Los contratos de ese entonces daban al cantante entre el 12 y el 18% del precio de venta. Un disco de Sarita valía unas 250 pesetas en 1960. Si vendía 300,000 copias y se llevaba el 15%, hablamos de 11.25 millones de pesetas por álbum. Once millones de pesetas de 1960 equivalen a unos 180 millones de pesos de ahora por cada disco.
Con 30 discos exitosos, la música le dio unos 5400 millones de pesos actuales. Las giras le sumaban otro buen dineral. Sarita se presentó por toda España, Latinoamérica y en Estados Unidos con la comunidad hispana y hasta en la Unión Soviética en plena Guerra Fría en 1965. Por un solo show en el teatro de la zarzuela de Madrid en 1965, Sarita se embolsaba entre 800,000 y 1.
2 millones de pesetas. En giras por el mundo, sus pagos subían de 15,000 a $35,000 por noche, dando entre 40 y 60 conciertos al año en su mejor época. ganaba de 2 a 4 millones de pescetas extra anualmente. Sumando cine, discos y giras, en sus mejores años entre 1957 y 1975, Sarita generaba de 30 a 50 millones de pesetas de la época al año.
En dinero de hoy, eso es entre 600 y 1000 millones de pesos anuales por casi 20 años. Su fortuna total, contando lo que ganó después en los 70, 80 y 90, aunque ya trabajaba menos, se calcula entre 8,000 y 10,000 millones de pesos actuales. No era el dineral de Elizabeth Taylor o las megaestrellas gringas, pero para una actriz de habla hispana era una locura de dinero, volviéndola una de las mejor pagadas de la historia, las casas de Sarita Montiel.
Su movida con los bienes raíces demostró que sabía que la fama va y viene, pero los ladrillos se quedan. Su casa en el barrio de Salamanca, Madrid. La propiedad más importante de Sarita en España estaba en Salamanca, la zona más chic de Madrid. Este barrio que creció a finales del siglo XIX y se afianzó en el X era el lugar de la crema y nata española, de empresarios de éxito y de las más grandes estrellas del cine español.
Sarita se hizo de su propiedad en Salamanca en 1960 en la mera cima de su éxito tras el último cuplé y la violetera. Era un departamentazo en un edificio clásico de la calle Velázquez de unos 380 m² con techos altos, molduras y balcones a la calle. Tenía seis recámaras, cuatro baños, una sala de doble altura, comedor de lujo, biblioteca, cocina enorme y cuarto de servicio.
El interior era un reflejo del gusto de Sarita por el lujo. Muebles, Luis X, candelabros de cristal, tapetes persas, cortinas de terciopelo, no era nada discreta. Era la prueba viviente de una mujer que salió de la pobreza para ser una reina y quería que todos lo vieran. la compró por 8.5 millones de pesetas de entonces, que hoy serían unos 170 millones de pesos, y los pagó de contado.
Era la prueba material de una década de trabajo que la había hecho millonaria. Esa casa fue su hogar por más de 50 años. Ahí vivió con sus esposos. Ahí crecieron sus hijos adoptivos, Tais y Zeus. Ahí recibió a figurones del cine de España y del mundo que andaban por Madrid. Y ahí se nos fue en 2013, a los 85 años, el departamento en Roma.
En los años 60, cuando Sarita hacía películas con Italia, compró un departamento en Roma, cerquita de Sinesitá, los estudios más famosos de allá. El depa medía 180 m² con tres cuartos y dos baños y lo usaba en las filmaciones que duraban meses. Lo compró en 45 millones de lían como $280,000 de esa época.
No era su casa principal, sino una compra inteligente que le servía de base cuando tenía chamba allá, la casa de verano en Marbella. Como muchas estrellas de su tiempo, Sarita también le invirtió a una propiedad en Marbella durante los años 70, cuando la Costa del Sol se estaba poniendo de moda como el lugar de lujo para los ricos de Europa.
Era una casa de 320 m² con su propio jardín y alberca que usaba para irse de vacaciones en verano. Se hizo de ella en 1972 por 12 millones de pesetas. No era una mansión ostentosa de millonario, pero sí muy elegante y acogedora. Su colección de coches. Los carros de Sarita Montiel siempre fueron elegantes y vistosos. Un reflejo de su estatus de gran diva, como el Cadilac, El Dorado de 1958.
