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El Oscuro Secreto Que JAVIER SOLÍS Decidió Guardar En Su Finca… Y No Lo Vas A Creer

Hay una habitación en una finca del Estado de México que lleva más de 50  años cerrada con llave. No porque esté en ruinas, no porque nadie recuerde dónde está la llave, está cerrada porque la familia lo decidió así, porque lo que ocurrió dentro de esa habitación cambió para siempre la historia del hombre que México conoció como el sonero del mundo.

Y porque hay quienes dicen que si abres esa puerta todavía puedes escuchar algo. Si estás viendo esto es porque ya sospechabas que la versión oficial no cerraba. Quédate.  Lo que vas a escuchar en los próximos minutos no está en ningún documental, no aparece en ninguna biografía autorizada y hay personas que pagaron muy caro por intentar contarlo.

Esta es la historia que la industria musical mexicana enterró junto con el cuerpo de Javier Solís. Javier Solís murió el 19 de abril de 1966. Tenía 34 años. La versión que se repite siempre es la misma. Una operación de vesícula, complicaciones inesperadas. El corazón que no resistió, limpio, rápido, inevitable.

La narrativa perfecta para un ídolo que muere joven y cuya memoria hay que preservar intacta. Pero hay un problema con esa narrativa. Los testimonios no encajan. Hay personas que estuvieron cerca de Javier Solís en los últimos 18  meses de su vida y que describieron a un hombre que ya no era el mismo, un hombre que había cambiado, que llegaba a los ensayos con los ojos rojos y las manos temblorosas.

que cancelaba compromisos sin dar explicaciones, que a veces se quedaba mirando un punto fijo en la pared durante minutos enteros sin que nadie se atreviera a interrumpirlo y que según al menos tres personas cuyo testimonio fue recopilado años después por un periodista que nunca pudo publicar su trabajo, había empezado a hablar de una finca en el Estado de México, como si ese lugar fuera una herida abierta que no lograba cerrar.

Para entender lo que ocurrió en esa finca, hay que entender primero quién era Gabriel Siria Levario antes de convertirse en Javier Solís. Nació en 1931 en el Distrito Federal. Creció en condiciones que él mismo describió pocas veces y siempre de manera vaga. Una infancia pobre, un padre que trabajaba en lo que podía, una madre que cocía.

Lo que quedó muy claro desde temprano fue que tenía algo en la voz que la mayoría de los seres humanos no tiene, una textura, una herida sonora. Cuando cantaba boleros, la gente no escuchaba a un intérprete, escuchaba a alguien que había vivido lo que cantaba. Eso fue lo que recién Víctor compró cuando lo firmó a principios de los años 50 y fue también lo que convirtió a Javier Solís en uno de los artistas más vendidos de México en menos de una década.

El dinero llegó rápido y con el dinero llegaron las propiedades. La finca del Estado de México fue adquirida alrededor de 1961, aunque la fecha exacta de la escritura nunca  ha sido confirmada públicamente. Era una propiedad amplia con terrenos suficientes para cultivar y criar ganado, una casa principal de dos pisos con paredes de adobe y techos de viga de madera y varios cuartos exteriores que originalmente habían servido como bodegas.

Javier Solís la usaba como refugio, como el lugar al que iba cuando la ciudad de México se volvía demasiado ruidosa, demasiado exigente, demasiado pública. Según quienes lo conocieron, la finca era el único lugar donde bajaba la guardia y eso con el tiempo se convertiría en un problema. Porque cuando un hombre baja la guardia también baja las defensas.

Y cuando baja las defensas en un lugar aislado con personas cuya lealtad todavía está por probarse, el resultado puede ser devastador. Lo que ocurrió en esa finca entre 1963 y 1966 es algo que durante décadas se habló solo en susurros. Pero hay  una persona que lo vio, una persona que guardó silencio durante 20 años por miedo y que cuando finalmente decidió hablar descubrió que nadie con acceso a los medios quería  escucharla.

Su testimonio llegó a mis manos de una manera que prefiero no detallar, pero llegó. Y lo que  dice, “Cambia todo lo que creía saber sobre la muerte de Javier Solís.” El nombre que aparece con más frecuencia en los testimonios de quienes rodeaban a Javier Solís durante ese periodo es el de un hombre al que llamaban el licenciado.  No era abogado.

El apodo venía de su manera de hablar pausada, precisa, con esa cadencia que en México se asocia con los hombres que tienen poder y saben que lo tienen. llegó al entorno de Solís a través de un intermediario de la industria musical, presentado como alguien  que podía gestionar contratos, resolver problemas logísticos, hacer que las cosas fluyeran.

En la México de los años 60 ese tipo de figura era casi indispensable para un artista de ese nivel. Los managers de hoy no existían. Lo que existía era una red de hombres que conocían a otros hombres y que cobraban por esas conexiones de maneras que rara vez quedaban en papel. El licenciado se instaló en el entorno de Javier Solís con una eficiencia que algunos admiraron y otros encontraron perturbadora.

Resolvía problemas antes de que Solí supiera que existían. Anticipaba necesidades. Se volvió indispensable con la velocidad de alguien que había practicado esa maniobra antes y fue el licenciado quien le habló por primera vez de la finca. Según el testimonio que llegó a mis manos, la idea original no fue de Solís,  fue una sugerencia presentada como solución a un problema de imagen.

En esos años, la prensa mexicana del espectáculo operaba con una combinación de adoración y chantaje que hoy sería difícil de imaginar. Los columnistas de sociales tenían poder real, podían construir una carrera o destruirla con una insinuación en tres líneas. Y había rumores sobre Javier Solís, rumores que circulaban en los círculos de  la industria musical sobre su comportamiento en privado, sobre sus amistades, sobre lo que ocurría después de las grabaciones cuando el estudio  quedaba vacío y las luces se apagaban. El licenciado

le ofreció un perímetro, un lugar donde lo que ocurriera quedaría dentro. La finca del Estado de México pasó a ser, en los términos más precisos posibles, una cámara de secretos. Lo que se guardaba ahí adentro no era exactamente lo que la leyenda negra que rodea los artistas de esa época podría sugerir. No hay en los testimonios que recopilé indicios de crímenes en el sentido penal del término.

Lo que hay es algo diferente, algo que en muchos sentidos es más perturbador porque involucra el tipo de degradación que no deja evidencia física, el tipo de degradación que destruye a un hombre desde adentro y que desde afuera parece simplemente una tristeza inexplicable. Javier Solís estaba siendo extorsionado.

El mecanismo era sofisticado para la época. El licenciado, según el testimonio, había organizado situaciones específicas dentro de la finca. reuniones, encuentros, momentos cuidadosamente diseñados que fueron documentados de maneras que en los años 60  eran difíciles de contrarrestar legalmente, fotografías principalmente y en al menos una ocasión según la fuente algo grabado en audio con el tipo de equipo que entonces solo existía en ciertos entornos profesionales o gubernamentales.

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