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🇲🇽 ¡MURCIÉLAGOS REVIENTAN “NARCO-SANTUARIO” EN JALISCO! CJNG OPERABA EN TEMPLO EN RUINAS 88 SICARIOS

La diferencia es que los abuelos rezaban para que lloviera y los nietos rezan para que las balas no los alcancen. Pero el acto de arrodillarse, de bajar la cabeza, de pedir protección a algo más grande que tú, ese acto es el mismo. Quiero hablar del templo como base militar porque más allá de su función espiritual, el CJNG lo convirtió en una instalación operativa completa.

La nave del templo, los 25 m por8 de espacio interior, fue dividida en tres zonas. La zona del presbiterio, los primeros 8 met desde el fondo del templo, fue reservada exclusivamente para el altar y para las ceremonias. Nadie dormía ahí, nadie almacenaba nada ahí. Era espacio sagrado. Los combatientes que entraban al presbiterio se quitaban el sombrero o la gorra y varios se persignaban por reflejo antes de acercarse al altar.

La disciplina del santuario era estricta. El mando que administraba el templo había establecido reglas de conducta dentro del presbiterio que incluían no fumar, no hablar por radio, no llevar armas cargadas y no usar lenguaje vulgar. Las reglas se cumplían porque en el universo mental de los combatientes del CJNG, faltar el respeto a la Santa Muerte trae consecuencias que ningún mando humano puede igualar.

La zona central de la nave, unos 10 m, era área común y comedor. Mesas de madera, bancas, un televisor conectado a un generador y la cocina de campaña con estufas de gas donde los cocineros preparaban tres comidas diarias para 88 personas. La zona de la entrada, los primeros 7 metros desde la puerta del templo, era área de seguridad.

El puesto de guardia con dos combatientes armados las 24 horas que controlaban el acceso al templo y que monitoreaban las cámaras de vigilancia instaladas en el perímetro. Los 88 no dormían todos dentro del templo. El templo no tenía capacidad para eso. Dormían en una serie de construcciones que el CJNG levantó alrededor del templo usando la piedra de las ruinas de las casas del pueblo abandonado que rodeaba al templo.

Porque el templo no estaba solo. Era el centro de un pueblo que alguna vez tuvo 30 o 40 casas de piedra y adobe que se fueron cayendo con los años hasta quedar reducidas a muros de medio metro que sobresalen de la vegetación como dientes de una mandíbula rota. El CJNG reconstruyó parcialmente 15 de esas casas.

Levantó los muros con piedra [música] y concreto, les puso techo de lámina, les puso puertas de madera y las convirtió en dormitorios para los combatientes. Seis personas por casa, 15 casas, 90 espacios para dormir, el pueblo abandonado resucitado como cuartel, las casas donde los abuelos de la comunidad nacieron, crecieron y murieron ahora habitadas por sicarios del CJ, que duermen donde otros soñaron.

cocinan donde otros cocinaron y viven donde otros vivieron hace un siglo sin saber nada de los que estuvieron antes. El templo y las 15 casas formaban un perímetro irregular alrededor de una plaza central que era la plaza del pueblo original, un espacio de tierra compactada con una fuente seca en el centro que alguna vez tuvo agua y que ahora tiene una base de piedra agrietada donde crecen hierbas.

La plaza funcionaba como el patio central de la base, área de formación, de ejercicio y de reunión. Quiero hablar de la vida cotidiana en el pueblo resucitado, porque vivir en un pueblo fantasma de la sierra de Jalisco durante meses genera una experiencia que los detenidos describieron con un detalle que oscila entre lo mundano y lo surreal.

El día empezaba con las campanadas del padre. No tenía campana. Usaba un trozo de riel acero que colgó de la espadaña del templo y que golpeaba con un martillo a las 5 de la mañana para despertar al pueblo. El sonido del riel golpeado era metálico, agudo, diferente al sonido grave y redondo de la campana de bronce que alguna vez colgó del mismo lugar, pero cumplía la misma función, despertar a los que dormían y llamarlos a empezar el día.

Después de las campanadas, los combatientes que tenían turno de guardia subían a los puestos de vigilancia en los cerros. Los que tenían turno de cocina encendían las estufas de gas en la cocina de campaña de la plaza. Y los que no tenían asignación se lavaban la cara en los baldes de agua que la noche anterior habían llenado en el arroyo que pasa a 200 m del pueblo.

El agua del arroyo era la única fuente de agua del pueblo. El arroyo bajaba de la montaña con agua limpia y fría. durante la temporada de lluvias y con un hilo marrón y tibio durante la temporada de secas. Los combatientes bajaban al arroyo tres veces al día con bidones de 20 L que subían a hombros por un sendero empinado de 200 m.

Cada viaje al arroyo tomaba 20 minutos de ida y 30 de vuelta con el bidón lleno en la espalda, 16 bidones diarios para 88 personas, 320 L de agua que había que acarrear a mano todos los días. No había bomba, no había tubería, solo hombres con bidones subiendo un sendero empinado en la sierra de Jalisco, como los campesinos de la comunidad original, subían el mismo sendero con cántaros de barro hace un siglo.

La comida llegaba al lomo de mula. Tres veces por semana, un arriero contratado por el CJNG subía desde el valle con una recua de ocho mulas cargadas de suministros: costales de frijol, costales de arroz, cajas de latas de atún y sardinas, garrafones de aceite, paquetes de tortillas envueltas en tela para que no se endurecieran durante las 6 horas de camino.

verduras que llegaban magulladas por el traqueteo de las mulas y la carne que en la sierra de Jalisco es carne de rezca, cesina, porque la carne fresca no sobrevive 6 horas al lomo de mula bajo el sol del trópico. El arriero era un hombre de 61 años que había sido arriero toda su vida.

Transportaba mercancía por los senderos de la sierra desde los 17 años. Conocía cada recodo del camino, cada punto donde las mulas descansaban, cada arroyo donde abrevaban. El CJNG le pagaba 5000 pesos por viaje, tres viajes por semana, 15,000 pesos semanales por subir comida a un pueblo que se suponía que estaba abandonado. El arriero declaró que yo solo subo mandado, no pregunto quién lo come.

Yo solo subo mandado, no pregunto quién lo come. La frase del arriero se parece a la del vaquero del rancho en Veracruz, a la de la [ __ ] del pantano de Tabasco, a la de todos los civiles que prestan servicios al narcotráfico sin querer saber demasiado. Personas que cocinan, que transportan, que limpian, que construyen, que hacen el trabajo que el cártel necesita y que cobran un dinero que no les pide que maten a nadie, sino solo que no pregunten.

Y el silencio de no preguntar se compra barato en una sierra donde las preguntas son más peligrosas que las respuestas. Quiero hablar del laboratorio de metanfetamina que operaba en una de las casas del pueblo porque su presencia añade una dimensión de producción de drogas a la base que la convierte en algo más que un cuartel.

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