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ALEJANDRO FERNÁNDEZ revela el HIJO de VICENTE con AMALIA MENDOZA… Nunca supo quién es su PADRE

Oye, Vicentillo, ¿viste a ese hombre del traje de charro negro? ¿Cuál? Había como 200 hombres con traje de charro. No, ese específico, el que estaba parado allá junto a la columna. Vicente Junior mira hacia donde señala Alejandro, pero no ve a nadie. Ya no taro, hermano. Alejandro insiste.

 Era un hombre como de 4 y tantos años, alto, bigote. Se parecía mucho a mi papá. Vicente Junior lo mira con preocupación. Estás muy cansado, Alejandro. Han sido días muy difíciles. Deberías descansar un poco. Pero Alejandro no puede sacarse esa imagen de la cabeza. Durante las siguientes 4 horas del funeral, mientras miles de personas pasan frente al ataúd de Vicente para despedirse, mientras los mariachis cantan volver volver con la voz quebrada, mientras políticos dan discursos emotivos sobre el legado del charro de Genentitán, Alejandro sigue

buscando con la mirada a ese hombre. Escanea la multitud, revisa cada grupo de personas, estudia cada rostro que pasa cerca del féretro. Nada. El hombre desapareció como si nunca hubiera estado ahí. A las 7 de la tarde, cuando el funeral oficialmente termina y empiezan a desalojar la arena, Alejandro le pregunta a uno de los coordinadores de seguridad, “¿Tienen registro de quién entró?” El coordinador, un hombre de 50 años llamado Roberto, revisa su tablet.

Tenemos registro de personalidades, artistas, políticos, pero la gente común entró sin registro. Hubo demasiada gente. Fue imposible controlar todo. ¿Por qué pregunta, señor Fernández? Alejandro inventa una excusa rápida. Es que vi a un amigo de mi papá y quería saludarlo, pero se fue antes de que pudiera acercarme.

Roberto asiente comprensivo. Lo lamento, señor. Con tanta gente fue un caos. Esa noche Alejandro no puede dormir. Se queda en su habitación del hotel mirando el techo. Su esposa Carla está dormida a su lado, agotada después del día más largo de sus vidas. Pero Alejandro tiene los ojos abiertos pensando, “Ese hombre, ese rostro, esos ojos.

 No puede ser casualidad, no puede ser su imaginación. Ese hombre se parecía demasiado a su padre, demasiado. Y la forma en que lo miró no fue una mirada de fan, no fue una mirada de admirador, fue una mirada de algo más profundo, algo que Alejandro no puede descifrar. Se levanta de la cama sin hacer ruido, camina hacia la ventana, ve las luces de Guadalajara a lo lejos, su ciudad, la ciudad de su padre, la ciudad donde Vicente Fernández se convirtió en leyenda.

 Y ahora Vicente está muerto. Falleció hace dos días, el 10 de diciembre de 2021 a las 6:14 de la mañana en el hospital Country 2000. 4 meses en coma después de una caída en el rancho. 4 meses donde los médicos dijeron que no había esperanza. 4 meses donde Alejandro vio a su padre convertirse en una sombra de lo que fue. Vicente Fernández, el charro de Henitán.

El rey, El ídolo de México. 50 álbumes. Más de 50 millones de discos vendidos. Tres Gramis. Ocho Latin Gramis. 40 películas. 81 años de vida, 60 años de carrera. Y ahora solo quedan recuerdos y preguntas como la pregunta que no deja dormir a Alejandro. ¿Quién era ese hombre del traje negro? Dos semanas después, 28 de noviembre de 2021, Alejandro está en el rancho Los Tres Potrillos.

 Tiene que revisar documentos. La familia se va a reunir mañana con los abogados para empezar el proceso legal de la herencia. Vicente dejó un imperio. Ranchos, negocios, derechos de autor, inversiones, todo tiene que ser organizado, valuado, dividido entre los herederos. Alejandro, como el hijo mayor y el más cercano a los negocios de su padre, tiene la responsabilidad de preparar toda la documentación.

