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Los Sonorenses se burlaban de Pancho Villa, hasta DESTROZARLO en el Bajío

Los Sonorenses se burlaban de Pancho Villa, hasta DESTROZARLO en el Bajío

Durante el invierno de 1914 y los primeros meses de 1915, en los cafés y restaurantes de la Ciudad de México, los oficiales sonorenses que comandaban las fuerzas constitucionalistas leales a Venustiano Carranza, comentaban con desprecio creciente la figura de Francisco Villa. Lo llamaban bandolero. Lo describían como un peón ignorante elevado por las circunstancias a la condición temporal de general.

articulaban en privado y a veces en declaraciones públicas que las décadas posteriores conservarían en hemerografías la convicción compartida de que el caudillo norteño representaba el pasado primitivo del país, mientras ellos, los sonorenses, representaban el futuro civilizado de la nación postrevolucionaria.

Aquellos sonorenses eran un grupo regional cuyas características los distinguían profundamente del resto de los caudillos revolucionarios mexicanos. Álvaro Obregón, agricultor de garbanzo convertido en general, leía sistemáticamente los reportes de la guerra que apenas comenzaba en Europa. Plutarco Elías Calles, antiguo profesor de escuela primaria de venido militar, articulaba un proyecto de modernización autoritaria del país.

 Benjamín Gill, Juan Cabral, Manuel Diegez completaban el núcleo de comandantes que durante los años siguientes definiría el carácter del régimen postrevolucionario mexicano. Todos ellos consideraban a Villa con una combinación de desprecio social y de subestimación militar que durante los meses anteriores habían articulado abiertamente en sus comunicaciones internas.

Villa había construido durante 2 años la división del norte, ejército revolucionario más numeroso y temido del continente. Había tomado Torreón, había aplastado a los federales en Zacatecas, había derribado a Victoriano Huerta. Su caballería era considerada invencible. Sus cargas frontales habían destruido a cada enemigo anterior.

 Para los honorenses, sin embargo, todo aquello era simplemente la sobreestimación pasajera de un bandolero a quien el siglo XX mostraría rápidamente sus límites. 4 meses después, en julio de 1915, la división del norte había dejado de existir como institución militar. 50,000 hombres reducidos a fracciones dispersas, los dorados veteranos exterminados, la maquinaria bélica que había parecido invencible, aniquilada sistemáticamente en una campaña que durante las décadas posteriores la historiografía militar reconocería como una de las más

metódicas y devastadoras de toda la historia latinoamericana. Esta es la historia de cómo los sonorenses destrozaron a Pancho Villa en el vajío para entender por qué los honorenses pudieron destrozar sistemáticamente a la división del norte. Durante la primavera de 1915. Hay que reconstruir las características específicas que durante las décadas anteriores habían producido en aquel estado del noroeste mexicano un grupo regional cuya composición social, formación cultural y proyecto político eran profundamente distintos a los del

resto del norte revolucionario. Aquella distinción frecuentemente subestimada en las narraciones convencionales que presentan a la Revolución Mexicana como un proceso homogéneo, fue el factor estructural que durante los meses decisivos del conflicto determinaría la asimetría tácticamente decisiva entre ambos bandos.

Sonora era, durante los años finales del porfiriato, un estado fronterizo con Estados Unidos, cuya economía se había modernizado considerablemente durante las décadas anteriores. La minería del cobre, particularmente en Cananea, atraía inversiones americanas masivas que transformaron progresivamente la región en uno de los centros industriales más avanzados del país.

La agricultura del valle del Yaqui se había desarrollado mediante sistemas de riego modernos que producían cosechas comerciales para exportación y la población sonorense, considerablemente menos numerosa que la de los estados centrales, pero mejor educada en términos comparativos, había incorporado durante las décadas anteriores el contacto sistemático con la modernidad estadounidense que el aislamiento geográfico del resto del norte.

 no había facilitado aquellas condiciones materiales. Produjeron durante las primeras décadas del siglo 20 una generación de líderes regionales cuyo perfil social y cultural los distinguía profundamente de los caudillos chihuahüenses y duranguenses que durante los años de la revolución comandarían la división del norte.

Álvaro Obregón había nacido en 1880 en una hacienda agrícola. Había estudiado mecánica antes de incorporarse a la revolución. Leía libros sistemáticamente y había mostrado durante los años anteriores un interés específico en las cuestiones técnicas y militares modernas que pocos comandantes revolucionarios compartían.

Plutarco Elías Calles había sido profesor de escuela primaria durante años antes de incorporarse a la revolución. formación que durante las décadas posteriores le proporcionaría las herramientas intelectuales para articular el proyecto institucional del régimen postrevolucionario. Benjamín Hill provenía de una familia angloana establecida en Sonora durante el siglo XIX.

 dominaba el inglés con fluidez y combinaba la cultura militar con conocimientos administrativos considerables. El contraste con los líderes villistas era considerable y revelador. Francisco Villa había sido peón de Hacienda, arriero, bandolero, antes de convertirse en comandante revolucionario. Su instrucción formal era prácticamente inexistente.

Tomás Urbina, uno de sus generales principales, provenía de orígenes sociales similares. Los Dorados, la caballería de élite de la división del norte, estaban integrados por hombres cuya formación combinaba la dura experiencia de la vida rural norteña, con un sentido de honor y de lealtad personal al caudillo que las generaciones anteriores habían cultivado en las regiones más aisladas del país.

Aquellas características producían una eficacia militar considerable en los combates convencionales del periodo, pero generaban simultáneamente una rigidez doctrinal que durante los meses siguientes resultaría catastrófica. Los sonorenses despreciaban abiertamente a los villistas durante el invierno de 1914 y los primeros meses de 1915.

Obregón se refería a Villa en sus comunicaciones privadas con expresiones que combinaban la condescendencia social con la subestimación militar. Calles consideraba la división del norte un instrumento militar potente, pero estructuralmente primitivo, incapaz de adaptarse a las transformaciones tácticas que el siglo XX estaba introduciendo en los combates contemporáneos.

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