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“Si El Señor Me Deja Quedarme, Puedo Hacer La Cena” Dijo La Joven Sin Hogar Al Ranchero Viudo

Clara pensaría.

Cuando alguien usa el nombre de un muerto para manejar a un vivo, comete una crueldad difícil de explicar. Luis, hundido, no lo veía. Solo firmaba. Bebía café frío. Dormía mal. Desconfiaba de todos menos de quien debía desconfiar.

Tres años después, El Encinar estaba lleno de goteras, deudas y silencio.

Y entonces llegó Marina.


La joven se quedó de pie junto a la entrada, empapando el suelo.

Luis corrió la cortina del salón y miró hacia fuera. Los hombres seguían junto a la verja. Uno llevaba gorra. El otro hablaba por teléfono. No parecían policías. Tampoco vecinos perdidos.

—¿Quiénes son? —preguntó él.

Marina abrazó su mochila contra el pecho.

—Gente para la que trabajé.

—¿Y por qué la buscan?

—Porque me fui sin pagar una deuda que no era mía.

Luis la miró con dureza.

—Eso suena muy cómodo.

—Casi todo lo que dice una persona pobre suena sospechoso cuando lo escucha alguien que nunca ha tenido que explicar por qué no tiene dinero.

La frase le molestó.

Porque era buena.

—No me conoce —dijo él.

—Usted a mí tampoco.

Afuera, uno de los hombres gritó:

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