El primer carro realmente de lujo que tuvo Sarita fue un Cadilac, el dorado del 58 en color blanco, descapotable y con interiores de piel roja. Lo consiguió en 1958 cuando la violetera la hizo millonaria. Ese, el dorado era puro lujo gringo, un carrazo enorme con unas aletas traseras de cohete, cromo por todos lados y un potente motor V8.
Era el auto de las estrellas de Hollywood y Sarita, la española que los conquistó, ya tenía el suyo. Le costó 3.8 millones de pesetas de entonces, que serían como 75 millones de pesos de hoy. Por años fue su carro principal para ir a eventos y estrenos. El Mercedes-Benz 300 SL de 1963. Para mediados de los 60, Sarita cambió al estilo europeo con este Mercedes plateado de puertas de gaviota y asientos de piel negra.
Era uno de los autos más exclusivos y caros del mundo, todo un símbolo de estatus. Lo compró en 4.2 millones de pesetas de la época, lo que equivale a unos 80 millones de pesos actuales. El Rolls-Royce Silver Shadow de 1970. Ya en los años 70 como una estrella consolidada, aunque su ritmo en el cine ya bajaba, Sarita se decantó por un Rolls-Royce Silver Shadow Negro del 70 con interiores en tono hueso.
Era la pura elegancia británica, el coche de la realeza y de las más grandes celebridades. Lo compró por 5.5 millones de pesetas de ese tiempo y lo usó por décadas como su coche principal en Madrid. Los negocios de Sarita. Sarita Montiel fue una visionaria, pues entendió que las actrices debían controlar su imagen y su lana, no solo actuar.
A partir de los años 60, Sarita empezó a pedir un porcentaje de la taquilla, además de su sueldo base. Eso casi ninguna actriz lo hacía entonces y en varias películas incluso figuró como productora asociada. Esto le daba poder creativo y una mejor rebanada del pastel. Esa jugada le ayudó a multiplicar su dinero en lugar de solo cobrar un sueldo.
Además, se llevaba un porcentaje de las ganancias totales de la cinta. Sarita fue muy lista al negociar para quedarse con los derechos de su música. Cada que fumando espero o la violetera se oía en la radio o en la tele, Sarita recibía su lanita de las regalías durante los 80, 90 y los 2000es.
Ya con menos trabajo, esos derechos le daban de 300,000 a 600,000 pesos al año. No la hacía rica, pero era un ingreso seguro sin tener que trabajar. Ahora sus lujos y su estilo de vida. Sarita Montiel se dio por décadas una vida de glamor que muy pocas actrices españolas han logrado. El closet de una diva. En los 60 y 70, Sarita era puro lujo.
Vestidos de diseñador de París y Madrid, abrigos de mink y chinchilla y joyas espectaculares. Sus vestidos para los estrenos valían entre 150,000 y 350,000 pesetas en los 60, que hoy serían de 3 a 7 millones de pesos. Tenía muchísimos. Jamás se le vio repetir atuendo en público. Coleccionaba alajas finísimas como collares de diamantes, aretes de esmeraldas y pulseras de oro.
Su pieza más cara era un collar de diamantes por el que pagó 2.5 millones de pescetas en 1965, unos 50 millones de pesos de ahora. También fue juntando una colección de relojes Cartier y Patec Philip. Cada uno costaba de 800,000 a 2 millones de pesetas. En sus años de más fama, Sarita era la invitada de honor a los mejores eventos de la alta sociedad de España y Europa.
Cenas de gala, noches de ópera, fiestas en palacios. Pero Sarita se creó una imagen de diva inalcanzable. Llegaba tarde a propósito para robar cámara. Siempre andaba con su gente. Exigía trato preferencial. No era humildad, era la forma de construir su propia leyenda, sus grandes películas y canciones. El último cuplé de 1957 fue la película que lo inició todo.
Sarita era María Lujan, una cantante que recordaba sus tiempos de gloria. La escena de Fumando Espero es legendaria en el cine de habla hispana. La película salvó de la quiebra a la industria española y convirtió a Sarita en una megaestrella. La violetera de 1958 la consagró de nuevo. Era una cantante con otra historia de sufrimiento, amor y más temas inolvidables.
