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EL SANTO Y CANTINFLAS : EL SECRETO QUE LE OCULTARON A MÉXICO POR 40 AÑOS

Eran los hombres detrás de los famosos, los que firmaban los contratos, los que decidían quién aparecía, en qué película y con qué condiciones. Los que sabían dónde guardaba el dinero cada quien y qué secreto podía destruir a cada uno si llegaba a los periódicos equivocados. 100 fuegos era el tipo de hombre que coleccionaba secretos como otros hombres coleccionan arte. No por placer.

por poder. Y en el invierno de 1952, en los  estudios Churubusco de la Ciudad de México, Arturo Cenfuegos descubrió el secreto más valioso de su colección. descubrió quién era el santo. No por casualidad  lo descubrió porque lo buscó, porque había visto el negocio que era esa máscara y había calculado que si controlaba al hombre detrás de ella, controlaba uno de los activos más valiosos del espectáculo mexicano.

Lo siguió durante semanas. Contrató a dos hombres que se dedicaban a seguir personas sin que lo notaran. Y una noche de noviembre de 1952,  en un estacionamiento de los estudios Churubusco,  vio a Rodolfo Guzmán Huerta quitarse la máscara plateada para subir a su automóvil. Tenía el rostro, tenía el nombre, tenía todo.

Y a la semana  siguiente le mandó un mensaje a el santo. El mensaje era simple. Ya sé quién  eres. Firmemos un contrato o el país lo sabe mañana. Lo que ocurrió en las semanas que siguieron a ese mensaje es la parte que ningún historiador del cine mexicano ha  documentado, porque nadie lo sabía, nadie, excepto tres personas, Rodolfo Guzmán Huerta, Arturo Cfuegos y Mario Moreno Cantinflas.

El santo recibió el mensaje y entró en pánico. No un pánico visible, no el tipo de  pánico que se muestra en la cara. El pánico silencioso de un hombre que ve todo lo que construyó durante  20 años a punto de desaparecer en un instante. La máscara no era solo su trabajo, era su vida, era su familia, era el escudo con el que protegía a las personas que amaba.

de un mundo que  las habría devorado si hubieran sabido que tenían relación con él. Si 100 fuegos revelaba su identidad,  todo caía, el mito caía, el negocio caía y las  personas que dependían de él quedaban expuestas a todo lo que la fama trae consigo cuando no hay máscara que la contenga. El santo necesitaba ayuda, pero no podía pedirla a cualquiera.

En el mundo del espectáculo mexicano de los años 50, compartir un secreto era exponerse. Las paredes de los estudios tenían oídos. Los agentes de los periodistas estaban en todos los rincones y el secreto de la identidad del Santo era el tipo de información que cualquier persona podría vender  al mejor postor sin pensarlo dos veces.

Necesitaba a alguien que tuviera  tanto que perder como él, alguien cuyo interés propio  coincidiera perfectamente con el silencio. Y fue entonces cuando llegó a los estudios Churubusco  una noche que no estaba en el itinerario de nadie y tocó a la puerta del camerino de Mario Moreno.

Lo que pasó dentro de ese camerino  nadie lo presenció. No hay testigos directos. Pero hay algo que sí quedó registrado en las memorias  de personas que trabajaban en los estudios esa noche, que Cantinflas llegó a su siguiente rodaje diferente, más callado que de costumbre, con la mirada de alguien que acaba de escuchar algo que no  puede desescuchar y que de ahí en adelante, cada vez que alguien en el gremio mencionaba a el santo en su presencia, Cantinflas cambiaba el tema con una destreza. que parecía ensayada.

Lo que ocurrió en ese camerino, según la reconstrucción  que hice con los testimonios disponibles, fue algo así. El santo llegó sin máscara, eso ya era inusual. En esa época el santo no salía sin máscara ni al baño si había alguien más en el cuarto. Llegó sin máscara  y Cantinflas lo miró a la cara por primera vez.

No dijo nada durante varios segundos.  Después dijo una cosa. ¿Cuánto tiempo llevas cargando eso solo? No era una pregunta, era un reconocimiento. El santo le contó lo de 100 fuegos, el chantaje, la amenaza, las condiciones del contrato que 100 fuegos quería que firmara. Un contrato que le daría al  productor control total sobre los derechos de imagen del santo por 15 años.

15 años. El santo tendría que filmar lo que 100 fuegos dijera, aparecer donde 100 fuegos dijera, cobrar lo que 100 fuegos decidiera. Y a cambio, 100 fuegos mantendría el secreto. Era esclavitud con nombre en contrato. Cantinflas escuchó todo y cuando el santo  terminó hizo algo que nadie esperaba. Se rió, no de burla.

se rió con la risa del hombre que reconoce la situación porque ya  la vivió y dijo algo que el santo no esperaba escuchar. Yo conozco a C fuegos desde 1947 y sé exactamente cómo se para ese hombre. Lo que Cantinflas sabía sobre Arturo 100 fuegos era el tipo de información que solo existe en las conversaciones que los hombres poderosos  tienen cuando creen que no hay nadie escuchando.

En 1948,  Cantinflas había estado a punto de firmar un contrato con la productora de 100 fuegos. El  trato se cayó por razones que Cantinflas nunca explicó públicamente, pero lo que sí quedó en la memoria  de Mario Moreno y en la de nadie más era lo que había visto durante las negociaciones.

Había visto los métodos de Cfuegos, había visto cómo operaba y había guardado esa información en el mismo lugar donde guardaba todo lo que algún día podía ser útil. en el silencio, porque Cantinflas entendía algo sobre el poder que muy poca gente entiende. El poder no está en lo que dices, el poder está en lo que podrías decir y no dices.

Cantinflas tenía información sobre 100 fuegos, información que el productor no sabía que él tenía y esa asimetría era la única arma que el santo necesitaba. Pero aquí viene lo que hace esta historia más complicada de lo que parece. Cantinflas no tenía por qué ayudar al santo. No lo conocía bien. No le debía nada. Ayudarlo implicaba involucrarse en un conflicto que no  era suyo, con un hombre peligroso que podía convertirse en enemigo en un momento en que su propia carrera  estaba en su punto más alto y no necesitaba complicaciones.

Cualquier persona racional  mirando esa ecuación habría dicho que lo siento mucho, pero ese no es mi problema. Cantinflas no dijo eso. Cantinflas dijo, “Dame tres días.” Lo que Cantinflas hizo en esos tres días es la parte de la historia que más revela sobre quién era ese hombre fuera de la pantalla.

No fue a un abogado, no fue a un periodista, no fue a nadie del gremio que pudiera filtrar la información. fue a buscar a tres personas específicas, tres personas que habían trabajado con 100 fuegos en distintos momentos de la última década y con cada una tuvo una conversación privada que duró entre una y dos horas.

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