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Ella Dijo “No Puedo Pagar Esta Cita”… Y Mi Respuesta La Dejó Sin Palabras.

Desde que terminé con mi ex hace, mi vida amorosa se había vuelto práctica, como mis planos, limpia, funcional y sin sorpresas. Por eso acepté salir con Camila solo porque mi hermana, o sea, porque mi hermana Paula me mandó un audio de 3 minutos diciendo, “No seas menso, es buena mujer, divertida y además no te va a aguantar tus poses de señor serio.

” Camila tenía 29, era maestra de primaria en una escuela particular de la del valle y desde que llegó 15 minutos tarde, empapada de los tobillos y riéndose de sí misma, me desarmó un poco. El Uber se quedó atorado en insurgentes y yo pensé, “Camila, ¿puedes llegar tarde o puedes llegar digna?” Entonces corrí. Llegué tarde y sin dignidad.

Traía el cabello recogido a medias, unos aretes pequeños de plata y un vestido azul sencillo que no intentaba impresionar a nadie. Eso fue lo primero que me gustó. Lo segundo fue que no fingía. Si algo le daba risa, se reía. Si algo le molestaba, lo decía. Si no entendía por qué un restaurante cobraba 180 pesos por unos esquites de autor, lo preguntaba con toda seriedad.

¿Qué autor?, me dijo inclinándose hacia mí. Octavio, Paz. Me reí tan fuerte que una pareja de la mesa de al lado volteó. La cita iba bien, demasiado bien para alguien como yo, que ya había aprendido a desconfiar cuando una conversación no necesitaba esfuerzo. Hablamos de niños que dibujan casas con chimeneas, aunque vivan en departamentos, de mi mamá, que todavía me guarda tappers, aunque vivo solo, de su papá, que decía que el café soluble también era café, si uno no se ponía exquisito.

Entonces llegó el mesero a recomendarnos el especial. Tenemos robalo con salsa de chile hero, pasta con camarón y el corte de la casa. Camila sonrió por educación, pero vi como sus ojos bajaron a los precios. No mucho, un segundo, el suficiente para que algo se le cerrara en la cara. Yo conocía esa mirada, no porque me faltara dinero en ese momento, sino porque de niño la vi muchas veces en mi mamá cuando nos sentábamos en una fonda y mi hermana pedía agua de sabor.

Esa pausa chiquita donde alguien calcula cuánto cuesta pertenecer a una mesa. “Yo creo que voy a pedir una ensalada”, dijo Camila. “Hace 10 minutos dijiste que venías con hambre de albañil.” “Sí, pero ya se me pasó. Camila, ¿qué? ¿No se te pasó?” Me sostuvo la mirada. Ahí apareció otra mujer debajo de la risa, una más orgullosa, más cansada, más acostumbrada a no explicar lo que le dolía.

Santiago, neta no pasa nada. No dije que pasara tu cara. Sí. Me acomodé en la silla. Ese comentario me pegó porque era cierto. Yo tengo cara de resolver problemas, aunque nadie me lo pida. Es una de mis peores mañas. Cuando me importa alguien, me pongo útil. Y a veces ser útil es la forma más cobarde de no decir, “Me importas.

” Perdón”, dije, “no querías hacerte sentir incómoda.” Ella respiró hondo y miró hacia la calle. Un vendedor de flores pasó bajo la lluvia cargando rosas envueltas en plástico. “Es que mi amiga me dijo que este lugar era casual. En la Roma, casual significa que la silla parece de primaria, pero cuesta más que una mensualidad del gimnasio.

Camila intentó reírse, pero no le salió completa. Yo vine porque quería conocerte, dijo. No vine a que me invitaras algo que luego yo no pudiera pagar ni en tres quincenas. La frase cayó entre los dos con más peso del que debía tener una primera cita. Pude haber dicho lo obvio. Yo invito.

Pude haber sonreído como hombre seguro, sacar la tarjeta y convertir su vergüenza en mi gesto elegante, pero algo en su forma de apretar el menú me dijo que si hacía eso sin cuidado no la iba a hacer sentir cuidada, la iba a hacer hacer sentir chiquita. Y Camila no tenía nada de chiquita, así que llamé al mesero. Joven, dije, nos regala 2 minutos.

Vamos a cambiar de plan. Camila abrió los ojos. ¿Qué estás haciendo? Salvar la cita. No necesito que la salves. No, la cita sí. Tú no. El mesero se acercó con la libreta. ¿Todo bien? Sí. Le dije. Nos puede cancelar la orden antes de que la cocina nos odie. El mesero parpadeó. Claro. Camila me miró como si no supiera si enojarse o quedarse.

Santiago. A dos cuadras hay una taquería donde los tacos de suadero no vienen firmados por ningún autor. Si tú aceptas, caminamos bajo la lluvia, pedimos lo que se nos antoje y dividimos la cuenta como adultos traumados por la economía nacional. Por primera vez que vio los precios, la boca se le aflojó. Adultos traumados, muy funcionales, pero con cicatrices.

Me observó en silencio. La terraza seguía llena de murmullos, platos caros y gente aparentando que no había escuchado nada. Yo sentí una vergüenza rara, no por irnos, no, sino por lo mucho que me importaba que ella no pensara que yo quería quedar bien. Camila cerró el menú despacio. ¿No te da pena salirte? Me daría más pena que te quedaras por compromiso.

Su mirada cambió. No se suavizó exactamente. Se volvió más peligrosa, más atenta, como si acabara de verme sin el saco de hombre correcto que yo llevaba puesto desde que llegué. Siempre eres así. Así cómo, como si escucharas de verdad. No supe qué contestar y eso en mí era raro. Pagamos las aguas minerales, aunque el mesero dijo que no hacía falta.

Al salir, Camila se detuvo bajo el toldo del restaurante. La lluvia había bajado a una llovisna fina. Las luces de los coches se reflejaban en los charcos y por un segundo la ciudad pareció menos pesada. “Oye”, dijo, “lo que hiciste me dejó sin palabras. Eso suena bien. No te emociones, me dura poco. Caminamos hacia la taquería con los hombros rozándose cada tanto. Ninguno se apartaba rápido.

Ese fue el problema, que algo tan simple como no apartarse empezó a sentirse como una decisión. Al llegar a la esquina, Camila me tocó el brazo para detenerme. Santiago, antes de que esta cita se vuelva bonita. Antes. Sí. Antes de que me caigas peor por caerme bien, necesito decirte algo. Su mano seguía en mi brazo, tibia, firme.

Y yo, que llevaba dos años evitando cualquier cosa que pudiera complicarme el corazón, entendí que esa noche ya no se trataba de una cuenta cara de unos tacos baratos. Se trataba de si los dos íbamos a tener el valor de no esconder la vergüenza detrás de una broma. “Necesito decirte algo”, repitió Camila. La taquería estaba a media cuadra.

Se veía el trompo girando detrás del vidrio empañado, el taquero cortando pastor con una velocidad casi artística, la gente de pie bajo un toldo rojo apretada contra la lluvia. Olía tortilla caliente, cilantro y grasa honesta, mucho mejor que el restaurante. Pero Camila no avanzó. Dime, le respondí. Ella soltó mi brazo y se abrazó a sí misma, como si de pronto el vestido azul no alcanzara para cubrirla.

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