Fue un exitazo, igual o más grande que el último cuple. Carmen, la derronda del 59 mostró su lado más intenso en el papel de Carmen. El personaje de Mary le causó problemas con la censura de Franco por ser muy sensual. Pecado de amor del 61. La bella Lola del 62 y Samba del 65 repitieron la fórmula del éxito.
Sarita cantando, sufriendo y luciendo increíble. Las canciones que cantó se volvieron clásicos. Fumando espero, la violetera, el relicario, Valencia, Bésame mucho, tatuaje. Su voz grave, sensual y tan suya marcó toda una época. Esa voz inigualable. Así fue como Sarita inventó su estilo. Un detalle poco conocido de la carrera de Sarita Montiel es como su voz, que al principio se consideraba un defecto, se volvió su sello más valioso cuando Juan de Orduña la fichó para el último cuplé.
El plan original era que Sarita hiciera doblaje con la voz de una cantante profesional. Era lo que se acostumbraba. Las actrices actuaban, las cantantes de verdad cantaban, pero por falta de presupuesto despidieron a la cantante y Sarita tuvo que grabar ella misma. El problema era que Sarita no estudió canto formalmente y su voz era demasiado grave para los estándares de una mujer.
Las cupletistas famosas como Raquel Meller tenían voces agudas de soprano. Sarita tenía una voz de contralto profunda, que a veces sonaba casi masculina. En los ensayos a Sarita de plano no le salían los agudos. Le dijo al del piano que le bajara el tono. Él lo hizo, pero ella no más no daba una. Le insistió en que le bajara más. Ya harto.
El director musical soltó. Si bajamos más, acabaremos bajo el piano. Pero lo que era un problema se volvió su sello. Ese tono tan grave que al principio parecía un defecto terminó siendo algo nunca visto. Raquel Mayer, la mera mera del cuplé de antes, se le fue con todo a Sarita diciéndole, “Aparte de copiarme y cantar lo mío, tiene voz de sereno.
” El chiste era ofenderla por lo grave de su voz, pero a la gente le encantó ese estilo. Sonaba distinto a todo lo conocido. Era una voz sensual muy personal, como si Sarita le cantara al oído a cada quien. Chany no era la más técnica, pero sí muy neta. Y ser neta rifa más que ser perfecta. Así Sarita creó un estilo propio, como que cantaba y susurraba a la vez, alargaba las palabras, le metía más sentimiento que técnica y le pegó con todo.
Vendía discos por miles. Fumando espero fue el gitazo en España entre 1957 y 58. La violetera la rompió igual en 1958 y 59. Y lo curioso es que Sarita no era la voz más educada de su época. Había muchísimas cantantes mejor preparadas, con más voz y escuela, pero ninguna le llegaba a la gente como ella.
Ese don de conectar, de hacer que millones sintieran que les cantaba al oído, era su superpoder y lo sacó de lo que parecía ser su peor falla. Su etapa en la Unión Soviética fue de lo más increíble y menos contado de su carrera. Un exitazo allá en los 60, en plena guerra fría. Las cintas de Sarita llegaban a un montón de países, pero nadie se esperaba el trancazo que dio en la Unión Soviética.
El régimen soviético era super estricto con las películas que dejaba entrar de Occidente. El entretenimiento burgués lo veían mal, como algo riesgoso, pero por alguna razón que no queda clara, los meros meros de allá dejaron pasar varias de sus cintas en los 60 en cines importantes y los soviéticos se volvieron locos con ella.
Y es que las películas de Sarita tenían justo lo que al cine soviético le faltaba. Glamor, amor, canciones, sentimientos a flor de piel. Era un respiro para gente que vivía bajo un sistema tan cerrado. Para 1965, la misma Unión Soviética la invitó a dar una gira de conciertos. Imagínense, una estrella española invitada por el gobierno soviético en lo más fuerte de la guerra fría.
