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De vendedor de sombreros al monstruo de Iguala: La perturbadora historia de José Luis Abarca.

De vendedor de sombreros al monstruo de Iguala: La perturbadora historia de José Luis Abarca. ¿Cómo un hombre que construyó un imperio con narco, oro y sangre, y asesinó con sus propias manos, detonó la tragedia de los 43 antes de pudrirse con 112 años de condena en el desierto?

Así Vive José Luis Abarca en La Cárcel: De Dueño de Iguala a Orinarse de Miedo en la Celda 

Hay un hombre que lleva más de 11 años encerrado en un penal federal mexicano. 11 años. Más de 4,000 días sin decidir a qué hora se levanta, qué come, cuándo habla, con quién habla. 11 años sin caminar más de 50 m en línea recta, sin ver un atardecer completo, sin sentir el viento, sin que ese viento pase primero por los barrotes de una ventana sellada.

Ese hombre tuvo más de 90 propiedades a su nombre. construyó el centro comercial más grande de su ciudad. ganó una elección con 30 puntos de diferencia sobre su rival más cercano. Controlaba la policía, el presupuesto, las obras públicas, los puestos del mercado y controlaba algo más, la ruta de la heroína que bajaba de la sierra de Guerrero hacia el Pacífico.

 Ese hombre se llamaba, se llama José Luis Abarca Velázquez y fue el alcalde de Iguala la noche en que 43 estudiantes desaparecieron para siempre. Pero esta no es solo la historia de los 43. Esa historia ya la conoces. Esta es la historia de lo que pasó antes, de lo que nadie te contó, de cómo un vendedor de sombreros de paja se casó con la hermana de los narcos, compró una alcaldía, mandó asesinar personalmente a un líder campesino con sus propias manos y construyó un imperio de oro, heroína y miedo en una ciudad donde todo el mundo

sabía y nadie decía nada. Y de cómo terminó. enfermo, trasladado de penal en penal, olvidado por todos, con 112 años de condena acumulados y un cáncer de próstata que nadie quiere tratar. Para reconstruir esta historia, revisé sentencias judiciales, declaraciones ministeriales de sobrevivientes, reportajes de investigación de proceso, Excelsior y el Financiero, registros del Consejo de la Judicatura Federal y acuerdos de tribunales colegiados publicados hasta enero de 2026.

 Y lo que encontré es algo que va más allá de la noche del 26 de septiembre. Lo que encontré es la historia de un hombre que mató mucho antes de esa noche, que tenía un patrón, que ya había secuestrado, torturado y ejecutado a personas que le estorbaban. Y que si alguien lo hubiera detenido a tiempo, si alguien hubiera escuchado a las familias que gritaban, a los activistas que denunciaban, a los testigos que señalaban con nombre y apellido al responsable, los 43 normalistas probablemente estarían vivos. Esta es la historia de la

impunidad que mata dos veces. La primera cuando se comete el crimen y la segunda cuando se permite que el criminal siga libre para cometer otro peor. Para entender a José Luis Abarca hay que entender de dónde viene. ¿Y de dónde viene? Es de la tierra, de la tierra seca y caliente de Guerrero, de un pueblo llamado Arselia, en la región de Tierra Caliente, donde el calor aplasta y las oportunidades son escasas, donde el termómetro sube a 40 gr en primavera y la vida transcurre entre el comercio, la agricultura de temporal y las

decisiones que la pobreza obliga a tomar. Su padre se llamaba Nicolás Abarca, un comerciante que tenía una tienda de sombreros de paja y vestidos de novia en el centro de Iguala. No era un hombre rico, era un hombre que se levantaba temprano, abría su local, vendía lo que podía y regresaba a su casa por la noche.

 Un comerciante más en una ciudad de comerciantes. Y antes de Nicolás estaba el abuelo Isidoro Velázquez Hernández, originario de la comunidad de bejuos en el municipio de Tlatlaya, Estado de México. Un hombre que empezó llevando sombreros de palma desde Toluca hasta los mercados de Iguala, que vendió sombreros toda su vida.

 que murió en 2012 el mismo año en que su nieto ganó la alcaldía a los 108 años de edad. 108 todavía vendiendo sus sombreros en el mercado municipal. Tres generaciones de comerciantes. El abuelo vendía sombreros de palma, el padre vendía sombreros y vestidos, y el nieto terminaría vendiendo heroína disfrazada de oro.

 La madre de José Luis, Ester Velázquez Villegas, venía de una familia con un poco más de visión comercial. La familia Velázquez se dedicaba al comercio de oro. La tía de José Luis, María Velázquez, era una especie de matriarca que había levantado el negocio familiar desde cero. Compraba oro, lo transformaba en joyería y lo vendía en los mercados de la región.

 Con los años, toda la parentela terminó dedicándose a lo mismo. El oro era el ascensor social de Iguala. Si vendías palma, eras pobre. Si vendías oro, tenías futuro. Y fue ahí donde José Luis Abarca encontró su camino. Desde muy joven empezó a trabajar en la tienda de sombreros de su padre, pero el oro lo atraía más que la palma.

 Su tía María le auspició la carrera como comerciante, le surtía piezas de oro para que las vendiera y José Luis resultó tener un talento natural para el negocio. Era trabajador, era persistente y sobre todo esto es importante para lo que viene después, era extremadamente ambicioso. Con el tiempo llegó a tener seis locales propios en el mercado de joyeros de Iguala. Seis.

 El hijo del sombrerero ya no vendía sombreros, vendía oro. Y hay un detalle físico que todos los que lo conocieron en igual a mencionan. José Luis Abarca medía alrededor de 1,52. Era un hombre bajito y estaba profundamente acomplejado por eso, pero compensaba su estatura con algo que en los mercados de tierra caliente llaman fanfarronería.

Presumía de todo. Presumía del dinero que ganaba, presumía de los bíceps que desarrollaba en el gimnasio, los exhibía como si fueran los de un físico culturista profesional. presumía de sus joyas, de sus camionetas, de sus propiedades. Era, según quienes lo conocieron, un hombre que necesitaba constantemente demostrar que era más grande de lo que su estatura le permitía ser.

 Pero la decisión que realmente cambió su vida, la decisión que lo llevó eventualmente a una celda federal, fue con quien se casó. En 1983, José Luis Abarca contrajo matrimonio con María de los Ángeles Pineda Villa. Se habían conocido en el negocio de vestidos de novia de don Nicolás. La madre de Pineda era proveedora de vestidos en la región y así fue como la joven entró en la órbita de la familia Abarca.

 María de los Ángeles, Pineda Villa era bonita, inteligente y ambiciosa. También era la hermana de varios miembros del cártel de los Beltrán Leiva. Los hermanos Pineda Villa estaban metidos hasta el cuello en el narcotráfico. Algunos ya estaban muertos, otros eran prófugos y otros operaban activamente en la región de Tierra Caliente, controlando rutas de trasiego de heroína y cocaína que cruzaban guerrero de norte a sur.

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