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EL CASO QUE CONGELÓ VENEZUELA: UN ENCUENTRO, UNA TRAICIÓN Y UNA DESAPARICIÓN INEXPLICABLE

Tranquila, regresaremos temprano a Caracas.” Andrea titubeó brevemente. Había prometido ayudar a su hermana a estudiar para un examen de procedimiento penal esa noche, pero la idea de escapar de la ciudad, aunque fuera por unas horas, y disfrutar de la costa con Rodrigo, era demasiado tentadora.

La rutina del trabajo voluntario, los problemas económicos del país y el estrés constante de la vida en Caracas la tenían agotada. Merecía un descanso. Respondió, “¿Qué lugar es ese? Es seguro. La respuesta de Rodrigo llegó casi inmediatamente. Serseguro. Es una playa pequeña que casi nadie conoce, perfecta para desconectar.

Te prometo que la vas a amar. Andrea sonrió mientras leía el mensaje. Después de guardar su teléfono, le envió un mensaje rápido a Valentina. Vale, Rodrigo me invitó a la Guaira por la tarde. Vuelvo en la noche. Mañana estudiamos. Okay, te amo. Valentina leyó el mensaje y sintió una punzada de inquietud en el estómago.

No sabía por qué, pero algo en esa situación no le daba buena espina. Consideró responder, intentar disuadir a Andrea, pero finalmente decidió no hacerlo. No quería parecer la hermana controladora y desconfiada. Ya habían tenido suficientes discusiones sobre Rodrigo. Andrea se cambió de ropa, eligiendo un vestido de verano color turquesa, sandalias cómodas, y tomó su bolso con lo esencial: su teléfono celular, su cédula de identidad, algo de dinero en efectivo y una botella de agua. Antes de salir del apartamento, se

tomó una selfie frente al espejo de su habitación con una sonrisa radiante y la publicó en su Instagram con la leyenda Rumbo a la costa, desconectar para conectar. Esa fotografía se convertiría en la última imagen pública de Andrea Rodríguez con vida. Tomó un taxi compartido desde los chaghuaramos hasta la terminal de la bandera, donde abordó un autobús que la llevaría a la Guaira.

El viaje que normalmente tomaba alrededor de una hora transcurrió sin incidentes. Andrea pasó la mayor parte del trayecto mirando por la ventana, observando como la ciudad caótica de Caracas daba paso gradualmente a la vegetación tropical de la montaña El Ávila, hasta finalmente descender hacia el azul brillante del Mar Caribe.

Llegó a la Guaira aproximadamente a la 1 de la tarde. El calor era sofocante, típico de la costa venezolana en esa época del año. La humedad hacía que la ropa se pegara a la piel y el olor a sal del mar se mezclaba con el aroma de pescado frito proveniente de los restaurantes cercanos al puerto. Rodrigo la estaba esperando en el estacionamiento de la terminal, recostado contra su camioneta Toyota Hilux blanca con lentes de sol oscuros y una camiseta sin mangas que revelaba sus brazos bronceados.

Cuando vio a Andrea bajarse del autobús, le dedicó esa sonrisa encantadora que había cautivado a la joven desde el primer momento. “Llegaste”, dijo Rodrigo dándole un beso en los labios y abrazándola. “¿Cómo estuvo el viaje?” Largo y caluroso, pero aquí estoy.” Respondió Andrea, secándose discretamente el sudor de la frente.

¿A dónde me llevas exactamente? Ya lo verás. Es un lugar especial. Solo nosotros dos, sin interrupciones, subieron a la camioneta y Rodrigo comenzó a conducir hacia el este, alejándose del centro de la Guaira. Pasaron por macuto, Caraballeda y continuaron por la carretera costera. Andrea intentó mantener una conversación ligera, preguntándole sobre su reunión de trabajo, sobre sus planes para el fin de semana, pero notó que Rodrigo parecía distante, respondiendo con monosílabos y manteniendo la vista fija en el camino.

¿Todo bien?, preguntó Andrea después de varios minutos de silencio incómodo. Sí, sí, solo cansado del trabajo. Ya sabes cómo son estas reuniones con los jefes, pero ahora estoy aquí contigo y eso es lo único que importa. Después de conducir durante aproximadamente 45 minutos, Rodrigo giró hacia un camino de tierra sin señalización que se adentraba entre árboles tropicales y arbustos espesos.

Andrea comenzó a sentirse ligeramente incómoda. Rodrigo, ¿estás seguro de que sabes a dónde vamos? Este camino parece muy abandonado. Tranquila, mi amor. Este es el encanto del lugar. Está escondido, alejado de los turistas. Te va a encantar. Confía en mí. El camino se volvió cada vez más estrecho y accidentado. La camioneta rebotaba sobre piedras y raíces que sobresalían del suelo.

A través de los árboles, Andrea podía ver destellos del mar a lo lejos, pero el lugar se sentía inquietantemente aislado. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegaron a un pequeño claro donde el camino terminaba. Frente a ellos se extendía una playa diminuta de no más de 50 m de longitud, rodeada por formaciones rocosas a ambos lados.

El agua era de una azul turquesa impresionante y no había absolutamente nadie más en el lugar. “¿Ves? Te dije que te encantaría”, dijo Rodrigo apagando el motor de la camioneta. Andrea observó el lugar con sentimientos encontrados. Por un lado, la belleza natural era innegable. Por otro, la completa soledad del sitio le generaba una sensación de vulnerabilidad que no podía ignorar.

Bajaron de la camioneta y caminaron hacia la orilla. Rodrigo extendió una toalla sobre la arena y se sentó invitando a Andrea a hacer lo mismo. Sacó dos cervezas frías de una nevera portátil que había traído y le ofreció una. Durante la siguiente hora conversaron, rieron y aparentemente disfrutaron de la tarde. Andrea se relajó gradualmente, permitiéndose disfrutar del momento.

Tomó varias fotografías del paisaje con su teléfono, aunque notó que la señal de datos móviles era prácticamente inexistente en ese lugar remoto, pero algo estaba a punto de cambiar drásticamente. Alrededor de las 3:30 de la tarde, Rodrigo recibió una llamada telefónica. Su expresión cambió instantáneamente. Se levantó de la toalla y caminó varios metros alejándose de Andrea, hablando en voz baja, pero con un tono que parecía tenso, casi argumentativo.

Andrea no pudo escuchar la conversación completa, pero captó fragmentos. Te dije que no me llamaras. No es el momento. Después hablamos de eso. Cuando Rodrigo regresó, su comportamiento había cambiado por completo. Ya no era el hombre encantador y relajado de minutos antes. Parecía nervioso, distraído, constantemente revisando su teléfono.

¿Todo bien?, preguntó Andrea sintiendo como la tensión comenzaba a crecer en su pecho. Sí, un problema del trabajo, nada importante. Pero Andrea sabía que algo no cuadraba. La llamada no había sonado como una conversación de trabajo. Había demasiada emoción, demasiada familiaridad en el tono de Rodrigo. El sol comenzó a descender lentamente hacia el horizonte, tiñiendo el cielo de naranjas y rosas.

La temperatura bajó ligeramente y una brisa marina comenzó a soplar. Andrea sugirió que tal vez deberían comenzar a regresar a Caracas, pero Rodrigo insistió en quedarse un poco más. Solo un rato más. El atardecer aquí es espectacular. No querrás perdértelo. Fue entonces cuando Andrea notó algo que le heló la sangre.

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