
Y el contraste entre lo que Proceso sacaba cada semana y lo que Jacobo presentaba cada noche se fue volviendo cada vez más difícil de ignorar. Jacobo lo ignoró de todos modos, pero el costo de ese silencio no lo pagó solo el gremio periodístico, lo pagó también la ciudadanía que dependía de él para entender lo que pasaba en el país.
Proceso comenzó a circular semana a semana con historias que ningún canal de televisión se atrevía a mostrar. Las investigaciones sobre el alconazo de 1971, la masacre del jueves de Corpus, donde un grupo paramilitar conocido como Los Halcones dispersó a tiros una manifestación estudiantil en San Cosme, llegaron con años de retraso a la pantalla.
La investigación del periodismo independiente demostró que el gobierno de Echeverría, el mismo que Jacobo acompañó en cada apertura de cámara, había financiado y organizado ese grupo. Cuando esa información salió con solidez documental en publicaciones que no eran 24 horas, ya habían pasado los años necesarios para que la indignación no alcanzara a traducirse en consecuencias políticas para nadie.
Los años 70 en México son conocidos entre historiadores como el periodo de la guerra sucia. No es una metáfora, es el nombre técnico que los propios archivos desclasificados de la Secretaría de Gobernación usan para describir las operaciones de desaparición, tortura y asesinato sistemático de opositores políticos en ese periodo.
Estudiantes, líderes campesinos, activistas, guerrilleros de distintas organizaciones. Las investigaciones posteriores documentaron centenares de casos. El periodismo independiente los fue publicando, caso por caso, en los años siguientes. El periodismo oficial, el que llegaba cada noche a la mayor cantidad de hogares, siguió describiendo a México como un país que avanzaba con orden y progreso.
Y aquí está la pieza que la mayoría de los relatos sobre esta historia pasan por alto. Jacobo Sabludowski no era simplemente un periodista que callaba lo que veía. Al callar mientras el gobierno no destruía a los periodistas que sí hablaban, estaba haciendo algo más activo. Estaba dándole al régimen la cuartada que necesitaba. Porque mientras Jacobo estuviera en pantalla con su credibilidad intacta, con su tono de voz que sonaba como certeza, el régimen podía señalar a 24 horas y decir, “Aquí está la prueba de que hay libertad de prensa en México.
Aquí está la prueba de que los medios funcionan, de que el país está bien informado. La existencia de Jacobo como figura respetada era el mejor argumento que el sistema tenía para deslegitimar a quienes lo cuestionaban. Y Jacobo, con su presencia serena en pantalla cada noche, cumplía esa función sin necesitar que nadie se la explicara.
Regresa ahora a Manuel Buen día. Al 30 de mayo de 1984 en Insurgentes, Buen Día llevaba años investigando lo que Jacobo nunca iba a investigar. Los vínculos entre el narcotráfico y el estado, las operaciones de la CIA en México, los funcionarios que usaban el aparato de seguridad del país para proteger intereses que no tenían nada que ver con la seguridad de los ciudadanos.
Buen Día publicaba eso en su columna red privada semana tras semana. Y alguien, un funcionario con nombre y cargo en el organigrama del gobierno de Miguel de la Madrid, decidió que era suficiente. Esa noche, Jacobo se sentó frente a las cámaras de 24 horas. Dio la noticia del asesinato con la solemnidad que el momento exigía.
Mencionó la trayectoria de buen día. habló de su importancia en el periodismo mexicano, pero en los días y semanas siguientes, cuando las investigaciones independientes comenzaron a señalar hacia el propio gobierno como responsable, cuando los nombres de los funcionarios involucrados empezaron a aparecer en proceso y en los pocos periódicos que se atrevían a publicarlos, 24 horas ajusten.
La cobertura se quedó en el perfil humano de Buen día, en el dolor de su familia, en los homenajes del gremio. Las pistas que apuntaban al Estado, los vínculos que los periodistas de proceso estaban documentando semana a semana, no entraron en el noticiero más visto del país con la fuerza y la contundencia que tenían.
Y lo más incómodo de este dato es lo siguiente. Mientras Jacobo elegía que mostrar y que omitir de la investigación sobre el asesinato de Buen día. El asesino José Antonio Zorrilla Pérez seguía en su cargo al frente de la Dirección Federal de Seguridad. Siguió ahí hasta enero de 1985, 8 meses después de mandar matar al periodista.
El silencio tiene consecuencias concretas y las consecuencias de este silencio en particular se midieron en meses de impunidad para quien ordenó las balas. El 19 de septiembre de 1985 a las 7:19 de la mañana un terremoto de 8.1 gr sacudió la Ciudad de México. Edificios enteros colapsaron en segundos. Los hospitales se llenaron de heridos.
