Posted in

Humillaron a un bracero frente a Pedro Infante — él no dijo ni una palabra

 Había nacido en una tierra parecida. Había crecido viendo a hombres como su padre levantarse antes del amanecer y regresar cuando ya no quedaba luz. Conocía el olor de ese tipo de trabajo. Era un olor que no se iba con el agua. Fue entonces cuando le pidió a Fernando que redujera la velocidad. No gritó, no fue brusco, lo dijo de la misma manera en que decía casi todo, con esa calma que desconcertaba la gente, porque no parecía la calma de alguien indiferente, sino la de alguien que había pensado mucho antes de abrir la boca. Fernando

frunció el ceño y miró el reloj en el tablero. Le recordó que la prueba de sonido era a las 4, que el organizador llamaría antes del mediodía, que si se desviaban ahora llegarían justo. Pedro sacó el papel doblado del bolsillo, lo puso sobre sus rodillas, pero no lo abrió. No necesitaba abrirlo. Se lo sabía de memoria.

 Su madre se llamaba María del Refugio Cruzaranda. Había muerto 16 meses atrás en  Guamuchil, con los pies fríos y las manos calientes, como siempre le pasaba cuando tenía fiebre. En sus últimas semanas lúcidas le había pedido una sola cosa a Pedro. No le pidió que dejara de volar en avión, aunque le aterrorizaba cada vez que lo hacía.

 No le pidió que se casara bien ni que tuviera más cuidado con el dinero. Le pidió que buscara a Refugio Vargas, un hombre de Guamuchil que hacía tres años había cruzado al norte con un contrato del programa brasero y del que nadie había vuelto a saber nada. Era vecino suyo de toda la vida. era el hombre que le había enseñado a su madre a injertar limoneros cuando era niña y ella quería saber si estaba bien.

 Pedro llevaba 16 meses buscando el momento. Ese martes de octubre, en la carretera entre Oxnard y Los Ángeles, decidió que el momento era ese. El campamento Buena Vista estaba a 3 km de la carretera principal, al final de un camino de tierra que levantaba polvo rojo con cada paso. era el campamento brasero más grande del país, con capacidad para 5,000 trabajadores.

 Esa mañana de octubre, en temporada de cosecha de limón, había hombres por todas partes, hombres con sombreros de paja caminando entre las hileras, hombres cargando cajas de madera, hombres en cuclillas junto a los árboles buscando el fruto maduro con una precisión que solo da la repetición. El aire olía a cítrico y a polvo, y a algo más difícil de nombrar, algo parecido al cansancio acumulado de muchos meses lejos de casa, Fernando detuvo el auto junto a la entrada.

 Pedro bajó antes de que el motor terminara de apagarse. Un capataz de overall azul se acercó de inmediato con cara de pocos amigos preguntando en inglés que querían. Pedro  respondió en español con calma que buscaba un hombre llamado Refugio Vargas, originario de Huamuchil, Sinaloa. El capataz lo miró de arriba a abajo.

 Pedro llevaba pantalón de vestir y camisa blanca con las mangas dobladas hasta el codo. No parecía inspector del gobierno ni periodista. El capataz señaló vagamente hacia el fondo del campo y siguió su camino. Pedro caminó entre las hileras durante casi 20 minutos. Preguntó a tres hombres. El tercero señaló hacia una hilera más alejada.

 Fernando lo seguía a tres pasos con la chaqueta doblada sobre el brazo y una expresión que mezclaba la resignación con la impaciencia. Lo encontró en la hilera 16. Era un hombre de unos 58 años, más delgado de lo que debería estar, con las manos más grandes que su cuerpo. Esas manos del trabajador del campo que parecen pertenecer a un hombre, el doble de corpulento, tenía el sombrero inclinado sobre la frente y movía los brazos con una lentitud que no era deia, sino agotamiento honesto.

Pedro se acercó y le preguntó sin rodeos si era refugio Vargas de Guamuchil. El hombre levantó la vista, tenía los ojos del color de la tierra mojada, le dijo que sí, que era él, que hacía mucho que nadie lo llamaba así por nombre y lugar juntos. Pedro extendió la mano. El otro la tomó después de limpiársela en el pantalón.

 Los dos hombres se miraron un momento, como suele hacerse cuando el encuentro es el final de algo que empezó mucho antes. Pedro estaba a punto de hablar cuando escuchó el motor. Era una pickup de color marrón que avanzaba entre las hileras levantando polvo. Del asiento del conductor bajó un hombre de unos 45 años, ancho de hombros, con sombrero de fieltro y botas que nunca habían conocido el barro. Era Morrison.

Pedro lo reconoció al instante. Era el tipo de hombre que camina como si la tierra que pisa le perteneciera. porque en efecto le pertenece y porque nunca ha imaginado que pudiera ser de otra manera. Morrison empezó a caminar por la hilera en lo que Pedro entendió que era su recorrido habitual.

 Se detenía frente a cada trabajador, miraba la velocidad, miraba las cajas, no decía nada a la mayoría, pero cuando llegó a don Refugio se detuvo más tiempo del necesario. Pedro observó la escena sin moverse. Morrison habló en inglés. le dijo a don Refugio que llevaba todo el día a mitad de ritmo, que era el más lento de la hilera, que un hombre que no cumple su cuota no sirve para el programa.

 Don Refugio no respondió. Siguió trabajando despacio, pero sin parar. Con la cabeza levemente inclinada. Era la postura de alguien que ha aprendido que ciertas tormentas pasan más rápido si uno no pone resistencia. Pero Morrizón no era de los que pasan rápido. Repitió lo que había dicho, esta vez más despacio, como si la lentitud fuera un insulto adicional.

 Si no mejoraba el día siguiente, firmaría para mandarlo de regreso a México, que había lista de espera, que para su lugar había 10 hombres jóvenes en Tijuana. Los demás trabajadores miraban al suelo. El silencio entre los limoneros tenía el peso específico del miedo. Pedro había visto suficiente, pero no se movió todavía.

 Pedro no actuaba por impulso, actuaba por decisión. Necesitaba un momento más para terminar de ver lo que estaba viendo. Vio la mano de Morrison cuando se movió hacia el hombro de Don Refugio. No fue un golpe, fue algo peor que un golpe. Fue el empujón de quien sabe que puede empujar y que nadie va a decir nada. Don Refugio perdió el equilibrio un instante y tuvo que apoyarse en el árbol más cercano.

 Cuando se enderezó, su expresión no era de dolor ni de rabia. Era de una dignidad tan quieta y tan sostenida que resultaba más difícil de mirar que cualquier lágrima. Pedro dio un paso al frente. Fernando lo agarró del brazo. Pedro no lo miró. Siguió caminando hacia Morrison con esa calma que no era indiferencia, sino certeza.

 Morrison lo vio acercarse y asumió lo que cualquier hombre en su posición habría asumido. Un turista perdido, el familiar de algún trabajador, alguien sin autoridad real, lo miró con la condescendencia de quien nunca ha tenido que justificarse ante nadie que no fuera su igual. En español, Pedro le preguntó a don Refugio cómo se sentía.

Read More