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Porfirio Díaz se Burlaba de Madero como un ‘Loco Espiritista’, hasta ser DERRIBADO por su Revolución

Porfirio Díaz se Burlaba de Madero como un ‘Loco Espiritista’, hasta ser DERRIBADO por su Revolución

En febrero de 1908, el dictador Porfidio Díaz, que durante 32 años había gobernado México mediante una combinación de modernización económica y represión política, concedió al periodista estadounidense James Krillman una entrevista que durante las décadas posteriores la historiografía reconocería como el momento exacto en que el dictador firmó su propia sentencia política.

 En aquella conversación publicada en la revista Pearson Magazine, en una edición que dedicaba 47 páginas al héroe de las Américas, Díaz declaró que México estaba finalmente maduro para la democracia y que vería con simpatía la formación de partidos de oposición que disputaran las elecciones de 1910. El anciano dictador, 80 años de edad, supuso que aquella declaración produciría una oposición decorativa que él podría manipular fácilmente desde el poder.

 Entre los lectores mexicanos de aquella entrevista había un asendado coahuilense de 35 años llamado Francisco Ignacio Madero. Era heredero de una de las familias más ricas del norte del país. Había estudiado en Estados Unidos y en Francia. Practicaba la medicina homeopática y la doctrina espírita. Escribía con sus manos mensajes que él creía dictados por su hermano muerto Raúl.

días cuando posteriormente conocería la existencia del aspirante a la presidencia, lo despreciaría sistemáticamente como un excéntrico aristocrático que jugaba a la política mientras hablaba con los muertos. Lo arrestó durante la campaña electoral de 1910 sin considerarlo una amenaza real. lo dejó libre bajo caución, suponiéndolo inofensivo.

6 meses después, aquel loco espiritista había derribado al régimen más duradero de toda la historia mexicana posterior a la independencia. El 25 de mayo de 1911, Porfirio Díaz firmaba su renuncia. El 31 de mayo abandonaba el país en el vapor Ipiranga rumbo al exilio francés del que nunca regresaría. El hombre que durante 34 años había gobernado México con Mano de Hierro que había sido fotografiado junto a los jefes de estado más poderosos del planeta, que había sido reconocido por las cancillerías europeas como uno de

los estadistas. más capaces del continente americano. Había sido derribado en 6 meses por un hacendado espiritista a quien él mismo había considerado inofensivo. Esta es la historia de aquella humillación. Para entender por qué un hacendado espiritista pudo derribar en 6 meses al régimen más duradero de toda la historia mexicana, hay que reconstruir las condiciones estructurales que durante las décadas anteriores habían producido el porfiriato en su forma específica, porque aquella aparente solidez ocultaba contradicciones profundas que la propia

entrevista de 1908 revelaría con dramatismo inesperado. Porfirio Díaz había llegado al poder en 1876 mediante el golpe de estado del plan de Tuxtepec contra el presidente Sebastián Lerdo de Tejada. Era un general de origen oaxaqueño que durante las guerras contra la intervención francesa de los años 60 del siglo XIX había acumulado prestigio militar suficiente para articular su candidatura presidencial frente a las divisiones internas del liberalismo mexicano.

Su primer mandato terminó en 1880, cumpliendo formalmente el principio de no reelección que él mismo había usado contra eldo. regresó al poder en 1884 y a partir de aquel momento permaneció en la presidencia durante 27 años consecutivos mediante reformas constitucionales sucesivas que progresivamente eliminaron cualquier limitación a la reelección.

El régimen que Díaz construyó durante aquellas décadas combinaba elementos contradictorios que durante años funcionaron mediante un equilibrio frágil, pero efectivo. En el plano económico, ejecutó la modernización más ambiciosa que México había experimentado desde la independencia. construyó miles de kilómetros de ferrocarriles que conectaron por primera vez todas las regiones del país.

 Atrajo inversiones extranjeras masivas, particularmente de Estados Unidos y Gran Bretaña. Desarrolló la minería, la industria y la agricultura comercial y consiguió que las exportaciones mexicanas crecieran exponencialmente. Para los observadores europeos del momento, México era el ejemplo paradigmático del progreso latinoamericano bajo dirección autoritaria firme.

En el plano político, sin embargo, aquel progreso se construyó sobre una concentración del poder que durante las décadas siguientes se haría progresivamente más rígida. Díaz se rodeó de un grupo de tecnócratas conocidos como los científicos, encabezados por el ministro de Hacienda, José Ibs Limantur, que articulaban una visión positivista del progreso, según la cual el desarrollo material exigía sacrificar temporalmente la participación política popular.

Los científicos consideraban que el pueblo mexicano no estaba todavía preparado para ejercer la democracia y que la dictadura ilustrada de Díaz era el único marco compatible con la modernización económica. En el plano social, los costos del progreso porfirista recayeron sistemáticamente sobre los sectores populares.

Las leyes de desamortización aplicadas durante el régimen produjeron la concentración de la Tierra en manos de un número reducido de hacendados, particularmente en estados como Morelos, donde las haciendas azucareras expandieron sus territorios a costa de las tierras comunales de los pueblos campesinos.

 Los trabajadores rurales y urbanos sufrían condiciones laborales que durante los años finales del porfiriato producirían huelgas masivas como las de Cananea en 1906 y Río Blanco en 1907, ambas reprimidas mediante una violencia que generó indignación nacional considerable. Para 1908, las contradicciones del porfiriato habían acumulado tensiones que ningún observador imparcial podía ignorar.

El propio Díaz tenía 78 años. Sus colaboradores más cercanos habían envejecido junto con él. La camarilla de los científicos estaba progresivamente desconectada de las nuevas generaciones que durante las décadas siguientes reclamarían su participación en la vida pública nacional. Y el problema fundamental de la sucesión sobre el cual el dictador había evitado pronunciarse durante décadas se hacía cada vez más urgente.

Fue en aquel contexto que Díaz concedió en febrero de 1908 la entrevista al periodista James Krillman. La conversación tenía propósitos múltiples convergentes. Para el régimen articulaba una imagen modernizadora del dictador que las cancillerías internacionales podían apreciar. Para Díaz, personalmente, suponía probablemente una declaración decorativa que él podría manipular según las circunstancias.

Pero el efecto político real de aquella entrevista excedería completamente cualquier cálculo previo. La declaración de que México estaba maduro para la democracia, transmitida masivamente a través de la prensa nacional e internacional abriría una compuerta política que el dictador no podría volver a cerrar mediante la represión y produciría la candidatura del hacendado espiritista.

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