Las telecomunicaciones colapsaron. El gobierno de Miguel de la Madrid tardó horas en reaccionar con una parálisis que los ciudadanos vieron con sus propios ojos desde las calles llenas de escombros. Y en ese vacío de autoridad, con el sistema de comunicación oficial paralizado, Jacobo hizo algo que ningún periodista mexicano había hecho antes con ese nivel de exposición pública.
Subió a su automóvil, levantó el teléfono instalado en el coche, un aparato de comunicación rarísimo en aquel México de 1985, y empezó a narrar en vivo lo que veía mientras avanzaba por la ciudad destruida. Describió edificios colapsados, describió cuerpos bajo los escombros, describió vecinos en las azoteas pidiendo ayuda.
Describió la ausencia inicial del Estado. Fue real, fue honesto, fue poderoso y le valió el reconocimiento internacional que el periodismo independiente nunca le había concedido. Pero hay algo en ese episodio que los homenajes posteriores omitieron sistemáticamente. Jacobo esa mañana no preguntó en voz alta por qué la mayoría de esos edificios se habían derrumbado.
No mencionó las inspecciones de construcción inexistentes. No habló de las constructoras vinculadas a funcionarios del PR. No señaló que la corrupción estructural del régimen, el mismo régimen al que él servía cada noche desde el estudio más visto del país, era una causa directa de aquella tragedia.
Narró el desastre con la valentía que la situación exigía. pero no nombró a los que lo habían producido y entonces ocurrió lo predecible. En cuanto el gobierno recuperó el control del relato, en cuanto Los Pinos recompuso su estructura de comunicación, el noticiero 24 horas comenzó a ajustarse. La narrativa se cerró. Se habló de solidaridad nacional, de unidad, de respuesta institucional.
Las responsabilidades se diluyeron. Los culpables institucionales de las normas de construcción incumplidas desaparecieron de la conversación pública televisiva y Jacobo volvió a su lugar, el mismo de siempre. El terremoto del 85 quedó en la memoria colectiva como en momento en que Jacobo demostró que podía ser un periodista real.
Pero en el largo plazo ese episodio dice algo más incómodo todavía. demuestra que Jacobo sabía exactamente cómo hacer periodismo honesto, que la capacidad estaba ahí, que no era ignorancia ni limitación técnica, era elección. Y cuando la elección fue posible, cuando el sistema estaba demasiado ocupado sobreviviendo para dictar instrucciones, Jacobo eligió la verdad por unas horas.
Cuando el sistema se recuperó, eligió volver. El 6 de julio de 1988 ocurrió lo que en México se conoce como la caída del sistema. Era noche de elecciones presidenciales. Los primeros datos daban ventaja al candidato opositor Cuutemoc Cárdenas sobre el candidato del PR, Carlos Salinas de Gortari. Y entonces los sistemas informáticos de la Comisión Federal Electoral se cayeron.
Cuando volvieron a funcionar horas después, Salinas iba ganando. Lo que ocurrió en esas horas es materia de investigación histórica hasta el día de hoy. Lo que no está en discusión es lo que Jacobo hizo esa noche en pantalla. presentó los datos disponibles y cuando llegó el momento de hacer la pregunta que millones de mexicanos se estaban formulando frente al televisor, la pregunta sobre por qué la computadora electoral se había apagado en el instante más crítico de la noche, Jacobo no la formuló.
Presentó la caída del sistema como una anomalía técnica. El país escuchó una vez más la versión que el poder necesitaba que escuchara. Los años del gobierno de Salinas fueron, según los testimonios recogidos por múltiples periodistas que investigaron ese periodo, los años en que la relación entre el régimen y 24 horas llegó a su punto más profundo.
No porque hubiera acuerdos escritos de dominio público, sino porque el resultado de cada gran noticia de esos 6 años, la privatización de empresas paraestatales, los asesinatos políticos sin resolución, el crecimiento del narcotráfico en estados norteños, llegó al país a través del noticiero más visto de México, de tal manera que el espectador terminaba convencido de que lo importante ya se había explicado y no había razón para preocuparse más.
En 1997, el grupo Molotov publicó una canción que se llamó Que haga bobo Jacobo. Fue prohibida en la mayoría de las estaciones de radio comerciales del país, pero la escucharon millones de jóvenes en discotecas, en reuniones, en los automóviles. La canción acusaba directamente al periodista de recibir pagos del gobierno de Salinas para alterar y ocultar información.