Jusarita dijo que sí y la recibieron como si fuera de la realeza. Los teatros, a reventar, había filas de miles para poder verla. Los peces gordos del gobierno le organizaban cenas de gala. Por cada show en Moscú, Sarita se llevaba $25,000, que hoy serían como 2220,000. Dio ocho conciertos en su gira, ganando $200,000 en tan solo dos semanas.
Pero más allá de la lana, esa gira demostró algo increíble. El poder del arte para cruzar cualquier frontera política. No importaba que Sarita fuera todo lo que el sistema en teoría odiaba. El ser única, el capitalismo, el lujo descarado. A los soviéticos les encantaba justo por eso. Años más tarde, al caer el muro de Berlín, muchos artistas rusos que crecieron en los 60 decían que Sarita Montiel los marcó.
Decían que sus cintas les enseñaron que había otro mundo lejos de su realidad gris, uno lleno de color, de sentir sin miedo, de belleza total. Sarita, Chance y sin darse cuenta, ayudó a abrir una ventanita cultural en la Guerra Fría y luego su relación con Anthony, el casorio de Sarita con el director Anthony Man fue complejo, pues mezclaba amor del bueno con una movida profesional muy astuta.
Anthony Man era de los directores más picudos de Hollywood en los 50. sobre todo de películas de vaqueros. Dirigió joyitas como Winchester 73 y El hombre del aramí con James Stewart. Le llevaba 23 años a Sarita, un hombre ya hecho con poder y respeto. Se toparon filmando Serenata en 1956. Él dirigía y ella actuaba.
Hubo química al instante. Man quedó fascinado con esa española de belleza exótica y un ángel increíble. Ella vio en él la chance de afianzarse, pero no era pura conveniencia. Sarita sí se enamoró de verdad. Man era un tipo culto, fino, la trataba como una reina y era todo lo que ella soñó. El éxito en Hollywood, estar en la crema y nata del cine.
Se casaron en 1957 en Los Ángeles. Fue la boda del año. Salió en todos lados. La muchachita humilde de campo de Criptana se casaba con un pez gordo de Hollywood, pero el matrimonio tuvo sus broncas desde el inicio. Man quería que Sarita se quedara allá, hacerla en el cine gringo. Sarita ya estaba harta de que solo le dieran papeles de mexicana o de India y quería volver a España, donde ella era la mera estrella.
El trancazo de El último cuplé. En 1957 arregló el pleito, pero no como Man hubiera querido. Cuando Sarita cachó que en España era una diosa y en Hollywood una más del montón, lo tuvo claro. Se quedaba en España. Man le echó ganas. Se fue a vivir con ella a Madrid e intentó dirigir cine por allá, pero noás no se hallaba fuera de Hollywood y su carrera se vino abajo.
Para inicios de los 60, el matrimonio ya andaba mal. Man se enfermó de gravedad en 1963. Sarita lo atendió por meses, pero al mejorar un poco decidieron separarse. Su divorcio fue en buenos términos, sin dramas mediáticos. El aprecio entre ellos fue una constante hasta que él falleció en 1967. Sarita siempre lo evocaba con afecto, reconociendo lo fundamental que fue para su camino.
Pero aquel enlace también reveló de qué estaba hecha Sarita. Al enfrentar la decisión entre el amor o su vocación, eligió su pasión, no con frialdad, sino con una certeza absoluta de su destino. Hijos adoptivos, una maternidad tardía y polémica. En 1973, con 45 años, tomó una decisión que dejó a todos boquia abiertos junto a su esposo, Pepe Toast.
adoptó a dos niños, Tais y Zeus. La adopción causó revuelo desde el inicio. Sarita ya no era una jovencita. Por décadas proyectó una imagen de diva, no de mamá. Y el hecho de adoptar, en vez de tener hijos biológicos, desató un sinfín de rumores. Pero Sarita jamás se justificó. Simplemente los presentó al mundo y los crió con un orgullo inmenso.
No les faltó nada. Estudiaron en los mejores colegios de Madrid. viajaron por el mundo y se rodearon de arte. Tais y Zeus crecieron bajo la lupa de la prensa. Eran los hijos de Sarita Montiel, una etiqueta que los acompañó siempre. Cargar con eso no fue nada fácil. Ya de adultos, ambos llevaron vidas bastante discretas.
