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El peor Hombre de María Félix que marcó su vida para siempre

mienten, los rubíes no prometen lo que no pueden cumplir. Las esmeraldas no se van a mitad de la noche dejando una nota cobarde sobre la almohada. Los hombres, en cambio, siempre la decepcionaban, casi siempre, porque hubo uno, uno que no siguió el guion que María tenía escrito para todos los hombres que se le acercaban.

 Uno que no cayó de rodillas la primera vez que la vio, que no le escribió poemas a las 3 de la mañana, que no le mandó flores envueltas en promesas que se marchitarían antes que los pétalos, que no le prometió el mundo porque entendía que María ya tenía el suyo propio y no necesitaba otro. Uno que la miró de frente sin miedo, sin esa adoración excesiva que María había aprendido a reconocer como la primera señal de debilidad, con una calma que a ella le resultó primero irritante, después intrigante y finalmente devastadora. Su nombre no aparece en los

libros de historia del cine mexicano. No tiene estatua en ninguna plaza ni calle con su nombre en ninguna ciudad. Los cronistas de la época apenas lo mencionan, si acaso, como una nota al pie en la biografía interminable de María Félix. Pero en los últimos años de vida de María, cuando los periodistas le preguntaban por el amor, cuando le pedían que hablara de sus cinco matrimonios, de los hombres que la habían adorado y los que la habían destruido, ella siempre hacía una pausa larga.

Miraba hacia algún punto que nadie más podía ver, un punto en el tiempo, no en el espacio. Y sus labios esbozaban algo que no era exactamente una sonrisa, pero tampoco era tristeza pura. Era el gesto de alguien que recuerda algo que dolió, tanto que terminó pareciéndose a lo más real que vivió.

 Si alguna vez has amado a alguien que no pudo quedarse, sabes exactamente de qué gesto estoy hablando. Y si lo sabes, quédate, porque esta es la historia de ese hombre y de lo que le hizo a la mujer más poderosa de México. Por cierto, no olvides suscribirte a este canal para seguir escuchando más historias como esta.

 Ciudad de México, 1940. La capital olía a gasolina, a pan dulce de las panaderías de esquina que abrían a las 5 de la mañana, a ja en los jardines de las casas grandes de la colonia Roma y a algo más, a Ambición, a futuro, a un país que se estaba inventando a sí mismo después de décadas de revolución y sangre. María tenía 26 años y ya era una tormenta con nombre y apellido.

 Había llegado desde Álamos, Sonora, con una cara que parecía esculpida por alguien que quería demostrar que la belleza podía ser un arma tan letal como cualquier pistola y una voluntad de hierro que ninguna cámara lograba capturar del todo, porque la voluntad de María era algo que se sentía, no que se veía. Su primer matrimonio con Enrique Álvarez a la Torre había terminado como terminan las cosas que empiezan demasiado joven y con demasiada prisa, mal, con heridas que no se ven, pero que sangran durante décadas. Se había casado a los 17 años,

una niña jugando a ser esposa en un mundo que todavía no le había enseñado lo que era capaz de soportar ni lo que se negaba a tolerar. Tenía un hijo, Enrique Junior, nacido en 1934, al que amaba con esa ferocidad silenciosa con la que María amaba todo lo que era verdaderamente suyo. No con palabras, no con gestos públicos de ternura, sino con una certeza inamovible de que daría la vida por ese niño sin pensarlo dos veces y sin contárselo a nadie.

 El divorcio le había costado a su hijo. A la torre se lo arrebató con la complicidad de una sociedad que en los años 30 no concebía que una mujer pudiera ser madre y libre al mismo tiempo. Ese dolor, el de perder a su hijo, fue el dolor fundacional de María Félix, el dolor sobre el cual construyó todo lo demás. la armadura, la frialdad calculada, la capacidad de entrar a cualquier habitación y hacer la suya sin pedir permiso.

 Todo eso nació de una madre a la que le quitaron a su hijo y que decidió que nunca más nadie le quitaría nada. El cine mexicano estaba entrando en su época de oro y María era la joya más brillante de esa corona que apenas empezaba a forjarse. Los estudios Churubusco, Claca Films producían películas a un ritmo febril. Directores como Emilio Elindio Fernández, Roberto Gabaldón y Julio Bracho competían por tenerla en sus producciones.

 Cada película suya llenaba las salas de cine de todo el país, desde los grandes palacios cinematográficos de la Ciudad de México hasta las pequeñas salas de pueblo donde las familias enteras iban a ver a la mujer más hermosa que habían visto jamás. Pero las joyas no se enamoran. Las joyas brillan, cortan, deslumbran, hacen que la gente se acerque con los ojos llenos de deseo y las manos extendidas.

 Y María había aprendido muy pronto, demasiado pronto para su edad, que era más seguro brillar que entregarse. Brillar te mantiene intacta. Hearted expone. Y María Félix no se exponía ante nadie. Cada hombre que se había acercado a ella desde su divorcio lo había hecho con las manos extendidas, queriendo tomar algo. Fama, belleza, contactos, la sombra poderosa de su nombre.

 Algunos querían ser vistos con ella para subir su propio prestigio. Otros querían conquistarla para alimentar su ego. Los más peligrosos querían poseerla. Como se posee un cuadro valioso que se cuelga en la pared para que los invitados lo admiren. María los veía venir desde lejos con esa intuición que tienen las mujeres que han aprendido a leer las intenciones de los hombres como quien lee el pronóstico del tiempo.

 Y cerraba las puertas antes de que tocaran. Sonreía, seducía, deslumbraba y se iba. Siempre se iba antes de que la cosa pasara de superficie, hasta que conoció a alguien que ni siquiera intentó tocar la puerta. Su nombre era Adolfo, aunque todos lo llamaban el negro. No por su piel, que era morena clara, del color de la tierra de Oaxaca después de la lluvia, sino por algo en su mirada, una profundidad que incomodaba, que hacía sentir que ese hombre estaba viendo algo que los demás no podían ver, como si tuviera un telescopio apuntado hacia dentro de las personas y pudiera

leer lo que estaba escrito en la parte de atrás del alma, donde nadie se molesta en mentir porque supone que nadie va a llegar tan lejos. No era actor, no era director, no era productor ni político ni heredero de ninguna fortuna familiar, era pintor. Aunque decir simplemente pintor era como decir que el mar es simplemente agua.

 Sus cuadros no decoraban paredes, las habitaban. Había algo en su trazo que parecía hecho de rabia contenida y ternura secreta. Una combinación que ningún crítico de arte de la época supo explicar del todo bien, porque para explicarla había que haberla sentido y los críticos de arte rara vez se permiten sentir lo que están analizando.

Tenía 34 años, un estudio en la colonia Santa María la Ribera, que olía permanentemente a Trementina y a Café Viejo. pocos muebles, muchos libros apilados en el suelo y en las repisas y encima de la mesa de trabajo y una reputación que era exactamente opuesta a la de María. Si María era el imán que atraía todo hacia sí con una fuerza que parecía desafiar la física, Adolfo era el punto fijo que no se movía por nada ni por nadie. Lo conoció en una fiesta.

Era un viernes de octubre de 1940 en la casa de un director de cine en la colonia Polanco, una de esas casas enormes con jardín interior y fuente de cantera, donde cada viernes se reunía lo más brillante y lo más escandaloso de la Ciudad de México. Actores, directores, pintores, escritores, políticos que se hacían pasar por intelectuales e intelectuales que se hacían pasar por personas normales.

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