Jacobo respondió años después, cuando un periodista joven se atrevió a preguntarle con una frase corta, “Nunca la he escuchado. No sé si es ofensiva, pero si lo es, tienen derecho a expresar lo que piensan.” Esa respuesta es la respuesta de un hombre que sabe que no puede defenderse de algo que lo representa demasiado bien.
Esta es la tercera revelación y para entenderla hay que salir del estudio, salir de Los Pinos y entrar a la casa donde crecía un hijo que creía que el apellido era una puerta y no una trampa. Abraham Sabludowski Nerubai nació en 1956. Creció viendo a su padre trabajar. aprendió los ritmos de la televisión antes que los de cualquier otra cosa.
En la casa de los Abludowski, el noticiero no era un programa que se ponía después de cenar. Era el trabajo del padre. Era la razón por la que el padre llegaba tarde. La razón por la que el padre no estaba en la mayoría de las cenas. La razón por la que su madre, Sara Nerubai, cargaba sola con todo mientras Jacobo construía el poder informativo más grande que México había tenido en toda su historia.
Abraham estudió comunicación, se formó en el extranjero, volvió a México con la convicción de que el lugar que le correspondía en el periodismo mexicano era el que su padre había ocupado durante décadas, no porque fuera arrogante, sino porque todo, absolutamente todo en su vida, señalaba hacia ese lugar. El apellido, la formación, los contactos, los años trabajando dentro de Televisa, conduciendo la edición vespertina de 24 horas entre 1986 y 1988.
En 1991 fundó la revista Época, un proyecto con ambición real. Quería hacer periodismo de largo aliento, reportajes de investigación, análisis político con profundidad. Un formato que México no tenía bien cubierto. Abraham puso en esa revista lo que llevaba años aprendiendo, pero la revista nunca pudo escapar de la sombra.
Cada que alguien la tomaba de un puesto de periódicos, la primera pregunta no era sobre el contenido, era sobre el apellido. ¿Qué dirá el hijo de Jacobo esta semana? Esa pregunta hecha una y otra vez por el público y por el gremio fue vaciando la revista de su propia identidad. Abraham no era el director de época, era el hijo de Jacobo que dirigía época.
Y eso en el periodismo mexicano de los 90 era al mismo tiempo un privilegio y una condena. En julio de 1996, algo ocurrió que aceleró el derrumbe. La Procuraduría General de la República citó a Abraham para que respondiera preguntas sobre sus relaciones de negocio. Sus vínculos con personas cercanas a Raúl Salinas de Gortari, el hermano del expresidente que ya estaba siendo in.
Vestigado por distintos delitos, habían salido a la luz en medios periodísticos. Abraham fue a declarar y en una entrevista pública de ese periodo, con la desesperación de quién sabe que su apellido pesa más que su argumento, pronunció unas palabras que resumían todo lo que le había pasado hasta ese momento. Dijo que no era un delincuente.
Lo dijo en voz alta públicamente. Y esa necesidad de decirlo en público, esa urgencia de negarlo ante los medios, era ya la señal de que el apellido Sabludowski había dejado de funcionar como escudo. En 1998, época cerró. Las deudas, los conflictos con acreedores, la pérdida de credibilidad acumulada, todo se juntó.
Los procesos legales siguieron. El embargo llegó y mientras Abraham intentaba sostener algo que se caía en los pasillos de Televisa, el rumor que él llevaba años esperando desmentir se iba convirtiendo en certeza. Hay algo en el cierre de época que no aparece en ninguna esquela ni en ningún homenaje gremial.
La revista fue fundada en 1991 con la promesa explícita de hacer el periodismo que el televisor no hacía. Abraham contrató a periodistas serios, publicó investigaciones, intentó construir algo propio, pero el mercado de la prensa mexicana de los 90 era brutalmente pequeño para quienes no tenían el respaldo del régimen. Proceso sobrevivía por la lealtad de lectores que llevaban décadas pagando por la información que no conseguían en ningún otro lado.
época intentó capturar ese mismo lector, pero no tenía la historia de proceso. No tenía el capital simbólico acumulado en años de resistencia, solo tenía el apellido Sabludowski. Y ese apellido, en el contexto de los 90 significaba cosas distintas para distintos lectores. Para los que creían en el periodismo de Cherer, el apellido era el problema.
Para los que habían crecido viendo 24 horas como sinónimo de información, el apellido era solo el nombre de alguien con acceso. No había forma de usar ese apellido de manera neutral. Cargaba demasiada historia en demasiadas direcciones al mismo tiempo. Cuando el PGR llamó a Abraham en 1996, lo que ocurrió en esa citación fue algo más que una declaración de rutina.