Entra a la oficina privada de Vicente, un espacio que siempre fue sagrado. Nadie entraba ahí sin permiso del charro. Las paredes están cubiertas de fotografías. Vicente con presidentes de México. Vicente con estrellas de Hollywood. Vicente con toreros, boxeadores, futbolistas. Una vida entera capturada en imágenes, discos de oro y platino colgados como trofeos, sombreros de todas las películas que filmó entre 1966 y 1991.

El escritorio de madera maciza, donde Vicente firmó contratos millonarios, donde escribió cartas a mano a sus fans, donde pasó noches enteras revisando números y planeando su siguiente movimiento. Alejandro se sienta en la silla de su padre por primera vez en su vida. Siempre le tuvo respeto a ese espacio. Incluso ahora con Vicente muerto siente que está invadiendo algo privado.

 Abre el primer cajón del escritorio. Facturas de los años 80, recibos de compras de ganado, cartas de promotores ofreciendo conciertos. Todo perfectamente organizado con la meticulosidad característica de Vicente. Segundo cajón. Fotografías familiares. Vicente con Cuquita el día de su boda. Vicente cargando a Alejandro bebé.

Vicente con sus cuatro hijos en el rancho. Alejandro sonríe viendo esas imágenes. Buenos recuerdos. Tiempos más simples. Tercer cajón. Está atorado. Alejandro jala la manija, pero no se abre. jala con más fuerza. Nada. El cajón parece trabado con algo por dentro. Alejandro busca una herramienta. Encuentra un abrecartas en el primer cajón, lo mete en la rendija e intenta forzar el mecanismo.

 El cajón sigue resistiendo. Alejandro jala con toda su fuerza. De repente, el cajón se abre violentamente. El impulso hace que todo el contenido salga disparado y caiga al piso. Sobres, fotografías. Recortes de periódico, cartas amarillentas, todo esparcido en el piso de madera. Alejandro maldice en voz baja.

 Ahora tiene que recoger todo y volver a organizarlo. Se agacha y empieza a juntar los documentos. Una fotografía de Vicente, joven en un palenque. Un recorte de periódico de 1974 anunciando un concierto en el Auditorio Nacional. una carta de un fan de Monterrey, un telegrama felicitándolo por el nacimiento de uno de sus hijos y entonces lo ve un sobre amarillo viejo, muy viejo.

 El papel ya tiene esa textura quebradiza que da el tiempo. Está sellado con cinta adhesiva que ya se está despegando por las esquinas. El adhesivo perdió su fuerza hace décadas, pero lo importante es que el sobre nunca fue abierto. Eso es obvio. El sello está intacto. Nadie rompió el papel para sacar lo que había dentro. Alejandro voltea el sobre el frente escrito con letra cursiva femenina en tinta azul que el tiempo ha desgastado hasta volverla casi gris. Dice Vicente, urgente.

Septiembre de 1972. Amalia Mendoza. El corazón de Alejandro se detiene por un segundo. Amalia Mendoza conoce ese nombre perfectamente. La Tariacuri, una de las cantantes rancheras más importantes de México. Contemporánea de su padre. Trabajaron juntos en los años 60 y 70. Alejandro tiene recuerdos borrosos de haberla visto cuando era niño.

 Una mujer elegante, de voz potente, que siempre le regalaba dulces cuando coincidía con Vicente en alguna grabación. Amalia murió en 2011, hace 10 años y aparentemente le mandó esta carta a Vicente en septiembre de 1972. Hace 49 años que esta carta está aquí sellada sin abrir. ¿Por qué Vicente nunca la abrió? ¿Por qué la guardó en este cajón durante casi medio siglo? ¿Qué dice que era tan urgente? Alejandro mira el sobre desde los ángulos.

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