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El ranchero heredó un pozo seco… hasta que su caballo olfateó un secreto enterrado

Capítulo 2: El precio del silencio

Dentro de la caja, envueltos en papel parafinado que olía a grasa de motor y a tiempo congelado, había fajos de billetes de banco antiguos, pero no de pesetas. Eran dólares americanos, de curso legal, emitidos en los años setenta, perfectamente conservados gracias al hermetismo de la lona militar. Debajo de la fortuna en efectivo, reposaban tres cuadernos de tapas de cuero negro y un objeto envuelto en una bayeta roja: un revólver Astra de fabricación española, limpio y aceitado, como si esperara ser disparado esa misma tarde.

Mateo dejó caer la pala. Se dejó caer él también de rodillas, con las manos suspendidas sobre el botín, temeroso de que al tocarlo todo se disolviera como un espejismo del desierto.

—Esto no es tuyo, Mateo —se susurró a sí mismo, con la voz temblando—. Esto no es de nadie que esté vivo.

Furia, ya más calmado, se acercó por detrás y le empujó el hombro con el hocico húmedo. El caballo parecía reclamar su parte del mérito, o quizás advertirle. Los animales tienen un sexto sentido para la desgracia, y ese dinero apestaba a sangre vieja.

Tomó uno de los fajos de billetes. Los contó por encima. Cien dólares por billete. Había decenas de fajos. Rápidamente hizo un cálculo mental que le dio vértigo: allí había cerca de medio millón de dólares. En los años setenta, eso era una fortuna colosal; hoy en día, seguía siendo suficiente para salvar el rancho, pagar las deudas con el banco, comprar maquinaria nueva y perforar diez pozos si hacía falta. Pero, ¿de dónde salía ese dinero? ¿Qué hacía enterrado bajo el cobertizo de su abuelo?

Agarró el primero de los cuadernos negros. Al abrirlo, la caligrafía apretada y elegante de su abuelo, Don Alejandro Santos, lo miró desde el pasado. Mateo reconoció esos trazos firmes que tantas veces había visto en las escrituras de propiedad del rancho. Pero el tono de los textos no era el de un hacendado honrado. Era el diario de un hombre desesperado.

14 de noviembre de 1978. El negocio con los gallegos se ha salido de cauce. Llegaron al puerto de Algeciras con más carga de la acordada. Dicen que el camión no puede seguir hacia Madrid porque la Guardia Civil ha montado controles en Despeñaperros. Me han obligado a guardar el remanente aquí, en Los Olivos. Si alguien pregunta, son piezas de tractor. Dios me perdone si el niño se entera de lo que su padre está metiendo en esta casa.

Mateo pasó las páginas con avidez. El diario detallaba una red de contrabando a gran escala que utilizaba el rancho como base de paso entre la costa de Cádiz y el interior de la península. Su abuelo, el hombre al que todo el pueblo recordaba como un santo laico, un trabajador incansable que levantó la finca de la nada, había sido en realidad el receptor de los pagos de una de las mafias de contrabando más peligrosas de la Transición española.

Y entonces leyó el último renglón, fechado una semana antes de la muerte repentina de su abuelo:

Los gallegos saben que me quedé con el último pago como garantía por la muerte de mi capataz. Si vienen a buscarlo, el pozo será el único que guarde el secreto. El dinero está a buen recaudo, donde solo los ojos de Dios y la tierra lo ven.

Mateo cerró el cuaderno de golpe, sintiendo un frío helador a pesar de los cuarenta grados a la sombra. Su abuelo no había muerto de un ataque al corazón ordinario. El “accidente” del que su padre siempre hablaba con los ojos llorosos cobraba ahora un sentido oscuro y macabro. Lo habían matado. O lo habían empujado a la tumba.

Salió del cobertizo arrastrando la caja con dificultad, escondiéndola bajo unas lonas viejas en la parte trasera de su camioneta. No podía dejarla allí. Si alguien del pueblo veía el movimiento, el rumor correría como la pólvora. En estos pueblos de interior, la gente no tiene mucho que hacer aparte de vigilar la ventana del vecino. Cualquier cambio en la rutina despierta sospechas, y una camioneta cargada a prisa en pleno mediodía era una invitación a los chismes.

Decidió entrar a la casa, una construcción de piedra y cal que se caía a pedazos por la humedad del invierno anterior que nunca llegó a secarse del todo. Se sentó a la mesa de la cocina, colocó el fajo de billetes y el revólver frente a él, y se sirvió un vaso de aguardiente que le quemó las entrañas.

Miro el revólver Astra. Estaba perfectamente funcional. Sentía una mezcla de asco y fascinación.

A ver, pensó Mateo, intentando poner orden en su cabeza. Si voy a la Guardia Civil con esto, van a confiscar el dinero de inmediato. Dirán que procede de actividades ilícitas del siglo pasado. Me meteré en un lío monumental de papeleos, abogados y juicios que no puedo pagar. El rancho saldrá a subasta el mes que viene de todos modos, y yo terminaré viviendo en un piso de protección oficial en la capital, odiando cada día de mi miserable vida.

Pero si se lo quedaba… ¿cómo iba a blanquear ese dinero? No puedes ir al banco de la esquina con billetes de cien dólares de los años setenta impresos en la época de Nixon y esperar que el cajero, que resulta ser el hijo de tu vecino de enfrente, no haga preguntas. Tenía que ser inteligente. Muy inteligente.

El silencio de la casa fue interrumpido por el sonido de un motor que se acercaba por el camino de tierra. Un motor viejo, diésel, que traqueteaba como una cafetera rota. Mateo saltó de la silla, guardó el dinero y el arma en el horno de la cocina y se asomó por la ventana, con el corazón en un puño.

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