Fue el momento en que México vio con claridad lo que durante años había sido solo rumor, que el apellido Sabludowski no era protección, que el régimen que había sostenido a Jacobo durante décadas no iba a extender ese paragua sobre el hijo cuando el paraguas se volviera incómodo.
Los Salinas cayeron y en la lógica del régimen caer con los Salinas era caer solo. Nadie iba a poner la cara por Abraham, porque nadie en ese sistema ponía la cara por nadie que no fuera útil en ese momento exacto. Esta es la cuarta revelación y es la más dolorosa de todas. A finales de marzo del año 2000, Televisa anunció una decisión.
El conductor del noticiero estelar nocturno iba a ser Joaquín López Dóriga. No Abraham Sabludowski. La empresa había llegado a la conclusión de que el apellido Sabludowski era un activo en una época y un pasivo en la siguiente. México estaba a meses de vivir el fin de más de 70 años de gobierno del PR.
Vicente Fax iba a ganar la presidencia y Televisa necesitaba una cara nueva, una cara que no oliera al régimen anterior, una cara que pudiera negociar con el nuevo poder sin cargar el peso del viejo. El apellido Sabludowski era ese peso, no porque Abraham hubiera cometido los pecados de su padre, sino porque en la economía del simbolismo político mexicano, los apellidos no se juzgan por sus actos individuales, se juzgan por su historia acumulada.
Y la historia acumulada del apellido Sabludowski era inseparable de la voz que durante casi 30 años había presentado cada versión oficial como si fuera la única versión posible. Abraham renunció a Televisa, lo declaró irrevocable y entonces Jacobo hizo el gesto más ruidoso de toda su carrera. también renunció después de más de 50 años en la empresa.
La explicación oficial fue la solidaridad con su hijo, pero quienes estuvieron cerca de él en esos días contaron después que la empresa ya lo estaba apartando suavemente, que la salida de Jacobo era parte de un acuerdo más amplio en el que el retiro elegante era la única alternativa disponible para los dos. se fue y la empresa que él había servido durante medio siglo lo dejó ir sin demasiada ceremonia, porque así es como los sistemas tratan a sus herramientas cuando dejan de ser útiles.
Jacobo se mudó a la radio. Empezó a conducir espacios de análisis en Radio Centro a partir de septiembre de 2001. Era una reducción de escala que resultaba casi imposible de procesar para quien lo conocía desde la pantalla. El hombre que durante tres décadas había decidido que sabía México cada noche ahora conducía un programa en una emisora de alcance local con una audiencia que era una fracción de la que había tenido en Televisa.
La radio fue también el único espacio donde Jacobo comenzó a hablar de otra manera, más lento, con más pausas, con más disposición a dejar que sus interlocutores terminaran las frases antes de responder. Algunos periodistas que lo entrevistaron en esos años describieron a un hombre que parecía más tranquilo, más accesible, genuinamente dispuesto a explorar preguntas que antes habría esquivado con eficiencia profesional.
No hay manera de saber si ese cambio de registro era arrepentimiento, alivio o simplemente el comportamiento natural de alguien que ya no tenía que proteger nada. Pero el contraste entre el Jacobo de la pantalla y el Jacobo de la Radio de aquellos años era tan notable que varios periodistas lo mencionaron en entrevistas de la época como si estuvieran hablando de dos personas distintas.
se volvió más humano, más suave, más dispuesto a compartir recuerdos y reflexiones que a dictar realidades. Algunos lo vieron como una redención tardía, otros como la reducción natural de quien ha perdido el poder real. Entrevistas de sus últimos años, cuando periodistas jóvenes le preguntaban por Tratelolco, por el Alconazo, por la guerra sucia, por los años de Salinas, siempre respondía con la misma fórmula amable. Eso fue hace mucho tiempo.
Las cosas eran distintas. Yo solo hacía mi trabajo. Yo solo hacía mi trabajo. Esa frase repetida en distintas variantes durante muchos años es probablemente lo más cercano que existe a una confesión pública por parte de Jacobo Sabludowski. Una confesión que reconoce implícitamente que hubo algo que confesar. Porque si lo que hizo hubiera sido correcto, si hubiera sido simplemente periodismo profesional en circunstancias difíciles, no habría necesidad de defenderlo diciendo que solo hacía lo que podía. Esa excusa solo tiene sentido
cuando la acción no se sostiene sola. ¿Cuánto entendió Abraham de todo esto? ¿Cuándo exactamente comprendió que el apellido que había llevado toda su vida no era una herencia, sino una deuda? No lo sabemos con certeza. Pero si sabemos lo que pasó en los años siguientes a la salida de Televisa, Abraham intentó distintos caminos.