Se mantuvieron lejos del espectáculo. Tais dedicó a negocios familiares y Zeus a las finanzas. Siempre fueron muy cercanos a Sarita. La maternidad la transformó, la mostró más tierna en los 70 y 80 cuando su carrera en el cine bajó. Se empezó a presentar más como una mamá orgullosa que solo como una estrella, el ocaso de su vida. Los últimos 15 años de Sarita, de 1998 al 2013, fueron un retiro lento, pero nunca definitivo.
Ya no trabajaba de forma regular. aparecía de vez en cuando en especiales, entrevistas o en homenajes que le hacían, pero su día a día era muy calmado. Vivía en su departamento de la colonia Salamanca, veía a sus hijos y nietos y recibía a sus amigos. Económicamente estaba tranquila gracias a los ahorros de 50 años de trabajo.
También por las rentas de sus propiedades y las regalías de sus canciones que le daban un ingreso constante. El paso del tiempo se hizo visible en ella. ya no buscaba ocultar su edad con cirugías, a diferencia de otras divas, aceptó sus arrugas y sus canas y el cuerpo que perdía sus famosas curvas, pero su actitud de diva se mantuvo intacta.
Si salía de casa, siempre iba impecablemente arreglada. En las entrevistas controlaba cada pregunta que le hacían. En televisión exigía una luz que la favoreciera. El 8 de abril de 2013, su cuerpo dijo basta. Un infarto fulminante la sorprendió en su casa. No hubo sufrimiento ni hospitales. Murió en su cama, en su hogar, rodeada de sus cosas queridas.
La noticia de su muerte desató una profunda nostalgia en España. Quienes la vieron en el último cuplé 60 años atrás la lloraron como si fuera de la familia. Las nuevas generaciones que apenas la conocían se pusieron a investigar y descubrieron a una verdadera leyenda. Su funeral fue un evento nacional sin ser de estado.
Miles de personas llenaron las calles cuando pasó la carroza fúnebre por Madrid. En la plaza del Callao proyectaron sus películas. Fue la despedida que merecía una mujer que fue más grande que la vida misma. Hoy, a más de 10 años de su partida, Sarita Montiel es un icono cultural en el mundo hispano. Sus películas se ven constantemente en la tele.
El último cuplé es un clásico del cine español que se estudia en las universidades. Sus canciones no dejan de sonar. Fumando, espero, es interpretada por nuevos artistas que le rinden tributo. Su imagen recostada, fumando con esa boquilla larga y una mirada seductora es inolvidable. La vemos en pósters y libros de cine. Su historia de niña de pueblo a estrella mundial inspira a quien sueña con un destino más grande, porque eso fue lo que hizo Sarita Montiel.
No solo fue actriz y cantante, convirtió su propia vida en una obra de arte. Se construyó a sí misma de una forma tan poderosa que su leyenda sigue viva. Ese es el verdadero legado de Sarita. No son sus millones ni sus autos de lujo. Es la prueba de que cualquiera puede reinventarse, que de dónde vienes no te define y que con belleza, talento y una ambición feroz, el mundo es tuyo.
Si algo nos enseña la vida de Sarita, esa nunca pedir permiso para ser extraordinaria. Ella no lo pidió para ser sensual en una España conservadora. No pidió permiso para ganar lo mismo que los hombres cuando a las mujeres les pagaban menos, tampoco para manejar su carrera como ella quería.
simplemente fue grandiosa y obligó a todos a aceptarla bajo sus propias reglas. Esa forma de ser le ganó enemigos y críticas. La tacharon de difícil, de imposible de manejar, pero también la hizo inolvidable porque las actrices bonitas y dóciles se olvidan, talentosas y obedientes. Pero jamás olvidas a la mujer que fumaba en pantalla con deseo en la mirada y revolucionó el cine.
Nunca olvidas a la niña pobre que conquistó continentes y se hizo millonaria sin perder su acento ni su orgullo de clase trabajadora. Nunca olvidas a la diva que vivió como se le dio la gana, sin pedir disculpas hasta el día que su corazón se detuvo en Madrid, rodeada de lujos que ella misma se ganó. Esa fue Sarita Montiel.
Esa fue la increíble vida que tuvo y el legado que dejó. M.