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France fell into the perfect trap… Mexico DESTROYED the elite that invaded Puebla

En julio de 1861, el gobierno de Juárez tomó la decisión que proporcionaría el pretexto para la intervención. Suspender durante 2 años el pago de la deuda externa mexicana. La medida justificada por la imposibilidad material de cumplir las obligaciones financieras en las condiciones del momento, afectaba principalmente a tres potencias acreedoras: Francia, España e Inglaterra.

Las tres naciones que durante el periodo anterior habían venido presionando sistemáticamente al gobierno mexicano para garantizar el cobro de sus créditos, interpretaron la suspensión de pagos como una afrenta que justificaba una respuesta coordinada. La Convención de Londres, firmada el 31 de octubre de 1861, entre las tres potencias acreedoras, articuló la respuesta conjunta.

El acuerdo estipulaba el envío de una expedición militar tripartita a México con el objetivo declarado de presionar al gobierno mexicano para garantizar el cobro de las deudas y proteger los intereses de los súbditos europeos. Las tres naciones se comprometían explícitamente a no buscar ventajas territoriales ni a interferir en los asuntos internos mexicanos.

 La expedición, según los términos formales del acuerdo, tenía propósitos exclusivamente financieros y limitados. Las fuerzas combinadas en las tres potencias desembarcaron en el puerto de Veracruz durante los primeros meses de 1862. Pero rápidamente se hizo evidente que los objetivos reales de Francia excedían completamente los términos de la Convención de Londres.

Mientras los representantes de España e Inglaterra negociaban con el gobierno mexicano acuerdos sobre las deudas que las dos potencias consideraban satisfactorios, los franceses articulaban progresivamente exigencias cada vez más excesivas que hacían imposible cualquier solución diplomática. La razón de aquella actitud francesa que durante las semanas siguientes se haría completamente transparente era que Napoleón Icer no buscaba el cobro de las deudas, sino la conquista de México.

 El emperador francés, sobrino de Napoleón Bonaparte, que había restaurado el imperio en Francia mediante el golpe de estado de 1851, articulaba durante aquellos años un proyecto geopolítico ambicioso. Pretendía establecer en México una monarquía católica bajo protección francesa que sirviera simultáneamente a múltiples objetivos.

crear un contrapeso a la expansión de los Estados Unidos protestantes en el continente americano. Abrir mercados para la industria francesa, acceder a las riquezas minerales mexicanas y restaurar la influencia europea en un hemisferio que la doctrina Monroe había declarado fuera del alcance de las potencias del viejo continente.

El momento parecía propicio. Los Estados Unidos, sumidos en su propia guerra civil desde 1861, no podían hacer cumplir la doctrina Monro ni oponerse a la intervención europea en su frontera sur. Cuando los representantes de España e Inglaterra comprendieron las verdaderas intenciones francesas, decidieron retirarse de la expedición conjunta.

Los tratados de la soledad negociados durante febrero de 1862 entre el gobierno mexicano y las potencias permitieron la retirada española e inglesa una vez satisfecha sus reclamaciones financieras. Francia quedó sola en territorio mexicano, ya no como acreedora reclamando deudas, sino como potencia invasora, ejecutando un proyecto de conquista.

El ejército francés, considerado el mejor del mundo, comenzó durante la primavera de 1862, su avance desde Veracruz hacia Ciudad de México. En su camino se encontraba la ciudad de Puebla. El avance del ejército francés desde Veracruz hacia el altiplano central mexicano durante la primavera de 1862 se ejecutó con la confianza absoluta que la reputación de invencibilidad había producido en los mandos de la fuerza expedicionaria.

Lorenés disponía de aproximadamente 6,000 soldados profesionales, incluyendo los célebres suavos. cuya reputación combativa se extendía por todos los continentes. Artillería moderna y la disciplina de un ejército que no había sido derrotado en batalla campal desde hacía casi medio siglo. El comandante francés estaba tan convencido de la superioridad de sus fuerzas que durante el avance articulaba sistemáticamente expresiones de desprecio hacia la capacidad militar mexicana que durante las décadas posteriores se citarían como ejemplos de

la arrogancia previa al desastre. El primer encuentro significativo entre los dos ejércitos se produjo en las cumbres de Aculcingo el 28 de abril de 1862 durante el ascenso francés desde las tierras bajas costeras hacia el altiplano. Las fuerzas mexicanas comandadas por Zaragoza ejecutaron allí una acción de retardo destinada no a detener definitivamente el avance francés.

 sino a evaluar la capacidad combativa del enemigo y a ganar tiempo para completar las fortificaciones de Puebla. El combate, relativamente menor en términos de bajas, proporcionó a Zaragoza información valiosa sobre las tácticas francesas y confirmó a Lorenses en su convicción de que las fuerzas mexicanas no representaban un obstáculo serio para el avance hacia la capital.

Ignacio Zaragoza Seguín, comandante del Ejército de Oriente Mexicano, era un general de 33 años, nacido en Bahía del Espíritu Santo, en el territorio que entonces pertenecía a México y que posteriormente formaría parte de Texas. Había ascendido durante la guerra de Reforma mediante una combinación de capacidad militar y lealtad a la causa liberal.

 y para 1862 era uno de los oficiales más competentes del ejército republicano. Comprendía con la claridad estratégica que su experiencia le había proporcionado, que enfrentar al ejército francés en combate campal abierto sería suicida, dada la simetría de armamento y disciplina. La única posibilidad de éxito residía en aprovechar las ventajas defensivas del terreno para neutralizar la superioridad técnica del enemigo.

La ciudad de Puebla ofrecía precisamente aquellas ventajas. Dos cerros dominaban el acceso nororiental a la ciudad, el de Loreto y el de Guadalupe, coronado respectivamente por un fuerte y por una antigua construcción religiosa, que durante la guerra de independencia habían sido fortificados para proteger la ciudad.

Zaragoza comprendió que aquellas elevaciones constituían la clave de toda la defensa. Si lograba fortificarlas adecuadamente y obligar a los franceses a atacarlas frontalmente, la superioridad defensiva del terreno podría compensar la inferioridad mexicana en armamento y disciplina. Durante los días anteriores a la batalla, las fuerzas mexicanas trabajaron intensamente en reforzar las defensas de ambos cerros, construyendo trincheras, emplazando la artillería disponible y preparando las posiciones desde las cuales recibirían el asalto

francés. El ejército de Oriente que Zaragoza había logrado concentrar en Puebla sumaba aproximadamente 4000 hombres de composición profundamente heterogénea. incluye a soldados regulares del ejército republicano, milicias estatales y contingentes indígenas de la sierra norte de Puebla, particularmente el célebre batallón de Zacapoastlas, integrado por hombres de comunidades como Sochiapulco, Tetela, Zacapoastla y Cuetzalan, temibles en el combate cuerpo a cuerpo por su destreza con el machete.

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