Produjo en 2012 la película La vida precoz y breve de Sabina Rivas, un proyecto alejado del periodismo que lo había formado. Pero la distancia del apellido con los medios era cada vez más profunda. Ya no había palacio que defender, ya no había trono que esperar. El 2 de julio de 2015, en el hospital ABC de Tacubaya, Jacobo murió a los 87 años. Un derrame cerebral.
El velorio reunió a expresidentes, a empresarios, a periodistas, a representantes de la comunidad judía, a figuras de la cultura. Joaquín López Dóriga, el hombre que en el año 2000 ocupó la silla que Abraham no pudo heredar, dio un breve discurso de despedida. Lo enterraron en el panteón israelita con una ceremonia íntima, una lápida sencilla, sin adornos pretenciosos.
Era el final discreto de un hombre que durante medio siglo había sido cualquier cosa menos discreto. Y 3 años después, en septiembre de 2018, Abraham Sabludowski entró al mismo hospital ABC, esta vez no como familiar de alguien, como paciente. Su familia lanzó un llamado urgente en redes sociales pidiendo donadores de sangre con tipo específico.
El heredero de una dinastía que durante décadas pareció intocable. El hombre que había esperado toda su vida adulta el trono que su padre no supo o no pudo entregarle, estaba en terapia intensiva, dependiendo de la solidaridad de los mismos mexicanos a quienes su padre había estado informando durante casi 30 años.
Padre e hijo, el mismo hospital, 3 años de diferencia. Esa coincidencia, tan literal, tan precisa, tan imposible de ignorar, es la que ningún biógrafo oficial de Jacobo Sabludowski ha querido subrayar, pero está ahí documentada en los registros de redes sociales de septiembre de 2018, en los archivos de los medios que difundieron el llamado urgente.
Ahora regresa a esa columna de Manuel Buen Día, regresa a Rat Rev. regresa a los cinco disparos en Insurgentes el 30 de mayo de 1984. La pregunta que queda después de recorrer toda esta historia no es si Jacobo era buena o mala persona. La pregunta que queda, la que duele de verdad, es esta.
Si Jacobo hubiera usado su poder de la manera en que si supo usarlo durante aquellas horas del terremoto del 85, si hubiera cubierto el golpe a Excelor con la cobertura que merecía. Si hubiera publicado en 24 horas el tipo de información que Buen Día investigaba, habría llegado el director de la Dirección Federal de Seguridad a ordenar el asesinato de un periodista en plena avenida Insurgentes un martes de primavera o el sistema necesitaba la impunidad que el silencio de Jacobo le garantizaba para atreverse a tanto no lo sabemos y no lo sabremos
nunca. Pero si sabemos esto, los periodistas que si hicieron ese trabajo, los buen día, los cheder, los granados chapa, pagaron precios que Jacobo nunca pagó. Y el precio que no pagó Jacobo terminó llegando de otra manera. Llegó con el nombre de un hijo, llegó con el apellido que el sistema usó como herramienta y después descartó como trasto viejo.
Llegó en forma de deuda sin pagar de té. Rono sin entregar de hospital compartido entre el padre que construyó el silencio y el hijo que lo heredó sin que nadie le preguntara si lo quería. Eso es lo que hereda un apellido cuando se construye sobre la decisión diaria de no decir lo que se sabe. No una corona, una factura. Y las facturas, a diferencia de los pecados, siempre encuentran a alguien a quien cobrarle.
¿Cuántos Jacobos hay todavía en pantalla esta noche en televisoras de cualquier país? reportando que el día fue tranquilo mientras afuera alguien investiga lo que ellos nunca van a contar. Piénsalo y luego llámale a alguien de tu familia que creció viendo 24 horas. Pregúntale que recuerda de aquellos años. Lo que te cuente va a cambiar la manera en que ves lo que pasa ahora mismo en la pantalla.
Y si esta historia te hizo pensar en alguien que también tuvo poder y también construyó su posición sobre un pacto silencioso que terminó destruyendo a los suyos, hay una mujer que en este momento está esperando arriba. Una mujer que llegó a la cima del poder político de México, no como presidenta, no como ministra, sino como esposa de un presidente.
Y lo que hizo desde ahí con dinero que no era suyo y el precio que pagaron sus propios hijos cuando todo se cayó, es una historia que nadie ha contado todavía de esta manera. Se llama Marta Sagú y está aquí arriba.