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Lo que tu familia nunca te explicó sobre Cantinflas y Pedro Infante — y tiene una razón muy oscura

 Porque lo que México sintió por Cantinflas y lo que sintió por Pedro Infante eran dos emociones tan distintas que llamarlas por el mismo nombre amor es casi una mentira. Una mentira hermosa, pero una mentira. Para entender esa diferencia, hay que volver al principio, no al principio de sus carreras, sino al principio de todo, al lugar donde cada uno nació, al aire que respiraron de niños, a la clase de hambre que conocieron antes de que el mundo supiera sus nombres.

 Mario Fortino Alfonso Moreno Reyes nació el 12 de agosto de 1911 en el corazón más duro de la ciudad de México. No en las orillas, no en los suburbios, en el centro mismo de la pobreza urbana, en esa zona donde Tepito y la Merceden y donde la vida se aprende a golpes y a astucia. Era el 15º hijo de Pedro Moreno y María de los Ángeles Reyes.

  El 15to, en una familia donde el hambre se repartía entre 14 bocas antes de que él llegara, Mario aprendió desde muy pequeño una verdad que marcaría todo lo que vino después para sobrevivir en este mundo. Basta con ser fuerte. Hay que ser listo. Hay que saber hablar. Hay que saber sobre todo, cuándo hacerle creer al poderoso que eres inofensivo.

 Pedro Infante nació el 18 de noviembre de 1917 en Mazatlán, Sinaloa. Creció en Guamuchil, un pueblo pequeño donde el sol pegaba fuerte y los hombres se medían por su palabra y su corazón. Su familia no tenía dinero, pero tenía algo que en ciertos rincones de México vale más que el dinero. Dignidad visible, orgullo de origen, la certeza de que ser pobre no significa ser menos.

Pedro creció sabiendo que el mundo podía ser injusto, pero creyendo con una fe casi irracional, que la nobleza del hombre común tenía un valor que ninguna injusticia podía borrar del todo. Dos infancias, dos formas de entender la pobreza, dos respuestas distintas a la misma pregunta. ¿Cómo sobrevive el hombre que no tiene nada en un mundo que no le da nada? Mario Moreno aprendió a reírse del mundo para no dejarse aplastar por él.

 Pedro infante aprendió a querer al mundo a pesar de todo lo que el mundo le debía. Y esa diferencia que parece pequeña dicha así en una sola frase fue la que dividió para siempre el corazón de México en dos mitades que nunca supieron que eran complementarias. Mario Moreno llegó al mundo del espectáculo por la puerta más estrecha que existe.

 Las carpas ambulantes de Tepito, no los teatros, no la radio, no los estudios de cine, las carpas, esos toldos improvisados que se armaban en los valdíos y las plazas populares donde el pueblo que no podía pagar una entrada de verdad pagaba. Lo que podía por ver algo que lo hiciera olvidar por una hora que mañana tendría que volver a pelear con la vida.

En esas carpas no había guiones, no había directores, no había red de seguridad. Había un público que, si no le gustaba lo que veía, lo decía en voz alta y sin consideraciones. Era el jurado más honesto y más brutal que ha existido en la historia del espectáculo mexicano. Y fue ahí, en ese ambiente de supervivencia pura donde nació Cantinflas, no fue un plan, fue un accidente.

 un día, probablemente entre 1934 y 1936, porque la historia no registró la fecha exacta de ese momento y quizás es mejor así. Mario Moreno olvidó sus líneas frente al público, se quedó en blanco y en lugar de retirarse, en lugar de pedir disculpas, en lugar de hacer lo que cualquier hombre sensato habría hecho, siguió hablando. Habló sin decir nada.

 Mezcló palabras con otras palabras. Construyó frases que empezaban en un lugar y terminaban en otro. argumentó posiciones que se contradecían a sí mismas con una convicción absoluta y una lógica completamente imposible. El público, en lugar de abuchearlo, comenzó a reírse. No se reían de su torpeza. Se reían de algo más profundo y más incómodo.

 Se reían de reconocerse porque ese hombre que hablaba mucho para no decir nada, que confundía con palabras para escapar de la situación, que disfrazaba su miedo con una verborrea aparentemente inagotable, ese hombre era exactamente lo que ellos hacían. Cada vez que un patrón los interrogaba, cada vez que una autoridad los intimidaba, cada vez que el poder se les ponía en frente y no tenían con qué responderle, Cantinflas no inventó un personaje.

 Cantinflas descubrió un mecanismo de supervivencia que el pueblo mexicano llevaba siglos usando y tuvo el genio de convertirlo en arte. Continuamos. Pedro Infante llegó al espectáculo por un camino completamente distinto, no por accidente, sino por vocación, no por supervivencia, sino por llamado. Desde niño en Guamuchil había algo en él que no cabía del todo en la vida ordinaria, una energía, una necesidad de expresar algo que las palabras solas no alcanzaban a contener.

 Aprendió a tocar guitarra, aprendió a cantar y descubrió que cuando cantaba ocurría algo extraño y maravilloso. La gente dejaba de hacer lo que estaba haciendo y lo miraba. No por curiosidad, por reconocimiento. Trabajó como carpintero en su juventud. Construyó muebles, reparó estructuras, aprendió el oficio con las manos.

 Pero las manos que servían para clavar y lijar servían también para rasguear cuerdas. Y la voz que llamaba a los compañeros de trabajo servía también para llenar de emoción una canción ranchera en la plaza del pueblo. Pedro Infante era de esos hombres que parecen hechos para varias vidas simultáneas y que eligen la más difícil, no porque sea la más segura, sino porque es la única que los hace sentir completos.

 Llegó a la ciudad de México con poco dinero y mucha determinación. Tocó puertas, audicionó, fue rechazado. Volvió a intentarlo. 1939 consiguió entrar a la XEB, una de las estaciones de radio más importantes de la capital y desde ahí su voz comenzó a recorrer un camino que ninguno de los dos, ni él ni el público que lo escuchaba, podía todavía imaginar del todo, porque la voz de Pedro Infante no era simplemente una voz bonita, era algo más específico y más poderoso.

 que eso era una voz que sonaba como si viniera de adentro de la gente que la escuchaba, como si no cantara para ellos, sino con ellos, como si cada canción fuera una conversación privada entre Pedro y cada uno de los millones de mexicanos que lo escuchaban creer por 3 minutos que alguien en este mundo entendía exactamente lo que sentían.

 En 1943 llegó su primer gran éxito discográfico y algo cambió para siempre, porque el pueblo mexicano no escuchó una canción, escuchó su propia vida puesta en música por alguien que la entendía desde adentro. Mientras tanto, en los estudios churubusco, Mario Moreno ya había hecho algo que muy pocos artistas mexicanos de su época lograron.

 Había tomado el control. no solo de su personaje, sino de su carrera, de sus contratos, de su imagen, de cada decisión que determinaba  cómo el mundo iba a ver a Cantinflas. Porque hay algo que el público que lo amaba no veía y que sus colegas en el medio sí veían con una claridad que a veces los incomodaba. Cantinflas en pantalla.

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